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Publicado el 2 Marzo, 2020 por Anaray Lorenzo en Galerías
 
 

¡Rocinantes y Palmiches!

No son solo jóvenes los que se dedican a esta modalidad de cuentapropismo, también los hay cincuentones y hasta de 60 años de edad; eso sí, no vi ni una sola mujer en aquellos menesteres

¡Rocinantes y Palmiches!Por ANARAY LORENZO

En la ciudad de Santiago los amaneceres son tiernos y a la vez violentos. Lo sé porque vi cómo se asoma el sol casi inocente por detrás de las azuladas montañas y en tan solo segundos llega a convertirse, al decir de Cervantes, en un rubicundo Apolo que tiende por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos.

Mientras acontece este espectáculo, Quijotes o Elpidios manigüeros suben a sus potros y comienzan a rodar por las conocidas calles de la segunda urbe más poblada de Cuba, convertidos ya en las famosas mototaxis del Chago, cuyo número debería averiguar ahora mismo porque es algo que desde hace días viene atenazando mi curiosidad.

Lo cierto es que son muchas, muchísimas, de los fabricantes más diversos y modelos antiguos y modernos. Voskhod (Corcoveo), Júpiter, Ural, ETZ, Jawa, Suzuki, da lo mismo, lo importante es que caminen y caminen bien.

¡Rocinantes y Palmiches!Tienen una tarifa de 10 pesos en el centro de la ciudad y de 20 en adelante, si los tramos son más extensos y se salen de ese límite, pero a diferencia de los boteros de La Habana, las motos santiagueras te dejan en la puerta de tu casa si es ese tu destino final.

Por otra parte, no son solo jóvenes los que se dedican a esta modalidad de cuentapropismo, también los hay cincuentones y hasta de 60 años de edad; eso sí, no vi ni una sola mujer en aquellos menesteres.

Los motoristas de la capital del Caribe, sorteando toda clase de peligros diarios, se han adueñado de las calles; conocen todos sus recovecos y las artimañas para evadir luces rojas en los semáforos. Los hay tan osados que aterran.

Y es que montados en sus cabalgaduras, se exponen a múltiples peligros (sus pasajeros también), no sólo los de la vía en sí, sino los que supone no contar con los medios de protección apropiados para este tipo de vehículos. Pensemos por ejemplo en el sol, furibundo de estos días, o en la contaminación por los gases que despiden los automóviles y que ellos respiran de modo casi inmediato. Por eso se les ve con pañuelos en la boca o pasamontañas y uno pudiera pensar que parecen bandidos, asaltantes en motocicletas, pero este aditamento tiene allí un propósito muy puntual y no es precisamente el de enmascararse.

A todo esto, se añade el riesgo de padecimientos que han sido descritos por especialistas como más comunes en personas cuya jornada laboral transcurre sobre una moto o ciclomotor, y que tienen que ver tanto con las condiciones técnicas del vehículo como con las posturas que se adoptan al manejarlos.

¡Rocinantes y Palmiches!Pero volvamos a esa noción idílica de Santiago, ciudad a la que no le sobran apelativos, como para endilgarle uno más: ¡la capital de las motos! Son algunas dóciles y añosas como Rocinante; otras, digamos, vigorosas y temerarias, como Palmiche. Eso sí, compañeras inseparables porque proveen a la casa, al bolsillo y tampoco parecen escapar de los improperios de sus dueños, si se fatigan, si se niegan a cumplir con el reto diario. ¿Quién no ha maldecido a la bicicleta ponchada y a la moto o al auto descompuesto antes de salir a trabajar o peor, si le han dejado a mitad de camino?

Rocinantes o Palmiches, las mototaxis de Santiago conforman hoy el paisaje y la sinfonía de una ciudad que busca incesantemente el progreso. Habrá que ver después del empinado ascenso si esos potros siguen siendo imprescindibles.


Anaray Lorenzo

 
Anaray Lorenzo