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Publicado el 18 octubre, 2016 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1896

Reconcentración = genocidio

Hace 120 años el bando promulgado por Weyler sobre el traslado forzoso de la población rural a las plazas fortificadas se hizo extensivo a todo el país

 

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Ajenos a lo que estaba sucediendo en Cuba, los niños jugueteaban en la maleza. De pronto se escuchó el trote de unos caballos. Los niños huyeron hacia el bohío, buscando la protección de la madre. El padre, machete en vaina, se les unió. El jefe de la partida se desmontó de la cabalgadura y pidió la documentación de la finca. “¿Ustedes no saben lo del bando? ¿Por qué no han cumplido la orden?”. La madre replicó: “Hace días que nadie pasa por aquí, capitán”. “Pues van a tener que irse pa’l pueblo, comiencen a recoger”.

Desatendidos por las autoridades coloniales los reconcentrados enfermaban y morían a montones.

Desatendidos por las autoridades coloniales los reconcentrados enfermaban y morían a montones.

Todo fue de prisa, recordará años después Juana Clara Castañeda, uno de aquellos niños. La mayor demora consistió en enyuntar los bueyes y habilitar la carreta, mientras los guerrilleros (traidores cubanos al servicio de España) destruían las siembras y afanaban aves del corral. Al llegar al poblado inscribieron a la familia campesina en una lista para cuando construyeran nuevas barracas. Las hembras se quedaron en casa de un matrimonio amigo que las cobijó. El padre, en un solar yermo, montaba guardia para que no le robaran los bienes, que estaban en la carreta, y los animales.

Las autoridades habían erigido las barracas fuera del pueblo, en lo que hoy llamaríamos la periferia, lejos de la iglesia, el ayuntamiento y el parque central. Eran de vara en tierra, de techo de guano y horcones de palos. Dos entradas, una por cada extremo. Allí sobrevivían hacinados hombres, mujeres, niños, ancianos. Desatendidos por las autoridades españolas. Acostados en el piso de tierra sobre sacos, los más privilegiados, la minoría, en hamacas. Mientras pasaban los meses, enfermaban y morían a montones: la ropa, raída, apenas ocultaban sus intimidades. En el puro hueso, quienes aún respiraban parecían esqueletos vivos.

Weyler se va a la guerra

El Estado español se vio en 1896 impotente ante la acometida mambisa. Ni la verbosidad de Arsenio Martínez Campos, a quien nadie quería ya escuchar, ni el Ejército formidable y el sistema de trochas con que se pretendió detener el avance insurrecto, pudieron evitar que Máximo Gómez, Antonio Maceo y el contingente invasor llegara primeramente a La Habana y luego, con el Titán al frente, a Pinar del Río.

Valeriano Weyler vino con la misión de perpetuar la dominación colonial española a cualquier costo.

Valeriano Weyler vino con la misión de perpetuar la dominación colonial española a cualquier costo.

Madrid entonces apeló al genocidio. Para ello designó a Valeriano Weyler como capitán general de la colonia. El 16 de febrero de 1896 se promulgó el primer bando que ordenaba a todos los habitantes de la jurisdicción de Sancti Spíiritus y de las provincias de Oriente, Camagüey a “reconcentrarse en los lugares donde haya cabecera de División, Brigada, columna y tropa del Ejército y proveerse de documentos que garantice su persona”.

En otros artículos el bando puntualizaba: “Para salir al campo en todo el radio en que operen las columnas será absolutamente preciso un pase […] se detendrá a todo el que no cumpla este precepto […] Deberá desalojarse todos los establecimientos de comercio situados en los campos”.

Weyler había prometido a Madrid la pacificación de Occidente. Pero Antonio Maceo y su tropa le hacían la vida difícil y entre el 24 de septiembre y el 9 de octubre de 1896 le infligieron costosos reveses en Montezuelo, Tumbas de Estorino, Ceja del Negro y Galalón, a pesar de los batallones movilizados hacia Pinar del Río. En represalia, el militar ibérico trasladó 40 batallones más a Vueltabajo y promulgó el 21 de octubre de ese año un segundo bando que hacía extensiva la reconcentración forzosa a esa provincia.

Avatares de un adolescente

Junto con su familia, al niño Ramiro Guerra, quien aún no soñaba con ser el destacado historiador que luego fue, también lo sometieron a la reconcentración forzosa. En una carreta, cargada con las pertenencias de la familia y algunas viandas, llegaron al poblado que ya se hallaba congestionado de gentes como ellos. No encontraron en las primeras horas donde cobijarse. Por suerte la madre se empleó de cocinera del jefe militar de la localidad, la vaca lechera que trajeron se conformaba con la yerba de los solares y el padre comenzó a fabricar melado en un pequeño trapiche. El adolescente Ramiro, con permiso de las autoridades, traía la caña de un plantío cercano.

Y se acabó la caña. En un tiroteo les mataron la vaca. Pero el niño Ramiro ya había aprendido otro oficio: “forrajear”. Un soldado, apostado a la entrada del pueblo, le preguntó si sabía escribir. Al igual que este españolito, sus compañeros de armas eran analfabetos. Y Ramiro tuvo una clientela segura al redactar sus cartas. Como compensación, ellos le permitían al adolescente salir de la plaza fortificada a recoger viandas y frutas en los sitios cercanos. Sin tener que pagar una peseta mensual al ayuntamiento por un pase, como estaba establecido, el cual debía renovarse a los 15 días por un real.

Juana Clara y su hermana María, aún muy niñas, tampoco tenían que pagar. La madre le lavaba la ropa a un sargento, jefe de una de las postas de entrada al pueblo, quien las dejaba pasar. Un gran molote se formaba porque eran muchos reconcentrados los que se dedicaban a esa labor. Una partida de guerrilleros escoltaban a los “forrajeadores” y los obligaban a regresar temprano, todavía con el sol afuera, por temor a los mambises. Pero no solamente las familias de Ramiro y Juana Clara eludían el pago de la peseta. Algunas jovencitas reconcentradas, casi adolescentes, se acostaban con la soldadesca y obtenían un pase gratis.

¿Fue efectiva la reconcentración?

víctimas reconcentraciónEn un inicio, la reconcentración tuvo un éxito parcial, porque cortó una importante fuente de suministros al campo mambí. Pero como un bumerán, el bando colonialista también sufrió afectaciones, pues la tropa, y la población de las ciudades se vieron desabastecidas, y a los ya millonarios gastos de guerra, España tuvo que sumar la importación de alimentos, con los que sus arcas quedaron exhaustas.

Por otra parte los mambises cambiaron de táctica y pasaron a una guerra de resistencia, que consistía en pequeñas acciones contra las columnas ibéricas, atraídas a terrenos desconocidos para ellas, donde el clima hacía estragos en sus filas y el relieve favorecía la emboscada. La Campaña de la Reforma, protagonizada por Máximo Gómez y su tropa en la región central, constituye un excelente ejemplo.

Los fracasos militares de Weyler se multiplicaban y el asalto y toma de Las Tunas a finales de agosto de 1897 por Calixto García y sus mambises eran buena medida de que la pretendida pacificación de la Isla solo podía concretarse en los sueños de don Valeriano. El 9 de octubre de 1897 el gobierno español lo sustituyó como capitán general de Cuba y nombró para ese cargo a Ramón Blanco. Los bandos de Reconcentración forzosa fueron anulados. En un vano intento por conservar el dominio colonial en Cuba, Madrid estableció el régimen autonómico.

Las relaciones entre España y los Estados Unidos se comportaban cada vez más tensas. La Reconcentración le había puesto al naciente imperialismo en bandeja de plata el pretexto para la injerencia en la Isla y los periódicos sensacionalistas, con William R. Hearst al frente, arreciaban la campaña mediática a favor de una intervención armada en la contienda cubana. Para colmo la corrupción de las autoridades coloniales, al desviar hacia establecimientos comerciales habaneros parte de la ayuda humanitaria enviada a los reconcentrados por instituciones de Norteamérica, creó aún más la animadversión del pueblo estadounidense contra la monarquía ibérica.

Una historia de amor

No son prisioneros de un campo de concentración nazi, sino víctimas de los bandos de Weyler.

No son prisioneros de un campo de concentración nazi, sino víctimas de los bandos de Weyler.

A los padres de Eloína Moreno los fusilaron efectivos del Ejército español porque tenían parientes entre los insurrectos. Junto con decenas de vecinos suyos, a la adolescente la trasladaron al pueblo. En el trayecto, a su hermana Casilda, de 13 años, la separaron de ella para llevársela a otro lugar. No volvió a verla hasta décadas después. Sin un centavo, Eloína y su hermanita Mercedes llegaron al pueblo. Como eran familia de mambises, las autoridades las excluyeron de toda ayuda. En realidad ello no significó mucho, porque como día tras día arribaban más reconcentradas, el ayuntamiento los desatendía y ni siquiera se preocupaba por construir barracas para alojarlos.

Las dos niñas lograron cobijarse en el portal de un almacén en ruinas. Se alimentaban de sobras que algunos cubanos les daban casi clandestinamente, por temor a la represión colonial. El espacio se estrechaba cada vez más porque otros reconcentrados descubrían el lugar y se acomodaban como podían. En cada amanecer se producía un nuevo fallecimiento. Una fúnebre carreta rústica tirada por un mulo cansado venía a media mañana y como haces de caña, el cadáver era arrojado junto a otros más en el vehículo.

Una tarde se acercó un hombre ya mayor. “He observado que usted es una muchacha decente que la desgracia de la guerra le ha deparado una muerte segura, yo perdí a mi esposa recientemente, si usted me ayuda a criar a mis tres hijos no le faltará nada”.

Años después Eloína confesaría que aquel señor, un cuarto de siglo o más mayor que ella, a pesar de su lenguaje directo, tenía un rostro confiable. Y aceptó. Aquello terminó en un matrimonio de 11 hijos. Uno de los nietos de esa pareja sería el profesor universitario e historiador Oscar Loyola, ya fallecido.

Retrospectiva desde 2016

Se descubrió que parte de la ayuda humanitaria enviada a los reconcentrados se la apropiaba las corruptas autoridades coloniales.

Se descubrió que parte de la ayuda humanitaria enviada a los reconcentrados se la apropiaba las corruptas autoridades coloniales.

Desde un punto de vista militar, la reconcentración fue un fracaso. Lejos de pacificar a Occidente, las tropas mambisas en esa provincia sobrevivieron al desabastecimiento y mostraban signos de recuperación combativa a mediados de 1897. En el centro Máximo Gómez era imbatible. Y en el oriente ya Calixto García se atrevía a sitiar y tomar plazas fortificadas. Por otra parte, muchos jóvenes cubanos se incorporaron al campo mambí porque era preferible morir en la manigua machete en ristre luchando por la libertad de Cuba que padecer inanición en los lugares de reconcentración. Se calcula que entre 150 y 200 mil civiles murieron a causa de la Reconcentración. No solo cubanos engrosaron la lista de víctimas, también muchos emigrados de Islas Canarias y unos 3 000 chinos.

Ideada para mantener el dominio colonial español sobre Cuba la Reconcentración, en realidad, aceleró su fin. Más que la voladura del Maine, fue el genocidio al pueblo cubano lo que en mayor medida conmocionó la opinión pública estadounidense. Tuvieron así las manos libres los círculos expansionistas de la nación norteña para llevar a cabo la primera guerra imperialista de la historia.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García