0
Publicado el 9 Noviembre, 2015 por Jorge Risquet Valdés en Historia
 
 

CRISIS DE OCTUBRE (I)

Cuando el pueblo fue un gran Maceo

Fidel en una de las áreas de combate

Al amanecer del 23 de octubre de 1962, unos 270 mil combatientes cubanos de las unidades regulares de las FAR se encontraban en sus trincheras con las armas listas. Junto a ellos, Fidel. (Foto: leiv motiv)

Por JORGE RISQUET VALDÉS

Después de la publicación por el diario Granma de una serie de trabajos con motivo del aniversario 50 de la Crisis de Octubre, en 2012, Jorge Risquet Valdés le entregó al periodista Lázaro Barredo un material que él había elaborado en el año 2000 para el prólogo de un libro sobre aquellos días. Con la publicación, en dos partes, de una versión de aquel texto, BOHEMIA le rinde homenaje al destacado dirigente del Partido, que nunca abandonó el periodismo

La Crisis de Octubre puede ser contada desde diferentes puntos de vista. Podría intentar contarla desde la misma noche del 22 de octubre de 1962, cuando acompañé al ministro de las FAR y jefe del Ejército de Oriente, comandante Raúl Castro al antiguo Palacio Presidencial a recibir las instrucciones del Comandante en Jefe y desde allí mismo, siguiendo sus órdenes, partimos ambos en automóvil, rumbo a Santiago de Cuba, con una breve escala en Santa Clara para hablar con el comandante Juan Almeida, entonces jefe del Ejército Central.

En enero de 1989 me tocó presidir la delegación de Cuba al Simposium Tripartita sobre la Crisis de Octubre, efectuado en Moscú, adonde concurrió una amplia representación norteamericana, encabezada por el exsecretario de Defensa Robert S. McNamara. Al frente de los anfitriones soviéticos se hallaban los académicos, directores de sendos institutos de investigación, Georgi Shaknazarov, también jefe del Departamento Internacional del CC del PCUS, y Eugene Primakov, más conocido actualmente por su desempeño reciente como canciller y primer ministro de la Federación Rusa. Otras personalidades más protagónicas en el enfrentamiento de 1962, Andrei Gromiko, Anatoli Dobrinin y Alexei Alekseev, integraron también el grupo de la URSS, aunque las fuerzas armadas soviéticas no estuvieron oficialmente representadas.

En aquel evento académico mucho se avanzó en el conocimiento de hechos hasta entonces no revelados y que fueron “desclasificados” por todas las partes. Quedó planteada y en principio aceptada la invitación cubana a un nuevo encuentro con sede en La Habana, donde participaría el único jefe de Estado viviente de los tres involucrados en la Crisis, el presidente Fidel Castro.

Como paso previo a tal análisis final en la capital de Cuba, efectuamos, en enero de 1991, un segundo simposium, esta vez en un lugar “neutral”, la Isla caribeña de Antigua.

La Conferencia Tripartita de La Habana tuvo lugar del 9 al 12 de enero de 1992, en el año del XXX Aniversario de la Crisis, y contó desde el principio hasta el fin con la presencia de Fidel. Por primera vez, participaron altos jefes militares de la URSS –desintegrada hacía un año- los generales Anatoly I. Gribkov y Georgi M. Titov. También la delegación norteamericana se incrementó con algunos personajes importantes como el ex subsecretario de Estado Edwin M. Martin y un alto ejecutivo de la CIA, de la década del sesenta, Ray S.Cline, ahora ya un inofensivo jubilado.

Poseedor de las vivencias de estos tres encuentros, de las conversaciones “off de record” sostenidas con prominentes figuras que aportaron detalles esclarecedores de momentos cruciales, de la vasta documentación de todo lo que en estos eventos se expuso oralmente o en material impreso desclasificado, considero más provechoso para el lector tratar de dar una visión global de aquellos días “luminosos y tristes” en que el mundo estuvo al borde del abismo nuclear. Mi dificultad consiste en resumir lo esencial.

La génesis de la Crisis

Fidel junto a los artilleros antiaéreos.

Fidel junto a los artilleros antiaéreos. (Foto: i.guim.co.uk)

El punto de referencia más inmediato a la Crisis de Octubre es la derrota de los mercenarios en la bahía de Cochinos. El Gobierno de Kennedy heredó de Eisenhower el tenebroso proyecto de liquidar la Revolución Cubana mediante esa invasión organizada, pagada y dirigida por la CIA y el Pentágono y no tuvo la lucidez y el valor y tal vez ni el suficiente poder, para desechar el descabellado y criminal plan, sino que aprobó su ejecución.

La Administración no escogió el camino de la valiente autocrítica sino el de la cobarde revancha. El nuevo plan agresivo culminaría en la invasión a Cuba por tropas norteamericanas en octubre de 1962, tal vez precedidas de unidades de contrarrevolucionarios cubanos reclutados para el Ejército yanqui. Este engendro, secreto entonces, es ya hoy un documento oficial desclasificado por Estados Unidos, el llamado Plan Mangosta.

Los pasos preparatorios del momento crucial de la invasión son bien conocidos. Aislamiento diplomático, mediante la expulsión de Cuba de la OEA y el rompimiento de relaciones de todos los países de América Latina con Cuba (con la honrosa excepción de México que rechazó el ukase del Imperio). Bloqueo económico, que desde entonces fue implantado y se prolonga hasta nuestros días. Agresiones piratas, sabotajes internos, organización de bandas contrarrevolucionarias, planes de asesinato contra Fidel, en fin, acciones en todos los terrenos con el propósito de provocar focos de rebelión dentro del país que servirían de pretexto a la agresión militar directa.

Solo en los primeros meses de 1962 fueron perpetradas cerca de cinco mil acciones contrarrevolucionarias en Cuba, como parte del Plan Mangosta. Todo lo que he referido: bloqueo económico, aislamiento diplomático, agresiones y sabotajes, ocurrió en el corto período que va desde Girón, 19 de abril de 1961, al 29 de mayo de 1962.

Ese día llegó a Cuba una delegación de alto nivel de la dirección soviética, encabezada por Sharaf Rashidov, miembro suplente del Buró Político; el mariscal Serguei Biriuzov, jefe de las tropas coheteriles de la URSS y Alexei Alekseiev, quien sería nombrado embajador en Cuba. Al igual que nuestra dirección, el Gobierno soviético conocía de estos hechos y valoraba como nosotros que se trataba de los preparativos de la agresión militar directa de Estados Unidos contra Cuba.

Esta delegación reiteró esa coincidencia en la apreciación del peligro que se cernía sobre nuestro país y la disposición soviética de analizar y encontrar conjuntamente las fórmulas para conjurarlo. En opinión de la URSS la única medida eficaz para disuadir a los Estados Unidos a detener sus planes en marcha de agresión militar sería la instalación en nuestra Isla de cohetes portadores de ojivas nucleares de alcance medio e intermedio, cuyo radio de acción cubriría casi todo el territorio norteamericano.

El análisis de la dirección cubana, encabezada por Fidel, se basó en principios. Si se tratara solo de la defensa de Cuba, no hubiéramos aceptado la instalación de los cohetes, ya que preferíamos otras medidas de menor costo político, tales como una declaración solemne del Gobierno soviético expresando con absoluta claridad y firmeza que una agresión a Cuba sería considerada como una agresión a la URSS, lo cual podría quedar jurídicamente establecido por un pacto militar de defensa mutua entre ambos países y rubricado materialmente por el envío acelerado de las armas convencionales que fueran necesarias y una masiva llegada de asesores militares que robustecieran nuestro poderío.

Pero la dirección cubana no analizó esta proposición con el criterio estrecho y egoísta de qué era lo que más convenía a Cuba. Lo que, principalmente, se tuvo en consideración fue nuestro aporte a mejorar la correlación de fuerzas coheteriles nucleares entre el enemigo imperialista y el campo socialista, del cual formábamos parte.

Partiendo del punto de vista de nuestro deber internacionalista, la respuesta adoptada unánimemente por el Secretariado de nuestro Partido fue un sí rotundo, sin vacilación alguna, comunicado al siguiente día a la delegación del Kremlin. Muchos detalles quedaban por precisar, desde luego. La sucesión de los acontecimientos posteriores, a grandes rasgos fue la siguiente:

Cronología del verano caliente

Del 3 al 16 de julio visita a la URSS una delegación encabezada por el compañero Raúl, quien se entrevista con Jrushov y trabaja con los jefes militares soviéticos. Se elabora un proyecto preliminar de Acuerdo Militar que inicialan Raúl, como ministro de las FAR, y el ministro de Defensa de la URSS, mariscal Rodion Malinosvski.

Por expresa indicación del Comandante en Jefe, Raúl repite a Jrushov la misma pregunta ya antes formulada a la delegación soviética en mayo: en el caso de que Estados Unidos descubriera en medio de su realización la operación del envío de cohetes nucleares a Cuba ¿cuáles podrían ser las posibles reacciones norteamericanas y cuáles las correspondientes respuestas soviéticas?

Resultaba obvio que correspondía a la dirección soviética la iniciativa de las decisiones estratégicas, pero ni en mayo en La Habana, ni en julio en Moscú obtuvimos una respuesta concreta y convincente de la URSS a esta interrogante de carácter estratégico.

Era lógico que el desplazamiento de cohetes, ojivas y demás armas y tropas de la URSS a la Isla constituyera una operación militar secreta, pero nuestra dirección era partidaria de la publicación oportuna de un documento jurídico y político sobre la colaboración de nuestros países en el terreno de la defensa, de modo que la opinión pública internacional y de Estados Unidos en particular conociera que ambos Estados, Cuba y la URSS, en uso legítimo de su soberanía y acorde a la carta de Naciones Unidas, en defensa del pequeño país amenazado de invasión y como contribución a la paz mundial, estaban adoptando las medidas extraordinarias que consideraban adecuadas y necesarias.

La nación en pie de guerra

La nación en pie de guerra. (Foto: PERIÓDICO REVOLUCIÓN).

Tal pronunciamiento público tenía el objetivo de impedir que el Gobierno yanqui, al comprobar eventualmente la existencia de los cohetes en Cuba pudiera presentar engañosamente este acto legítimo y soberano como una acción truculenta y pérfida dirigida a situar subrepticiamente al pueblo norteamericano bajo una amenaza nuclear instalada a 90 millas de sus fronteras.

El 7 de julio, durante la presencia del ministro de las FAR en la URSS tuvo lugar la primera reunión en el Kremlin, en la que Jrushov y Malinoski impartieron las órdenes pertinentes a un grupo de altos jefes militares soviéticos para el inicio y ejecución de la Operación Anadir, denominación codificada que se dio al envío de los cohetes y las tropas soviéticas a Cuba.

El 12 de julio, se realizó el primer vuelo de un avión del tipo TU 114 a Cuba y en este arribó el Grupo Operativo de la Agrupación de Tropas Soviéticas.

Mientras tanto, la campaña anticubana en Estados Unidos adquiría un carácter estentóreo, histérico, cada día más amenazador y peligroso, exacerbado además por el proceso de elecciones congresionales fijadas para principios de noviembre.

Nuestra dirección tenía la convicción de que en algún momento tan extraordinaria movilización militar y su aspecto medular, la instalación de los cohetes nucleares, sería detectada por el enemigo.

Con el propósito de discutir una vez más con el Gobierno de la URSS e insistir en nuestro punto de vista acerca de la necesidad de alertar convenientemente por nuestras partes a la opinión pública mundial, se decidió enviar una nueva delegación a Moscú el 27 de agosto, esta vez presidida por el comandante Ernesto Che Guevara.

El Che era portador del segundo texto del Acuerdo Militar, revisado y enriquecido de su puño y letra por el Comandante en Jefe, listo para publicar si la parte soviética aceptaba hacerlo en ese momento. Jrushov siguió manteniendo su criterio de que el Acuerdo Militar no debía publicarse hasta después de concluida la Operación Anadir y transcurridas las elecciones en Estados Unidos. Según su proposición, Nikita viajaría a Cuba en noviembre y en esa ocasión él y Fidel firmarían y harían público el convenio.

A la pregunta de qué haría la URSS en caso de que Estados Unidos descubriera antes del plazo señalado la instalación del arma nuclear en Cuba, Nikita respondió al Che, como antes lo había hecho a Raúl: “Mandaremos al Caribe la Flota Soviética del Báltico”.

Evidentemente, la respuesta ofrecía una discutible acción militar demostrativa, no obstante, de firmeza; pero eludía la cuestión política fundamental que justamente preocupaba a la dirección cubana.

Cuba: base nuclear

En los últimos días de septiembre desembarcaron los cohetes R-12 por los puertos de Bahía Honda, Mariel y Casilda.

Las primeras ojivas nucleares, a bordo del navío Indirski llegaron a Mariel el 4 de octubre y el 23, por el mismo punto, el resto de las cargas nucleares para todos los portadores tácticos y estratégicos, incluyendo las de los cohetes R-14, que nunca llegaron.

El 4 de octubre quedó plenamente lista la primera rampa de lanzamiento, en Sitiecito, norte de la provincia villareña. El 10 otras cuatro instalaciones estaban en condiciones operativas.

Este logro se elevó a 20 emplazamientos el día 20 y cinco días después, los tres regimientos de R-12 (36 cohetes) estaban listos para el combate.

Desde luego, nunca se instalaron las ojivas nucleares en los cohetes ni fueron preparados con los combustibles líquidos y los oxidantes, operación que dura dos horas y media y solo se realiza después de la orden de listo para el disparo.

De otra parte, las rampas móviles de lanzamiento de ojivas nucleares tácticas, sin emplazamientos fijos y por lo tanto indetectables por el reconocimiento aéreo enemigo, siempre estuvieron listas. La orden de su utilización era potestad de los jefes soviéticos en Cuba y no dependían de Moscú. Serían las primeras en ser utilizadas en el caso de una concentración de buques que se acercara a Cuba con el propósito de invadirla.

(De este “detalle”, revelado por el general Gribkov, se enteró en La Habana McNamara, quien, anonadado, pidió que recesara la sesión. Cuando salimos de la sala por un pasillo me expresó con voz emocionada: “Cuán cerca estuvimos de la catástrofe nuclear…”).

La preparación de nuestro pueblo para enfrentar la agresión marchaba a un ritmo tremendo. Para octubre, contábamos con 270 mil efectivos en unidades regulares, integrando tres ejércitos y 56 divisiones. Si sumamos a estas, agrupaciones irregulares de milicias y defensa civil, las fuerzas del Ministerio del Interior, etcétera, llegaban a 400 mil los hombres y mujeres listos para participar en las acciones militares y sus consecuencias.

De otra parte, culminaba con éxito la gigantesca Operación Anadir, que incluía también cohetes antiaéreos SAN 75, blindados, lanchas coheteras, aviones de bombardeo IL 28, rampas y cohetes tipo Luna, para cargas nucleares tácticas, y más de 40 mil combatientes soviéticos.

El 29 de septiembre se había emitido la Declaración Conjunta número 360 del Congreso yanqui que autorizaba al Ejecutivo a adoptar las más drásticas acciones militares en el caso de que en Cuba se instalaran armas que a consideración de Estados Unidos constituían, por su carácter ofensivo, un peligro para la seguridad de la Unión.

Esta prepotente amenaza del Capitolio y de la Casa Blanca fue respondida por nuestro Consejo de Ministros con la firmeza y serenidad que caracterizaron nuestras decisiones durante toda la Crisis, sin dejar nunca cerrada la puerta de la paz, de un acuerdo honorable, donde nuestra soberanía y nuestra seguridad nacional quedaran cabalmente salvaguardadas.

Cuba, consecuente con su política de paz y de defensa de su soberanía, proclamó una vez más aquel 8 de octubre en la Asamblea General de la ONU, su disposición a negociar y buscar una solución decorosa a la Crisis que habría de desencadenarse dos semanas después. No obstante, la voz de Cuba fue desconocida una vez más por los arrogantes imperialistas.

La Casa Blanca buscaba frenéticamente las evidencias de armas nucleares en Cuba. El 14 de octubre un avión espía U-2 sobrevolando la región de San Cristóbal logró las fotos que inequívocamente mostraban un emplazamiento coheteril nuclear.

Paradójicamente, cuatro días más tarde, durante la entrevista que sostuvieron en Washington el presidente Kennedy y el canciller soviético Gromiko, a pesar de haberse abordado el fortalecimiento militar de Cuba no se mencionó específicamente el asunto de los misiles por ninguno de los interlocutores.

La semana más peligrosa de la historia de la humanidad

Para Kennedy, esto le permitía tener en sus manos la iniciativa, resultaba una ventaja militar, política y propagandística, que aprovecharía (tal como lo había previsto la dirección cubana) el 22 de octubre de 1962, cuando anunció al mundo la presencia de los cohetes en Cuba y el establecimiento del bloqueo naval en torno a nuestra Isla.

La Crisis del Caribe, que puso al mundo al borde del holocausto nuclear había estallado.

Aquel 22 de octubre a las 15:50 horas, el Comandante en Jefe Fidel Castro había dispuesto ya el estado de alerta para nuestras fuerzas armadas y a las 17:35 había ordenado la alarma de combate, ante el anuncio con ribetes sensacionales, del discurso de Kennedy, fijado para las 19:00 horas.

Al amanecer del día 23, unos 270 mil combatientes cubanos de las unidades regulares de las FAR se encontraban en sus trincheras con las armas listas. Enfrentando el mismo peligro y animados de la misma voluntad de lucha se hallaban decenas de miles de hermanos internacionalistas soviéticos dotados de su poderoso armamento.

De la URSS llegaban noticias alentadoras. TASS trasmitía una enérgica declaración del Gobierno soviético y Jrushov enviaba una carta a Kennedy en igual sentido: […] Espero que renuncie a las acciones que Usted ha dispuesto y que pueden conducir a consecuencias catastróficas para la paz mundial”.

El primer ministro soviético también dirigió a Fidel un mensaje redactado en términos muy firmes: “[…] Hemos dado instrucciones a los representantes militares soviéticos que se encuentran en Cuba, sobre la necesidad de adoptar las medidas correspondientes y estar en completa disposición. […] Expresamos la firme convicción de que los planes agresivos de los imperialistas americanos serán frustrados”.

Conversaciones entre John F. Kennedy y Nikita Jrushov

Dos de los protagonistas de la Crisis, John F. Kennedy y Nikita Jrushov, se mantuvieron en contacto, pero a distancia. (Foto: gdb.voanews.com)

En Nueva York se reunía el Consejo de Seguridad. El embajador norteamericano en la ONU trató de justificar la acción piratesca de Estados Unidos, el bloqueo naval a Cuba, verdadero acto de guerra bautizado hipócritamente de “cuarentena”, tal como lo denunció el representante cubano.

El delegado soviético llamó a poner fin al bloqueo e iniciar negociaciones para resolver la crisis, pero persistió en el error de negar la existencia de “armas ofensivas” en Cuba en vez de defender la legitimidad de la presencia de material bélico para la defensa de la Isla, como resultado de un acuerdo de dos países soberanos, amparado en el Artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas.

En Washington el secretario de Defensa McNamara informó a Kennedy y demás integrantes del Comité Ejecutivo de Seguridad Nacional (Ex Com) que las fuerzas navales ya se encontraban en sus puestos para hacer cumplir la “cuarentena” y que 45 buques soviéticos navegaban en dirección a la Isla sin alterar su rumbo. La decisión norteamericana fue interceptar estos buques y cualesquiera otros que se dirigieran hacía Cuba.

Por su parte, el presidente Kennedy dirigió un mensaje a Jrushov. “[…] es importante que ambas partes muestren prudencia y no hagan nada que complique aún más el control de la situación”, y le pidió al premier soviético que ordenara a sus barcos que observaran la zona de “cuarentena”. Moscú decidió aceptar de hecho el bloqueo naval, sus naves hicieron un giro de 180 grados rumbo al punto de partida. Ello incluía los cohetes intermedia R-14.

Esa noche millones de cubanos, en sus trincheras, en sus puestos de trabajo o en sus hogares, a través de la radio y la televisión siguieron palabra a palabra la voz enérgica del Comandante en Jefe.

Fidel dejó claramente sentado que no tenía obligación de rendirle cuentas al Gobierno de Estados Unidos y negó que ese país tuviera derecho a decidir la clase y el número de armas que debía o no tener Cuba. Advirtió categóricamente: “[…] nosotros hemos tomado las medidas pertinentes para resistir y -óigase bien, óigase bien- para rechazar cualquier agresión directa […]”. “[…] a nuestro país no lo inspecciona nadie, […] porque jamás le daremos autorización a nadie y jamás renunciaremos a la prerrogativa soberana de que dentro de nuestra frontera somos nosotros los que decidimos y somos los que inspeccionamos y nadie más”.

Fidel impugnó, uno a uno, los argumentos utilizados por Kennedy para implantar el bloqueo y explicó cómo fue utilizada la OEA para apuntalar jurídicamente tan ilegal acción. De igual forma, denunció las transgresiones de las normas de convivencia entre las naciones cometidas reiteradamente por Estados Unidos, como era el caso de la violación del espacio aéreo y naval cubanos. En otra parte de su intervención refirió que el Gobierno Revolucionario siempre estuvo dispuesto a resolver, en condición de igualdad, sus diferencias con Estados Unidos.

Al mismo tiempo, el Jefe de la Revolución afirmó que Cuba era partidaria del desmantelamiento de todas las bases militares y de la no permanencia de tropas extranjeras en el territorio de otro país.

Estas palabras pusieron en claro la posición que el Gobierno cubano mantendría invariablemente durante todo el desarrollo de los acontecimientos de la crisis y la justeza y legitimidad política y jurídica de los principios de soberanía que defendía, cuyo basamento legal estaba reconocido por la Carta de Naciones Unidas.

(La segunda parte de este artículo se publicará en la próxima edición)


Jorge Risquet Valdés

 
Jorge Risquet Valdés