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Publicado el 27 Enero, 2016 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

El naufragio del Hawkins

En su desaparición arrastró consigo a cinco expedicionarios igual número de tripulantes

Por TOMÁS GUTIÉRREZ GONZÁLEZ
Fotos: Archivo de BOHEMIA

Cuando estalló la guerra, Calixto García se encontraba en España bajo control y constante vigilancia enemiga.

Cuando estalló la guerra, Calixto García se encontraba en España bajo control y constante vigilancia enemiga.

Transcurrían los meses finales del año 1895. La guerra por la independencia de Cuba, promovida y organizada por José Martí y el Partido Revolucionario Cubano había comenzado el 24 de febrero. La emigración revolucionaria ardía en deseos de incorporarse al Ejército Libertador. Los principales jefes mambises ya combatían en los campos de Cuba libre. Solo faltaba aquel que constantemente reclamaba el general en jefe, Máximo Gómez, en su correspondencia con el exterior: el mayor general Calixto García Íñiguez.

Este se encontraba en España bajo control y constante vigilancia. En noviembre de ese año logró evadirse a Francia y luego trasladarse a los Estados Unidos. Tan pronto arribó a Nueva York se puso en contacto con la Delegación cubana para organizar una expedición armada. Preparar en ese país una empresa de esa naturaleza, aunque perseguía contribuir a liberar a la Isla de la opresión colonial española y gozaba de las simpatías y el apoyo del pueblo norteamericano, debía superar múltiples obstáculos. Los patriotas tenían tras ellos un enjambre de agentes españoles y la constante persecución de las autoridades estadounidenses que hacían todo lo posible por impedirlo, debido esencialmente a sus conocidas intenciones de apropiarse de Cuba.

Preparativos

A pesar de las difíciles circunstancias imperantes, comenzaron a desarrollar una febril actividad para concretar sus aspiraciones. Calixto García se concentró en la determinación y acopio del armamento y el resto del equipamiento militar y logístico que conduciría la expedición. Estrada Palma y la delegación, en conseguir el medio de transporte para hacerla llegar a tierras cubanas. La mayor dificultad se presentaba en adquirir un buque adecuado y seguro. El asunto resultaba complejo y se dilataba más de lo esperado.

Por último apareció el vapor Hawkins, un viejo barco comprado luego de inspecciones previas y los favorables informes brindados por un especialista. No obstante algunos consideraban que el buque no reunía las condiciones adecuadas y a solo unas horas de la partida, el jefe mambí recibió una carta donde le recomendaban no viajar en este por encontrarse en pésimas condiciones. Pero la decisión estaba tomada. Días antes el general había expresado su intención de irse para Cuba “hasta en una tabla”.

La noche del 25 de enero de 1896, un centenar de hombres se reunió en un depósito de mármol a orillas del río Hudson, listo para partir. Los futuros soldados libertadores llegados en pequeños grupos y por diferentes vías se movían silenciosamente entre las sombras de la noche. Alrededor de las diez y media abordaron un remolcador y salieron mar afuera, donde los esperaba el Hawkins que ya traía consigo un valioso cargamento de guerra. Adentrada la noche los audaces expedicionarios lograron abordar el buque y comenzó su lento movimiento por aquel helado mar.

Sobre las siete y treinta de la mañana del siguiente día fueron llamados a reunión los jefes principales y se organizó el mando de las fuerzas y el orden del desembarco previsto realizar en la región de Baracoa, provincia de Oriente. A la vanguardia estaría el teniente coronel Juan Pablo Cebreco, al centro con el Estado Mayor el brigadier Juan Fernández Ruz, y a la retaguardia, el brigadier Avelino Rosas Córdoba, internacionalista colombiano conocido como “el león del Cauca”. Próximo a las 11 de la mañana se ordenó a los combatientes formar sobre la cubierta para pasar lista y recibir su equipo de campaña.

A la deriva

Pasadas las horas de la tarde el buque se alejaba cada vez más de las costas norteamericanas. Cerca de las 11 de la noche, un expedicionario se percató que la nave hacía agua. Por las grietas e imperfecciones de la embarcación penetraban las aguas a raudales. Tres horas antes la bomba de achique había quedado definitivamente inutilizada. El peligro de hundimiento era inminente. Ante esa inesperada situación el general tomó la amarga decisión de poner proa a tierra y de inmediato aligerar la embarcación.

Comienza el lanzamiento al mar, en primer orden, del carbón y las provisiones de víveres y después, al no detenerse la penetración del agua, siguieron las monturas, los machetes, 1 200 fusiles con su parque, un cañón y sus municiones y la dinamita. Iban al fondo del océano los recursos obtenidos mediante el aporte monetario de los humildes emigrantes cubanos, puestos a disposición de la revolución.

Entre las tres y las cuatro de la madrugada se apagaron las calderas del vapor. Soplaban fuertes vientos de tormenta, las olas golpeaban unas tras otras la vetusta estructura del Hawkins hasta romper el timón y quedar el buque a la deriva. La situación se tornaba extremadamente crítica, pero aquellos hombres se crecían ante los peligros. Pasadas las cuatro el capitán situó una antorcha encendida sobre la casilla del timón en señal de auxilio para llamar la atención de cualquier nave cercana.

El brigadier Avelino Rosas Córdoba (sentado, con chaqueta negra), internacionalista colombiano conocido como "el león del Cauca", junto con un grupo de mambises.

El brigadier Avelino Rosas Córdoba (sentado, con chaqueta negra), internacionalista colombiano conocido como “el león del Cauca”, junto con un grupo de mambises.

Al amanecer del 27 de enero, bajo una espesa niebla y sobre una ligera capa de nieve en la cubierta del Hawkins, el general Calixto García reunió a los expedicionarios y con voz firme y segura les expresó: “Compañeros, vamos a morir; pero morir luchando sobre los campos de la patria o desapareciendo aquí, todo es igual. Hemos cumplido con nuestro deber”. Casi concluyendo, retumbo un estruendoso grito: ¡Viva Cuba libre!

Luego siguió una tensa calma. Todo lo que fue posible hacer hasta ese momento, estaba hecho. Ya de día, flotaban al aire las banderas que anunciaban auxilio y se mantenía en alto la antorcha que iluminó casi toda la noche. En sus alrededores no se observaba señal alentadora alguna. Se encontraban a decenas de millas de las costas y el Hawkins, a pesar de los esfuerzos, continuaba al garete, haciendo agua y hundiéndose lenta e inexorablemente. Se agotaban las fuerzas físicas y milagrosamente se mantenía a flote el buque. Aunque todos conservaban la serenidad, estaban convencidos de que en cualquier momento se produciría el desenlace final.

Rescate

Avanzada la mañana, cuando fuerzas y esperanzas iban desapareciendo, se escuchó un grito alentador. El guardia de proa que buscaba desesperadamente en la neblina, observó algo. Era una embarcación. Muchos dudaron pero en efecto, se acercaba en su auxilio la goleta Leander Beebe que acudía a toda vela y al mismo tiempo trasmitía avisos a otras próximas, la Helen M. Berredict y la Alicia Crosby, todas de banderas norteamericanas.

En instantes se ordenó arriar botes al agua y abandonar la nave. Transcurrían aceleradamente los minutos. Mientras los botes eran ocupados de manera disciplinada y ordenada por los expedicionarios, las goletas a pesar de las fuertes olas y el viento reinante se acercan y colocan en posiciones que favorecen el auxilio

Exactamente a las 10:20 de la mañana, en medio de aquella mar embravecida y cuando la nave quedaba abandonada, y todos los expedicionarios se hallaban sobre los botes, el Hawkins levantó la proa y se hundió en la profundidad del océano a unas 60 millas de Nueva York. En su desaparición arrastró consigo a cinco tripulantes. También perecieron igual número de expedicionarios de cuyo deceso el periódico Patria plasmó en su primera plana del 1º de febrero, lo siguiente:

“Pésame. La emigración cubana está de duelo. Cinco jóvenes patriotas han perecido trágicamente, víctimas de la adversidad en una de sus formas más crueles. Han naufragado. Pocas horas antes de la terrible catástrofe estaban llenos de vida, alentando lisonjeras esperanzas de servir a Cuba en su hora de prueba, dispuestos a ofrendarle su vida. El destino le ha tomado prematuramente la palabra; y han muerto con sus esperanzas y sus nobles anhelos. Los cubanos inscribirán los nombres de Mariano Alberich, Augusto Benech (francés), Víctor Gómez, Francisco María Gaitán (colombiano) y Emilio Jallais (francés) en el libro de sus recuerdos dolorosos, y poniendo delante de los ojos la imagen de estos y de tantos otros jóvenes llenos de entusiasmo y abnegación, por la causa sagrada de la libertad de Cuba, sentirán centuplicado su ardor y perseveran en la obra redentora, para que de ningún modo puedan llamarse estériles estos tremendos sacrificios”.

A pesar de las adversidades

Al frente del Estado Mayor de la expedición estaba el brigadier Juan Fernández Ruz

Al frente del Estado Mayor de la expedición estaba el brigadier Juan Fernández Ruz

Las tres goletas salvadoras condujeron a los sobrevivientes del Hawkins a Nueva York. Regresaban tristes por la pérdida de sus compañeros desaparecidos, al igual que el buque que los llevaría a Cuba, pero iban llenos de ideales y de coraje, decididos a continuar luchando. Varias semanas después, el lunes 24 de febrero de 1896, en el primer aniversario del alzamiento, ya Calixto García y sus compañeros habían organizado una nueva expedición en el vapor Bermuda, pero fueron apresados por las autoridades norteamericanas, a la vista de la estatua de la Libertad en la bahía de Nueva York. Las adversidades ponían nuevamente a prueba la voluntad de los patriotas.

Finalmente, en el mes de marzo, luego de dividir el contingente en tres grupos, lograron organizar y desembarcar en Cuba igual número de expediciones. El día 19 lo hizo por Varadero, Matanzas, el general Enrique Collazo en el Three Friends; en igual fecha arribó a Nuevas Grandes, Camagüey, el coronel Braulio Peña en el Comodoro y el 24 de marzo desembarcaba en el Bermuda, el general Calixto García por Maraví, Baracoa, Oriente. Llegaban en ellas 143 combatientes, 3 850 fusiles, 2 100 000 municiones, tres cañones, 2 000 libras de dinamita y otros medios.1

A finales del mes de abril el general en jefe Máximo Gómez, en carta a Estrada Palma le hace referencia de la partida de Cuba del jefe de las fuerzas españolas, Arsenio Martínez Campos y su sustitución por Valeriano Weyler, y los refuerzos recién llegados a la revolución, en los siguientes términos: “[…] goza nuestro ejército de envidiable salud. Las cartucheras están repletas de parque. Hemos recibido tres valiosísimas expediciones y cuando se retiran sus generales desembarcan los nuestros. Ahora ¿qué resta? … Triunfar”. Frente a todas las adversidades se impuso la decisión de vencer. Así eran nuestros mambises.
(*)Coronel (R). Especialista del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado (CIHSE). Nieto del teniente coronel mambí Rafael Gutiérrez Marín, sobreviviente del Hawkins y expedicionario del Comodoro.


Fuentes consultadas
Expediciones de la Guerra de Independencia.1895-1898, de César García del Pino. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996.


Redaccion Cultura e Historia