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Publicado el 19 Mayo, 2015 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1895

Dos Ríos. El combate continúa

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA
Fotos: Archivo de BOHEMIA

 

En sus declaraciones al diario neoyorquino Martí le-vantaba una advertencia contra cualquier “poder ex-traño que se prestase sin cordura a entrar de intruso en la natural lucha doméstica de la Isla”.  (Ilustración: ESTEBAN VALDERRAMA)

En sus declaraciones al diario neoyorquino Martí levantaba una advertencia contra cualquier “poder extraño que se prestase sin cordura a entrar de intruso en la natural lucha doméstica de la Isla”.
(Ilustración: ESTEBAN VALDERRAMA)

Al partir Gómez a hostilizar un convoy enemigo, el 18 de mayo de 1895 José Martí había quedado con unos 12 hombres al frente del campamento, ubicado en los ranchos abandonados de José Rafael Pacheco. Tras trabajar con los escribanos que hacían copias de las instrucciones destinadas a los jefes y oficiales del Ejército Libertador, comenzó a redactar una carta a su amigo Manuel Mercado: “Ya puedo escribir […], ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la inde-pendencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.

Según algunos de sus biógrafos, la carta quedó interrumpida por la llegada de Bartolomé Masó y su tropa, quienes prefirieron acampar en la finca Vuelta Grande, al otro lado y a una legua del Contramaestre. Martí se trasladó allí después de comunicárselo por escrito a Gómez. Este llegó, con unos 30 hombres en la mañana del 19.

En el acto patriótico efectuado en el campamento de Dos Ríos, la intervención de Martí enardeció a la tropa, que le vitoreó.  Ilustración: (Autor sin identificar)

En el acto patriótico efectuado en el campamento de Dos Ríos, la intervención de Martí enardeció a la tropa, que le vitoreó.
Ilustración: (Autor sin identificar)

Alrededor de la una de la tarde se improvisó un acto patriótico en el que intervinieron el dominicano y Masó. Años después, uno de los presentes describiría cómo al Apóstol, encima de su jaca mora, el sol le iluminó el rostro, “le encendió como en un halo el cabello”. Su voz, añadió, “suave y melódica al comenzar la oración, se fue tornando atronadora, como la fuerza de un huracán”. La tropa, enardecida, le vitoreó.

Dos soldados de la avanzada de Gómez alertaron de la presencia del enemigo. El Generalísimo resolvió adelantársele a la columna española, comandada por Ximénez de Sandoval, para entablar el combate en un sitio alejado de Dos Ríos donde se le facilitaría la maniobra a la caballería. “A caballo”, ordenó.
Guerra de pensamiento

A inicios de mayo de 1895, la reciente victoria del general José en Arroyo Hondo y la incorporación diaria de decenas de jóvenes a las fuerzas del Titán consternó a ciertos círculos de poder que temían el triunfo de la Revolución. Al campamento mambí llegó por aquellos días el corresponsal de The New York Herald, Eugenio Bryson, quien alertó a Martí de cierta actividad anexionista de sujetos, calificados por el Apóstol, de “especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yankee o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pu-jante, la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país, la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

En su carta inconclusa a Mercado, el Apóstol relataría días más tarde lo narrado por Bryson sobre su conversación con Martínez Campos, quien dio a entender que “llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. En la misiva, el líder cubano reiteraba que la guerra del 95 “ha venido a su hora en América, para evitar, aún contra el empleo franco de todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos”.

Como el corresponsal del Herald le había pedido declaraciones oficiales, el Apóstol le dicta un mensaje al editor de la publicación, el cual revisó y corrigió cuidadosamente. En dicho mensaje, justifica la Revolución del 95 en nombre de “la paz que solo puede asegurar el decoro satisfecho del hombre, el trabajo libre de sus habitantes”. Levantaba una advertencia contra cualquier “poder extraño que se prestase sin cordura a entrar de intruso en la natural lucha doméstica de la Isla favoreciendo a su clase oligárquica e inútil contra su población matriz y productora… Una República sensata de América jamás contribuirá a perpetuar así, con el falso pretexto de la incapacidad de Cuba, al alma de amo que la sabiduría política y la humanidad aconsejan extirpar de un pueblo”.

La Mejorana

Encuentro en el batey de La Mejorana entre el Apóstol, Maceo y Gómez.  (Autor sin identificar)

Encuentro en el batey de La Mejorana entre el Apóstol, Maceo y Gómez.
(Autor sin identificar)

También a principios de mayo lograron el Apóstol y Gómez tener contacto con Antonio Maceo. Él les dio cita en Bocucy pero luego, el 5 de mayo de 1895, se transfirió la sede de la reunión entre los tres grandes jefes al batey de La Mejorana, cerca del poblado de Dos caminos de San Luis, a pocos kilómetros de Santiago de Cuba. Martí describiría luego en su diario: “El ingenio nos ve como de fiesta, a criados y trabajadores se les ve el gozo y la admiración; el amo, anciano colorado y de patillas, de jipijapa y pie pequeño, trae vermouth, tabacos, ron, malvasía. ‘Maten tres, cinco, diez, catorce gallinas’. De seno abierto y chancleta viene una mujer a ofrecernos aguardiente verde, de yerbas”.

Antonio Maceo evidenciaba disgusto y cuando se apartó junto con Gómez para conversar en un ángulo del portal, testigos presentes en el lugar, aunque algo alejados de la casa, apreciaron en el diálogo desacostumbrados ademanes enérgicos en el Titán. Luego se les incorporó Martí y los tres se adentraron en la vivienda. Sobre lo que se conversó allí no tenemos, como se conoce, evidencias históricas concretas, no se conservan actas de la reunión ni declaraciones oficiales de sus participantes, solo inferencias y especulaciones, algunas lamentablemente festinadas y delirantes.

Según el consenso que predomina en la historiografía nacional, los aspectos principales abordados en esta reunión giraron sobre la forma y organización del gobierno independentista y la estrategia para la conducción de la guerra. Una de las hipótesis manejadas por los historiadores plantea que al Apóstol, en su condición de Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC), se le reconocía como máximo dirigente de la Revolución; Máximo Gómez sería el general en Jefe y junto con el Héroe de Baraguá conduciría la guerra sin injerencias de nadie.

Tal parece que durante esta reunión entre los tres grandes del independentismo, hubo diferentes criterios sobre la forma de gobierno. Martí propugnaba la existencia de un gobierno civil, con un presidente y una cámara de representantes con amplias facultades, pero sin posibilidades de interferir en el mando militar. Maceo abogaba por una junta de generales con mando y una secretaría general. Como no se llegó a acuerdo alguno, se decidió aplazar el debate hasta la Asamblea Constituyente de la República en Armas.

Según algunos autores, un tema candente de discusión resultó la supuesta proposición a Martí para que partiera al extranjero donde podría ser más útil a la Revolución. El Delegado no compartía ese criterio, aseguran esas fuentes, pues entendía que en Cuba estaba su puesto de combate. Según infieren estos investigadores, durante el encuentro Maceo conoció y aprobó el contenido del Manifiesto de Montecristi.

Alrededor de las cuatro de la tarde el general Antonio se separó de Martí y Gómez, quienes quedaron con una pequeña escolta y se trasladaron a un rancho en Banabacoa. El Titán, recapacitando que el Generalísimo y el Delegado habían quedado en un sitio abierto a ataques, envió al romper el día a una avanzada para que los trajera al campamento. Se disculpó con ambos y los presentó a la tropa, que los vitoreó. Martí describiría la escena en carta a Carmen Miyares y sus hijas: “¡Qué entusiasta revista la de los tres mil hombres a pie y a caballo que tenía a las puertas de Santiago! […] Les hubiera enternecido el arrebato del Campamento de Maceo y el rostro resplandeciente con que me seguían de cuerpo en cuerpo los hijos de Santiago de Cuba”.

Después los tres grandes de la Revolución se refugiaron en la sombra de unos tamarindos, que aún en 1995 se conservaban y los habitantes del lugar mostraban orgullosos a los visitantes. Esta vez el encuentro rezumaba cordialidad, pero como en La Mejorana nadie supo lo que dialogaron. Horas más tarde Gómez y Martí continuaron su marcha hacia Jagua, donde pernoctaron.

Dos Ríos, 19 de mayo

La maniobra desarrollada por Gómez para entablar el combate en un sitio donde la caballería podría moverse libremente no logró su propósito. Después de vadear el Contramaestre, al desembocar en la sabana, los insurrectos se toparon con una emboscada de unos 40 hombres, que trataron de contener el avance mambí, pero fueron macheteados al galope. La columna enemiga formó el cuadro y abrió fuego contra los cubanos. La caballería de Paquito Borrero se quedó estancada entre el río y el despoblado de vegetación. Gómez tampoco tuvo éxito en quebrar la resistencia ibérica.

Muerte de Martí, según el pintor Esteban Valderrama.

Muerte de Martí, según el pintor Esteban Valderrama.

En esos instantes Martí le pidió un revólver a uno de los ayudantes de Bartolomé Masó, Ángel de la Guardia, y lo convidó a marchar al combate, a pesar de las órdenes de Gómez que se lo prohibían. Arma en mano, el Apóstol espoleó su caballo hacia un matorral que crecía a unos 20 metros del Contramaestre, entre un corpulento dagame y un copudo y ramoso fustete.

“Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad. —Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”, le había escrito a Mercado en su carta incon-clusa del 18 de mayo. Retomado por Julio Antonio Mella desde una óptica marxista, en la década de 1920 se subrayó el antiimperialismo, antirracismo y latinoamericanismo de su ideario, el cual se incorporó como paradigma a la lucha revolucionaria. Blas Roca y Juan Marinello lo valoraron como antecesor legítimo del movimiento comunista cubano y Carlos Rafael Rodríguez lo calificó de “guía de su tiempo y anticipador del nuestro”. Fidel lo llama“el más genial y universal de los políticos cubanos”, cuyas ideas son“manantial inagotable de sabiduría política, revolucionaria y humana”. Che le consideraba “mentor directo de la Revolución”; y a su obra, “nuestro emblema, nuestra bandera de combate”. En su diálogo con los niños cubanos, los convidó a darle vivas a Martí, “que está vivo”, en plena coincidencia con lo manifestado por el propio Apóstol. “Trúecase en polvo el cráneo pensador, pero viven perpetuamente y fructifican los pensamientos que en él se elaboraron”.
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Fuentes consultadas
José Martí. Obras Escogidas. Tomo III, y José Martí. Epis-tolario. Tomo V. Los libros Martí. El Apóstol, de Jorge Mañach, Cesto de llamas, de Luis Toledo Sande, y José Martí. Cronología 1853-1895, de Ibrahím Hidalgo. El Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García