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Publicado el 29 Noviembre, 2016 por Redacción Digital en Historia
 
 

“Jamás en mi vida toleraré conscientemente una inmoralidad”

Fidel Castro dedica a BOHEMIA su primer saludo a pocas horas de su glorioso descenso de las montañas de Oriente, cuando concedió a esta revista su primera entrevista de prensa.

Fidel Castro dedica a BOHEMIA su primer saludo a pocas horas de su glorioso descenso de las montañas de Oriente, cuando concedió a esta revista su primera entrevista de prensa.

Lo que dijo Fidel Castro en su primera entrevista al descender de la Sierra Maestra.— Héroe sin vanas fatuidades.— “Urrutia es aquí el que manda y yo estoy a sus órdenes”.— Cómo traicionó Cantillo a Fidel Castro.— “No cumplió con su palabra de honor”.— Se proponían marchar sobre La Habana.— “¿Quién nombró a Barquín?”.— “Somos amigos de los Estados Unidos”.— “Es que ha empezado el momento de construir”.

Por CARLOS M. CASTAÑEDA

Con las cámaras de LUIS TOLOSA y el autor.

1-

FIDEL Castro, sin su estrella en la frente arrancada por el pueblo delirante, ni vanas fatuidades de héroe, promete solemnemente que no tolerará injusticias y que concluida la guerra, empieza el período de las realizaciones revolucionarias.

Sentado sobre la orilla de una mesa de caoba dura, los pies reposando en una gaveta abierta y el tabaco apagándosele por instantes, Fidel Castro, sin más testigos que sus barbudos heroicos y la libreta de apuntes del reportero de BOHEMIA hace su juramento histórico:

—Me siento agradecido y comprometido con toda Cuba. Los muertos no cayeron en vano, ni es posible olvidar los sacrificios de todo un pueblo. Responsablemente puedo decir, que jamás en mi vida toleraré conscientemente una inmoralidad y aunque sea más duro, tomaré siempre el camino recto.

Viéndole departir amablemente con el fraterno Jules Dubois y conmigo –los primeros periodistas que le entrevistaban a su descenso glorioso de las montañas de Oriente–, nada me impresionó más que su sencillez y hasta su humildad; su familiaridad con gentes que le conocíamos por vez primera y su suave paternidad con una tropa que le idolatra: Durante las veinte horas que pasé junto a él –de Holguín a Victoria de las Tunas a Guáimaro y a Camagüey– le vi oír, consultar y entonces mandar: en ningún momento actuó ni con petulancia ni con soberbia.

—Recuérdate que yo no puedo hacer decretos, eso corresponde al presidente Manuel Urrutia –advierte cuando se solicita terminara con la huelga en los periódicos por ser la información del pueblo un servicio público– lo más que puedo hacer es pedirle a los periodistas y a los obreros que vuelvan al trabajo, pero no mandarlo.

Minutos antes, alguien quiso arrebatarle del bolsillo un tabaco para guardarlo como reliquia:

—¡Nada de reliquias!… ¿Quién ha visto guardar los tabacos? Y mucho menos porque sea mío. Vamos, dame candela para fumármelo ahora mismo.

Momentos en que entra en Camagüey la Caravana Invasora con más de cinco mil rebeldes que atravesó la isla de Santiago de Cuba a La Habana en medio de aclamaciones públicas.

Momentos en que entra en Camagüey la Caravana Invasora con más de cinco mil rebeldes que atravesó la isla de Santiago de Cuba a La Habana en medio de aclamaciones públicas.

Fidel Castro sorprende por su inagotable resistencia, laboriosidad sin tregua, su preocupación por todo. Apenas duerme o come; está siempre pensando, planeando, haciendo: “es que ha empezado el momento de construir”.

Su diálogo con los dirigentes fidelistas a su entrada en Camagüey con los primeros soles domingueros, es elocuentísimo:

—¿Cómo está todo en el cuartel?

—Todo tranquilo, solo quedan algunas gentes de Masferrer tirando por sorpresa.

—Pues hay que proceder con energía: a todo el que cojan que se le haga consejo de guerra y que se le fusile. Oigan bien: que le hagan consejo de guerra; nada de matar a nadie sin antes juzgarlo.

—¿Y la huelga aquí cómo está?

—El cierre es absoluto.

—¿El pueblo tiene comida suficiente? Si no, pídanle a las bodegas que abran y que despachen.

—¿Hay comunicación telefónica con La Habana?

—Todavía no.

—-Pues qué esperan, Batista se cayó el día primero.

—¿Y las comunicaciones por carretera?

—Quedan algunas interrumpidas.

—Pues tomen los equipos de Obras Públicas y a trabajar día y noche.

—¿Están abastecidos los hospitales, las clínicas y los asilos? Averigüen eso bien, pues no les puede faltar nada.

—¿Habrá comida suficiente para la tropa? Ocúpense de eso, que toda esta gente tiene hambre.

—¿Dónde usted quiere dormir, Comandante?

—De mí no se preocupe; procure sitio para los muchachos. Luis Orlando que se encargue de los periodistas, pero esa gente puede dormir en el suelo.

Inmediatamente a mis espaldas oigo una carcajada y me dicen que sus palabras son pronunciadas con un gesto amable de buen humor.

¡Ese es el Fidel Castro que yo conocí!

 

-2-

Holguín se vestía de negro con las primeras sombras de la noche sabatina. Jules Dubois, el camarógrafo Alfredo Hernández, el piloto Dan Benet y yo, hacíamos singular antesala a Fidel Castro: sentados en un quicio a la entrada del Instituto Tecnológico, oyéndoles las anécdotas de la guerra a su hermano Ramón.

Tras una hora de espera, Ramón Castro sugirió:

—Vamos a entrar para apurar a Fidel, pues este muchacho cuando empieza a hablar no tiene cuando terminar. Y más ahora que está inspirado.

Poco después estamos ante Fidel Castro. Dubois se adelanta para el primer apretón. A mí me dice:

—Antes que nada apunta ahí, que mi primer saludo es para todos ustedes los de BOHEMIA y para Miguel Ángel Quevedo.

A su llegada a Camagüey al amanecer del domingo, Fidel Castro dialoga con sus jefes militares y se preocupa por todo: desde la situación en el cuartel Agramonte hasta el abastecimiento de los hospitales y asilos. A su lado, la eficiente Celia Sánchez con una taza de café.

A su llegada a Camagüey al amanecer del domingo, Fidel Castro dialoga con sus jefes militares y se preocupa por todo: desde la situación en el cuartel Agramonte hasta el abastecimiento de los hospitales y asilos. A su lado, la eficiente Celia Sánchez con una taza de café.

Fidel Castro se acomoda en el borde de la mesa de caoba, mordiéndose a ratos la barba que lleva a la boca con la mano izquierda o tirándose de la cadena, de la que cuelga su Virgen de la Caridad del Cobre. Flanqueándolo están Pastorita Núñez y la buena Celia Sánchez; rodeándonos están sus bravos barbudos sumidos en tenue murmullo.

—Pensaba irme ahora mismo, pero si ustedes se han molestado en montarse en un avión y venir hasta Holguín, tengo que quedarme. Pregúntenme lo que quieran.

Y el torneo de preguntas y respuestas se prolonga por cuarenta y cinco minutos. No hay ni vacilaciones ni vaguedades: siempre sus contestaciones van impregnadas de sinceridad rancia, a tal punto que se le oye repetir con frecuencia, “Ustedes quieren que yo les diga la verdad, pues estamos hablando con franqueza.”

Durante todo el diálogo también reitera con modestia:

—Aquí el que manda es Urrutia. Yo no soy más que soldado de fila a su entera disposición.

No demora entrar en tema noticioso:

—Cantillo me traicionó, no cumplió con su palabra de honor, por eso es que tuve que oponerme a su asonada militar de Año Nuevo: eso no fue lo que pactamos.

Fidel Castro enciende el tabaco apagadizo y con una bocanada reanuda el histórico relato:

—Cantillo vino a verme el 28 de diciembre en un helicóptero al central Oriente. Allí nos reunimos con Raúl Chibás, Vilma Espín, Celia Sánchez, el cura que hizo los contactos, Cantillo y yo. Durante toda la conversación le mostré mi oposición a un golpe militar y le argumenté. Aparentemente él estaba convencido, a tal punto que me dijo que me ofrecía su apoyo incondicional a mis planes.

Tras una pausa agrega:

—Incluso le dije: ¿estaría usted dispuesto a aceptar el cargo que se le diera?

Fidel Castro cuenta que su propuesta al destituido general Cantillo consistía en un levantamiento conjunto del Ejército. A ese efecto, debían suscribir un documento el 31 de diciembre a las tres de la tarde. De no aceptarse en el campamento de Columbia la exhortación, Cantillo facilitaría los tanques y los aviones para marchar sobre La Habana.

Acorde con la versión del propio Fidel Castro, se pidió a Cantillo, bajo palabra de honor, no aceptara un golpe militar que se temía pudiera producirse. También se le demandó permaneciera en Santiago de Cuba y no fuera a La Habana bajo ningún pretexto.

—Cantillo no cumplió y yo guardo los documentos que firmamos para demostrar su traición.

A las tres pasado meridiano, hora en que debía reunirse Cantillo con Fidel Castro para suscribir el documento exhortando al Ejército a un levantamiento, solo se recibió en la Comandancia un mensaje lacónico:

—Los planes se han complicado. No se puede hacer nada.

Fidel Castro y sus hombres empezaron a sospechar de Cantillo. Inmediatamente se ordenó a las tropas rebeldes avanzar sobre Santiago de Cuba y atacar en todos los frentes. Mientras las fuerzas revolucionarias se desplazaban en toda la provincia, volvía a producirse otra reunión histórica en El Escandel, a las siete de la noche del 31 de diciembre.

Raúl Chibás dio a Herbert Matthews estos detalles de la entrevista Fidel Castro-Cantillo:

—Fidel sospechó aún más de Cantillo, cuando admitió que el general Francisco Tabernilla conocía los planes. Durante la entrevista, Cantillo dijo que el Movimiento 26 de Julio no tenía la confianza de la Embajada de los Estados Unidos, lo que hizo creer en contactos con los diplomáticos norteamericanos. También pidió garantías para que Batista pudiera salir de Cuba.

Camagüey se vuelca sobre las calles a dar la bienvenida a Fidel Castro: el cura de la ciudad y una Hermana de la Caridad están en el comité de recepción camagüeyana.

Camagüey se vuelca sobre las calles a dar la bienvenida a Fidel Castro: el cura de la ciudad y una Hermana de la Caridad están en el comité de recepción camagüeyana.

Fidel Castro completa con estas palabras el trascendental relato:

—Cantillo quiso tomarme entonces el pelo con un golpe de Año Nuevo. Por la tarde, me comunicó que aceptaba a Urrutia y me pidió le respondiera. Entonces le dijo que no podía haber acuerdo alguno.

Otro aspecto polémico surge en la entrevista: el coronel Ramón Barquín, también impugnado por Fidel Castro.

—¿Quién nombró a Barquín? ¿Quién le dio autoridad para designar en los mandos a quien tuviera en ganas? Me hizo ofrecimientos, pero le comuniqué que no aceptaba ningún entendimiento.

Por primera vez, veo molesto a Fidel Castro. Enciende el tabaco y se acariciaba la barba reiteradamente. Más que nada le desagrada la confusión momentánea que produjo la asonada de Año Nuevo y la exaltación del coronel Barquín.

Inmediatamente me tira las correas de las cámaras fotográficas que penden de mi cuello:

—Puedes estar seguro, que el error más grave que cometió Cantillo fue permitir la huida de Batista y de los culpables. No es cuestión de venganzas personales, sino de justicia: debíanse llevar a los tribunales para ser juzgados.

A preguntas de Dubois para el Chicago Tribune, Fidel Castro niega que tenga resentimientos contra los Estados Unidos y menos con el “pueblo norteamericano”. Solamente se lamenta de los brulotes del vocero de la cancillería Lincoln White y revela sus temores de que el Departamento de Estado se dejara influir por las intrigas del déspota.

—Nunca tuve nada contra los Estados Unidos, ni aun cuando les mandaban armas a Batista. Más tarde, y como ejemplo, ahí está nuestra conducta con los centrales norteamericanos con quienes hubiéramos podido tomar represalias por negarse a pagar los impuestos.

A manera de punto final a la temática norteamericana dice:

—Puede usted estar seguro –dirigiéndose a Dubois–, que seremos amigos de los Estados Unidos, siempre y cuando los Estados Unidos sean amigos nuestros.

A su llegada a Camagüey, Fidel Castro dialoga con los dirigentes provinciales para conocer la situación que prevalece en la región agramontina. Poco más tarde hacía su entrada triunfal.

A su llegada a Camagüey, Fidel Castro dialoga con los dirigentes provinciales para conocer la situación que prevalece en la región agramontina. Poco más tarde hacía su entrada triunfal.

Fidel Castro admite que todavía es prematuro para hablar de planes políticos. El presidente Manuel Urrutia le designó comandante supremo de las Fuerzas Armadas y “solo acepté el cargo provisionalmente”. Hombre de leyes más que de armas, insiste en que quiere desarrollar numerosas ideas sociales y políticas.

—Estoy comprometido con toda Cuba y especialmente con los hombres del campo. ¡Con mis guajiros de la Sierra Maestra! –exclama con emoción en la voz.

Fidel Castro niega tajantemente que el Movimiento 26 de Julio tenga relaciones con el Partido Socialista Popular y reitera su repudio al comunismo: “esa es una calumnia sostenida de Batista, que siempre protegió a esa gente.”

Del cuello de Fidel Castro pende el mejor mentís al atribuido comunismo de las fuerzas rebeldes: su medalla de la Virgen de la Caridad del Cobre. Sobre el pecho de sus hombres van prendidas detentes y medallitas; en sus bolsillos no falta a ninguno un rosario que yo vi a muchos rezar con devoción.

Y aun no se sabe de comunistas que recen el rosario y que lleven medallas del pecho.

Personalmente Fidel Castro imparte órdenes a sus hombres en la marcha de la Columna Invasora. Su sencillez en el trato con sus hombres y su resistencia inagotable, son las características que más impresionan del dirigente rebelde.

Personalmente Fidel Castro imparte órdenes a sus hombres en la marcha de la Columna Invasora. Su sencillez en el trato con sus hombres y su resistencia inagotable, son las características que más impresionan del dirigente rebelde.

Fidel Castro desconoce las intenciones del presidente Urrutia sobre la posible extradición de la República Dominicana del déspota Batista. Tampoco sabe de los planes del régimen provisional con respecto al sátrapa Rafael L. Trujillo.

—Todo eso le corresponde decidirlo al presidente Urrutia. Y recuerden que yo acepto a plenitud el mandato del régimen provisional.

Es necesario partir hacia Camagüey: pueblos enteros aguardan al borde de las carreteras el paso de los héroes. Fidel Castro me invita:

—¿Por qué no vienes con nosotros en la Columna Invasora hacia La Habana?

Voy esa noche solo hasta Camagüey: en cada pueblo una parada imposible de eludir y un trago obligado de café. Junto a los caminos, hombres viejos y hombres jóvenes, mujeres con niños en brazos y niños tristes con la barriga parasitada y los pies descalzos. Al paso de la caravana victoriosa oigo estas voces:

A su llegada a Camagüey, Fidel Castro dialoga con los dirigentes provinciales para conocer la situación que prevalece en la región agramontina. Poco más tarde hacía su entrada triunfal.

A su llegada a Camagüey, Fidel Castro dialoga con los dirigentes provinciales para conocer la situación que prevalece en la región agramontina. Poco más tarde hacía su entrada triunfal.

—¡Viva Cuba libre!

—¡Viva Fidel Castro!

—¡Que Dios los bendiga!

Al detenernos en el Guáimaro histórico, Fidel Castro me pone la mano en el hombro para una pregunta y una confesión:

—¿Qué te parece esto? No tengo palabras.

—¡Yo no puedo traicionar a esta gente!

—¡Estoy comprometido con toda Cuba!

 

 

Nota de la Redacción: Aunque en ninguno de los trabajos publicados en este libro se ha hecho aclaración alguna ni siquiera los tradicionales señalamientos para marcar a cualquier asesino del batistato o traidor al proceso revolucionario, y hemos dejado toda interpretación y análisis a los lectores, se hace necesario hacer una precisión en esta  entrevista, importante su inclusión en esta selección por tratarse de la primera concedida por Fidel a la prensa nacional inmediatamente después del triunfo de la Revolución, cuando aún no ha llegado a La Habana en su caravana de la libertad. Entre los periodistas presentes aparece Jules Dubois -siniestro personaje agente de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, que funda en 1943 la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), organización de los dueños y directivos de los medios de comunicación siempre en función de los peores intereses políticos del continente-, por lo que no es de extrañar, y llamamos al respecto la atención del lector, la burda manipulación y tergiversación de algunas respuestas del Comandante en Jefe.

 

(BOHEMIA: 11 de enero de 1959. No. 2. Año 51. p. 68)


 


Redacción Digital

 
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