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Publicado el 31 Diciembre, 2020 por María de las Nieves Galá León en Galerías
 
 

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Texto: MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ y DARIEL PRADAS
Fotos: Yasset Llerena

La gran “zona roja” de la Covid-19 en Cuba bien pudiera ser esa sala vacía y refrigerada a las afueras de La Habana: el lobby de la Terminal No. 3 del Aeropuerto Internacional José Martí.

Los viajeros arriban al aeropuerto y son atendidos de inmediato por las autoridades de Control Sanitario Internacional; se desinfectan las manos, algunos descienden por el elevador mientras la mayoría utiliza las escaleras… siempre hay una maleta que cae y un tobillo que la detiene…

Un pasajero reclama el distanciamiento que orientan los folletines del avión. Sus réplicas son ignoradas y, las pegatinas del suelo, compartidas. A pesar de todo, se impone el orden. La gente saca su boleta de sanidad, espera, se ajusta la mascarilla. Espera.

Una operadora inspecciona las temperaturas de los caminantes mediante un escáner de termografía infrarroja: Naranja, naranja, amarillo, un poco azul… ningún grado Celsius por encima de lo habitual.

Cerca de la fila hay cinco puestos improvisados de enfermería: allí los viajeros se someten a una muestra nasofaringe para PCR.

Llegados a este punto del protocolo de salud, solo falta que a los pasajeros los chequeen en la aduana y les tomen, por segunda vez, la temperatura con uno de esos termómetros de pistola. Entonces salen de la Terminal No. 3 para mezclarse con una ciudad de choferes y transeúntes, y quedarse a la espera de una buena noticia sobre la covid-19.

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María de las Nieves Galá León

 
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