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Publicado el 5 Julio, 2016 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

BONIFACIO BYRNE: Versos como arma

Llamado por algunos el poeta de la guerra, declarado en 1920 Poeta Nacional, su composición “Mi bandera” ha devenido símbolo de cubanía

 

Anciano, seguía viviendo para la poesía. Todo lo inspiraba: una frase en un periódico, una cita en un libro, una foto en una revista, el título de un filme de estreno.

Anciano, seguía viviendo para la poesía. Todo lo inspiraba: una frase en un periódico, una cita en un libro, una foto en una revista, el título de un filme de estreno.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

Al regresar con su familia a la patria en el vapor Moscotte, le embargaba una tristeza similar a la de tres años antes, cuando en el Olivette se alejaba de su Isla, ante amenazas de muerte, rumbo a costas extrañas. No retornaba a la Cuba de sus sueños, independiente y soberana, sino a la ocupada por un ejército extranjero que una vez se autonombró aliado y ahora se comportaba como amo y señor. Desde semanas antes, aún en Tampa, venía maquinando un poema que vinculara a la enseña nacional con la situación que afrontaban sus compatriotas; pero los versos, incoherentes y dispersos, no encajaban. Quería encender fuegos y le brotaba espuma.

El 4 de enero de 1899 Bonifacio Byrne amaneció en la sobrecubierta del buque escudriñando el horizonte. Pronto divisó la silueta del Morro habanero, que le pareció más majestuoso que nunca.

Un bofetón, no por esperado menos violento, le cruzó el rostro. En los mástiles, junto a la bandera amada, ondeaba la foránea. No tomó entonces lápiz y papel, como festinadamente algunos afirman, sino mucho después. Él mismo lo aclararía en el poema: “Desde el buque la vi esta mañana/ y no he visto otra cosa más triste”.

Cuando bajó a tierra a abrazarse con parientes y amigos, le notaron pensativo. Ya en la casa de Guanabacoa que lo acogió, pluma en ristre, se apartó de todos para enfrentarse a la página en blanco. “Al volver de distante ribera,/ con el alma enlutada y sombría,/afanoso busqué mi bandera/¡y otra he visto además de la mía!”

El poema “Mi bandera”, aunque incluido más tarde en el volumen Lira y espada (1901), apareció primeramente en el periódico matancero Cuba. Maestros patriotas de las dos primeras décadas del siglo XX, desatendiéndose de programas de estudios, ejercitaron la memoria de sus discípulos convocándolos a recitar esa composición. Uno de aquellos educandos, convertido a su vez en maestro, haría lo mismo en una escuelita de Lawton. Un alumno de ese centro, Camilo Cienfuegos, rememorando su época de escolar, escogería la última estrofa para arengar al pueblo en un momento trascendental de la historia de Cuba.

El estudiante

La ciudad de Matanzas en las primeras décadas del siglo XX.

La ciudad de Matanzas en las primeras décadas del siglo XX.

Con la muerte del padre llegaron tiempos de estrechez económica para la familia. A los 16 años, el joven Bonifacio tuvo que trabajar como maestro en el mismo colegio en que fue alumno. Al año siguiente (1878) logró publicar su primer poema en un semanario matancero. Frecuentó los barrios periféricos como una experiencia interesante y supo de un submundo que le era desconocido. De sus amores con la mulata Eusebia Serrano, “la flor más linda de mi huerto”, como la llamaba, nació un hijo. Al deceso de ella (1880), escribió: “Murió con ella mi bendita calma/ ya de mi dicha se ha extinguido el sol”.

El emigrado

El nombre de Bonifacio Byrne se hizo cada vez más frecuente en las publicaciones de la época. A su vez, devino miembro activo del Ateneo de Matanzas y el Círculo de Escritores. Un nuevo amor apareció en la vida del poeta: Rosalía Lamar. Ella le ayudó a criar a Jorge Plácido, el hijo de Eusebia, y trajo al mundo un nuevo Byrne, Mario, en 1882. Al año siguiente el futuro autor de “Mi bandera” formó parte junto con su antiguo maestro, Nicanor González, del cuerpo de redacción del periódico El Pueblo, de franco corte independentista. Por defender sus ideas sostuvo un duelo con otro reportero del integrista Aurora del Yumurí.

En 1893 Byrne reunió varias de sus composiciones en el poemario Excéntricas. Julián del Casal le llamó por ese volumen “el primero de los poetas de su generación” al interrumpir “el tono monótono de la poesía cubana, lanzando en ella una nota nueva, extraña y original”.

El alzamiento simultáneo del 24 de febrero de 1895 conmocionó a Byrne como a toda Cuba. La ejecución del patriota Domingo Mujica provocó su indignación y compuso un soneto en honor del insurrecto fusilado, el cual pasó de mano en mano y leyó todo Matanzas. Enteradas las autoridades españolas, el gobernador militar profirió amenazas contra el poeta. Aconsejado por amigos, partió el 30 de enero de 1896, sin la familia, hacia Estados Unidos. Rosalía y su ya numerosa prole le seguirían más tarde.

El exilio fue duro. Practicó varios oficios desde obrero hasta lector de tabaquería. Reunió sus poemas patrióticos en el volumen Efigies (1897), en el que incluyó varios sonetos antológicos. Las ganancias de su publicación las donó a la causa independentista. Sufrió penurias, al punto de andar por Tampa con los zapatos rotos y no poderle comprar ni una muñeca barata a la menor de sus hijas. Padeció paludismo. Desempleado y desahuciado, solo salió a flote gracias a la solidaridad de compatriotas, sobre todo del médico Rafael Echevarría.

El cese de la dominación española no implicó la independencia absoluta de Cuba y con ese dolor regresó a la isla.

El Poeta Nacional

Su último poemario publicado en vida.

Su último poemario publicado en vida.

Como muchos cubanos, confió en don Tomás Estrada Palma. Cuando este y sus seguidores prefirieron en 1906 la ocupación extranjera antes que renunciar al poder y comprobó que en aquella sociedad la conciencia de los hombres valía un comino y la dignidad y la honradez se subastaban al mejor postor, Byrne cayó en un estado depresivo, agravado por el hecho de que ya no tenía a su lado a Rosalía, fallecida tres años antes. Durante casi un bienio su nombre dejó de aparecer en las coberturas de prensa sobre la vida pública de la nación. “Amo el silencio y no soy amigo de estar en escena”, solía decir. Pero necesitado de dinero, probó suerte en el teatro. Si nos atenemos al tiempo en cartelera y a las reseñas periodísticas, ni El legado ni Matanzas 1920. El espíritu de Martí  constituyeron éxitos.

En 1911 Francisco Cañellas lanzó en BOHEMIA la idea de otorgarle al autor de “Mi bandera” el título de Poeta Nacional. De forma sutil, bardos como Agustín Acosta e Hilarión Cabrisas se opusieron con vehemencia. La propuesta se fue olvidando poco a poco hasta que en 1919, varios congresistas matanceros la retomaron con fuerza. El 5 de julio de 1920 ambas cámaras del parlamento cubano acordaron promulgar la ley que le confería tal distinción y la Gaceta Oficial la hizo pública 15 días después.

El abuelo lírico

Ya el Gobierno de José Miguel Gómez (1909-1913) había sido blanco de sus dardos críticos. El régimen de Gerardo Machado (1925-1933) no se salvó de ellos. El 6 de julio de 1929 Byrne se negó a darle la bienvenida al sátrapa quien ya había convalidado su prórroga de poderes, gracias al entreguismo de buena parte de la oposición burguesa. Machado, rencoroso, le rebajó considerablemente su renta anual como Poeta Nacional.

De igual forma que con el fusilamiento de Mujica en 1895, el asesinato de Rafael Trejo en 1930 conmocionó a Byrne. Su soneto dedicado al líder estudiantil también recorrió la geografía nacional de mano en mano y como otras composiciones suyas, se leían en los actos revolucionarios. Su delicada salud no le permitía salir de su casa, pero no le impedía, cada vez que un estudiante se aproximaba a su hogar, entregarle algún poema de encendida ira patriótica, al estilo de: “Puede las bibliotecas incendiar el tirano,/ pero su torpe crimen habrá de ser en vano/ en tanto que no logre quemar el pensamiento”.

Su cuerpo se consumía, mas él seguía viviendo para la poesía. Todo lo inspiraba: una frase en un periódico, una cita en un libro, una foto en una revista, el título de un filme de estreno. Cualquier papel era bueno para plasmar un poema. Su nueva esposa, Marina Argenter, diligente y dulce, corría a pasarlo en limpio en la máquina de escribir.

Una vez Byrne dijo a los amigos que quería morir al mediodía, pues tenía cierta aprehensión a la noche. Falleció el 5 de julio de 1936, cerca de las 12 del día. Nunca sabremos, como suele decir su biógrafo, Urbano Martínez Carmenate, si se cumplió una segunda profecía suya, reflejada en uno de sus poemas: “Cuando venga a llevarme la intrusa/ y aproxime su mano a mi frente,/murmurando un adiós a mi musa,/moriré con un verso en la mente”.

 

Mi Bandera

Al volver de distante ribera,/ con el alma enlutada y sombría,/afanoso busqué mi bandera/¡y otra he visto además de la mía!// ¿Dónde está mi bandera cubana,/la bandera más bella que existe?/¡Desde el buque la vi esta mañana,/y no he visto una cosa más triste… !// Con la fe de las almas austeras,/hoy sostengo con honda energía,/que no deben flotar dos banderas/donde basta con una: ¡la mía!// En los campos que hoy son un osario/vio a los bravos batiéndose juntos,/y ella ha sido el honroso sudario/de los pobres guerreros difuntos.// Orgullosa lució en la pelea,/sin pueril y romántico alarde;/¡al cubano que en ella no crea/se le debe azotar por cobarde!//En el fondo de obscuras prisiones/no escuchó ni la queja más leve,/y sus huellas en otras regiones son letreros de luz en la nieve…//¿No la veis? Mi bandera es aquella/que no ha sido jamás mercenaria,//y en la cual resplandece una estrella,/con más luz cuando más solitaria//Del destierro en el alma la traje/entre tantos recuerdos dispersos,/y he sabido rendirle homenaje/al hacerla flotar en mis versos.// Aunque lánguida y triste tremola,/mi ambición es que el Sol, con su lumbre,/la ilumine a ella sola, ¡a ella sola!/ en el llano, en el mar y en la cumbre //Si deshecha en menudos pedazos/ llega a ser mi bandera algún día./¡nuestros muertos alzando los brazos/la sabrán defender todavía!

 

Fuentes consultadas

Los libros Bonifacio Byrne, de Urbano Martínez Carmenate; e Historia de la literatura cubana, de Salvador Arias, Enrique Saínz y otros.

 


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García