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Publicado el 9 Noviembre, 2015 por Igor Guilarte Fong en Historia
 
 

PEDRO SANTACILIA

El benemérito santiaguero

(Pedro Antonio Santacilia Palacios Foto: Autor sin identificar)

Pedro Antonio Santacilia Palacios

Por IGOR GUILARTE FONG
Fotos: Archivos de BOHEMIA y del autor

No son pocos quienes lo consideran mexicano por naturaleza, por haber vivido más de la mitad de sus días allá. Ni imaginan que nació en un antiguo caserón sito en la esquina de las actuales calles Trinidad y Moncada, en Santiago de Cuba, el 24 de junio de 1826. Otros hasta ignoran su nombre.

Se llamó Pedro Antonio Santacilia Palacios, y aunque por herencia paterna venía signado para ser leal servidor de la Metrópoli, prefirió integrarse a la hornada criolla que desafió su señorío.

Desde niño sufrió los desmanes del yugo colonial cuando fue llevado al exterior por su padre, el capitán de granaderos Joaquín Santacilia, quien salió expulsado a Jamaica entre los implicados en el frustrado movimiento constitucionalista del general Manuel Lorenzo, a la sazón gobernador del departamento oriental.

Más tarde su familia se trasladó a España, y allí cursó estudios hasta el bachillerato. Regresó a suelo natal con 19 años, para insertarse en el panorama de auge económico e intelectual existente en la urbe. A partir de ese momento comenzó a resonar su nombre en la élite del ámbito local y aún más allá; de tal suerte que el Liceo Científico, Artístico y Literario de La Habana, lo nombró socio de mérito y corresponsal.

Poeta de la libertad

Como hombre de ilustración tuvo fecunda ejecutoria, en la que puso de manifiesto sus múltiples facetas de educador, historiador, periodista, poeta, ensayista, traductor, político y patriota.

Su creación trasciende en obras literarias, poemas, ensayos y crónicas, en los cuales destacó por el rescate de tradiciones y sucesos pasados. También realizó una prolija labor periodística, con colaboraciones en importantes periódicos locales como El Redactor, así como en publicaciones habaneras y extranjeras.

En el ejercicio del magisterio sembró la simiente libertaria en su estudiantado, de donde brotaron hombres como Pablo Lafargue, el gran socialista y yerno de Karl Marx. Asimismo abogó por extender y reformar la enseñanza, sobre todo en áreas rurales.

Pero indudablemente como figura de letras, halló su mayor deleite en el cultivo del Parnaso, legando versos nutridos de patriotismo y opuestos a la monarquía. Consecuente con su tiempo, Santacilia vivió y sintió por la causa de Cuba, y blandió su pluma cual arma de combate, para no envainarla sino con el fin.

De tal modo, se erigió a la vanguardia de una juventud belicosa que se valía de cualquier espacio para expresar su desacato al régimen. A su arrojo se atribuyen hazañas como haber repartido banderitas cubanas durante celebraciones oficiales, y boicotear un baile en homenaje a Isabel II vertiendo polvo fétido sobre la representación del trono y acuchillando el retrato de la reina. No menos famosa es su respuesta a la insultante cuarteta que algún integrista clavó en la puerta de la Sociedad Filarmónica santiaguera:

Desatar el lazo odioso/ que a esta tierra tiene unida/ a la España aborrecida/ con nudo tan vergonzoso./ Romper el lazo afrentoso/ de tan serviles tiranos/ ser libres, republicanos,/ no esclavos de gente goda/ eso quieren de alma toda/ los novelescos cubanos.

El relieve de líder generacional quizá ya lo había marcado desde la circulación de su Canto de Guerra (1848), texto trascendental más que por el valor intrínseco de la lírica, por constituir un verdadero himno de combate. En su contenido se advierte el rechazo del autor al servilismo, y su abierto clamor por la respuesta armada como mejor senda a la libertad. A pesar de que la guerra no estalló sino 20 años después, ya en estas estrofas Santacilia trazaba el derrotero:

¡A las armas, hermanos, volemos,/ el momento llegó de la lucha/ ya la voz de la patria se escucha/ que resuelta nos llama a pelear!/ […] No el temor de morir nos arredre/ ni el momento glorioso retarde,/ tema solo quien vil y cobarde/ cual esclavo prefiere vivir;/ si es preciso morir en la lucha,/ moriremos con fe en la victoria,/ compraremos con sangre la gloria,/ siempre es bello luchando morir.

Por involucrarse en cuantas intentonas, revueltas y proclamas pudo, fue acusado de conspirador activo por las autoridades. Sufrió persecución y reclusión. Luego de ser remitido al Castillo del Príncipe, salió deportado en enero de 1852. Tuvo como presidio a varias ciudades de la Península, de donde huyó a Norteamérica. Jamás volvió a pisar tierra cubana.

Sobre el triste episodio, y tal vez como vaticinio de su porvenir escribió ¡Adiós!, conmovedor poema que irradia sentimientos de frustración y desconsuelo:

¡Adiós, pueblo mío! –Con voz iracunda/ que parta me ordena destino feroz,/ el llanto por eso mis ojos inunda/ que es triste a la patria mandar un ¡adiós!/ Si quiere el destino que lejos sucumba/ del suelo adorado que vida me dió [sic]/mi voz postrimera: la voz de la tumba/ en alas del viento te irá con mi ¡adiós!

Igual de poco conocido es que los versos de su oda A Cuba (1850) fueron adaptados y musicalizados años después por el militar tico Manuel María Gutiérrez, para formar parte de La Patriótica Costarricense, considerado el segundo himno del país centroamericano:

Cuba, Cuba, mi patria querida/ vergel bello de aromas y flores,/ cuyo cielo de puros colores,/ densa bruma jamás ocultó./ Yo en tu suelo nací venturoso,/ tú abrigaste mi cándida infancia,/ y por eso mi eterna constancia/ adorarte por siempre juró.

México y Juárez

Santiago de Cuba, dibujo de época

Aunque pasó la mitad de su vida en el exilio, nunca dejó de añorar su Santiago natal. (Foto: Autor sin identificar)

Largo y espinoso fue el periplo del destierro hasta que logró llegar a Estados Unidos. En New Orleans fue auxiliado por Domingo Goicuría. Precisamente, allí conoció a Benito Juárez, quien buscaba borrar los lastres coloniales que subsistían en la sociedad mexicana.

Por su filiación ideológica, el poeta se identificó con esa causa, y en ejemplo de solidaridad puso sus servicios a disposición del pueblo hermano. Desde entonces estos grandes hombres quedaron ligados, primero por el pensamiento político; y luego por una entrañable amistad y lazos familiares, ya que el santiaguero se casó con Manuela, la primogénita del prócer zapoteca.

En la tierra donde al decir de Martí “todo peregrino halló refugio”, el criollo sumó a sus habituales quehaceres literarios y periodísticos, una amplia incursión en la política. Cuando el Imperio de Maximiliano fue derrotado, acompañó a su amigo y suegro en el período de superación y reformas posterior. De hecho, fue elegido siete veces diputado al Congreso.

Santacilia llegó a ser secretario particular de Juárez, y especialmente le brindó un valioso apoyo cuando el presidente llevaba a cuestas su gobierno itinerante. En ese período lo encargó de velar por la familia.

“Mi querido hijo Santa”, lo llamó aquel en varias de sus cartas; y es que entre ambos se entabló una relación tan estrecha, creció una unidad tan importante, que siempre y cuando se hable del Benemérito de las Américas habrá de mencionarse necesariamente, el nombre Pedro Santacilia.

El fiel cubano

Aun cuando adoptó a México como segunda casa, conservó el espíritu de cubanía en el pináculo de su vida. Apegado a ese sentir prosiguió con la difusión de la doctrina insurrecta y mantuvo su postura de acérrimo adversario de anhelos imperialistas -viniesen de España, Francia o Estados Unidos- con respecto a su patria natal y a la América toda.

Cuentan que durante una ceremonia, tras un enardecido discurso del presidente Juárez, Santacilia propuso un brindis “por la independencia de los pueblos americanos que están sujetos todavía a la dominación europea. ¡Porque desaparezca de Cuba el pendón de Castilla!”.

Cuando estalló la guerra de los Diez Años fungió como agente de la República en Armas. Además de enviar combatientes a la Isla, gracias a su ingente labor México fue la primera nación en reconocer el derecho de los cubanos a luchar por su libertad.

El propio Carlos Manuel de Céspedes ponderó su papel en carta del 9 de junio de 1869, enviada a Benito Juárez desde la manigua de Sibanicú:

“Por una comunicación que el ciudadano Pedro Santacilia dirigió al Club Revolucionario Cubano en New York (hoy Junta Central Republicana de Cuba y Puerto Rico) ha llegado a conocimiento de este gobierno, que el gobierno general de esa República de que es usted Excelentísimo muy digno Presidente, ha acordado se reciba la bandera de Cuba en los puertos de la Nación aun cuando no se había hecho todavía una declaración oficial reconociendo a los patriotas cubanos el derecho de beligerantes.

“Después el mismo ciudadano Santacilia, con señales de inequívoca efusión patriótica, se sirvió participar al citado club, que el Congreso había autorizado al Ejecutivo para que reconociera la propia beligerancia cuando lo tuviere por conveniente”.

En 1902 fue el primero en inscribirse en la oficina consular de Cuba abierta en México, para dejar constancia de su origen. “¿Verdad que es muy agradable eso de ser paisano de Heredia y de Maceo?”, escribió en diciembre de 1901 a su coterráneo Francisco Sellén.

Apegado a su ideología, estuvo al tanto del acontecer político-social de la Isla, y particularmente de su urbe materna. Ni siquiera los quebrantos de la vejez fueron barrera para seguir aportando sus modestos esfuerzos en toda gestión para Cuba. Como “el fiel cubano Santacilia” lo calificó el Apóstol –quien lo conoció y estimó- por su talento y llevar la Patria cual latido perenne en su corazón.

Deuda histórica

En México, donde halló segunda patria, fueron enterrados sus restos

En México, donde halló segunda patria, fueron enterrados sus restos. Allá permanecen, quién sabe si perdidos para siempre. (Foto: Bing Images)

Pero aquel “centauro bigotudo” ocultó bajo tanta firmeza los pesares del exilio. Absorto se percibe en su iconografía. Incluso una anécdota citada por el también bardo proscrito Bonifacio Byrne, refleja cómo Santacilia fue capaz de llorar en plena calle de New York, al escuchar la melodía de una danza cubana.

Murió al amanecer del martes 1º de marzo de 1910, con 84 años de edad, en su casa de la calle Vallarta, en tierra donde fue acogido e idolatrado como un hijo. Su cuerpo quedó inhumado en el Panteón Francés.

En este año en que se cumplió el aniversario 105 de su desaparición física, vale recordar que la personalidad del “fiel cubano” constituye aún tema pendiente para la historiografía nacional. Resucita como compromiso prorrogado. Llama la atención que siquiera tenga tarja ni busto.

Allá en lejano suelo reposan sus restos mortales todavía. ¿Quién sabe si perdidos para siempre? O esperando quizá por el soñado retorno a la patria que le fue imposible en vida. Un intento hubo sí, en 1952, de devolverlos a la cuna, aunque fracasado. ¡Cuán grato sería si el pueblo cubano pudiera acudir a su retablo para rendirle merecida reverencia!

Pero si se mantuviera eterno el exilio del mártir, lo imprescindible es no sepultarlo en el olvido. Conocer la existencia de figuras como él significa no ser indiferentes a una necesidad patriótica contemporánea. Ello se pudiera encarnar en el monumento que le debemos.

Por sus sobradas virtudes, por ser nuestro y universal, quién refutaría que en sublime y respetuosa analogía, Pedro Santacilia pudiera instituirse para la Historia como “El Benemérito Santiaguero”.


Igor Guilarte Fong

 
Igor Guilarte Fong