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Publicado el 14 Septiembre, 2016 por Redacción Digital en Historia
 
 

Cuba entera se da a los demás pueblos

“El mundo ha sido solidario con Cuba y por eso Cuba se siente cada día más y más solidaria con todos los pueblos del mundo", Fidel
fidel-caracas

Apoteósico recibimiento a Fidel en Caracas (1959),

Por RENÉ GONZÁLEZ BARRIO
Hay quienes aseguran que la vocación humanista, altruista y solidaria del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz es hija de su educación religiosa, sobre todo, si tenemos en cuenta que de la égida de sacerdotes jesuitas aprendió valores como la austeridad, la disciplina, la tenacidad, el sacrificio, la franqueza, la rectitud, la valentía, el amor al trabajo, la autosuperación, el sentido del honor y la dignidad personal, atributos todos de un militar. Aprendió, además, a vivir sobriamente, como los apóstoles, a tener fe en la victoria y a ser solidario.

Su sed insaciable de conocimientos lo sumergió en cientos de libros, en los que priorizaba el estudio de la historia universal y la geografía. Descubre a Martí, con quien se siente irremediablemente identificado por múltiples razones. Ambos son ascetas, humildes, desinteresados e incansables. Ambos son además profundamente humanistas y antimperialistas. Fidel lo asume y da continuidad a su obra apostólica y revolucionaria. Enriquece el pensamiento martiano con Marx, Engels, Lenin, y las propias experiencias de la historia patria.

En septiembre de 1945, con la cabeza repleta de ideas y proyectos sociopolíticos, llegó Fidel al Alma Mater de La Habana, a estudiar la carrera de leyes. Imbuido en el espíritu solidario de Bolívar y Martí, muy pronto asume la Presidencia del Comité Pro Democracia Dominicana de la Universidad, y se convierte en uno de los principales abanderados de la lucha contra Rafael Leónidas Trujillo y en activista por la independencia de Puerto Rico.

Desde 1946, un grupo de emigrados dominicanos organizaban en Cuba con apoyo del Gobierno de Ramón Grau San Martín, una expedición internacional para derrotar al tirano “Chapitas”, como era llamado el dictador dominicano. A mediados de 1947, la expedición era prácticamente un hecho, y en cayo Confites, a unas 60 millas al norte de la provincia de Camagüey, 1 200 hombres entrenaban militarmente para partir al combate.

Al llamado del deber, sin terminar los exámenes de tercer año, marchó Fidel al cayo como soldado de fila. Allí fue testigo de las ambiciones personales de sus organizadores y de la falta de unidad entre las fuerzas participantes. En los entrenamientos demostró cualidades de mando y lo nombran teniente, jefe de un pelotón.

A fines de septiembre el gobierno cubano, fuertemente presionado por Estados Unidos, traiciona el proyecto revolucionario y envía sus aeronaves y buques de guerra a detenerlos. Ante la noticia, los expedicionarios deciden partir de inmediato a su destino. Durante la travesía, los buques son interceptados en alta mar y detenidos prácticamente todos los combatientes; el joven Fidel, para no caer prisionero, “más que nada por una cuestión de honor”, en gesto temerario, se lanzó al mar llegando a nado a cayo Saetía, en la bahía de Nipe. Algunos lo imitaron. Le dieron por muerto; pero el muerto reapareció en La Habana a los pocos días, ante la mirada atónita de sus compañeros de expedición.

En abril de 1948 tendría lugar en Bogotá, Colombia, una cumbre de la OEA. El joven Fidel Castro concibe la idea de realizar paralelamente, en la propia ciudad de Bogotá, un Congreso Latinoamericano de Estudiantes para manifestarles a Estados Unidos y los gobiernos lacayos del continente, algunas verdades de las que aquella organización con toda seguridad no hablaría, entre ellas, la democracia en Santo Domingo, la devolución del Canal de Panamá, la independencia de Puerto Rico, y la desaparición de las colonias que aún subsistían en América Latina.

Personalmente moviliza jóvenes dirigentes estudiantiles de Panamá, Venezuela y Colombia e invita a la reunión al resto de las organizaciones estudiantiles del continente. Ya en Bogotá, busca el respaldo del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, en aquel momento, el político de izquierda más prestigioso de Colombia, con quien se entrevista el 7 de abril, logrando su identificación y apoyo para el Congreso.

El 9 tendría con Gaitán una nueva cita, pero ese día, mientras la OEA se reunía, la oligarquía proimperialista asesina al dirigente colombiano. De inmediato el caos. Bogotá se convierte en un infernal campo de batalla. Disparos por doquier. Gentes corriendo sin brújula hacia todos lados. Indisciplina social. El reino de la anarquía.

Impactado por la noticia, se une a la airada multitud y en la idea de que una revolución popular había comenzado, se dirige como un patriota colombiano más, a tomar la División de la Policía. Participa en su ocupación y buscando un arma con que combatir, se pertrecha con una escopeta de gases lacrimógenos y una canana con 20 o 30 de esos proyectiles. Forma en una escuadra de combate y un oficial rebelde le cambia el arma antimotines por un fusil con 14 municiones. Entre los improvisados combatientes, no había disciplina ni organización.

En medio de una balacera, marcha al cuartel de la sublevada Quinta División de la Policía. Su jefe organiza con entre 400 y 500 hombres la defensa de la instalación. Fidel no comprende la decisión. Se le acerca, argumenta: “Toda la experiencia histórica demuestra que una fuerza que se acuartela está perdida”. Estaba convencido que en aquel momento debían predominar las acciones ofensivas y que no se debía dar el más mínimo tiempo al enemigo. Para entonces, confiesa Fidel, “tenía algunas ideas militares que surgían de todos los estudios que había hecho de la historia de situaciones revolucionarias, de los movimientos que se produjeron durante la Revolución francesa, de la toma de la Bastilla y cuando los barrios se movían y atacaban; de la propia experiencia de Cuba”. Sofocada la sublevación emprende la odisea del regreso a la patria.

Visita a Angola en 1977.

Visita a Angola en 1977.

La experiencia teórico-militar acumulada hasta entonces por el joven Fidel en tan intensa y fecunda vida, se enriquecía con la práctica que cayo Confites y el Bogotazo le ofrecieron. En lo adelante, su proyecto de revolución estaría más claramente definido, al igual que la idea de cómo llevarla a cabo.

La historia, como inagotable manantial de enseñanzas, le mostró el camino de la victoria. La analizaba hasta en sus más mínimos detalles, para interpretarla con profundidad y convertirla en una inigualable arma de combate. Devorador de cuanto libro de la epopeya cubana del siglo XIX cayó en sus manos, supo sacar en ellos lecciones útiles para emprender el camino victorioso de la Revolución socialista que organizó y dirigió triunfal. De su análisis y materialización, surgió un pensamiento militar creador, dialéctico y flexible que ha adecuado los conceptos del arte militar a las condiciones concretas de nuestro país. En todos los casos, su visión de la revolución fue humanista, universal y solidaria.

MÉXICO

Amparado en la amistad protectora del Embajador de México en Cuba Don Gilberto Bosques, el 7 de julio de 1955 sale de la isla rumbo a México, Fidel Castro Ruz. Comenzaba ese día uno de los períodos más intensos de su vida revolucionaria, el de combatiente del exilio.

Su etapa mexicana fue huracanada por su intensidad. No perdió segundo ni oportunidad. Su mente estuvo concentrada todo el tiempo en una idea fija: la independencia total y definitiva de Cuba. Con discreción y sigilo dignos del mayor encomio, organizó militarmente al futuro ejército rebelde en casas y campamentos elegidos en la mayor clandestinidad y con similar discreción en pos de la disciplina revolucionaria, reglamentó la vida de aquellos hombres, futuros soldados. Estableció métodos de superación política y cultural y en la aguerrida y peculiar convivencia, fue identificando a los futuros cuadros de la revolución.

En muy poco tiempo recorrió el país. Alistó campamentos en Santa Catarina de Ayotzingo, cerca de Chalco, Estado de México, y en el Rancho de Abasolo, en Tamaulipas, al norte del país, muy cerca de Ciudad Victoria. En Veracruz y Jalapa habilitó casas campamentos, para descongestionar la presencia revolucionaria en el Distrito Federal. En México, en sus mujeres y hombres, encontró abrigo seguro y el calor humano que da fuerza y compromete.

Conoció el México profundo y se identificó con el indio. No olvidó la causa del hermano pueblo de Puerto Rico y fiel a su ideario internacionalista, en Ixtapan de la Sal se reunió con los independentistas boricuas Laura Meneses y Juan Juarbe Juarbe, para analizar los destinos de la isla hermana. Como símbolo de la universalidad de la nueva revolución, enroló en la expedición del Granma a un dominicano, un italiano, un mexicano y al argentino Ernesto Guevara de la Serna, el Che, quien se convertiría en uno de los mejores combatientes de la futura guerrilla y modelo y símbolo del hombre nuevo, solidario e internacionalista.

México fue el prólogo de una historia que comenzó a escribirse el 24 de noviembre sobre las aguas del río Tuxpan, a bordo del yate Granma. En la memoria mexicana caló profundamente la epopeya de aquel grupo de decididos peregrinos que fieles a sus ideas cumplió el compromiso de, en 1956 ser libres o ser mártires. En ese país, y gracias al apoyo de sus hijos al proyecto revolucionario cubano, enraizó Fidel sus convicciones solidarias.
El desembarco del yate Granma el 2 de diciembre de 1956, marcó el inicio de la nueva epopeya libertadora. Fue una guerra cruenta, en la que la ayuda internacional tuvo un rol estratégico y decisivo para el logro de la victoria. El apoyo popular en México, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Estados Unidos, entre otras naciones, fue garantía de la legitimidad de la causa revolucionaria que triunfó el 1o de enero de 1959. Desde entonces, y hasta su retiro oficial de la vida pública, fue una constante en el discurso político de Fidel, sus alusiones a lo que llamó indistintamente solidaridad humana, solidaridad revolucionaria, ayuda solidaria, sentimientos internacionalistas, vocación internacionalista, deber internacionalista, conciencia internacionalista, espíritu internacionalista, entre otros. La deuda de gratitud de la revolución naciente, solo podría pagarse construyendo una Patria sólida y ejemplar, dispuesta a tender la mano a quien la necesitase.

DESPUÉS DEL TRIUNFO

El 23 de enero de 1959 arribaría Fidel a Venezuela en su primera salida al exterior tras el triunfo revolucionario. Ese día, en la Universidad Central de la capital venezolana, definiría el compromiso político de la naciente revolución con los pueblos del planeta: “A los estudiantes, que tan extraordinariamente han honrado a nuestro pueblo en la tarde de hoy, quiero decirles, para finalizar, una cosa: tengan la seguridad de que somos hombres conscientes de nuestra responsabilidad con nuestra patria, de nuestra responsabilidad con los pueblos oprimidos y de nuestro deber ineludible de solidaridad con todos los pueblos del continente americano; que somos revolucionarios, y que ser revolucionario no es llamarse así como se llaman muchos. Ser revolucionario es tener una postura revolucionaria en todos los órdenes, dedicar su vida a la causa de los pueblos, dedicar su vida a la causa de la revolución de los pueblos, a la plena redención de los pueblos oprimidos y explotados”.

Durante su viaje a Estados Unidos, el 24 de abril de ese año, en un mitin en el Parque Central de New York, en las mismas entrañas del imperio, refirió cuál sería la posición internacional de la Revolución: “Desde aquí decimos que Cuba y el pueblo de Cuba y los cubanos, dondequiera que estemos, seremos solidarios con los anhelos de liberación de nuestros hermanos oprimidos”.

Y añadía: “Pero hay algo que los pueblos oprimidos necesitan y es la solidaridad, hay algo que los pueblos oprimidos necesitan y es el sentimiento de los demás pueblos. Y puedo hablar de eso, porque recuerdo aquellos días difíciles de nuestra lucha revolucionaria; recuerdo aquellos momentos duros de los primeros reveses y en aquellos instantes para nosotros nada valía tanto como saber que los demás pueblos nos acompañaban con su solidaridad, que los demás pueblos nos acompañaban con sus sentimientos y que en cualquier lugar de América una voz se levantaba para defendernos, que en cualquier lugar de América los pueblos se levantaban para defendernos […].

“Y es que lo que hace posible las grandes empresas libertadoras es la fe y el aliento, sembremos fe y estaremos sembrando libertades, sembremos aliento y estaremos sembrando libertades, sembremos solidaridad y estaremos sembrando libertades”.

Tras su viaje a Estados Unidos, Fidel visitó Canadá, Trinidad Tobago, Argentina, Uruguay y Brasil. El 5 de mayo en la explanada municipal de Montevideo, haría públicamente una declaración de fe de su vocación solidaria e internacionalista: “No podemos sacrificar la esperanza que Cuba es hoy para los pueblos de América. Cuba -y lo digo sin sentido de orgullo, porque para nosotros eso no significa sino responsabilidades- es hoy como una lucecita que se enciende para América, como una lucecita que puede señalar un camino; Cuba, país pequeño, que surge sin ambiciones de dominio alguno, que surge con su Revolución sin ambiciones personales de ninguna índole; Cuba, que es hoy, en su Revolución, todo desinterés, todo generosidad, Cuba es como una luz de la que nadie puede sospechar, a la que nadie puede mirar con recelo, porque jamás podrá verse en Cuba sino que toda entera se da a los demás pueblos hermanos, que toda entera se solidariza con los demás pueblos hermanos”.

Tras el periplo internacional, el 8 de mayo, en la entonces Plaza Cívica, hoy Plaza de la Revolución José Martí, expresaba Fidel a nuestro pueblo: “Nuestra Revolución necesita la solidaridad de los demás pueblos hermanos de América Latina, nuestra Revolución necesita de la solidaridad de la opinión pública de todo el continente, para hacerse más fuerte, para hacerse más firme […] para llevar adelante su obra, de manera segura e inevitable, para que los enemigos de nuestra Revolución no encuentren aliados en los pueblos confundidos con la mentira o la calumnia”.

El 12 de julio, en el acto de clausura del Primer Foro Nacional de Reforma Agraria, volvería Fidel a resaltar el significado de la solidaridad para los cubanos: “Todos los que tengan una idea limpia del destino del hombre y un sentido elevado del hombre; los que no vean al hombre como un ser miserable y lo vean digno de que por él se hagan los mayores esfuerzos; los que tengan fe en los pueblos; los que tengan fe en la humanidad; los hombres que crean en que avanza la humanidad por encima de todos los obstáculos, por encima de todas las dificultades; los que crean que existe la solidaridad humana; los que crean que pueda sentirse el ser humano más feliz cuando le hace bien al hombre, al semejante, que cuando lo maltrata o cuando lo esquilma; todos los que aquí, como en cualquier parte de América o del mundo, sean capaces de sentir esas verdades, ¡esos estarán de acuerdo con lo que nuestra Revolución está haciendo! […]”

El 19 de octubre, en acto celebrado con los trabajadores bancarios, reiteraría: “Hace falta lograr que los pueblos se solidaricen con nosotros, entre ellos el pueblo norteamericano. Frente a la campaña de los Time, los Life y todos esos órganos que son instrumentos de los grandes monopolios, que le hacen tanto daño al pueblo norteamericano como a nosotros, tenemos que buscar la solidaridad del pueblo norteamericano”.

El 2 de septiembre de 1960, Fidel convocaría al pueblo en la Plaza de la República, para contestar a las ofensas de la OEA en su reunión de Costa Rica. Ante un millón de personas reunidas en magna Asamblea Popular, conocida como Primera Declaración de La Habana, enfatizaría en su artículo séptimo la irrenunciable vocación internacionalista de la Revolución: “La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba postula: El deber de los obreros, de los campesinos, de los estudiantes, de los intelectuales, de los negros, de los indios, de los jóvenes, de las mujeres, de los ancianos, a luchar por sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales (APLAUSOS); el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación; el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos (APLAUSOS), sea cual fuere el lugar del mundo en que éstos se encuentren y la distancia geográfica que los separe. ¡Todos los pueblos del mundo son hermanos! […].”

La resistencia del pueblo de Vietnam era fuerte inspiración revolucionaria. La solidaridad fue la premisa contagiosa del pueblo cubano.

La resistencia del pueblo de Vietnam era fuerte inspiración revolucionaria. La solidaridad fue la premisa contagiosa del pueblo cubano.

El 8 de junio de 1961, en la clausura de la reunión del Comité Ejecutivo de la Unión Internacional de Estudiantes, efectuada en el Capitolio Nacional, insistiría: “El mundo ha sido solidario con Cuba y por eso Cuba se siente cada día más y más solidaria con todos los pueblos del mundo. Cuba ha tenido la ocasión de experimentar lo que es la solidaridad de los pueblos, esa palabra está llena de sentido para los cubanos y por eso nosotros que sabemos lo que es la solidaridad mundial, nos sentimos obligados con todos los pueblos que necesitan de nuestra solidaridad y Cuba le debe a esa solidaridad en gran parte, haber podido resistir los ataques del imperialismo y Cuba sabe que con esa solidaridad continuará luchando y continuará resistiendo”.

En esa cita, profetizando lo que sería una de las más bellas ideas y práctica de la Revolución Cubana, anunciaba la convicción de convertir la Isla en una gran escuela para estudiantes del Tercer Mundo: “Estudiantes, que esta visita sirva para estrechar más los lazos de unión entre todos nosotros, que esta visita de ustedes a Cuba sirva para acercar más a nuestros pueblos, que esta visita a Cuba sirva para que marche adelante la lucha de los pueblos por su soberanía, por su independencia, por su justicia. Que esta visita sea un eslabón más para que en todos los pueblos del mundo algún día pueda decirse como hoy aquí, como hoy aquí podemos decirle nosotros al estudiante del África, del Asia, de Europa o de América Latina, sea cual fuere el rincón del mundo de donde venga: estudiante, esta es tu casa; estudiante, esta es tu tierra; estudiante, este pueblo es hermano tuyo; estudiante, eres bienvenido…”.

RELACIONES INTERNACIONALES DE NUEVO TIPO

La ayuda estratégica que la Unión Soviética brindó a Cuba para enfrentar la ofensiva imperial que pretendía derrocar la Revolución, fue decisiva para su sobrevivencia. Desde todos los órdenes, la mano amiga soviética y de los especialistas del campo socialista, contribuyeron Con armas de esos países, los cubanos con Fidel al frente, derrotaron la invasión mercenaria de Playa Girón.
El 1º de octubre de 1962, al referirse a la ayuda soviética y de los países socialistas, declaraba en la clausura del Primer Congreso Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas, celebrado en el entonces teatro Chaplin: “Naturalmente que en esta etapa difícil hemos contado con un factor trascendental, que es la solidaridad del campo socialista, muy especialmente la Unión Soviética, lo que nos ha permitido a nosotros vencer exitosamente las etapas más duras de nuestra economía, y que nos permitirá en el curso de pocos años haber desarrollado ya nuestros recursos hasta un grado tal en que con nuestros propios recursos y apodamos seguir adelante”.

El 21 de enero de 1964, Fidel visita Moscú. Para los cubanos, habían quedado atrás los recuerdos de la Crisis de Octubre de 1962. En una comparecía ante la Televisión Central, al referir su opinión sobre el entonces líder de ese país, Nikita Jruschov y la amistad entre los dos pueblos afirmaría: “En primer lugar, hay un tipo de relaciones entre el Gobierno soviético y nuestro Gobierno que no se parece a ningún tipo de relaciones de las que existen en el mundo occidental, llamado occidental, en que las relaciones entre los países grandes y los países pequeños están normadas de una manera muy distinta. Por supuesto que los representantes de un país pequeño reciben siempre mal trato, poca consideración por parte de los países de más importancia. Sin embargo, cuan diferentes son las relaciones entre nuestros dos gobiernos, independientemente del tamaño, de la importancia mundial, los recursos, el poder de esos dos países.

“Nosotros somos representantes de un país pequeño, muy aislado; sin embargo, hemos recibido aquí un trato especial, un trato lleno de generosidad, de consideraciones por parte de la Dirección soviética, del Gobierno soviético. Y en realidad son unas relaciones muy distintas; nuestras relaciones son realmente fraternales, realmente socialistas, realmente comunistas, realmente revolucionarias, realmente honradas, realmente sinceras, realmente desinteresadas. Y eso se manifiesta también en nuestro trato. Nuestro trato es amistoso, fraternal, casi familiar”.

Años después, el 26 de julio de 1978, al valorar el significado para Cuba de la ayuda internacional recibida a lo largo de la historia, afirmaba: “El internacionalismo es la esencia más hermosa del marxismo-leninismo y sus ideales de solidaridad y fraternidad entre los pueblos. Sin el internacionalismo la Revolución Cubana ni siquiera existiría. Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”.

LATINOAMERICANISMO

El año 1966 fue crucial en la definición del proyecto internacional de la Revolución. Agredida, aislada en el escenario internacional por las presiones del gobierno de los Estados Unidos, Cuba se convirtió en la capital mundial de los movimientos de Liberación Nacional y la lucha contra el imperialismo y el colonialismo en cualquier rincón del planeta. La resistencia del pueblo de Vietnam, era fuerte inspiración revolucionaria. La solidaridad fue la premisa contagiosa del pueblo cubano. El año, de hecho, fue nombrado oficialmente “Año de la Solidaridad”. El 15 de enero de 1966 se celebra en La Habana la Primera Conferencia de Solidaridad de los pueblos de Asia, África y América Latina (Tricontinental). Un año después, en agosto de 1967, se celebraría la Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Ese mismo año, moriría el comandante Ernesto Che Guevara en Bolivia.

En la velada solemne en su honor en la Plaza de la Revolución de La Habana, el 18 de octubre, Fidel sentenciaría: “¡Ningún hombre como él en estos tiempos ha llevado a su nivel más alto el espíritu internacionalista proletario! […]”.

Haciendo del internacionalismo un pilar de nuestra cultura política y ciudadana, Fidel priorizaría la ayuda a otros países del mundo no solo por la vía armada, sino también ante situaciones de desastres como los terremotos de Perú y Chile. En Iquique, Chile, el 16 de noviembre de 1971 diría en una concentración popular: “De manera que por eso ustedes podrán contar con nuestro país y con nuestro pueblo, en la medida de sus modestos recursos, en la medida de sus posibilidades. La palabra hermano aquí tiene un sentido concreto y verdadero. La palabra solidaridad aquí tiene un sentido concreto y verdadero”.

CON OTRAS TIERRAS DEL MUNDO

En junio de 1975 visita Cuba el primer ministro del Reino de Suecia Oloff Palme. En un acto de masas celebrado en honor del visitante en la Ciudad Escolar 26 de Julio en Santiago de Cuba, Fidel expresó: “El internacionalismo es una de nuestras banderas más sagradas, y desarrollamos nuestra conciencia internacionalista en la práctica del internacionalismo (APLAUSOS). Y sumándonos también modestamente, en la medida de nuestras fuerzas, a la tarea de colaborar y luchar también por otros pueblos. Este espíritu internacionalista es la esencia de nuestros ideales revolucionarios”

Ese mismo año comenzaría la Operación Carlota, en la que el pueblo cubano bajo la conducción de Fidel escribió una de las más bellas páginas de altruismo y humanismo en la historia. Miles de cubanos, civiles y militares, ayudaron al pueblo angolano a consolidar su independencia y construir una patria digna y soberana. Lo mismo habían hecho antes en Vietnam, y harían después en Etiopía, Nicaragua y Granada. El historiador italiano Piero Gleijeses, en entrevista que le hiciese el periódico Granma en junio del 2015, declararía que “no existe otro ejemplo en la era moderna en el que un país pequeño y subdesarrollado haya cambiado el curso de la historia en una región distante. El internacionalismo de los cubanos es una lección política y moral plenamente vigente”.

Entre 1989 y 1991 se desmoronó el campo socialista. Cuba perdió el 85% de su comercio exterior. Comenzaba el período especial. Ni en esas condiciones dejó la Revolución liderada por Fidel de ser solidaria. La atención médica a las víctimas del accidente de Chernobil es el más vivo ejemplo.

Los organismos internacionales como la ONU, el CAME o el Movimiento de Países No Alineados, entre otros, han sido escenarios donde los cubanos han dado batallas solidarias por los pobres de la tierra. Fidel convirtió el podio de la Sala de Sesiones de la ONU, en las reuniones de jefes de Estado y Gobierno, en tribuna solidaria en defensa de la vida humana y de las causas nobles.

La Escuela Latinoamericana de Medicina y la Brigada médica Henry Reeve, se unen a las brigadas de maestros internacionalistas Ernesto Che Guevara y Augusto César Sandino, que llevaron el saber a pueblos de África y América Latina. Con ellas hacía Fidel realidad los sueños de Céspedes, Martí, Gómez y Maceo.

Si una relación especial de solidaridad e internacionalismo ha tenido la Revolución Cubana en los últimos años, de agradecimiento sincero y basado en raíces históricas, es con el pueblo de Venezuela. Cuando arribaba en enero de 1959 a Caracas, en el propio aeropuerto Fidel declaraba: “Vengo, en nombre del pueblo que hoy les pide ayuda y solidaridad, a decirles a los venezolanos que también pueden contar con nuestra ayuda y nuestra solidaridad incondicional y de cualquier forma cuando la necesiten”.

Como si estuviera prediciendo el futuro, el joven y visionario Comandante añadía: “¿Hasta cuándo vamos a permanecer en letargo, fuerzas indefensas de un Continente a quien el Libertador concibió como algo más digno y grande? “¿Hasta cuándo vamos a estar divididos, víctimas de intereses poderosos? La consigna ha de ser la unidad de las naciones […] Venezuela ha de ser el país líder de la unidad de los pueblos de América, pues Bolívar es el padre de la unión de los pueblos de América”.
Pudiera afirmarse que, en la misma línea de pensamiento de Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo, quienes pensaron la Revolución Cubana como faro de libertad continental, antimperialista y solidaria, Fidel levantó las banderas e identificado plenamente con la savia de los libertadores, convirtió en esencia vital la cultura del internacionalismo revolucionario. Sus relaciones ejemplares con Chávez, Evo, Correa, Maduro, Ortega, Cristina, Lula y muchos otros dirigentes revolucionarios latinoamericanos, como lo fueron ayer con Allende, Ho Chi Minh, Neto, Cabral, entre otros muchos hombres dignos, están sustentadas en el respeto y el amor a la independencia y la soberanía plena. Como buen martiano, para Fidel, Patria es humanidad.


Redacción Digital

 
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