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Publicado el 19 Abril, 2016 por Bárbara Avendaño en Historia
 
 

Un libro, una hombrada

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Poco antes de morir, el soldado Eduardo García Delgado dejó este testimonio escrito con su sangre (cubadebate)

Poco antes de morir, el soldado Eduardo García Delgado dejó este testimonio escrito con su sangre (cubadebate)

Por. BÁRBARA AVENDAÑO

Desde que nací, mi madre desarrolló la costumbre de agenciarse cuanto libro creía que pudiera servirme en la vida. Quiso rodearme del conocimiento, quizás hasta en desagravio, por ella haber crecido casi huérfana de letras.

De ahí que cuando en 1964 se publicó el libro Héroes eternos de la Patria, de la periodista Justina Álvarez, mami lo compró, y lo puso en mis manos todavía de niña. El volumen narraba semblanzas de los caídos durante la invasión mercenaria por Playa Girón y, por lo conmovedoras, habrá quien piense que la decisión materna fue a destiempo, pero yo siempre la he considerado sabia, oportuna, pues la historia debe ser contada a cualquier edad, y desde la emoción.

Para actuar así, a mi madre la justificaba, más que su fervor patrio, ser una de las protagonistas de un suceso único, y en condiciones especiales: en abril de 1961 hacía cuatro meses llevaba en el vientre al segundo fruto de su amor. Tras las primeras horas del ataque por la Ciénaga de Zapata sintió incertidumbre y, como mujer pobre que era, temió que se frustrara la naciente esperanza de una vida mejor para sus retoños.

Aquel volumen de 582 páginas fue mi primer contacto con la historia por puro placer -más allá del aula y la familia-, y hasta pudo ser la génesis de mi apego a esa disciplina. Recuerdo que manoseé el texto muchas veces, con tanta avidez, que en casa debieron empalmar el ejemplar con esparadrapo.

Sentía una pena inmensa por los hombres que murieron en plena juventud, algunos casi niños, con bravura espartana. Tan solo mirar sus fotos, estampa de la humildad, podía identificar muchos de los relatos que allí se contaban.

Los que más se fijaron en mi mente infantil fueron los de aquellos padres que no podrían ver crecer a sus hijos, incluso, el de alguien que no conoció a su recién nacido. El impacto mayor me lo proporcionó la anécdota de una esposa que contaba la pesadilla recurrente de su hijo, quien por las mañanas le decía entre lágrimas: “papá vino, ‘betó’ aquí (mientras señalaba su mejilla), y se fue por la ventana”.

Girón sumó nuevos mártires a la Patria; privó a las familias de seres queridos que no volverían a amar, ni a soñar…; a las niñas y los niños impuso la obligación de vivir sin el abrazo, el beso y el consejo de un padre. Pero también dejó lecciones al enemigo, y al mundo.

A los cubanos nos queda como consuelo el orgullo de pertenecer a la estirpe de esos héroes, íconos del desprendimiento. Ellos se fueron, pero 55 años después andan entre nosotros, recordándonos que el sacrificio merece por recompensa la perpetuidad de un país soberano, en el que la prosperidad y sostenibilidad hoy se abran camino.

 

Ellos no podrán tocar la guitarra,

compartir

la esperanza con una mujer, o

sencillamente soñar

Entonces están muertos

Y ahora sólo tienen la estatura de

las palmas y

andan de prisa como entre las ráfagas

de la guerra.

Izan la bandera, entonan el himno.

A veces, sobresaltados

estremecen la tierra.

Vigilan nuestras escuelas,

los parques de los niños,

las jornadas jubilosas, el futuro.

Están muertos, y sin embargo,

qué bien abiertos

tienen los ojos.

(Por los caídos en Playa Girón,

Cos Causse)

 

 

 

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Bárbara Avendaño

 
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