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Publicado el 17 Noviembre, 2016 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Máximo Gómez, el más capaz

Entre todos los grandes estrategas mambises, así lo definió Antonio Maceo
La célebre fotografía del venezolano Gregorio Casañas captada en el central Narcisa en octubre de 1898.

La célebre fotografía del venezolano Gregorio Casañas captada en el central Narcisa en octubre de 1898.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

En un principio, al estallar la contienda independentista del 68, abundaban las partidas a caballo correteando alegres por todas partes, con poco orden y disciplina, mandadas por oficiales improvisados, de vistosos uniformes y ninguna experiencia en cuestiones de guerra, al decir del cronista y coronel mambí Enrique Collazo. Como era costumbre en Carlos Manuel de Céspedes colocar uno o más militares experimentados al lado de cada bisoño jefe cubano, por uno de esos azares concurrentes de la historia, envió a la tropa de Donato Mármol un dominicano a quien le había otorgado en fecha reciente el grado de mayor general: Máximo Gómez Báez.

Entretanto, el coronel español Demetrio Quirós marchaba de Santiago de Cuba a Bayamo con 700 hombres y dos piezas de artillería. Los mambises andaban escasos de parque y cartuchos para sus pocos y viejos fusiles y escopetas de caza. Sin embargo entre los cubanos abundaba entusiasmo y decisión. Y sobre todo, machetes.

En un lugar conocido como Pinos de Baire o Venta del Pino, a un kilómetro al oeste del poblado de Baire, sobre el camino real, organizó Gómez a sus fuerzas, emboscándola a cada costado de la calzada, ocultas dentro del yerbazal. “Nadie haga fuego hasta que yo dé la orden”, enfatizó el dominicano.

La columna española, desapercibida del peligro, avanzaba por el camino real. Gómez se incorporó, arma blanca en mano. “Al machete”, gritó. Saltaron al camino los cubanos y con rapidez inaudita, se lanzaron sobre los peninsulares, que apenas pudieron responder la lucha cuerpo a cuerpo y solo atinaron, los sobrevivientes, a huir en desbandada.

Quirós logró refugiarse con parte de su tropa en Baire (las dos piezas de artillería, abandonadas, cayeron en manos de los mambises). Guiado por un práctico, el militar ibérico burló el cerco cubano y por una extraviada vereda de monte, en marcha de derrota, con su diezmada tropa pudo llegar a Santiago, no sin antes sufrir en todo el trayecto el hostigamiento de los insurrectos.

El efecto causado por el machete fue extraordinario. En Madrid se exhibió una carabina trozada por un machetazo como pieza museable. El historiador Antonio Pirala describió en su obra tajos de esa mortífera arma de hasta 20 centímetros. Y la fama de Máximo Gómez no solo se extendió por el Ejército Libertador sino que llegó allende los mares.

Nacimiento

No puedo precisar la fecha en que nací pues por más que busqué personalmente la partida de bautismo en los libros de mi parroquia, no pude dar con ella […] Pero por la edad precisada en la fecha de nacimiento de contemporáneos míos, y por la tradición conservada en la memoria de mis buenos padres, pude averiguar sin más datos que nací allá por el año 1836.

En cuanto al mes, día y hora, siempre he lamentado ignorar tan preciosos datos para mí, que señalan los primeros instantes en que aparecemos casualmente a ser miembros de la gran familia humana. Vine al mundo y fue mi cuna un pueblecito ribereño del Banilejo (entonces sería un caserío), que le da su sombra: Baní, tierra de los hombres honrados y de las mujeres bonitas y juiciosas. (Notas autobiográficas de Máximo Gómez, 1894)

Rescatar al amigo (La Indiana, 12 de agosto de 1871)

En Guantánamo, hasta 1871, existían focos guerrilleros, pero no se había consolidado la insurrección. Y hacia allá fue Máximo Gómez con su tropa, que incluía a jefes capaces y valerosos soldados como Antonio Maceo y sus hermanos, Paquito Borrero, Guillemón Moncada  y Mayía Rodríguez.

Máximo Gómez en los años que comenzó la Guerra del 68.

Máximo Gómez en los años que comenzó la Guerra del 68.

Existía en la región más oriental de Cuba un cafetal fortificado, al que llamaban La Indiana, que servía como campamento militar y almacén de todo tipo para las tropas españolas que operaban en la zona. En toda la hacienda se hallaban unos 200 hombres entre los cuales había criollos blancos, negros y mulatos, dedicados a diferentes faenas, algunos franceses y 45 antiguos rancheadores, montañeses expertos en la caza de esclavos fugitivos y de venados, que ahora se encargaban de la seguridad y protección de la propiedad, armados de fusiles Peabody y escopetas de dos cañones,

El combate se inició en las primeras horas de la mañana y ya pasado el mediodía era alarmante la cantidad de bajas de las tropas cubanas. Gómez iba a ordenar retirada pero Antonio Maceo lo detuvo: “General, tengo a mi hermano muerto o herido grave y no lo abandono en poder del enemigo”. La respuesta de Gómez no se hizo esperar: “Si usted cae herido o muerto, yo iré a ocupar su puesto. O nos cazan a todos como ciervos, o nos apoderamos del fuerte”.

Todos los mambises dieron el paso al frente y encabezados por el hijo de Mariana, atacaron el cafetal fortificado. Mientras dos insurrectos rescataban el cuerpo exánime pero aún con vida de José Maceo, el resto con el Maceo mayor cortaba alambradas, destruía reductos y parapetos, siempre desafiando las constantes descargas de fusilería enemiga, y prendieron fuego a las instalaciones, que quedaron reducidas a cenizas.

Retrato

Cuentan que Máximo Gómez era de apuesta figura, erecto, delgado, ágil y elegante. Tenía trigueña la faz, finos los labios, los ojos negros, sedoso el cabello. Muy sobrio en las comidas, gustaba de vegetales y dulces. Usaba un jarrito de peltre que llevaba consigo, atado en el maletín posterior de la montura, que le servía para tomar café, ron y agua. Su cama habitual fue la hamaca. Su uniforme, sencillísimo: botas de cuero, pantalón de casimir oscuro, blusa guerrera de color gris, aunque en invierno llevaba saco de paño negro y sombrero de castor. Al cinto, el machete curvo y un revólver con cabo de nácar. No usaba distintivo militar, solo el escudo de Cuba y la estrella de cinco puntas de la bandera cubana, prendidas al lado izquierdo del pecho.

La imagen de Máximo Gómez que perdura en la memoria de casi todos los cubanos no es el joven de cabello negro y barba puntiaguda que refleja una de las ilustraciones de este trabajo, sino la del viejo general de cabellos y barbas blancas, copioso bigote, esbelto sobre su corcel, tal como aparece en la célebre fotografía del venezolano Gregorio Casañas captada en el central Narcisa en octubre de 1898.

Organizador enérgico, lo calificó Martí, “de quien solo grandezas espero […] Donde está él, está lo sano del país, y lo que recuerda y lo que espera”. A lo que agregaba Maceo: “¿No es el más capaz de todos, y el que ahoga la ambición mezquina con su gloria y con su espada, más grande y más brillante que todos?”.

Su más difícil misión (Camagüey, junio-julio de 1873)

La veneración que los mambises camagüeyanos sentían por Ignacio Agramonte era tan grande que cuando este héroe cayó en combate en Jimaguayú parecía imposible hallar a alguien para sustituirlo como jefe del Departamento del Centro (Camagüey). Cuando Máximo Gómez se acercaba a un campamento insurrecto para asumir tal difícil misión, un grupo de jinetes fue a dar el aviso. “Ahí viene el Mayor”, informó uno de ellos. Henry Reeves, el internacionalista neoyorquino, a quien llamaban el Inglesito, le rectificó: “Ah, el General Máximo Gómez… Y no diga el Mayor, porque el Mayor fue uno y murió en Jimaguayú”.

Para ponerse a disposición del nuevo jefe, comenzaron a llegar al lugar las fuerzas cubanas de la región. Desde los cazadores montados y la brigada de Caonao hasta la caballería del Norte. Gómez saludó efusivamente a cada jefe y oficial y le dirigió breves palabras a cada tropa. A solas con su diario, escribiría luego: “Encontré templado el violín, ahora me queda tocarlo”.

Pronto los subalternos del dominicano se percataron de que él se proponía hacer realidad el viejo sueño de Céspedes y Agramonte de invadir a occidente. Todas las fuerzas villareñas que operaban entonces en oriente fueron llamadas al Camagüey. Dividió en dos divisiones los efectivos bajo su mando: la de Camagüey, subdividida en tres unidades, y la de Las Villas, futura vanguardia invasora. A la vez, para procurarse de armas y pertrechos con vistas a la futura campaña invasora, abandonó la vieja táctica de emboscar a las columnas españolas en marcha y ordenó asaltar las plazas fortificadas, que almacenaban material de guerra.

Sus triunfos se sucedieron. Primero, el asalto y toma de Nuevitas (25 de agosto de 1873) y luego, Santa Cruz del Sur (28 de septiembre), le permitieron acopiar gran cantidad de armas y pertrechos. En el combate de La Sacra, demostró su habilidad en el uso de la caballería que provocó cambios de planes en el ejército español, además de encabezar al  galope una carga contra el enemigo al que literalmente arrolló. Al decir de un testigo, tras la embestida mambisa, “el campo estaba cuajado (sic) de cadáveres”.

Retirados los cubanos a su campamento, después de hostigar a los peninsulares en retirada, el comentario sobre la batalla se impuso en la conversación. Gómez con su humor característico, bromeó: “Eso no fue acción, ni combate, ni fue nada, sino que la gente de la escolta, la caballería camagüeyana y el escuadrón de Las Villas se pusieron a jugar a la guerra con el pobre Bascones (el jefe español)… Ya yo los llevaré a pelear pronto y muy duro”.

De La Sacra a Calimete

Gómez continuó batiendo el cobre exitosamente en la sabana camagüeyana. Cruzó la Trocha de Júcaro-Morón (6 de enero de 1875) e incursionó en Las Villas, pero las indisciplinas y regionalismos que campeaban entre los mambises lograron lo que no pudo España con las armas. Y en el Zanjón, se dejó caer la espada.

La infantería que estuvo bajo el mando del Generalí-simo.

La infantería que estuvo bajo el mando del Generalí-simo.

Pasaron 17 años. El 11 de abril de 1895, junto con Martí y un puñado de valientes, volvió a tierra cubana por Playita de Cajobabo. Tras la tragedia de Dos Ríos, se fue al Camagüey y levantó a la juventud de esa provincia. Cruzó la Trocha de Júcaro a Morón (30 de octubre de 1895) y esperó a Maceo y el contingente invasor en Lázaro López. Junto con ellos, irrumpió en occidente.

La muerte de relevantes jefes insurrectos, sobre todo de Antonio Maceo, y la genocida política de reconcentración decretada por la monarquía ibérica, hicieron cambiar de planes a los mambisas. Se impuso una nueva estrategia de resistencia, para que España gastara hasta su última peseta y su último soldado.

El arte de la emboscada (La Reforma, 1897- 1898)

Los exploradores avisaron que una poderosa columna española se acercaba. El Generalísimo ordenó a uno de sus destacamentos que fuera a recibir al enemigo, tendiéndole emboscadas escalonadas. En el lugar idóneo para empeñar la acción, emplazó otro destacamento, mientras que a la retaguardia de este, desplegó un tercer grupo en extensa línea. Emboscó la infantería de modo que dominara la vereda, frente al lugar donde pensaba iniciar el combate.

El enemigo avanzó por el camino real. Los tiradores mambises, tras hacer varias descargas de fusilería, se replegaron. Entonces Gómez al frente de su escolta y Estado Mayor embistió a los peninsulares y tras un intercambio de disparos, emprendió la retirada. Uno de los destacamentos cubanos emboscados rompió fuego y tras replegarse, entró en acción otro grupo de insurrectos. Los ibéricos, entusiasmados, siguieron avanzando en persecución de estos últimos, solo para caer en la emboscada de la infantería.

Al caer la noche, a los españoles no les quedó más remedio que pernoctar en el escenario de la acción. Gómez seleccionó pequeños grupos de patriotas y les encomendó hostilizar constantemente las posiciones enemigas hasta el amanecer. Luego, ya al clarear, volverían los insurrectos a organizar emboscadas escalonadas. De este modo no solo tuvo el ejército español que asumir las bajas en combate, sino también las producidas por el desgaste físico de la tropa, que apenas podía dormir por el hostigamiento nocturno.

Debido a esta forma de hacer la guerra, en 1898 España se vio ante la terrible encrucijada de que ya no era capaz de vencer por la vía de las armas. Pero lamentablemente los cubanos aún no habían ganado la guerra. Y sobrevino la intervención estadounidense.

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Fuentes consultadas

Los libros Diario de guerra, de Bernabé Boza; En la guerra con Máximo Gómez, de Gustavo Pérez Abreu, Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter, Mayor General Máximo Gómez Baéz. Sus campañas militares, del Centro de Estudios Militares de las FAR; y la compilación Máximo Gómez en la independencia patria.

 


Pedro Antonio García

 
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