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Publicado el 26 Agosto, 2016 por Redacción Digital en Historia
 
 

Nace un líder

"En aquella época de la Universidad se perdieron muchos jóvenes en luchas inútiles, estériles. Aprendí mucho, después, a lo largo de toda la historia de la Revolución. Luché incansablemente por mantener la unidad"

Fragmentos del libro Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo de Katiuska Blanco

Nace en Birán el 13 de agosto de 1926. Foto publicada en BOHEMIA en julio de 1955.

Nace en Birán el 13 de agosto de 1926. Foto publicada en BOHEMIA en julio de 1955.

El libro Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo, de KatiuskaBlanco, es un tesoro inapreciable de vivencias, relatos, observaciones, recuerdos, consideraciones e ideas primarias que están en las raíces mismas de la frondosa y multifacética personalidad del líder de la Revolución Cubana. Con la colaboración de su autora, y el apoyo de Tania Orta, les presentamos breves fragmentos de la visión propia de Fidel sobre los primeros años de su vida

BIRÁN

Katiuska Blanco. -Comandante, José Martí creía que la historia del hombre podía ser contada por sus casas […], a la suya de Birán usted volvió al cumplir 70 años. Fui testigo del regreso, y desde entonces esperaba la oportunidad de preguntarle sobre los recuerdos que guarda de la casa donde usted nació.

Fidel Castro. -La casa era de madera, construida sobre pilotes más altos que un hombre. Me imagino que inicialmente, en el proyecto original, era cuadrada […]. Mi padre la construyó antes de que nosotros naciéramos. Tenía recursos económicos, ingresos relativamente elevados.

Los terrenos de mi padre estaban rodeados de grandes extensiones de tierra de diversas compañías norteamericanas. Incluso, el viejo trabajó con una de esas empresas, la United Fruit Company, propietaria de 130 000 hectáreas aproximadamente, una gran plantación cañera y un central azucarero […].

Él al principio contaba también con una pequeña empresa. Dirigía un grupo de hombres y hacía contratos para talar madera, para suministrar leña al central azucarero y desmontar áreas donde sembrar caña. Según mi hermano Ramón, eran años de numerosa inmigración de España, principalmente de las provincias gallegas, lo que favoreció su trabajo como contratista: comenzó a laborar con sus hombres en terraplenes de línea y a transportar maderos. Abrió una fonda y, además, inició sus siembras de caña. Llegó a tener una colonia en tierras de la United, la denominada Dumoy, que vendió después porque tuvo un accidente al caer de un caballo y fracturarse una pierna […].

Pienso que aquella era un modelo de casa de madera de las que construían los norteamericanos […]. Era de un piso, aunque tenía una habitación amplia encima, como un segundo piso más pequeño. El primer piso podía estar al nivel de la tierra, pero mi padre, al parecer por la influencia de Galicia, su lugar de procedencia, donde los campesinos dentro o debajo de las casas tenían los animales de cría […] construyó la casa sobre pilotes […]. Como el terreno era irregular, no tenían la misma altura […].

Luego, la casa se amplió en una dirección con varias instalaciones: una botica, un baño, una alacena, un comedor y, al final, la cocina. Después la alargaron del otro lado con una oficina, de modo que la casa quedó cuadrada, con un segundo piso arriba y una ampliación hacia el Este, en dirección a las montañas. Debajo estaba la lechería. Tenían un rebaño de unas 30 o 35 vacas que dormían debajo de la casa. Las ordeñaban por la madrugada y las soltaban por los potreros a 800 metros, o a un kilómetro de distancia. Por la tarde las recogían.

casa de fidel

Birán. “La finca tenía como 800 hectáreas de tierra propia y alrededor de 10 720 hectáreas arrendadas”.

[…]

[…] para almacenar agua había un tanque grande y otro ubicado un poco más alto, pero de menor dimensión. Se recogía el agua de lluvia del techo y toda venía a parar a aquel tanque […] Para beber se traía el agua de un manantial que quedaba como a cuatro kilómetros.

Por entonces no había electricidad en mi casa. Nos alumbrábamos con velas y con algunos faroles de gas. No había refrigeración, sino una pequeña nevera de madera. El hielo se traía del central Marcané, a unos cuatro kilómetros de distancia, y se guardaba en la nevera de madera con aserrín adentro.

[…] mis primeros recuerdos son de cuando contaba dos años, aún no había cumplido tres […]. Recuerdo el lugar donde dormíamos los tres mayores. En el piso de arriba, en una pequeña habitación con ventanas, más fresca. […] Estábamos Angelita, Ramón y yo, que éramos los hijos mayores de la segunda unión de mi padre, porque Lidia y Pedro Emilio, hijos del primer matrimonio, no vivían con nosotros.

[…]

Mi padre dormía en una cama y mi madre en otra. A un lado de la habitación estaba la cama de mi padre que tenía una pequeña mesita y la lámpara de gas allí. Él leía, se acostaba todas las noches a leer…

Katiuska Blanco. -El 23 de septiembre del año 2003- el día en que su mamá habría cumplido 100 años-, usted confesó que mientras más sentía algo, más lo guardaba […]. Explicó que su padre también era un hombre muy sentimental, pero callado. Habló de sus padres con especial agradecimiento por la rectitud y la ética con que los educaron.

Fidel Castro. -Ella era muy alegre y jugaba mucho, bromeaba. Pasaba su tiempo atendiéndonos, cuidándonos cuando estábamos enfermos, preocupándose por cualquier cosa que nos pasara; no era muy formal… teníamos un grado de libertad grande, porque mi padre y mi madre tenían mucho trabajo.
Mi caballo se llamaba Careto; cada cual tenía uno. Creo que me lo darían a los seis o siete años, y lo tuve mucho tiempo, como diez años quizás… era chiquito, muy inteligente, arisco, le gustaba escaparse, era de color dorado con la cara blanca. Parecía un Hereford,.. Era inquieto, muy vigoroso, muy veloz.

Katiuska Blanco. -Siento que su sensibilidad y pasión por los demás nació en aquella pequeña localidad.

Fidel Castro. -Allí estábamos mezclados con la gente, con los trabajadores, en el ambiente natural con los animales, con todo. Era mucho el contacto que teníamos con la naturaleza, realmente, desde pequeños; y estábamos libres casi todo el tiempo […]. Alguien cocinaba y mis padres se encargaban de todas las cosas […]. Mientras mi padre atendía la administración, mi madre también lo ayudaba, porque tenían tienda de víveres, tienda de ropa, ferretería, almacén, panadería, lechería, carnicería, ¡hasta botica! […]. Mi madre se ocupaba de administrar dichos negocios, y mi padre, en general, de todas las cosas.

La finca tenía como 800 hectáreas de tierra propia y alrededor de 10 720 hectáreas arrendadas [que] pertenecían a […] veteranos de la Guerra de Independencia, enriquecidos después con la intervención norteamericana […].

[…] Como mi padre era de origen muy humilde, campesino en Galicia, mi madre también, de Pinar del Río […] no tenían una cultura de terratenientes […]. Mi madre y mi padre eran autodidactas, aprendieron solos a leer y a escribir con muchas dificultades. Una de las cosas que yo recuerdo de mi madre es que leía con lentitud y escribía con dificultad. Ella leía, estudiaba casi todos los días; mientras mi padre trataba de leer el periódico u otras cosas […].

Había una escuela. Las dos únicas edificaciones que no eran propiedad de la familia eran el correo y dicha institución. Como tampoco había círculo infantil, desde que aprendí a caminar me mandaron para el aula […]. La escuela también era de madera, sobre pilotes, pero bajitos […]. Me sentaban en la primera fila. Tenía que estar oyendo todas las clases, era una escuela multigrado, de 20 o 25 alumnos […]. Desde muy temprano aprendí los números, las letras, a leer, casi sin darme cuenta, porque veía lo que estaba haciendo todo el mundo. Por supuesto, también me enseñaban el himno, algunos versos de Martí que uno 8 Agosto de 2016 recitaba de memoria, algunas poesías muy sencillas […].

[…]. Detrás de la tienda hicieron otra casa de dos plantas con piso de cemento, que debe de haber sido anterior a que yo naciera; una panadería y una fonda, donde comían los trabajadores, y otras viviendas.

No muy lejos estaba la valla de gallos. Yo también iba a ver las peleas. Era un espectáculo. En Birán […] estaban las casas y las casuchas de guano de los trabajadores haitianos, los barracones donde ellos vivían. Gente muy abnegada, muy sufrida, muy laboriosa, vivían con muy poca cosa, muchos de ellos aislados, solteros. Casi no había mujeres, una mujer era compartida por muchos, había una especie de poliandria […]. Posiblemente había mucha pobreza en su país y los trajeron en los primeros años de la República, cuando las empresas norteamericanas comenzaron la gran expansión de la agricultura cañera en Cuba y no alcanzaba la fuerza de trabajo.

[…]

Santiago de Cuba, Colegio La Salle, curso 1936-1937. Fidel es el sexto de izquierda a derecha, en la primera fila de parados. Delante de él, sentado, está Raúl.

Santiago de Cuba, Colegio La Salle, curso 1936-1937. Fidel es el sexto de izquierda a derecha, en la primera fila de parados. Delante de él, sentado, está Raúl.

Relativamente desde temprana edad percibí una cierta situación diferente: yo no tenía necesidades materiales, no tenía hambre, todo abundaba; no se carecía de nada.

En mi casa no había luz eléctrica ni transporte motorizado, todo era a caballo, cuando ya muchas familias, con menos recursos que la nuestra, tenían electricidad, refrigeración y vehículo de transporte.
En una época muy tempranita hubo uno de aquellos vehículos de los años 20, de los que se les daba cranque […]. Mi madre manejaba […], contaba que no tenía velocidad, era de pedales nada más. Luego hubo un largo período […] sin automóviles […]. Creo que en mi casa volvió a existir uno cuando yo tenía 10 u 11 años, que compraron un pisicorre. En aquel entonces […] no había carreteras, los caminos eran de fango, totalmente. En época de lluvia no se podía transitar. Las mercancías se traían en carretas de bueyes, que iban a buscarlas hasta la estación del ferrocarril nacional, a cuatro kilómetros, o al ferrocarril cañero, a un kilómetro de mi casa, y venían en un pequeño vehículo de ferrocarril autopropulsado. Una de las vías utilizada por mi familia era un motor de línea.

[…] tampoco había radio en mi casa. Tuvimos radio por primera vez cuando yo tendría nueve o diez años. Los periódicos sí llegaban.

En realidad, cuando pude percatarme de lo que acontecía a mi alrededor ya estaba en la escuela […].

Katiuska Blanco. -Su padre primero fue contratista de la United Fruit Company y luego, en 1924, como colono, firmó un convenio con el central Miranda, propiedad de una compañía norteamericana. Sus tierras estaban rodeadas por todas partes de empresas estadounidenses.

Fidel Castro. -El central Miranda era propiedad de la Miranda Sugar Company, una empresa que poseía varios centrales azucareros… El cultivo comercial principal de mi padre era la caña, y la producción dependía más o menos de cómo se comportaba la demanda de azúcar en el mundo. En el período en que empiezo a tener uso de razón, estaban más deprimidos los precios, la demanda estaba deprimida. Se iniciaba en Cuba una etapa de crisis y de hambre muy grande.

[…]

Los obreros de los centrales azucareros laboraban tres meses y medio, cuatro meses al año. Los obreros agrícolas eran los peores, trabajaban también tres o cuatro meses al año, en algunas tareas aisladas, intermitentes, en los cultivos. Ellos cultivaban al mínimo, porque eran realmente eficientes, con una economía despiadada en relación con toda aquella masa de trabajadores industriales y agrícolas, de inmigrantes haitianos, quienes en realidad vivían muy mal, pasaban hambre y sufrían mucho. Se alimentaban con boniato, algún maíz tostado, granos y tubérculos; carne no consumían prácticamente nunca, ni leche […]. Vivían en condiciones terribles.

En tal ambiente de campo y trabajadores existía mucha ignorancia, resignación y sentido de inferioridad […] sin que supieran por qué sufrían necesidades; no podían explicarse las causas. Parecía también un orden natural: todos los trabajadores que vivían en un bohío, a la orilla de un camino, llenos de hijos; una parte de los cuales moría todos los años por epidemia de gastroenteritis, por enfermedades de todas clases; a veces asolaban epidemias de tifus y otras enfermedades. Ellos vivían resignados, sufriendo la miseria, el hambre, muchas veces desorganizados. No había ninguna organización obrera, sindical. Los obreros agrícolas, por lo general, estaban desorganizados también, sin sindicatos. La atmósfera predominante era contraria a que la gente se organizara. La autoridad allí era la Guardia Rural […] que organizó Estados Unidos al principio de la República. Le pusieron armamento, reglamento, uniforme y sombrero de estilo norteamericano.

Cada uno de aquellos cuarteles estaba incondicionalmente bajo la subordinación del central azucarero. A estos puestos les llamaban: cuarteles de la Guardia Rural, y pertenecían a una capitanía del municipio de Mayarí.

Tenían un nivel de vida por encima de los trabajadores. Eran incondicionales […], eran guardianes realmente de la propiedad […].

Mi padre se quejaba a veces de algunos funcionarios estatales, inspectores corrompidos que iban a inspeccionar las tiendas, los establecimientos comerciales y productivos, el pago de los impuestos, el cumplimiento de las normas sanitarias, de las distintas leyes […] Aquella gente, absolutamente corrompida, vivía de las prebendas. Ellos no inspeccionaban nada, ni los libros ni los impuestos […]. No exigían nada y recibían dinero. A mi padre lo oía protestar por aquellos personajes.

Mi padre, hombre más bien conservador, propietario. desde el punto de vista humano fue una persona muy generosa, muy solidaria con la gente.

[… ] Katiuska Blanco. -Usted recuerda que comenzó a montar a caballo bien temprano, pero ¿qué otros entretenimientos tenían los niños de su edad en Birán?

Fidel Castro. .Bueno, casi todos estaban relacionados con el ambiente aquel. Me gustaba montar a caballo. […] Yo montaba con montura y a pelo también, tempranito […]. Me gustaban los ríos. No recuerdo cuándo aprendí a nadar […]. Mi primer arma fue un tirapiedras […]. Creo que empecé a comportarme como adulto a los cinco o seis años. Bueno, en mi infancia, hasta los cinco años no puedo contar mucho, pero después estaba libre, sin control; cuando iba en el período de vacaciones, era lo que hacía fundamentalmente. Estaba en permanente contacto con la naturaleza.

Ramón siempre andaba conmigo, estábamos asociados en todo tipo de aventuras, casi como si fuéramos mellizos. Éramos más o menos contemporáneos, aunque él era un poco mayor que yo.

A nuestros padres no les preocupaba que nos mezcláramos con los haitianos, sí que nos enfermáramos comiendo alimentos que pudieran indigestarnos. Nunca en la casa nos prohibieron tratar con los obreros, relacionarnos con los haitianos, blancos, negros. No se discriminaba a nadie por el color de la piel, la pobreza, la posición
social […].

Emborrachábamos a los patos, les dábamos maíz con alcohol; nos divertíamos viendo los patos ebrios. Hacíamos ya algunas travesuras un poquito más serias. En aquel período, de cuatro o cinco años ya habíamos adquirido un gran repertorio de malas palabras con los carreteros, los ganaderos. Tenía un vocabulario completo y, por supuesto, estaba prohibido pronunciar tales palabras […].

Katiuska Blanco. -Comandante, sobre los parajes tupidos y los peligros en Birán […] ¿iba solo a los Pinares de Mayarí? Y si oscurecía en el camino, ¿no sentía temores? ¿Nunca tuvo miedos?

Fidel Castro. -Allá en Birán, a los muchachos a veces nos hacían cuentos de cosas extrañas, de fantasmas, y nos impresionaban […]. Yo me adaptaba relativamente pronto.

El campo no es como la ciudad. En la ciudad hay muchos ruidos […]. Se puede decir que en la ciudad la persona está acompañada por el ruido, tiene menos sensación de soledad. En el campo, uno se despierta a medianoche, en la madrugada y 10 Agosto de 2016 no se siente ningún ruido, el silencio es absoluto; entonces, se experimenta un sobresalto por sonidos muy peculiares.

[…] Relativamente temprano, aprendí a manejar un arma, escopeta o fusil; y cuando tenía un arma, siendo muchacho, me sentía más seguro. Tiene un efecto, incluso, curioso. Da la impresión de que las armas lo ayudan a luchar hasta contra los espíritus y los fantasmas.

Pienso que lo que produce más temor es la sensación de indefensión; pero si uno cree que puede defenderse, aunque sea utópica la defensa, siente seguridad.

Y muchas veces viajé solo, con 10 u 11 años. A veces iba Ramón, pero otras no. Yo iba y regresaba solo a los Pinares de Mayarí. La meseta de los Pinares se encontraba a muchos kilómetros de mi casa. Me gustaba ir a un campamento forestal allí […] entre montañas, por caminos solitarios, a veces se me hacía de noche. A mis padres, poco a poco, fui acostumbrándolos a que tomaba decisiones por mí mismo. […] en períodos de vacaciones, agarraba el caballo -yo tenía mi caballo-, y me iba lejos. Cada año, desde el primer grado, en verano, venía a la casa por tres meses de vacaciones, junio, julio y agosto. Desde el primer grado, estaba interno en el colegio.

[…]

Bien temprano también me las arreglé para usar alguna escopeta de caza de mi padre. Prácticamente nadie me enseñó. Desde el principio tuve buena puntería, tenía cierta facilidad natural para el uso de las armas de fuego. A veces, en la casa circulaba el rumor de que las auras tiñosas se estaban comiendo las gallinas, y yo estimulaba el rumor; me ofrecía de inmediato para cazarlas. Mi padre me dejó usar la escopeta para disparar contra las aves de rapiña que se comían los huevos y las gallinas. De eso me alegro, de que mis padres me tuvieran confianza tempranamente, y no tardé mucho tiempo en usar todas las armas guardadas en un inmenso armario: escopetas automáticas, por ejemplo.

[…]

SANTIAGO DE CUBA

Katiuska Blanco. -Comandante, en Santiago usted vivió penurias con la familia Feliú, donde por primera vez tomó una decisión radical en su vida. A finales de 1935, usted cursaba el segundo grado externo en La Salle, y decide rebelarse para que lo envíen interno, pues en ello consistía la constante amenaza que le hacían.

Fidel Castro. -Después de tomar mi primera decisión sobre la escuela en segundo grado, así que fue prematuramente; la segunda, la tomo en quinto; la tercera, en sexto grado. Asumo tres decisiones importantes, pero ya desde quinto grado, estoy decidiendo por mí mismo -pudiéramos decir al entrar en sexto grado-. Todo lo que se refleja en mis estudios lo decid í yo también, y creo que en mi casa se acostumbraron a eso.

En ocasiones tuve también que discutir duro y plantear el problema en mi propia casa. Hubo momentos en que me iban a sacar de la escuela, me iban a dejar en Birán; en un instante iban a suspender el viaje de regreso a Santiago, me iban a suspender los estudios por un problema en el que yo tenía toda la razón, pero mis padres no estaban bien informados al respecto, impresionados por la información dada en el Colegio La Salle, de donde nosotros, al fin, nos fuimos cuando yo cursaba el quinto grado.

 

[…] A medida que transcurría el tiempo, fui adquiriendo un ascendiente, una admiración especial, por ser el único del grupo que progresaba en los estudios. Para ellos era el mérito más grande que podían recibir de mí: ser aplicado, ser estudioso, vencer las pruebas, los exámenes.

[…] Katiuska Blanco. -El Colegio La Salle ahora es la sede de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Santiago de Cuba […]. Lo imaginé en aquellos ámbitos, entre los escolares de entonces. ¿Cuán exaltado estaba su espíritu?
Fidel Castro. -Para mí fue un primer gran acontecimiento que me enviaran interno. Me sentía dichoso. En aquel momento soy un muchacho feliz: estoy en la escuela, vivo como todos los demás. Cuando salíamos de paseo atravesábamos la bahía en una pequeña lancha, íbamos todos los estudiantes internos, de 25 a 30 […] yo estaba entre los más pequeños, porque cursaba el segundo grado. La lancha se llamaba El Cateto […] tardábamos 20 o 30 minutos […] hasta una casa de retiro de los Hermanos de La Salle […]. Existía un campo de béisbol en la pen ínsula y un balneario con trampolín en el mar […]. En segundo grado me bañaba, me tiraba del trampolín, pescaba. Me gustaba mucho la pesca […]. Yo diría que ingresar interno fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida.

Otro suceso resultó ser el progreso o la bonanza de la escuela a medida que se rebasaba la crisis económica. Sería ya por el año 1937, por tal fecha iba mejorando la situación y los Hermanos de La Salle deciden construir un tercer piso para más alumnos. Ramón y Raúl ya están allí -Raúl tendría cinco años- y, además, un muchacho de los Pinares de Mayarí, cerca de Birán, que se llamaba Cristóbal Boris [Cristobita], hijo del administrador de una empresa, un aserrío […]. Con él éramos cuatro.

Katiuska Blanco. -Según Ramón, usted mortificaba mucho a su hermano más pequeño, a quien él bañaba y vestía […]. Usted cuenta que le ponía disciplina a Raúl, mientras Ramón lo malcriaba. Ramón evoca también la contribución de su papá a la ampliación del Colegio La Salle y dice que por tal razón destinaron un cuarto solamente para ustedes […].

Fidel Castro. -Cuando los Hermanos de La Salle construían el tercer piso, mi padre tenía fama en la escuela de tener dinero y grandes ganancias. Cuando construyeron el piso de arriba para los alumnos internos, fabricaron un cuarto especial para los hijos de Castro y Cristobita […].
Los alumnos internos teníamos cada semana dos días de descanso: jueves y domingo. Quizás era una fórmula inteligente. La vida era muy buena, maravillosa en aquel momento, comparado con lo que habíamos tenido anteriormente. Así transcurrió el primero, el segundo y el tercer año, y con notas excelentes […] hasta que surgieron incidentes en el colegio que determinaron mi salida de allí […]. No es que decidieran expulsarme, sino que yo estaba dispuesto a irme del colegio, convencido de no volver a aquel lugar.

[…] lo que el cura le dijo a mi padre -y, por supuesto, mi padre se impresionó mucho-fue que sus tres hijos eran los tres bandidos más grandes que habían pasado por la escuela. Así, con tales palabras.
Si acaso, el único bandido era yo, porque no existía ni la más remota justificación para llamar bandidos a Ramón o a Raúl […] Ellos no hicieron nada, solo solidarizarse espiritualmente conmigo ante el problema (con un cura. NR).
Viene la etapa en que cambiamos de escuela, fue el segundo problema serio que tuve, en un período de tres años: en primer grado y en quinto grado.

En lo absoluto considero incorrecta mi conducta en la escuela, no tenía malas notas ni faltas de disciplina. En general era activo, inquieto, practicaba deportes, pescaba, hacía y deshacía. A mí me parece, y ahora más, que lo más absurdo es que se golpee a un estudiante, y tal fue la causa de mi conflicto, determinó la salida, el cambio de colegio y, como consecuencia, problemas en mi casa; porque lo peor fue que mi familia aceptó la versión dada por el director de la escuela.

Cuando nosotros llegamos a Birán otra vez -el punto de partida y el punto de regreso siempre era Birán, el campo-, en una feliz fecha por la Nochebuena, la Navidad, el Año Nuevo, eran las vacaciones, pero como en la casa estaban disgustados, le pedían al asturiano tenedor de libros César Álvarez, que nos pusiera tareas, cuentas de multiplicar, de dividir; de manera que las vacaciones nos las desgraciaron.

[…] Katiuska Blanco. -¿Qué lecturas le apasionaban?

Fidel Castro. -De los libros de la época, para mí el más fabuloso era la Historia Sagrada porque hablaba de los orígenes del mundo, de la vida, del universo, del hombre, el Diluvio Universal, el Arca de Noé, los animales mitológicos, la historia de Moisés, el cruce del mar Rojo, las Tablas de la Ley. Incluía las narraciones de guerras y combates: las proezas de Josu é frente a Jericó haciendo llevar las trompetas, la fuerza hercúlea de Sansón, quien lograba derribar un templo. Me parecía algo maravilloso. Entonces, me llamaban mucho más la atención la Geografía y la Historia, en general, lo mismo la de Cuba que la universal, por todos los acontecimientos que narran. Pienso que a casi todo el mundo le gustaban aquellas asignaturas. Soportaba la Gramática; no me asustaba la Matemática, la entendía perfectamente bien. Era bueno para los dibujos geométricos, que había que realizarlos con círculos, con cálculos matemáticos e, incluso, me otorgaban premios. Era malo en la pintura de los paisajes. Ya la naturaleza me estaba negando sus cualidades: un buen oído musical y una buena habilidad para la pintura de los paisajes […] Pero creo que la lectura era mi mayor pasión.

No tenía acceso a la literatura. En general los libros a nuestro alcance eran los textos que nos enseñaban en las aulas. En los comedores, a la hora de almuerzo y de comida, nos leían algunas novelas, algunas historias; una sección de lectura pública, por lo cual teníamos que comer en silencio. Más o menos la mitad del tiempo se dedicaba a la lectura, y era yo uno de los alumnos escogidos para leer aquella literatura de un cierto sentido religioso.

Así que cuando estaba en la primaria, entre los 7 y los 11 años, tanto en el Colegio La Salle como en el Colegio Dolores, la literatura suministrada no era universal, sino más bien religiosa. La prensa sí me interesaba. Mientras estudiaba la enseñanza primaria, seguía los acontecimientos, sobre todo los internacionales. […] a mi casa llegaban como cuatro o cinco periódicos, entre estos, el Diario de la Marina, muy reaccionario y pro franquista. Los diarios El Mundo, Información y El País daban noticias más objetivas. Un periódico de Santiago, creo que se llamaba Diario de Cuba, y algunos otros diarios de la capital, eran más realistas. No había ningún periódico de izquierda,

[…] Katiuska Blanco. -Comandante, ¿piensa que tales vivencias influyeron en sus conocimientos, su expresión oral, sus dotes como orador?

Fidel Castro. -A mí me escogieron para leer en el comedor porque parece que tenía buena pronunciación y cierto énfasis, cierto acento, cierta declamación, y por el interés que ponía en la lectura de los materiales, de manera natural. En la escuela no dictaban clases de oratoria.

Cuando le leía al cocinero, en realidad estaba leyéndole a tres personas: al español, a quien yo veía sufrir, tenía un interés enorme, a pesar de ser un campesino analfabeto y también un enfermo, en cierta forma; al hombre ignorante, que no sabía leer; y, además, al cocinero, que antes había sido vaquero y que tenía muy mal genio.
En la comunicación con las personas repudié siempre la forma de expresarse que fuera abstracta, confusa, pomposa y aparentemente docta, como lo era la de Belaúnde San Pedro, un profesor del Instituto del Vedado, su libro era el texto de Enseñanza Cívica en Belén. Considero que la forma de expresarse de cada persona forma parte de su personalidad y mentalidad.

Lo habitual en mí ha sido tratar de comunicar lo comprendido de manera sencilla. Puede haber habido un período en que la forma fuera una traba para las ideas. Quizás cuando en la enseñanza de la Literatura, la Retórica y el Discurso, la formalidad de hacer estuviera un poco prevaleciendo sobre la idea -se decía que un discurso tenía que tener una introducción, una hipótesis, una tesis, una demostración y una conclusión-, a medida que estudiaba, a medida que progresaba, que aprendía la forma de expresarse.

Cuando me libré totalmente de los aspectos formales de las explicaciones, me olvidé de la forma y pude expresarme con más soltura, algo que tal vez caracterizó mi oratoria, que es como decir la expresión en voz alta.

[…]

Katiuska Blanco. -Soy testigo de su memoria prodigiosa, pero esa capacidad, ¿es natural o entrenada?

Fidel Castro. -Gané cierta fama de tener mucha memoria, lo cual me gustaría reafirmar y ratificar. Creo que tenía una buena retentiva, como la tienen muchas personas, sobre todo, para las cosas que me interesaban. Si no me interesan, puedo olvidarlas inmediatamente… si es un tema de mi interés, me lo dicen una vez y puedo recordarlo durante mucho tiempo.

[…]

En la movilización popular para resguardar la Campana de la Demajagua (1947). "La lucha contra el gobierno de Grau, junto a personas honradas, a la gente que denunciaba las injusticias".

En la movilización popular para resguardar la Campana de la Demajagua (1947). “La lucha contra el gobierno de Grau, junto a personas honradas, a la gente que denunciaba las injusticias”.

En general, tuve que ser autodidacta, no era un alumno que prestara mucha atención al profesor. Como regla, no tuve profesores que hubieran captado mi atención o me dejaran maravillado con sus explicaciones, con lo cual me habrían ayudado muchísimo. Como resultado, cuando llegaba el momento del examen debía estudiar por los textos.

[…] Más adelante, ya pensaba mucho en los deportes, en las competencias, en todo tipo de cosa. Lo peor era cuando me ponían a estudiar obligado. Si me hubieran dado buenos libros y no me hubieran obligado, desde muy temprano habría podido leer una enorme cantidad de textos, pero tenía que invertir el tiempo en inventar juegos y en la manera de entretenerme de cualquier forma.
[…] estoy convencido, y es lo que aconsejo a los estudiantes, que no se debe perder el tiempo en las clases. Atender al profesor es una ayuda extraordinaria, aunque existan textos impresos, aconsejo a los estudiantes leerse el libro completo antes de recibir la clase, hacer una exploración por la materia, prestar atención en clases y dedicar el tiempo a consolidar los conocimientos y a ampliarlos. Es lo que yo haría si tuviera la experiencia de ahora, porque me habría ayudado extraordinariamente.

Pienso que los maestros deben tener la suficiente habilidad técnica para captar la atención de los alumnos y deben cerciorarse de que todos estén atendiendo en la clase y no pensando en otra cosa, por la fantasía tremenda de los adolescentes. Considero antinatural y casi como un castigo sentarse durante cuatro horas por la mañana, más cuatro horas por el mediodía, y dos o tres horas al atardecer o en la noche, en un aula, a la edad de 10, 11, 12, 14 años porque el hombre no evolucionó, realmente, en su naturaleza biológica, para estar 10 o 12 horas sentado a esa edad; por lo tanto, es muy importante también combinar el estudio con el trabajo, con el deporte, con las actividades físicas y la exploración.

[…]

LA HABANA

Katiuska Blanco. –Comandante… años después viajó a La Habana, mucho más lejos de su casa en Birán, cuando dejó atrás el Colegio Dolores para irse al Colegio de Belén, casi al otro extremo de la isla, ¿qué sensaciones experimentó? ¿Qué significó tal cambio en su vida? Fidel Castro. .Ir a otra escuela fue una decisión propia. Con los jesuitas de Santiago hice en el Colegio Dolores gran parte del quinto grado, dos tercios del sexto .porque un tercio me lo pasé hospitalizado., séptimo grado, primero y segundo años de bachillerato; cinco años en total […].

Me sentía bien en la escuela, pero ya me parecía que aquel lugar no era nada comparado con la otra gran escuela que los jesuitas tenían en La Habana porque llegaban libros sobre el Colegio de Belén… lo ideal para un joven, para un estudiante, para un atleta, y yo me entusiasmé.

Claro, fui madurando apresuradamente. Aunque estaba en un colegio de jesuitas, tenía vacaciones tres veces al año: quince días en Nochebuena, ocho días en Semana Santa, tres meses en verano. En todos los períodos mencionados iba para mi casa, era hombre libre en Birán.

[…]

Otra cosa que hacía era irme de exploración a lugares lejanos yo solo. Por mí mismo, hacía de todo en Birán. Además, contaba con un prestigio creciente en mi casa, desde que ingresé en el bachillerato, fue un acontecimiento importante. Estaba nada menos que en primer año de bachillerato, ¡algo extraordinario!

Era uno de los que más sabía en mi casa, tenía la consideración y el respeto de mis padres. Todo eso me daba un estimable grado de libertad […]

Era estudiante interno, pero no siempre me vi encerrado en el colegio; estaba en contacto con la naturaleza, en el régimen de libertad durante los veranos en Birán, era casi un adulto en mi vida y, por lo tanto, no resultaba nada extraño que, influido en parte por la publicidad, decidiera en aquel momento ir a estudiar al Colegio de Belén los tres últimos años de bachillerato. Se lo dije a mis padres y ellos, encantados, no pusieron la menor objeción. En aquel verano creo que había cumplido 16 años; tenía la edad apropiada para tal nivel porque había recuperado parte del tiempo que me hicieron perder al principio. Ya participaba en los equipos deportivos de 16 años del Colegio Dolores; pero era un guajirito, un provinciano, nacido en el campo.

[…]

La escuela tenía grandes edificios -no sé en qué año los construyeron-, 1000 alumnos, 150 internos. Yo nunca había viajado a la capital, no sabía lo que era la ciudad de La Habana. Cuando se acercaba el comienzo del curso estaba muy entusiasmado, a pesar de que se acababan las vacaciones y mi libertad. Como yo mismo había escogido mi camino, también había elegido qué tipo de esclavitud y qué tipo de cárcel podía soportar; viajaba encantado hacia mi nueva cárcel.

[…]

Después de comprar como dos maletas de ropa, tomé solo el tren hacia La Habana. Allá le dijeron al que iba a ser mi padrino, Fidel Pino Santos, quien ya era representante y vivía en el Vedado, que me esperara.

[…] Al amanecer -lo recuerdo como si fuera ahora; sería en el año 1942- arribé a la gran estación terminal y me ocurrió lo mismo que cuando a los seis años llegué a Santiago de Cuba la primera vez: un elevado, una gran estación, un gran bullicio. Me estaba esperando el padrino frustrado. Bajé, el maletero cargó las maletas y tomamos el automóvil que enrumbó por una calle que pasa por el antiguo Palacio Presidencial. Me ocurrió lo mismo que en Santiago, me pareció una gran ciudad, pero esta era mucho más grande, de edificios de cuatro y cinco plantas, enormes; yo los miraba asombrado. Llegamos a la casa del padrino en el Vedado, y allí estuvimos un rato, hasta que me llevaron para la escuela.

El Colegio de Belén estaba en Marianao, no muy lejos del cabaret Tropicana. Hoy es una universidad militar, el Instituto Técnico Militar (ITM) como es popularmente conocido.

Llegué a la escuela encantado. Me alegré de haberme liberado de mi seudopadrino, que en este caso adquiría, en cierta forma, el papel de tutor mío. En la escuela entré en contacto con los estudiantes. Claro, todavía, era un guajirito provinciano, que venía del Colegio Dolores, de Oriente, del campo, y conocí muchachos más despabilados, muy presumidos, de la alta burguesía y la oligarquía de aquí de La Habana, dueños de centrales azucareros; incluso, otros internos de Oriente y de todo el país.
Dormí el primer día en la escuela, porque llegué uno o dos días antes de empezar las clases; y, al otro día, salí solo para La Habana. Pregunté por un tranvía, hasta dónde llegaba, y dónde se encontraban las tiendas. Del Colegio de Belén al centro de La Habana, un tranvía demoraba 40 o 45 minutos. Era un tranvía eléctrico del tipo que se conectaba con dos cables, que de vez en cuando se zafaban y no podía continuar el viaje; los ponían otra vez y reiniciaba la marcha.

Claro, recuerdo que la primera vez que me puse aquel traje escandaloso, largo, los muchachos se rieron de mí, decían: “¿Pero qué es esto, un guajiro?”. Yo no me puse bravo, pero me di cuenta de que no estaba acorde con la moda. No recuerdo cuándo me lo puse, pero creo que fue una sola vez. Mi asesor, el comerciante de Santiago de Cuba -hijo de Martín, el Gallego-, que estaba despachando en la tienda, fue el que me lo vendió. Hoy sería un excelente traje, porque mientras más rara, más escandalosa es la ropa, mejor, más se está a la moda; pero en aquella época todavía no existían los hippies, ni los peludos, ni los barbudos como nosotros. Entonces, los miembros de aquella aristocracia, burguesía, oligarquía, muy orgullosos de sus costumbres y de su moda, se rieron bastante. Después me compré otra ropa, guayaberas..; gasté una buena parte del dinero que me habían dado comprando cosas. Aunque no tuve muchos trajes, siempre conté, por lo menos con uno o dos, hasta que llegó la época revolucionaria. Creo que tres fue el máximo de trajes que tuve entonces: algún pantalón, alguna guayabera y lo que se llamaría un safari, por entonces se llamaban ensemble. Cuando usted tenía un pantalón y una camisa del mismo color, poseía un safari en mi época. Bueno, pues compré algunos y me fui adaptando a la cuestión del vestir.
Todo cambió después, al concluir mis estudios en el Colegio, en el acto de graduación de fin de año, de bachillerato. Viví aquel día una experiencia inesperada.

[…] Katiuska Blanco. -Comandante, al escribir sobre tal etapa de su vida, en un artículo publicado años después desde México, usted afirmó: “Yo andaba por las calles de La Habana desarmado y solo”. Mientras más leo sobre dicha época, más me asombro y pregunto: ¿Cuántas causas y azares debieron confluir para que usted se salvara? Parece un verdadero milagro que sobreviviera en medio de tantos peligros, cuando con un gran liderazgo entre los estudiantes denunciaba continuamente al gobierno y los grupos gangsteriles. ¿Usted coincide conmigo en tal certeza o tiene alguna otra razón que lo explique?

Fidel Castro. -Te venía explicando la difícil situación de la lucha por aquellos días.

En la Universidad sucedieron hechos importantes en mi vida: la lucha contra el gobierno de Grau, junto a personas honradas, a la gente que denunciaba las injusticias. Considero mi participación en la expedición de Santo Domingo como un gesto noble y altruista: me fui sin un amigo, completamente solo, tomé el caminito así, para participar en una acción organizada y dirigida en gran medida por quienes habían sido mis enemigos, sin decir nada en mi casa, sin decir nada a nadie.

Después, por las mismas razones, me enrolé en el estallido de Bogotá, y también fui solo. Puedo asegurar que lo que hice entonces fue lo más altruista, lo más desinteresado, lo más moral; aunque no fuera una razón suficiente para decir que todo estaba bien. Debí también medir o valorar mejor entre el sacrificio máximo, total y el objetivo de lo que estaba buscando. Fue una de las etapas más altruistas, desinteresadas y arriesgadas de mi vida. Fue muy duro para mí -recién salido del Colegio de Belén, y también poco tiempo después- enfrentarme a problemas graves sin ninguna experiencia.

Fidel durante el estallido conocido como el "Bogotazo"(1948).

Fidel durante el estallido conocido como el “Bogotazo”(1948).

¿Cómo salí yo vivo de todo eso? No es del todo milagroso, creo que mi conducta fue un gran freno. ¿Qué fue lo que posiblemente frenó muchas veces la mano de mis enemigos? Bueno, los gestos que yo tenía: no les tenía miedo, me metí en una expedición y contaba con mucha simpatía entre los estudiantes; entonces, como quiera que sucediera, mi muerte habría sido, en aquella época, en tales circunstancias, algo muy escandaloso. Me defendí como el domador de leones, haciendo ruido con el fuete y contando con la simpatía que tenía entre mis condiscípulos. Creo que me ayudó el hecho de ser un tipo solo. En dichas circunstancias, ellos quizás pensaron como Batista, que yo no podía hacer gran cosa solo. Por lo menos los irritaba, los irritaba tremendamente.

¿Por qué no me mataron? Algunos de tales elementos psicológicos debieron influir; pero tampoco me mató Batista, aunque considero que él calculó más que era un muerto pesado y no un enemigo inofensivo. Ya tenía un muerto pesado, porque sobre él gravitaba la acusación de que era el asesino de Guiteras. Prefirió no complicarse en aquel momento, era más conveniente para él.

¿Nos tendría algún respeto por el hecho de que hubiéramos desafiado su poder, su Ejército? ¿Habría algún respeto? No es imposible, no es del todo imposible. O sea, Batista no me mató porque su reacción fue semejante a la de aquella gente. No puede ser un milagro, tiene que existir una explicación, que no fue precisamente la prudencia mía. Yo debí ser más prudente, no más prudente, debí ser prudente, y creo que todo se hubiera podido lograr sin necesidad de aquellos desafíos.

Si hubiera sabido entonces lo que conocí después, no hubiera entrado en tales desafíos donde las posibilidades de éxito no existían. Luego lo hicimos cuando el gobierno de Batista: no fuimos a atacar Columbia, organicé para atacar al otro extremo de la isla, en una guerra de otro tipo; nosotros no desembarcamos por La Habana ni por Manzanillo; no intentamos ocupar Manzanillo ni Santiago de Cuba, los tomamos después. Había que saber qué objetivos podíamos tomar. Si tal experiencia la hubiera tenido cuando ingresé en la Universidad, ¡ah! ¿Qué era lo que sabía yo? Lo que aprendimos después. Ya ahora no vale, después de 50 años de Revolución, ¡pero a año y medio de haber salido de los colegios de los jesuitas! Hubiera sido muy útil para mí todo lo que sé hoy.

En aquella época de la Universidad se perdieron muchos jóvenes en luchas inútiles, estériles. Aprendí mucho, después, a lo largo de toda la historia de la Revolución. Luché incansablemente por mantener la unidad.

 


Redacción Digital

 
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