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Publicado el 11 Marzo, 2016 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Panchito Gómez Toro: Un mambisito de ley

José Martí solía decir que nunca había conocido a una criatura con menos imperfecciones
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Por su heroico comportamiento en varios combates, a Panchito Gómez Toro lo ascendieron a capitán.

Por su heroico comportamiento en varios combates, a Panchito Gómez Toro lo ascendieron a capitán.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA
Fotos: ARCHIVO DE BOHEMIA

Fue mambí desde su nacimiento. Vino al mundo en plena manigua, el 11 de marzo de 1876, en una zona quebrada donde abundaban cateyes y cotorras, y con frecuencia se oía el silbido de las balas. De hogar, un bohío de yagua y guano, con piso de tierra, en medio de un desmonte cuyos senderos estaban hábilmente disimulados para confundir al enemigo. Las parteras vestían blusas deshilachadas, mil veces remendadas, que apenas disimulaban desnudeces. “Tenían fachas de pordioseras”, confesaría un testigo presencial al historiador Gerardo Castellanos años después. Pero su madre, Bernarda del Toro Pelegrín, Manana, con apenas 24 años, de estirpe mambisa y esposa del mayor general Máximo Gómez, no andaba pensando en comodidades.

Panchito siempre tuvo un defecto en el pie derecho. Cuando Antonio Maceo se enteró de la incapacidad, sonrió: “No hay novedad, porque el que necesita para montar es el izquierdo”. Al recién nacido lo bañaron con agua de arroyo, que los lugareños rebautizaron Del Toro en honor de Manana. Un día, debido a una abominable delación, los españoles hallaron el campamento. Las mujeres emprendieron la huida. Manana escapó con Clemencia, su única hija viva, de la mano. Sixta, la amiga y ayudante, llevaba al mambisito. Tomaron por distintos senderos. Manana halló enseguida a gente amiga. Pero Sixta, recordando a sus antepasados cimarrones que campearon por la manigua, enrumbó por donde los españoles nunca se atrevían a andar.

Cuando sintió que no era perseguida, Sixta buscó una fuente de agua. Su preocupación era que a Panchito apenas lo habían acostumbrado a otro alimento que no fuera la leche materna. Con frutas del monte le aplacó temporalmente el hambre. Una gallina salvaje se interpuso en su camino. El niño, con fruición, sorbió los huevos crudos que la descendiente de congos robó de los nidos.

Durante días los insurrectos buscaron afanosamente a los extraviados. Cuando al fin los hallaron, Panchito reía en los brazos de Sixta. Años después un cronista mambí comentaría sobre el incidente: “Los mambisitos eran así. Después de grande, como los Maceo, se curaban las heridas con un buen baño de río y un emplasto de miel de abejas”.

Testimonio de un biógrafo

Además de Gerardo Castellanos, Abelardo Padrón es el otro biógrafo principal de Francisco Gómez Toro. A su apartamento de un onceno piso del municipio Plaza de la Revolución fuimos a conversar con él, “Si no conoces a Panchito, indudablemente nunca vas a conocer a Máximo Gómez. Era su máxima creación”.

“Panchito no era muy alto, medía cerca de 1.70 metros. Trigueño, pelo totalmente negro, su físico era más parecido a la madre que al padre. Aseado en el vestir, no fumaba y no era muy adicto a los bailes. Magnífico jinete. Martí decía que nunca había conocido a una criatura con menos imperfecciones”.

“Estudiante ejemplar. En su expediente nunca aparece un suspenso. Estudiaba y trabajaba en una firma que comerciaba café y así ayudaba al sustento familiar. Todo lo que ganaba se lo hacía llegara su madre. Además llevaba la doble contabilidad de los negocios del padre.

“Dominaba a la perfección el inglés y el francés. Se inclinaba a los estudios filosóficos. Tenía una letra uniforme, espaciada, firme, que a veces se parecía en los rasgos a la de José Martí. Las tres personas que más influyeron en su personalidad fueron su padre, Maceo y Martí, a quien llamaba Maestro”.

Exilio

En 1878, tras la firma del Pacto del Zanjón, marchó con su familia a Jamaica. Tras diez años de peregrinaje, que incluyó entre otros sitios a Nueva Orleans y Honduras, se establecieron en República Dominicana, en una finca cercana al poblado de Montecristi. Al rememorar sus vivencias allí, sus hermanos describirían a Panchito como alguien afectuoso, aunque retraído y pensativo. Siempre les estaba hablando de los deberes para con la patria, los padres, los amigos. Era un apasionado de la lectura. Parco en hablar, fluido y largo en escribir. Caballeroso con las damas, sentía reverente pasión por la mujer.

De los amores de Panchito conocemos poco. Sus hermanos y sus biógrafos solo mencionan a Leocadia, una de las hijas del general independentista Bonachea, a quien el mambisito conoció en Cayo Hueso en 1894. Si hemos de creer a sus coetáneos, ella era una bellísima adolescente. Pero sabía que la guerra era inminente y que el hijo de Máximo Gómez partiría irremediablemente hacia ella.

¿Se prometieron, no obstante, amor mutuo? Queda como asignatura pendiente para investigadores curiosos. Solo podremos especular sobre la carta que Panchito escribiera a Josefa Pina, la esposa de Serafín Sánchez, en la que se refirió a Leocadia como “esa niña en cuya presencia eran tan grandes los latidos de mi corazón” para después añadir: “ese tirano, ‘El Deber’, me manda a andar y pretendo ya, ¡insensato!, que pueda merecer que se me acepte el alma. No volveré nunca al Cayo por miedo de tener otra vez, como aquella noche –lleno de pesar-, que despedirme cuando sentía miradas que me sujetaban”.

El Maestro

Las tres personas que más influyeron en su personali-dad fueron su padre, Maceo y Martí, a quien llamaba Maestro.

Las tres personas que más influyeron en su personali-dad fueron su padre, Maceo y Martí, a quien llamaba Maestro.

Decisiva fue la influencia del Apóstol en el sentir y pensar del hijo de Gómez. En carta a su hermano Maxito, con posterioridad a la tragedia de Dos Ríos, escribió: “¿Te acuerdas de Martí? ¡Qué grande era en las pequeñeces! […], cuando más íntimamente se le trataba, más grande se le encontraba. Así debemos nosotros ser y la línea de conducta igual en los distintos caminos por los que nos conduzca el deber”.

Ambos conocieron al Héroe Nacional durante su visita a Montecristi en 1892, para entrevistarse con Máximo Gómez. Según relatara este, “un día invité (a Panchito) para ir a Nueva York y allí fuimos a ver a José Martí para arreglar muchas cosas; abrazó a su Maestro, como le decía él, […] y se quedó con Martí y viajaron juntos un tiempo; cuando Francisco volvió al hogar, ya se puede suponer cómo sería, más hombre y más resuelto”.

Ya estallada la Guerra del 95, cuando el Generalísimo y el Apóstol en suelo dominicano preparaban la expedición que luego sería conocida como la de “la mano de valientes”, Panchito le reclamó a su padre: “¿Y qué piensas hacer de mí?”. “Que te quedes”, replicó el viejo mambí. El joven objetó: “El deber me manda ir a tu lado. No es posible que yo me concrete a empujar la barca que te ha de llevar al sacrificio por la libertad de la tierra que guarda mi cuna”.

A Martí aquellas palabras no le sorprendieron. En mayo de 1894 le había expresado sobre el mambisito en carta a Gómez: “Ya él conoce la llave de la vida, que es el deber, y en lo que hace como en lo que dice, no domina el deseo de parecer bien, ni el miedo de parecer mal, sino la determinación de prestar el servicio necesario a la hora en que lo hace o lo dice”.

Solo la intervención del Maestro logró convencer al joven de que los asuntos de importancia a él confiados impedían su inmediata partida a Cuba.

La manigua

Panchito entre Fermín Valdés Domínguez y José Martí.

Panchito entre Fermín Valdés Domínguez y José Martí.

Al iniciarse 1896, desesperado por no estar en Cuba, Panchito escribió a su padre: “Me avergüenzo cada día de ver cómo se me celebra por dondequiera que voy por ser el hijo de usted, sin que en realidad merezca yo tales deferencias, me siento, papá, muy pequeño, hasta que yo no haya dado la cara a la pólvora y a la muerte, no me creeré hombre. El mérito no puedo heredarlo, hay que ganarlo”.

El padre comprendió la desesperación del hijo y envió a César Salas a Santo Domingo, con la encomienda de traer a Panchito a la manigua, en una expedición o por cualquier otra vía posible. Junto con el mambisito, el enviado del Generalísimo viajó por todo Quisqueya en busca de una embarcación. Recibió ofertas que tras larga espera se esfumaban. Confiaron en gentes que luego resultaron no confiables.

Por fin logró enrolarse en la expedición de Rius Rivera que desembarcó por el oeste de Pinar del Río. Estuvo en el combate de Ceja del Negro, a las órdenes de Maceo. “Fue la primera vez que hice fuego contra los españoles”, escribió a su madre. Por Manuel Piedra Martel, su jefe en la defensa de El Rubí cuando la brutal embestida de González Muñoz, uno de los generales peninsulares más capaces, sabemos del heroico comportamiento del mambisito entre los 40 bravos que detuvieron durante más de dos horas el avance enemigo.

La muerte de Maceo, según Armando García Menocal. Panchito aparece a la derecha con su brazo en cabes-trillo, aunque en realidad se hallaba en ese momento en el campamento.

La muerte de Maceo, según Armando García Menocal. Panchito aparece a la derecha con su brazo en cabes-trillo, aunque en realidad se hallaba en ese momento en el campamento.

Ascendido a capitán, lo hirieron en el brazo izquierdo en el combate de la loma de Bejerano (ocho kilómetros al suroeste de Mariel). Maceo lo seleccionó en el grupo que junto con él cruzó la Trocha de Mariel a Majana. En el campamento de San Pedro, el 7 de diciembre de 1896 –según testimonio de Rodolfo Bergés, faltaban cinco minutos para las tres de la tarde–, cuando Baldomero Acosta alertó sobre la presencia de una tropa española, a Panchito le ordenaron permanecer en su hamaca por su brazo en cabestrillo.

La última vez que le vieron vivo, marchaba hacia el potrero donde había caído el Titán. “¿Adónde vas?”, alguien le preguntó. “A morir junto a mi general”.

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Fuentes consultadas

Los libros Francisco Gómez Toro, en el surco del Generalísimo, de Gerardo Castellanos; Panchito Gómez Toro, lealtad probada, de Abelardo Padrón, y La caída del Titán, de Manuel Delgado. Textos periodísticos publicados por el autor de este trabajo en Granma, Somos Jóvenes y Bohemia.

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Pedro Antonio García

 
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