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Publicado el 10 Noviembre, 2016 por ACN en Historia
 
 

Cuando Realengo 18 derrotó al dictador Batista

El 11 de noviembre de 1934, ante la decisión de los campesinos de Realengo 18 de no abandonar su tierra, Batista y la Guardia Rural cedieron y acordaron una tregua, retiraron las tropas y pospusieron los desalojos y los planes de apropiación

Por Jorge Wejebe Cobo

En 1934, la ofensiva  reaccionaria en Cuba  encabezada por el coronel Fulgencio Batista, jefe del ejército  y hombre fuerte de los intereses estadounidenses, tuvo una de sus primeras derrotas en un apartado rincón en la región de Guantánamo, en el oriente del paí­s, nombrado Realengo 18.

Era un  territorio sobrante de las demarcaciones coloniales,  en el que se asentaron   por siglos campesinos pobres, exesclavos, mulatos libres, mambises y sus descendientes, quienes por derecho consuetudinario eran dueños de la tierra.

Batista dio al traste con la revolución contra la dictadura del presidente Gerardo  Machado en 1933,  gracias a su capacidad para el engaño y la traición que le permitió emerger  en la convulsa situación  de sargento jefe de un movimiento popular castrense a  coronel jefe del ejército,  con la bendición de los intereses norteamericanos y para 1934 ejercí­a el poder por medio de un tí­tere, el presidente  Carlos Mendieta.

Realengo  18  ocupaba alrededor de 500 caballerí­as que incluí­an tupidos montes de árboles de madera preciosa, los últimos del entorno natural de la región, dominios sobre los cuales  latifundistas nacionales asociados a compañías norteñas pusieron sus ojos desde principios del siglo tras el fin de explotar la riqueza forestal y sembrar  grandes extensiones de caña que serían molidas en los centrales en manos de los estadounidenses en la región.

Para  cumplir con esos planes  era necesario desalojar a centenares de familias del Realengo 18 y parecí­a que en noviembre del 34 estaban dadas las condiciones para que el capital foráneo   lograra esos propósitos  con el apoyo de los tribunales de la época, el gobierno y la Guardia Rural que  habí­a cercado prácticamente la región.

Pero ante la arremetida se levantaron los campesinos de la zona, liderados por Lino Álvarez  y apoyados por  la solidaridad material y polí­tica del  Partido Comunista.

Pablo de la Torriente Brau en Realengo 18.

Pablo de la Torriente Brau en Realengo 18.

El  periodista Pablo de la Torriente Brau visitó el  Realengo 18 para reportar los acontecimientos, y  describe al lí­der popular como “un negro de pequeña estatura, pero bien musculazo, fuerte,  ojos silenciosos y profundamente oscuros. Habla con lentitud, como el hombre que no le gusta rectificar. Y nunca ha estudiado. Una compañi­a yanqui le ofreció quince mil pesos y 15 caballerí­as de tierra para que abandonara la lucha. Pero él siguió combatiéndola. Tres tiros le han dado ya y no lo han matado”.

En varias ocasiones los campesinos organizados en grupos de vigilancia territorial y armados con viejas escopetas y machetes  evitaron la entrada al lugar de los enviados de los terratenientes para instalarse en una trocha en la zona  a la que llegaron siempre acompañados de la Guardia Rural, mientras los tribunales  negaban el derecho de propiedad  a los campesinos, por lo que  en una ocasión 400 jinetes del Realengo 18 llegaron para protestar a la ciudad de Guantánamo.

Durante los momentos más tensos Batista, desde La Habana, declaró: “La  trocha se hará, cueste lo que cueste” y  Lino replicó: “Tierra o sangre” y miles de serranos se aprestaron a cumplir con esa consigna de su lí­der con el propósito  de que “mientras haya un montuno no sigue la trocha”.

El Partido Comunista realizó una operación  de abastecimiento a los sublevados, poco conocida en todos sus detalles, y les remitieron desde La Habana en cajones de supuestas piezas para maquinarias 50 fusiles Springfield, e igual cantidad de armas cortas, una ametralladora antiaérea y  municiones, obtenidas gracias a la contribución de los obreros de San Antonio de los Baños, Regla, Guanabacoa y otros municipios habaneros.

También viajaron a ese lugar como instructores y cuadros polí­ticos, enviados por el Partido, dirigentes obreros y juveniles, entre ellos Ramón Nicolau González, Alfredo Martí­nez, Lelis Nordet y Arturo Villarreal, y probablemente todo eso fue lo que disuadió  al ejército de tomar medidas extremas.

Realengo 18. ( Foto: Portal de la Cultura)

Realengo 18. ( Foto: Portal de la Cultura)

El 11 de noviembre de 1934, ante la decisión  de los campesinos de Realengo 18 de no abandonar su tierra, y para evitar  verse enfrentados a una guerra de guerrillas, Batista y la Guardia Rural cedieron y acordaron una tregua, retiraron las tropas y pospusieron los desalojos y los planes de apropiación.

No obstante, en los años posteriores  sobre los montunos y sus descendientes se aplicaron diversos métodos para engañarlos y usar la violencia de forma selectiva,   además  de aplicar ví­as para corromperlos con el fin de resquebrajar la unidad que los hizo fuertes y les permitió  propinar una de las primeras derrotas  polí­ticas y morales al régimen entreguista de Batista- Mendieta. (ACN)


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