9
Publicado el 3 Septiembre, 2021 por Irene Izquierdo en Galerías
 
 

Un pedacito donde cortas la flor, pero sigue la primavera

Intenté iniciar un pequeño jardín botánico en otras áreas de la casa, pero todo era en vano: otros helechos, la planta de San Jorge y diversos tipos de “malanguitas” sucumbían ante la falta de un ambiente adecuado para poder desarrollarse y regalarme su mejor rostro
Compartir
Un pedacito donde cortas la flor, pero sigue la primavera

La sorprendente belleza de una planta amada.

Por IRENE IZQUIERDO

Todo comenzó un día, tan distante en mi memoria, que solo recuerdo el acto de colocar tierra en un pequeño envase de plástico y un minúsculo hijo de helecho de encaje. Tan breve era su tamaño, que mi mano parecía una gran extensión de tierra. Seguí las instrucciones de rigor y cada día lo miraba, con la impaciencia de no verlo crecer. Un domingo, sin apenas darme cuenta, descubrí que ya era una bella plantica.

Al parecer, algún rufián descubrió lo mismo, y decidió llevarla a su casa, donde consideró que se vería más bonita.

Intenté iniciar un pequeño jardín botánico en otras áreas de la casa, pero todo era en vano: otros helechos, la planta de San Jorge y diversos tipos de “malanguitas” sucumbían ante la falta de un ambiente adecuado para poder desarrollarse y regalarme su mejor rostro.

Un pedacito donde cortas la flor, pero sigue la primavera

Tierra y vida

Pasaron los años y cuando cerré el balcón de casa, decidí que iba a saldar esa cuenta que tenía con “mi misma” Y comencé.

Decía Nana, mi abuela, que el amor por un jardín bonito nunca muere. Ella, con sus manos prodigiosas, hacía prender cualquier plantica, ya fuera de condimentosas o de ornamentales. El entorno de su casa era un bello jardín, donde los colores de las plantas hacían un hermoso contraste con el rojo intenso de la tierra. Y las abonaba ¿¡Cómo no!? Con borra de café, el agua del arroz o de lavar las papas…, en fin, quizás de verla a ella en esos menesteres, llevo en el alma el amor por colocar un detalle verde en cualquier lugar donde sea posible.

¿Saben qué es lo más hermoso de una planta? Verla crecer. Quien la lleva grande a su casa, la coloca como pieza en feria, pero no puede sentir amor por ella. Solo pagó y expone el resulta de su transacción.

Decía William Wordsworth, un poeta inglés del siglo XIX, que “la naturaleza nunca ha traicionado a quién la ha amado”. Sabias palabras, las plantas bien atendidas nunca dejan de sorprenderte y alegrarte las pupilas y el alma.

El poema, extremadamente filosófico, Con el tiempo, del argentino Jorge Luis Borges, uno de los más sobresalientes de la literatura universal en el siglo XX, dice en una de sus estrofas: “Así que uno planta su propio JARDÍN y decora su propia ALMA”. Eso he hecho por algunos años, y he logrado que mis plantas conformen ese pedacito donde cortas la flor, pero siempre sigue la primavera.

Compartir

Irene Izquierdo

 
Irene Izquierdo