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Publicado el 25 Julio, 2016 por Igor Guilarte Fong en Historia
 
 

RAMÓN PEZ FERRO: Testimonio del sobreviviente

Solidaridad humana y algo de suerte se cruzaron en el camino del asaltante al hospital Saturnino Lora, que lo hizo trascender como superviviente de la gesta de aquel 26 de julio de 1953

 

ramon pez ferroPor IGOR GUILARTE FONG

La masacre desatada tras el ataque al Moncada inició con el grupo liderado por Abel Santamaría, que ocupó el Hospital Civil Saturnino Lora. De la veintena de combatientes allí apostados –aparte de las dos mujeres, Melba Hernández y Haydée Santamaría– solo un hombre salió vivo, Ramón Pez Ferro, hoy único sobreviviente y testigo de lo acontecido en ese recinto de salud.

Como quien no repara en las décadas transcurridas desde la mañana de la Santa Ana, el moncadista luce una proverbial memoria de los episodios que, a propósito de cumplirse un nuevo aniversario de la gesta, tiene a bien compartir con los lectores de BOHEMIA.

Cuenta que nació en Candelaria, en la antigua provincia de Pinar del Río; que fue el único varón y el menor de cuatro hermanos nacidos en una familia humilde, trabajadora y unida. A fin de facilitarle los estudios del bachillerato, su padre determinó mudarse para Artemisa, donde se radicaron en La Matilde.

Lo que en principio parecía una permuta de rutina determinó luego su trayectoria pues, casualmente, en dicho barrio convivió con varios de los futuros héroes del 26. “Cursar el Instituto de Segunda Enseñanza en Artemisa me sirvió mucho para un mayor desarrollo cultural y político. Allí me hice dirigente estudiantil y de la juventud ortodoxa”, resalta.

Desde el golpe de Estado, el 10 de marzo de 1952, el entonces estudiante lidera manifestaciones contra Batista. Por ser pública y definida su disposición de lucha contra la dictadura, considera, es que José Pepe Suárez lo invitó a integrar el contingente artemiseño que luego formaría parte de la llamada Juventud del Centenario.

Tenía la llave

Al inicio de la labor conspirativa, especifica, se creó una célula central integrada por diez compañeros, con la idea de que cada uno fundara otra adicional. Estas células se organizaron de modo compartimentado, como medida de seguridad para que los miembros no se conocieran entre sí.

Ficha del joven artemiseño cuando fue detenido por el SIM. (Foto: Fotocopia de YASSET LLERENA ALFONSO)

Ficha del joven artemiseño cuando fue detenido por el SIM. (Foto: Fotocopia de YASSET LLERENA ALFONSO)

“Yo integré esa célula central y a la vez tuve en la mía propia a José Antonio Labrador, Guillermo Granados, entre otros compañeros. Artemisa logró juntar a varias decenas de jóvenes, aunque algunos al final no pudieron ir porque se hizo una selección rígida de los de mejores condiciones y así se conformó el grupo de 28 que asistió al Moncada”.

Asimismo, durante la etapa preparatoria sostuvo contactos con las figuras principales. “Al primero que conocí fue a Abel Santamaría, segundo jefe del movimiento, en la primera reunión que nos citaron para La Habana, en la calle Prado número 109, donde había un local del Partido Ortodoxo. Pude apreciar que era una persona carismática, muy seria y profunda.

“Abel nos explicó los propósitos de la organización. Habló de que nuestra provincia de Pinar del Río era una de las más atrasadas del país porque la dirigía un grupo de latifundistas politiqueros que solo pensaban en enriquecerse y no en el pueblo, por lo que había que dar un cambio total a esa situación de atraso y corrupción que existía, por una Cuba nueva. Lo dijo de una manera muy sabia y útil para los que éramos más jóvenes”.

Con Fidel tuvo un encuentro especial en la Logia Evolución de Artemisa, a finales de 1952. “Por poco se llama Revolución”, comenta jocosamente y agrega: “En aquella época yo era Perfecto Guía de la Asociación de Jóvenes Esperanza de la Fraternidad –formada por muchachos que se preparaban hasta tener la edad para entrar en la masonería– y como presidente de esa organización tenía acceso libre a la logia, porque me correspondía abrirla para reuniones, entre otras tareas.

“Poseer la llave e integrar el Movimiento facilitó que yo utilizara –clandestinamente, por supuesto– ese local para citas de nuestra célula central, y allí mismo tuvimos la reunión con Fidel. Lo recibimos en el templo masónico, del cual también tenía llave. Era de noche, todo estaba oscuro y solo nos iluminamos con las luces del ara (una mesita de forma triangular, muy simbólica de la masonería, con tres luces en las puntas). Fidel convocó a seguirnos preparando y profundizando en los entrenamientos”.

El joven artemiseño también asistió a reuniones en otros sitios y a algunas prácticas de tiro en la Universidad de La Habana y en zonas rurales aledañas a su localidad, hasta que llegó la hora de partir.

Hacia el combate

Cuando recibió el aviso de que iban a tener una práctica especial y que debían preparar condiciones para estar dos o tres días fuera de casa tuvo la impresión de que la hora cero había llegado. Como excusa dijo a sus padres que iba a pasar unos días en casa de la abuela, que vivía en Marianao.

Fondo-del-Hospital-Saturnino-Lora“A mi grupo se le fijó concentrarse en un bar-cafetería llamado La Rotonda, en 23 y Zapata. Llegamos de 8 a 9 de la noche y esperamos hasta que un carro nos recogió sobre las 12 de la noche. Viajamos seis compañeros: Héctor de Armas –que manejó toda la ruta sin descansar–, los hermanos Alejandro y Antonio Ferrás Pellicer, Isidro Peñalver O´Relly, Humberto Valdés Casañas y yo.

“Pasamos Matanzas, Las Villas. Para dónde vamos, preguntábamos, y no había respuestas, cosa que era muy correcta, por si alguien se arrepentía en el trayecto. Pero, aun sin saber nos mantuvimos decididos a seguir, primero, por la confianza en nuestros líderes; y segundo, por la convicción de participar en la acción armada sin importar donde fuera. Ya en Holguín se dijo que íbamos para Santiago de Cuba. Lo que nadie imaginó que se tratara del Moncada, la segunda fortaleza militar del país”.

Refiere que llegaron a la capital oriental alrededor de las 5 de la tarde, del sábado 25 de julio. “El punto de encuentro coordinado era la Plaza de Marte, donde esperaba un compañero que nos llevó para la casa de hospedaje La Mejor. Comimos, descansamos un rato y como a la una de la mañana nos llevaron para la Granjita Siboney. Esta es relativamente pequeña, había colchonetas tiradas en el suelo, nos sentamos y fuimos agrupándonos por conocidos. Había un ajetreo grande. Sobre las cuatro de la mañana, Fidel llamó a concentrarnos en la salita para la reunión final”.

Con franqueza, el entrevistado confiesa no recordar el discurso exacto de Fidel. “Hace 63 años de eso. Sí recuerdo que habló del sacrificio que todo cubano debía hacer para garantizar la independencia y el bienestar de Cuba, que el país necesitaba una transformación completa y que precisamente ese era nuestro objetivo. Dijo que el plan era tomar el Moncada y que si triunfábamos serviría para guiar al pueblo al triunfo definitivo.

“Habló en términos realistas, que era una acción difícil, que algunos caeríamos, pero que de la forma en que estaba planteada había posibilidades de tomar el cuartel. Por último dijo que era una acción voluntaria y los que no desearan participar aún tenían oportunidad. Alrededor de diez plantearon su desacuerdo. Por cierto, tras salir de allí algunos de ellos fueron capturados y asesinados”.

Recordando los demás eventos de esa histórica madrugada, Ramón explica que el pantalón del uniforme era demasiado grande para su talla, por lo que eligió mantener el suyo de civil por debajo, sin imaginar que esa decisión sería muy importante posteriormente.

“En la repartición del armamento me tocó un fusilito 22, de caza. Creo que por eso, por portar un arma larga, es que me asignaron para la toma del Hospital Civil Saturnino Lora”. Concebido como grupo de apoyo, precisa, en caso de ser necesario este comando tenía la misión de disparar hacia el fondo del cuartel y distraer parte del fuego que caería sobre los asaltantes de la Posta 3, como sucedió.

El nieto del mambí

“Llegada la hora del combate viajo en el primer carro de la caravana, conducido por Abel Santamaría. Por el camino nos explicó cómo iba a ser la acción, cuál sería nuestra función; que al llegar tomáramos la entrada del hospital, supuestamente custodiada por serenos; que gritáramos vivas a la Revolución y que había caído la dictadura de Batista”.

Así se hizo. No hubo dificultades en la puerta. Una vez dentro los combatientes se dirigieron hasta el fondo del centro clínico, donde estaba el área de servicios y depósitos, a fin de parapetarse en las ventanas que daban directamente hacia la Posta 4 y el patio del Moncada.

“Desde allí teníamos una visibilidad muy clara del cuartel, porque es un punto más elevado y corta la distancia; solo nos separaba la Carretera Central. Tengo la imagen clara de Abel tirando al lado de donde yo estaba. A veces salía para atender diferentes situaciones que se daban, a ver y ayudar a los compañeros, a suministrarnos municiones”.

La Logia Evolución, ubicada en la céntrica calle República, en Artemisa, fue centro conspirativo de los futuros asaltantes. (Foto: AGUSTÍN BORREGO/ Trabajadores)

La Logia Evolución, ubicada en la céntrica calle República, en Artemisa, fue centro conspirativo de los futuros asaltantes. (Foto: AGUSTÍN BORREGO/ Trabajadores)

Sobre los tensos instantes del combate, Pez Ferro revive otro pasaje donde, por pura casualidad, salvó la vida por primera vez ese día. “Estaba disparando y, en el intervalo exacto que retiro el fusil porque se me acabaron las balas, sonó un disparo terrible en el mismo lugar donde estaba apoyado. Los calibres de ellos eran grandes y se rompió la ventana. Abel y otros vinieron a verme, creyéndome herido. No me dieron por fracción de segundo. Si me hieren no hubiera podido salvarme. Abel estaba al tanto de todo, peleando y asistiendo a los compañeros.

“Transcurrió mucho tiempo y aunque no sabíamos lo que pasaba en la posta llegamos a la conclusión de que había fallado la sorpresa, porque cuando por allá bajó el tiroteo lo que cayó contra nosotros fue tremendo y resistimos hasta que se agotaron las municiones”.

Se dio la indicación de agruparse en el vestíbulo para evaluar las posibilidades de salida. Supusieron al hospital rodeado y desistieron de intentar una escapada. Mientras se discutía la solución “Se acercó hasta [Tomás] Tomasito Álvarez Breto y a mí un veterano de la guerra de independencia, diciéndonos: ‘¿Y qué pasó, por qué no siguen disparando?’ Se solidarizó con nosotros. ‘¡Oye todavía sé disparar!’ Así nos dijo, aún tenía las energías de su juventud. No, viejo, es que se nos acabaron las municiones, ya no podemos, le explicamos. ‘¿Bueno, pero díganme, en qué puedo ayudar?̕’ “Algo increíble. Él estaba ingresado en un pabellón que existía en los hospitales provinciales para los antiguos miembros del Ejército Libertador. Su nombre era Tomás Sánchez y estaba operado de una hernia, según supimos después.

“Entonces a Tomasito, compañero mío de Artemisa, se le ocurrió sugerirle: ‘Mire, si usted quiere ayudar, por qué no ayuda a este jovencito que tiene ropa de civil y quizás pueda pasarlo como familiar suyo’. Él se sorprendió de que yo fuera un combatiente, pues parecía un niño. Los demás estaban vestidos de militares todavía, pero yo me había quitado el uniforme cuando finalizó el combate. Traía mi pantalón civil y tomé una camisa que hallé y que debió pertenecer a algún empleado.

“El hombre aceptó. Me llevó para su sala, al final del hospital, me sentó al lado, se acostó. Me pedía que permaneciera sereno, y yo tranquilo, a ver qué pasaba; no tenía más opción. Luego supe que surgió la idea de vestir a los compañeros de enfermos, pero fueron delatados y detenidos uno a uno. Los guardias fueron recorriendo todas las habitaciones y cuando entraron a la Sala de los Veteranos, en mí ni se fijaron. Yo había cumplido 19 años pero aparentaba 15, era muy delgado, bajito, vestido de civil, mulato; él también lo era. En verdad me le parecía.

“Cuando acabaron de registrar el veterano llamó al que estaba al frente y le dijo: ‘Capitán, este es mi nieto que estuvo cuidándome toda la noche y le cogió este problema aquí. Su mamá debe estar como loca porque sabe que él está aquí: Por favor, a ver si puede regresar a su casa’.

El capitán para cerciorarse llamó a un médico de la sala y le preguntó si me había visto. Este le contestó que sí. Eso convenció al oficial, que dijo: ‘Óigame, viejo, los hijos de los veteranos no tienen problemas en este país, no se preocupe’. Llamó a un soldado para que me sacara. Así pude salir vivo del hospital civil”.

Nueva odisea

“Salí a caminar por Santiago. La ciudad aquel 26 de julio era un infierno y por dondequiera había guardias armados, patrullas, tiroteos. El transporte interprovincial estaba suspendido. Solo tenía tres pesos y no sabía a dónde ir. Lo primero que pensé al verme en esa situación es que no podía hacerme sospechoso. Caminaba por una calle, doblaba por otra; hasta fui por un lugar que estaba prohibido y un guardia me gritó, advirtiéndome que no se podía pasar. Pedí disculpas y cogí por otro lado. Me dio un susto del ‘cará’”.

Así pasó todo el día, transitando bajo el sol abrasador de julio en Santiago, sin tomar ni agua, y luego de casi no haber comido y dormir apenas tres horas la noche anterior. Después de mediodía entró a una cafetería y oyó que se había decretado el toque de queda.

“Salí de allí preocupado con la idea de que después de las seis de la tarde nadie podía estar en la calle y anduve sin rumbo hasta llegar a una fondita cercana al ferrocarril, donde anunciaban habitación por dos pesos. Me quedaban dos pesos y uno o dos centavos, y eran las cinco y pico de la tarde. Cogí una habitación con el temor de que el lugar podía ser registrado más tarde, pero estaba tan cansado que me dormí y desperté al otro día”.

Rememora que volvió a salir a la calle temprano, sin tomar ni café porque costaba tres centavos y no le alcanzaba. Para conseguir dinero decidió empeñar una cadena de oro que tenía. En dos casas de empeño no aceptaron porque le exigían identificación. Entonces vio una joyería modesta en donde ofreció venderla.

“La señora que me atendió dijo que allí vendían, no compraban. A mí se me cayó el ánimo, como si me hubieran tirado agua fría. Al verme así, la mujer parece que se condolió y cuando ya me iba me volvió a llamar. Me dio cinco pesos y pico por la cadenita. Preguntando llegué a la terminal de ómnibus. Miré la lista de los destinos con los precios y calculé que el dinero me daba para llegar a Ciego de Ávila. Ya anocheciendo salí de Santiago”.

De repente vio en la guagua un pastor bautista que conocía de Artemisa. “Le dije que había ido a los carnavales, que me habían robado y necesitaba dinero para regresar a casa; que si me podía ayudar. ‘Ay mijo si yo estoy arranca’o’, fue su respuesta”, relata sonriente.

“Entre el resto de los pasajeros noté una señora mayor que viajaba sola. En una de las paradas en que los guardias bajaban a todos para revisar, me le acerqué y le planteé mi problema, de tal forma que la mujer se conmovió. Me pidió que esperara y volvió trayéndome un cartucho con naranjas peladas y el ticket para continuar viaje hasta Santo Domingo, pueblo que yo había elegido por la cercanía a Santa Isabel de las Lajas, donde busqué refugio en casa de una familia amiga, de apellido Cartaya”.

Comprometido hasta el final

Pez Ferro sostiene que si pudo salvarse fue gracias a la solidaridad de los santiagueros. “En primer lugar, la actitud extraordinaria del veterano Tomás Sánchez, que tuvo la espontaneidad de ofrecer su ayuda y el valor de decirle a un capitán que yo era su nieto. Logró salvarme porque si me cogen preso, imagínate… A todos los asaltantes del hospital los mataron. También el gesto del médico de la sala, que sin haberme visto nunca respondió afirmativamente.

El asaltante ostenta con orgullo varios reconocimientos y condecoraciones. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO)

El asaltante ostenta con orgullo varios reconocimientos y condecoraciones. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO)

“Después está la mujer de la joyería, que a pesar de pagarme poco me resolvió el problema. Lo veo como una ayuda que quiso darme, porque a ella no les interesaba comprar. Esa solidaridad también se demostró en una serie de hechos en que el pueblo santiaguero protegió a otros combatientes en circunstancias muy difíciles. Por último, la señora que me ayudó en la guagua”.

Regresó a La Habana y se escondió en casa de la abuela, en Marianao. Hasta que un día los guardias siguieron al padre y dieron con su refugio. Estuvo detenido en el Servicio de Inteligencia Militar, lo golpearon y enviaron después a la cárcel de Boniato, junto a los demás combatientes.

Durante el juicio se declaró inocente, como se había acordado que hicieran los compañeros de quienes la tiranía no tenía suficientes pruebas incriminatorias. “Hubo un momento en que el fiscal me preguntó si hubiera ido en caso de haber sido invitado. ‘Sí hubiera participado’, le contesté”. Salió absuelto.

Después se mantuvo vinculado al Movimiento 26 de Julio en Artemisa. Volvió a caer preso otras cinco veces y finalmente fue desterrado de la provincia con amenazas de muerte. Pasó a La Habana y luego salió al exilio. “Regresé en los primeros días del triunfo. Dentro de la Revolución he asumido distintas responsabilidades. Trabajé en la Reforma Urbana, en el Ministerio de Cultura. Quise ejercer de profesor de Historia en un preuniversitario –porque soy graduado de la carrera de Ciencias Sociales y Derecho Público– y también en una Escuela de Formación de Maestros”.

Fue dirigente sindical a nivel provincial y nacional. Se desempeñó como jefe de despacho y ayudante del Comandante Juan Almeida cuando fue delegado del Buró Político en la antigua provincia de Oriente. Fungió como embajador en Jamaica y en Turquía. Trabajó en la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde fue diputado durante cinco periodos consecutivos, desde 1986.

En ese tiempo fue nombrado secretario general de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), labor que cumplió durante un lustro. En el año 2000 volvió al Parlamento como presidente de la Comisión Permanente de Relaciones Internacionales.

Desde 2013 disfruta de la jubilación en su apartamento de El Vedado. A sus 82 años se conserva saludable, locuaz y dispuesto a seguir en batalla. “Sigo participando en todas las actividades de la comunidad, de la Asociación de Combatientes, porque estoy jubilado, pero no retirado”, afirma. Evidentemente, Ramón Pez Ferro guarda bríos semejantes a los de aquel viejo mambí que lo salvara en su juventud.

 


Igor Guilarte Fong

 
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