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Publicado el 27 Agosto, 2016 por Redacción Digital en Historia
 
 

Gestación de un proyecto revolucionario

La breve nota de Fidel del 5 de junio de 1958 define el punto máximo en lo estratégico de su pensamiento político-militar para el cambio social, el de la liberación nacional

nata-fidel-celiaPor MARIO MENCÍA

En junio de 1958 Fidel Castro se encontraba en Minas de Frío, un empinado paraje de la Sierra Maestra a mil metros de elevación sobre el nivel del mar, en el oriente del país. Como máximo líder del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y Comandante en Jefe del Ejército Rebelde, dirigía las principales fuerzas opositoras al régimen dictatorial de Fulgencio Batista en el décimo noveno mes de la guerra por él alentada, organizada y reiniciada.

Si ese día Fidel hubiese caído en combate -si hubiese caído, es un decir-, en la dialéctica de la historia política e ideológica de la Revolución Cubana tal vez se habría producido un segundo 19 de mayo. Porque en 1895, al caer José Martí en Dos Ríos, la Revolución Cubana quedó pospuesta. Y el 5 de junio de 1958, Fidel Castro Ruz, herencia y coincidencia de elevada cumbre en la vertiente martiana, dejaba escrito para la posteridad: “Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los [norte] americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande; la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.

Esta breve nota define paradójicamente el punto máximo en lo estratégico de su pensamiento político-militar para el cambio social, el de la liberación nacional. Después del triunfo, se ha visto que la ética y la práctica de Fidel enraízan en el acervo patriótico, debido a lo cual fue posible el triunfo del primero de enero de 1959 y ha sido irreductible la Revolución durante más de medio siglo. ¿Cómo se expresa esa peculiaridad en el pensamiento de Fidel desde sus inicios? En su coherencia con nuestra historia, en su interpretación de las necesidades de nuestra sociedad, en su confianza en el potencial revolucionario del pueblo, y en las soluciones creativas que ha diseñado para cada uno de los problemas específicos que ha enfrentado en el campo de lo social y de la política internacional.

El pensamiento de Fidel ha debido integrarse escalonadamente en un dilatado proceso gnoseológico de interrelación con los elementos más autóctonos de la cubanía, que recorren nuestra historia de 1868 a 1898, de 1902 a 1935 y, posteriormente, hasta el día de hoy, en una biunívoca influencia de su accionar con su variable contexto histórico. Puede aceptarse que en lo que se refiere a lo que después habría de resultar el proyecto estratégico de Fidel para el cambio revolucionario de nuestra sociedad, asimiló algunos elementos esenciales de la teoría política y social del marxismo leninismo. En especial en cuanto se refiere al conocimiento de la teoría del socialismo en tanto a cambio social; y dentro de este a la necesidad de destruir el aparato militar represivo del Estado para acceder a cambios revolucionarios de la estructura estatal burguesa desde la época anterior al asalto al Moncada. Este aspecto, excepcionalmente, parece haber sido el más conocido y asimilado por Fidel, pues a él haría un aporte sustancial.

“El golpe del 10 de marzo, que elevó a su grado más alto la frustración y el descontento popular y, sobre todo, la cobarde vacilación de los partidos burgueses y sus líderes de más prestigio, que obligó a nuestro Movimiento a asumir la responsabilidad de la lucha, creó la coyuntura propicia para llevar adelante estas ideas”, escribiría en BOHEMIA (1955). Pero, además de comenzar a promover una polarización de fuerzas sociales de la que surgiría una organización de hombres dispuestos a desatar una insurrección, este acontecimiento de la primavera de 1952 condicionó el surgimiento de un fenómeno que ganaría singular importancia para el futuro: la complementación del proyecto estratégico que concibió aun antes del 10 de marzo, según él aclararía años después, con las medidas tácticas que vendrían a reencauzar dentro de un derrotero realista el proceso revolucionario cubano. Sin el golpe de Estado no habría habido insurrección, pues hay que recordar que la estrategia de Fidel antes del golpe consistía en proponerse utópicamente cambios económicos, políticos y sociales desde propuestas legislativas parlamentarias.

pag16A partir de esas ideas embrionarias, pasando por sus fugaces experiencias militares en cayo Confites (1947) y el bogotazo (1948), iría conformando un cuerpo sistémico más estructurado hasta llegar a una bien elaborada concepción de insurrección armada popular revolucionaria. Esta concepción maduraría hasta conformar un sólido proyecto basado en la práctica durante el período 1952-1956, desde el golpe del 10 de marzo al asalto al Moncada al desembarco del Granma. Sin un ápice de providencialismo, ese proceso fue desarrollándose sobre la marcha, a modo de alud, estimulado por sus vivencias cotidianas, acelerándose a partir del momento en que adopta un concepto cardinal: la certeza de la posibilidad de derrotar a las fuerzas armadas y el aparato represivo de la tiranía, en contradicción con el apotegma fascista italiano entonces prevaleciente en nuestro ámbito, el cual establecía que solo era posible luchar con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército.

Después del golpe de Estado la actividad de Fidel estuvo centrada durante más de un año en el entrenamiento militar incipiente de un contingente de civiles, sin pretender encabezar la lucha; su propósito era incorporarse a cualquier otra organización que decidiera empezar el combate. Con ese fin contactó las organizaciones y los dirigentes opositores que se suponía estuvieran dispuestos a la rebelión armada, para que le dieran armas y ocupar con sus hombres la primera fila en la lucha. Pero todo resultó infructuoso.

Después de cada esfuerzo fallido, continuaba mejorando la preparación de esa fuerza civil que él concibió tenía que asumir un carácter militar revolucionario, y debía estar regida por inflexibles normas sin las cuales resultaría imposible el triunfo: severa disciplina, estructura celular, mando vertical centralizado y extremo secreto en las actividades conspirativas.

Finalmente, en abril de 1953, ante la quiebra del plan para la toma del campamento de Columbia por el Movimiento Nacional Revolucionario de Rafael García-Bárcena, Fidel decide seguir un camino propio y comienza a elaborar un proyecto independiente con el que calcula puede desencadenar un alzamiento popular.

La plataforma programática del proyecto estuvo bien definida desde el primer momento: “La Revolución declara que reconoce y se orienta en los ideales de Martí contenidos en sus discursos, en las bases del Partido Revolucionario Cubano y en el Manifiesto de Montecristi; y hace suyos los programas revolucionarios de Joven Cuba, ABC Radical y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos)”.

Respecto a lo militar, en un principio el proyecto se asentaba en la experiencia mambisa de la guerra irregular del Ejército Libertador acerca de la obtención del armamento, y adoptaba su escala de valores éticos incluido el tratamiento al enemigo. El bajo nivel económico de la inmensa mayoría de los integrantes del Movimiento condicionó la elaboración del plan para iniciar la guerra, cuyo propósito cardinal llegaría a ser la revolución. Conceptualmente, la guerra no podría concretarse a un simple conflicto armado, debía ascender a un rango superior en el que se fusionara la lucha de masas y la lucha armada, hasta generar una insurrección armada popular.

pag17La decisión de no supeditarse a iniciativas ajenas y actuar por sí mismo lleva al Movimiento a la necesidad de replantearse esa lucha en otra dimensión, la que lo obliga a solventar una multitud de obstáculos que hasta ese momento no habían sido objeto de su preocupación. Mas, como es característica intrínseca a una vanguardia revolucionaria mostrar ilimitada confianza en ella misma, irreductible fe en sus ideas y alta capacidad de respuesta ante las dificultades, de inmediato se dio a la colosal tarea de resolverlas. Y, paso a paso, según surgía cada dificultad fue dándosele solución.

El objetivo táctico del proyecto se desarrollaría desde la insumisión ante la dictadura y su derrocamiento hasta el cambio total de la sociedad en lo estratégico. Ese cambio era imposible sin disponer del poder incondicionalmente. Y el arribo al poder solo sería posible mediante la destrucción del aparato militar policiaco represivo sostenedor del sistema. Pero la guerra hay que hacerla con armas; él no tiene armas ni recursos económicos para adquirirlas; tampoco sus seguidores. Y aquí empieza el pensamiento lógico de la vanguardia a manifestar su capacidad creativa: habrá que quitarle las armas al enemigo que las almacena en sus cuarteles; pero hacen falta algunas para ello, de modo que habrá que comprarlas, se compran, con poco dinero, de pobre calibre y corto alcance, de las de caza que se venden en las armerías, no sirven para un combate contra centenares de soldados con fusiles y ametralladoras de gran poder de fuego; habrá que tomar el cuartel por sorpresa, necesario entonces usar iguales uniformes que el enemigo: se compran.

Y así se va dando solución a una multitud adicional de dificultades: selección de los lugares para las acciones, planes militares, fechas, horas, movilización del personal hacia La Habana y de La Habana a Bayamo y Santiago de Cuba, en ferrocarril, ómnibus, autos. Pocas armas, pocos uniformes, escaso efectivo para los gastos de traslado de personas, arrendamiento y preparación de los lugares de tránsito. Consecuencia: solo puede movilizarse un centenar y medio de hombres para la singular proeza el 26 de julio de 1953 en Oriente.

No es necesario detallar el desfavorable balance para los revolucionarios. Es bien conocido. Pero por aleccionador es digno de sumarizar un aspecto de lo ocurrido: Del contingente de 159 movilizados 61 perdieron la vida, casi el 40 por ciento. Treinta y dos fueron llevados a juicio y condenados, 28 por ciento. Veintidós tuvieron que salir exiliados, y los demás se sumergieron en la clandestinidad o suspendieron total o temporalmente toda actividad revolucionaria. En cuanto a los 10 dirigentes, cinco, la mitad, perdieron la vida, cuatro fueron apresados y condenados (a 15 años, Fidel, y a l3 y 10 años los otros tres); solamente uno pudo escapar y salir hacia el extranjero.

Resulta increíble que a partir de ese catastrófico resultado militar el Movimiento fuera capaz de sobreponerse a su casi aniquilamiento, lo cual resalta más peculiaridades de aquella vanguardia en gestación: la firmeza en la defensa de los principios, la fidelidad a sus ideales, la fortaleza de sus criterios, una irreductible tenacidad y un optimismo infinito, sostenidos sin desmayo a pesar de las unánimes críticas y la falta de solidaridad de que fue víctima.

pag18-0000El primer año en el Reclusorio Nacional para Hombres de Isla de Pinos transcurre para Fidel concentrado fundamen talmente en redactar una versión escrita de su alegato de autodefensa del 16 de octubre de 1953. El documento constituiría la más razonada denuncia de los crímenes cometidos por el régimen contra los combatientes del 26 de julio. Encarcelado, pero no vencido, Fidel Castro mantendrá en alto el derecho del pueblo al derrocamiento de la tiranía. Y después de casi dos años de vejámenes e incomunicación, cuando se pretende condicionar su liberación y la de sus compañeros al compromiso de renunciar a la rebeldía, defiende su prerrogativa a la libertad con palabras viriles que han quedado para la posteridad: “No, no estamos cansados. Después de veinte meses nos sentimos firmes y enteros como el primer día. No queremos amnistía al precio de la deshonra. No pasaremos bajo las horcas caudinas de opresores innobles. ¡Mil años de cárcel antes que la humillación! ¡Mil años de cárcel antes que el sacrificio del decoro! Lo proclamamos serenamente, sin temor ni odio”.

Al hacerse efectiva la amnistía por los denominados delitos políticos, Fidel desarrolla una doble batalla política, la primera pública y la segunda, secreta. De esta última surge el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, que toma elementos de la estructura funcional del Partido Ortodoxo (secciones juvenil, obrera, profesional, femenina, económica, y de propaganda) y le incorpora una línea que funge de común denominador a todas las demás: el frente bélico, cuyo funcionamiento determina el objetivo de toda la organización.

El MR-26-7 no solo adopta esos rasgos del PPC (O) sino que terminará apropiándose de su factor dinámico vital, de su militancia más radical y combativa, y establece de antemano las normas para evitar que se engendren en su seno las debilidades que han minado al partido desde la muerte de Chibás y, una vez que comience la guerra, terminarían liquidándolo. Estos principios fueron previstos por Fidel desde su época del presidio.

Una vez que ha integrado la primera Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, Fidel parte para el exilio el 7 de julio de 1955. Al hacerlo, reafirma públicamente el propósito al que ha dedicado su existencia desde el 10 de marzo: “Cerradas al pueblo todas las puertas para la lucha cívica, no queda más solución que la del 68 y el 95”. Esta determinación ha de ser ratificada una y otra vez en su abundante epistolario del siguiente año y medio, desde que en las primeras semanas de su precaria estancia en México escribió indoblegable: “En el más infortunado de los casos, de nosotros podrá decirse el día de mañana que supimos morir ante un imposible, pero nunca que se nos vio llorar de impotencia”. Y con pocos días de diferencia: “Vuelvo a reiterar mi promesa de que si lo que anhelamos no fuera posible, si nos quedáramos solos, me verían llegar en bote, a una playa cualquiera, con un fusil en la mano”.

pag19El 8 de agosto, en el Manifiesto número uno del Movimiento Revolucionario 26 de Julio al Pueblo de Cuba, muestra como siempre su plena coherencia con lo mejor de nuestra historia: “Las calles y los parques de nuestras ciudades y pueblos llevan nombres y ostentan con orgullo las estatuas de Maceo, Martí, Máximo Gómez, Calixto García, Céspedes, Agramonte, Flor Crombet, Bartolomé Masó y otros próceres ilustres que supieron rebelarse; en la escuela se enseña nuestra historia gloriosa y se venera con unción el 10 de Octubre y el 24 de Febrero. Estas no fueron fechas de sumisión ni de acatamiento resignado y cobarde al despotismo imperante; ni fueron aquellos los que extendieron la mano limosnera para recibir de España un cargo de diputado en las Cortes o en el Senado de la Metrópoli”.

Cuando salió de Cuba, Fidel había dejado escrito que partía hacia “un viaje del que no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies”. Tres meses después haría su profesión de confianza en el futuro cuando anuncia en Nueva York el límite en el tiempo para su retorno a la patria: “En 1956, seremos libres o seremos mártires”.

Se cumplía un año de su salida de La Habana, cuando cae preso en México con una treintena de compañeros. El 24 de julio de 1956, cinco meses antes de vencer el plazo de su compromiso pendía sobre él una orden de expulsión, tal vez deportación hacia Cuba, y le ocupan muchas de las armas tan fatigosamente adquiridas. Contaba solamente con medio centenar de hombres adiestrados, escaso armamento, solamente veinte dólares en los fondos del Movimiento, carecía de transporte para el regreso, y faltaban nuevos reveses que sufrir. ¿Reacción ante tantos infortunios? El que corresponde a una vanguardia que nunca se da por vencida. El 6 de septiembre escribe en carta a Cuba: “No sé qué misterioso poder tienen sobre mi ánimo las amarguras. Siento que se me multiplican las energías, pienso que son pocas las largas horas dedicadas al pensamiento y al trabajo, y cortas las noches de vela cumpliendo con el deber”.

Mas, las energías se multiplican, como siempre, y el yate Granma llega a Cuba con 82 hombres armados, el 2 de diciembre de 1956. Tres días más tarde, son sorprendidos por una compañía de la Guardia Rural, con tan fatales consecuencias que pareció que ocurriría en lo militar otro 26 de julio de 1953. Así de grave resultó el asesinato, la captura y la dispersión de la gran mayoría de los expedicionarios.

Con Fidel quedaron solo dos hombres. Los tres deambulan durante 13 días, hasta que cerca de la medianoche del martes 18 de ese mes se produce su memorable encuentro con un grupo de seis combatientes al mando de Raúl Castro, en la finca Cinco Palmas. ¿Qué ocurre entonces? Los dos hermanos se estrechan en un emocionado abrazo, y se produce un diálogo histórico: “¿Cuántos fusiles traes?”, pregunta Fidel a Raúl. “Cinco”. “¡Y dos que yo tengo, siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!”.

Infinidad de ejemplos similares podrían abundar en la demostración del ascenso de Fidel Castro como factor dinámico del decurso de nuestra historia reciente; y, más aún, hasta su categorización incuestionable en el rango de personalidad en la historia. Pero es suficiente decir que lo ocurrido durante la guerra y con posterioridad amplía hasta límites incalculables la praxis internacionalista y antimperialista, presente en Fidel a lo largo de toda su existencia, de lo que hubo atisbos desde la época estudiantil universitaria. Sus rasgos abundan en los textos de su prolífero epistolario del presidio y el exilio, de sus discursos, y de todos sus trabajos de prensa y documentos, antes y después del triunfo de la insurrección.

Tanto y más importante que esa abundante evidencia oral y escrita, resulta su consecuente seguimiento en la práctica de su vida. Basta exponer el momento en que tal postulado comenzó a hacerse realidad. Fue en la medianoche del primero al dos de enero de 1959 en Santiago de Cuba. Entonces, anticipó rotundo: “Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad al poder. No será como en el 95 que vinieron los [norte] americanos y se hicieron dueños de esto. Intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García que había peleado durante 30 años, no quisieron que entrara en Santiago de Cuba. No será como en el 33 que cuando el pueblo empezó a creer que una Revolución se estaba haciendo, vino el señor Batista, traicionó la Revolución, se apoderó del poder, reinstauró una dictadura por once años. No será como en el 44, año en que las multitudes se enardecieron creyendo que al fin el pueblo había llegado al poder, y los que llegaron al poder fueron los ladrones. Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas. Esta vez sí que es la Revolución”.


Redacción Digital

 
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