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Publicado el 30 Mayo, 2016 por Redacción Digital en Historia
 
 

CUBA 1958-1961: Dos hermanos unidos en la historia

Los dos jóvenes, que en determinados momentos de sus vidas estuvieron vinculados al magisterio, cayeron en circunstancias diferentes, pero frente al mismo enemigo
Fulgencio Oroz, en una manifestación estudiantil contra la tiranía batistiana, auxilia a Fructuoso Rodríguez. Delante de ellos, inconsciente, yace José Antonio Echeverría, protegido por su hermano Alfredo. (Archivo VERDE OLIVO)

Fulgencio Oroz, en una manifestación estudiantil contra la tiranía batistiana, auxilia a Fructuoso Rodríguez. Delante de ellos, inconsciente, yace José Antonio Echeverría, protegido por su hermano Alfredo. (Archivo VERDE OLIVO)

Por PEDRO ETCHEVERRY VÁZQUEZ *

Entre el 2 de diciembre de 1958 y el 29 de mayo de 1961, en apenas dos años y medio, los hermanos Fulgencio Oroz Gómez y Pedro Blanco Gómez, hijos de una humilde familia cubana, fueron víctimas del terrorismo. El primero, en la lucha contra la dictadura batistiana, que oprimía a su pueblo en defensa de los intereses de la oligarquía nacional y al servicio de una potencia extranjera. El otro, en cumplimiento de una obra humana, en la lucha contra la ignorancia y el analfabetismo, cuando ya la libertad de la patria había sido conquistada.

Fulgencio nació el 14 de marzo de 1939. Militante de la Juventud Socialista, estudiaba en la Escuela Normal para Maestros de La Habana, donde era un destacado dirigente estudiantil. Para evitar ser ubicado por los aparatos represivos de la tiranía, utilizaba el seudónimo de Felipe y no tenía domicilio fijo. En ocasiones pernoctaba en la casa de un amigo.

No era sectario, mantenía estrechos vínculos con otros jóvenes del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. Quienes le conocieron, afirman que era un joven serio y carismático. Se distinguía por un profundo desarrollo político e intelectual, y la convicción de que la caída de la dictadura y el triunfo de la Revolución estaban cerca

El 2 de diciembre de 1958, alrededor de las nueve de la noche, cuando se dirigía a contactar con otros compañeros de la clandestinidad, en la calle Remedios, a un costado de la clínica Hijas de Galicia, en el barrio habanero de Luyanó, fue detenido por agentes armados vestidos de civil, encabezados por el traidor Miguelito el Niño y el sargento Villazón, subordinados a los sicarios Orlando Carratalá Ugalde y Evelio Mata Rodríguez. Durante el operativo resultó herido de un balazo en una pierna. Esposado, sin que sus lesiones fueran atendidas por un médico, lo llevaron a la 10a Estación de la Policía Nacional, en el Cerro, donde comenzaron a golpearlo salvajemente varios esbirros bajo la supervisión del capitán Mata.

fulgencio-orozTres jóvenes habían sido detenidos junto con Oroz. Conducidos al despacho del capitán, pudieron ver que su compañero, ensangrentado e inconsciente a causa de las torturas, estaba tirado encima de un sofá.

En horas de la madrugada a Fulgencio lo trasladaron en un camión de la distribuidora de leche Balkán a las mazmorras del tenebroso Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), en la avenida 31 de Marianao, donde se lo entregaron al primer teniente José de Jesús Castaño Quevedo, segundo jefe de esa institución, quien continuó golpeándolo personalmente junto con el esbirro Héctor Figueredo Valdés.

A pesar de las horribles golpizas a que fue sometido, no pudieron arrancarle una sola palabra comprometedora sobre su actividad revolucionaria. Cuando sus captores se convencieron de que nada podían obtener de él, lo asesinaron. Y como habían hecho con otros revolucionarios en múltiples ocasiones, desaparecieron su cuerpo.

Entretanto, María Sabina, la madre de Fulgencio Oroz, estaba desesperada por la ausencia de noticias sobre su hijo. Acompañada de uno de sus hijos, Enrique, entonces de 12 años, y de algunos amigos, recorrieron varias estaciones de Policía tratando de localizar al primogénito. Las respuestas siempre fueron evasivas, incluso en una ocasión, un policía le dio un empujón al niño y este cayó al suelo violentamente. La embestida provocó que se le cayeran los alimentos que llevaba dentro de un cartucho, con la esperanza de entregarlos a su hermano.

La profesora y luchadora clandestina Míriam Villar Sánchez –en aquella fecha, alumna de la Escuela Normal–, recuerda que cuando los estudiantes de ese centro conocieron que Oroz había sido secuestrado, convocaron a una huelga, desplegaron dos enormes banderas cubanas en la fachada del edificio y distribuyeron proclamas exigiendo su inmediata liberación. Añade que la Policía acudió al lugar y penetró en el recinto, pero a pesar de las presiones ejercidas por la Directora del centro, los alumnos se negaron a entrar a clases.

Los restos mortales de Fulgencio Oroz nunca aparecieron.

Pedrito

Pedrito Blanco (Foto: VERDE OLIVO)

Pedrito Blanco (Foto: VERDE OLIVO)

Unas semanas después de la desaparición del joven normalista, el 1o de enero de 1959, triunfó la causa por la que este joven había entregado su vida. El naciente proceso revolucionario tuvo que seguir adelante, enfrentando la política de hostilidad y agresiones del Gobierno de los Estados Unidos, que recurrió a todas las vías posibles para derrocarlo. Uno de los métodos puestos en práctica por los servicios de inteligencia norteamericanos en aquellos primeros años, fue el fomento de bandas armadas que sembraban el terror en nuestros campos.

A finales de abril de 1961, tras la exitosa Operación Jaula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que logró barrer con las principales grupos de alzados en el Escambray, y después de la derrota de la invasión mercenaria en Playa Girón, cumpliendo indicaciones de sus patrocinadores del norte, los bandidos contrarrevolucionarios que habían logrado escapar de las operaciones militares en esa estratégica región montañosa, comenzaron a reorganizarse.

Desde el principio, estos grupos terroristas trataron de evadir el enfrentamiento armado con las Milicias Nacionales Revolucionarias y las Patrullas Campesinas. Mientras tanto, se dedicaron a agredir instalaciones civiles y sembrar el pánico entre los habitantes de las zonas rurales, con el propósito de frustrar los planes de desarrollo económico y social, desestabilizar al país y crear un escenario propicio para lanzar una invasión. Uno de los objetivos fundamentales de estos bandidos eran las escuelas rurales y los alfabetizadores.

Cuando Pedrito Blanco Gómez, de 13 años de edad, conoció de la convocatoria a la juventud cubana a incorporarse a la Campaña Nacional de Alfabetización, solicitó a su madre María Sabina permiso para que lo dejara participar. De acuerdo con el testimonio de su hermana Francisca, el niño estaba tan entusiasmado, que fue casi imposible negarle el permiso.

En los primeros días de mayo de 1961 partió hacia una escuela preparatoria en la provincia de Matanzas, como parte de las Brigadas Conrado Benítez. Recibió un curso durante 15 días y al final fue designado para alfabetizar a varias familias campesinas que vivían en la finca El Nicho, de la zona de Crucecitas, en Cumanayagua, Escambray. Cuando arribó al lugar, acompañado por un funcionario local de la Campaña de Alfabetización, fue recibido por un campesino, quien se responsabilizó con su atención y cuidado. El niño alfabetizador durante poco más de una semana de labor no confrontó dificultad alguna.

Alrededor de las ocho de la noche del 29 de mayo siguiente, Pedrito salió de la casa para atender a varios de sus alumnos, de acuerdo con lo previsto en el programa de enseñanza. Al bajar una pequeña elevación, un individuo que lo esperaba le hizo un disparo de abajo hacia arriba. El proyectil penetró por el centro de la barbilla y salió por la parte posterior del cráneo, lo que provocó su muerte instantánea. Una hora y media después, el campesino que lo albergaba encontró el cadáver de Pedrito en la base de un barranco. En su rostro había huellas de pólvora mezclada con sangre y sus ropas estaban rasgadas. Era evidente que le habían disparado desde muy cerca y que al caer había rodado por la pendiente.

En La Habana, la madre, el padre, la hermana, las amistades y los vecinos estaban desconsolados. Nadie podía explicarse por qué habían cometido un hecho tan horrible con un niño. Enrique, su hermano, de poco más de 14 años de edad en esa época, quien se había incorporado mucho tiempo antes a las Brigadas Piloto de Alfabetización e impartía clases en una escuela de las Milicias en Limonar de Monte Rus (Guantánamo), no se amilanó. Partió inmediatamente para La Habana a compartir el dolor con sus familiares. Después regresaría a ocupar su puesto como alfabetizador.

El 31 de mayo de 1961 Pedrito fue inhumado en el Panteón de la Comisión Nacional de Deportes, en la Necrópolis de Colón, en La Habana. Las investigaciones determinaron que el responsable del crimen era un colaborador de los alzados, quien tras ser identificado, fue detenido y sancionado por los tribunales.

Tres años después, el 9 de junio de 1964, los restos mortales de Pedro Blanco Gómez fueron trasladados a un osario familiar. Ese día se produjo una nueva agresión contra las postas que custodiaban nuestra frontera con la ilegal Base Naval de Estados Unidos en Guantánamo, y resultó herido un joven combatiente cubano.

No están olvidados

Casa de María Sabina Gómez, la madre, donde nació Oroz. (Foto: Autor sin identificar)

Casa de María Sabina Gómez, la madre, donde nació Oroz. (Foto: Autor sin identificar)

Fulgencio Oroz Gómez, uno de los miles de jóvenes asesinados durante la tiranía batistiana, no tiene una tumba donde colocar flores en su memoria. Se las colocan los pioneros de dos escuelas que llevan su nombre –una primaria y una secundaria básica–, cercanas al lugar donde fue baleado, en Luyanó, municipio de 10 de Octubre. Allí, una tarja marca el sitio de su último combate.

Algún tiempo después de la muerte de Pedrito Blanco Gómez, en el reparto Los Pinos, de La Habana, una escuela donde el niño estudió, adoptó su nombre, al igual que otro centro escolar en el municipio de Playa.

Ambos hermanos, unidos para siempre en la memoria histórica de las luchas del pueblo cubano, están también en la reverencia y el recuerdo que sus compatriotas prodigan a los héroes.

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* Especialista del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado (CIHSE)


Redacción Digital

 
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