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Publicado el 18 Julio, 2016 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

ALFREDO LÓPEZ: Adalid de la unidad

Según el historiador obrero José Rivero Muñiz, “no perdonaba una distracción, algo que distrajera a los hombres de la tarea unitaria que había emprendido”.

 

Alfredo López fue el alma del Congreso Obrero de 1920, según muchos de sus participantes.

Alfredo López fue el alma del Congreso Obrero de 1920, según muchos de sus participantes.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

En la noche del 20 de julio de 1926, le vieron por última vez caminar por la habanera calle Gloria rumbo a Zulueta, mientras marchaba de su casa hacia el Centro Obrero. Vestía su único traje (negro) y su lazo blanco. La tradición oral asegura que en la esquina de Economía le arrinconaron varios policías vestidos de civil. A bastonazos lo dejaron inconsciente y se lo llevaron en un auto. Luego no se supo más de él. Alfredo López, conocido líder sindical y secretario general de la Federación Obrera de La Habana (FOH), simplemente había “desaparecido”. Familiares y amigos señalaron acusadoramente a la tiranía machadista de su responsabilidad en el secuestro. La Policía negó enfáticamente haberlo detenido. El sistema judicial, plegado servilmente al sátrapa, confesaba no haber dictado orden de detención en contra suya.

A nadie escapaba que Alfredo López era, desde su cargo de dirigente sindical, una espina incómoda para el régimen. El Ministro de Gobernación, incluso, lo había citado para amenazarlo veladamente. “Estaré siempre dispuesto a lo que sea por defender los intereses de la clase obrera”, le advirtió al funcionario machadista. Después añadió: “Usted y yo nunca podremos entendernos. Usted representa los intereses de la burguesía y el imperialismo y yo represento al proletariado explotado por ellos”.

La tiranía machadista lo trató de intimidar. “Tu cabeza huele a pólvora”, le amenazó el jefe de la Policía. Cuando varios compañeros le pidieron que se cuidara, simplemente dijo: “Luchar por lo que uno cree, porque nuestros sueños se hagan realidad, eso vale más que la vida”.

Un joven tipógrafo

Alfredo López Arencibia nació en Sagua la Grande el 2 de agosto de 1894. Como sus padres nunca oficializaron el matrimonio, fue discriminado desde pequeño como “hijo natural”. No obstante, firmaba con el apellido de su padre a pesar de que malos maestros le reprendían por ello.

En 1895, al iniciarse la tercera guerra de independencia cubana, su padre sufrió prisión por colaborar con los mambises. Sin la protección económica del progenitor, Alfredo, su madre y sus hermanos padecieron penurias y tuvieron que irse a vivir a las afueras del pueblo, debajo de un puente.

La familia paterna los discriminaba porque la madre de Alfredo era mulata. Por ello, el futuro líder obrero apenas pudo completar la enseñanza primaria. Emigró a La Habana en busca de oportunidades. Entró como ayudante en una imprenta y logró convertirse en un eficiente operario.

Al fundarse la Asociación de Tipógrafos en General (1913), le eligieron vocal de su directiva. Pronto por su honestidad, decisión y coraje, se convirtió en un auténtico dirigente sindical de su sector, en en líder natural del proletariado habanero.

Dicen que era pequeño de estatura, recio y fuerte, con puños de boxeador, que más de una vez tuvo que usar, como cuando en 1916, junto con otros compañeros, a jabs y ganchos les dio una paliza a unos rompehuelgas.

Ante la muerte de un compañero, en otra ocasión, acompañó el cadáver al cementerio, revólver en mano, encabezando a los obreros, a pesar de que la Policía acechaba.

Fue asumiendo mayores responsabilidades. Por su gran sentido organizativo, crecieron su autoridad y prestigio entre las masas trabajadoras. A principios de 1919, dirigió una huelga de tipógrafos que dejó a la capital sin periódicos. El presidente Mario García Menocal tuvo que intervenir y los obreros obtuvieron el aumento de salario reclamado.

Un congreso genuinamente obrero

Convocadas por la Federación de Torcedores de La Habana y Pinar del Río, el 14 de abril de 1920 se reunieron en la capital cubana unas 102 organizaciones sindicales de todo el país en lo que constituyó la más grande asamblea proletaria celebrada en el país hasta ese instante.

varonaEl evento había sido convocado inicialmente para discutir las acciones proletarias contra la carestía de la vida y determinar si se enviaría una delegación a un evento que se celebraría en México en julio de ese año, patrocinado por la reformista y traidora a su clase Confederación Obrera Panamericana.

Un grupo de dirigentes sindicales de ideas avanzadas, encabezados por el entonces joven de 25 años, Alfredo López, dirigente de los tipógrafos habaneros, cambió por completo la agenda del congreso.

Si bien se discutieron y aprobaron las futuras acciones proletarias en la lucha contra la carestía de la vida, otros puntos no incluidos inicialmente en el evento centraron los debates, como la creación de una central sindical nacional que garantizara la unidad de la clase obrera cubana.

“Alfredo López fue el alma de aquel congreso”, confesaría a este redactor Ramón Cienfuegos, el padre del inolvidable comandante Camilo y amigo y colaborador cercano de Alfredo López en aquellos turbulentos años de la década de 1920.

En las actas de aquel congreso obrero, aparece una moción de Alfredo López y otros dirigentes sindicales para que los participantes del evento saludaran a Lenin y a la Rusia soviética como primer Estado de obreros y campesinos instituido en la historia.

Esa no era la primera manifestación de internacionalismo en la vida de Alfredo López. Unos meses antes, el 7 de noviembre de 1919, en nombre de los tipógrafos capitalinos, había enviado una felicitación por el segundo aniversario de la Revolución de Octubre a Lenin y al Soviet Supremo de Rusia.

Cuando muchos anarcosindicalistas y reformistas, en los años siguientes, confundidos por la propaganda imperialista, perdieron la fe en la Revolución de Octubre, Alfredo López la siguió defendiendo y junto con los comunistas cubanos, convocaba a la solidaridad con el pueblo soviético.

No militaba en el primer Partido Comunista cubano, aunque mantuvo excelentes relaciones con él y cuando esta organización tuvo que pasar a la clandestinidad, Alfredo le prestaba los locales de los sindicatos para que sus miembros pudieran reunirse.

El líder sindical

A partir del congreso obrero de 1920, por su combatividad allí contra las maniobras reformistas y sus llamados a la creación de una central sindical nacional, su nombre trascendió a todo el país. Un año después, logró que 15 sindicatos capitalinos unieran sus esfuerzos para la gestación de la Federación Obrera de La Habana (FOH), de la que pronto fue su secretario general.

Fundó en 1922 la Escuela Moderna, para la superación de los trabajadores. Unió esfuerzos con Mella, quien le llamaba “maestro del proletariado cubano”, y facilitó locales en la Sociedad de Torcedores y otras sedes sindicales para el funcionamiento de la Universidad Popular José Martí, que ayudaba a los obreros y sus hijos a tener acceso a todos los niveles de enseñanza, incluso la universitaria.

Su gestión en el segundo y tercer congresos obreros de 1925, propició la constitución en agosto de ese año de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), la primera central sindical única de todo el país. La respuesta de la tiranía machadista no se hizo esperar. Al líder de la FOH lo encarcelaron varias veces bajo calumniosas acusaciones de terrorismo junto con Julio Antonio Mella y Carlos Baliño.

Para nadie era un secreto que los asesinatos del líder ferroviario camagüeyano Enrique Varona (septiembre de 1925) y del sindicalista José Cuxart (octubre de ese mismo año) prefiguraban el destino de Alfredo López.

Mella y Alfredo

Julio Antonio Mella le llamaba “maestro del proletariado cubano”.

Julio Antonio Mella le llamaba “maestro del proletariado cubano”.

Según Ramón Cienfuegos, se conocieron a inicios de 1923, cuando Mella se hallaba inmerso en la lucha por la reforma Universitaria. Una comisión de obreros encabezada por el líder de la FOH se encontró con los estudiantes en la casa de altos estudios para expresarles su solidaridad. Otros testimonios apuntan que el primer encuentro entre ambos había sido en una imprenta de la Sociedad de Torcedores, por aquellos días. De esos primeros contactos nació una entrañable amistad.

Para el fundador de la FEU, Alfredo “tenía un gran talento práctico”. Debatir con él “sobre los problemas de organización era como discutir con un general famoso sobre cuestiones de tácticas guerreras, solía decir Mella. No solo se les vio juntos en la Universidad Popular José Martí, ambos marcharían en primera fila en muchas manifestaciones obreras, como la organizada contra la visita de una delegación seudoobrera de fascistas italianos.

A finales de 1925, Machado los envió a prisión y los encerró en la misma celda. Mella relató aquel momento: “Alfredo me dijo: ’¡Muchacho, qué noche nos has hecho pasar! Te creíamos muerto. Los perros lo dijeron’. Y en aquella cara dura e implacable, descubrí por vez primera una expresión paternal y en los ojos, una candidez y alegría de niño”.

Hallazgo

El sepelio del dirigente sindical devino multitudinaria manifestación de duelo popular.

El sepelio del dirigente sindical devino multitudinaria manifestación de duelo popular.

A la caída de la tiranía machadista, unos jóvenes miembros del Directorio Estudiantil Universitario escarbaron las faldas del Castillo de Atarés en busca de fosas comunes donde probablemente se hallaban los restos de algunos compañeros. Junto a un nogal, a pocos metros de la calzada que unía entonces a la fortaleza con la línea del ferrocarril hallaron un cráneo casi totalmente destruido por un golpe contundente en la parte posterior derecha”. Según un diario de la época, “el hecho que se conservara la dentadura completa permitió la identificación de la víctima. Se trata de Alfredo López, dirigente obrero, organizador de los tipógrafos y la Federación Obrera, desaparecido en 1926”.

“Hombre de la unidad”, le llamó desde entonces el dirigente comunista Fabio Grobart. El historiador obrero José Rivero Muñiz señalaba a su vez: “No perdonaba una distracción, algo que distrajera a los hombres de la tarea unitaria que había emprendido”.

En el momento de su “desaparición” (1926), presintiendo el fin trágico de su amigo, Julio Antonio Mella escribió: “Cuando nos llegue a la clase oprimida la hora de nuestro triunfo, la obtendremos en gran parte por lo que tú iniciaste. No tendrás avenidas de ciudades burguesas, ni estatuas en los parques públicos. Pero cada proletario sabrá que las organizaciones que tú fundaste son los mejores monumentos a tu memoria”.

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Fuentes consultadas

Testimonios y documentos facilitados por Fabio Grobart, Evelio Tellería y José Rivero Muñiz. La compilación Mella. Documentos y artículos. El libro Alfredo López, maestro del proletariado cubano, de Olga Cabrera.

 

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Pedro Antonio García

 
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