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Publicado el 20 diciembre, 2016 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1961

El ejército invencible

Con su gesto sublime, abrieron un ciclo hermoso en la historia de la solidaridad en América Latina y el mundo. Cumplieron el compromiso de Fidel en Naciones Unidas

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Triunfantes, descendieron de las montañas. De regreso, recorrieron las guardarrayas tantas veces desandadas; cruzaron los mismos ríos y arroyos, enrumbaron por las lomas que cada mañana de frío y tardes sofocantes vencieron para ir a un bohío lejano donde hacía falta encender la luz de la enseñanza. Felices y contentos iban, porque no había sitio intrincado al cual no llegaran.

Eran los alfabetizadores, el ejército de manos limpias, del que hablaba el Poeta, quien los describía como ángeles terrenales que libraron un combate a muerte contra el mal de la ignorancia a pesar de terroristas y bandidos, de intimidaciones y asesinatos.

Una localidad de la serranía espirituana en el momen-to de ser declarada territorio libre de analfabetismo. (Autor sin identificar)

Una localidad de la serranía espirituana en el momen-to de ser declarada territorio libre de analfabetismo. (Autor sin identificar)

Afrontaron duras jornadas. Para los obreros de la Brigada Patria o Muerte, acostumbrados a la vida laboral, resultó menos difícil. Pero los estudiantes brigadistas Conrado Benítez no se amilanaron y aunque enfrentaban un medio muy lejano a sus comodidades citadinas, se adaptaron patrióticamente a las condiciones del medio rural, para ellos hasta entonces desconocido; se integraron a la vida campesina con poca experiencia pero mucho entusiasmo.

Dejan atrás, como señalara un periodista de la época, el resultado de una obra gigantesca, no realizada jamás por pueblo alguno en el devenir de la humanidad. Con su gesto sublime, han abierto un ciclo hermoso en la historia de la solidaridad en América Latina y el mundo.

Estaba en juego la palabra de honor de Cuba, comprometida solemnemente por Fidel en la ONU. Y la Isla rebelde, como la llamaban entonces, ha cumplido. Nunca antes había estado tan vigente la sentencia martiana que un pueblo, para ser libre, ha de ser necesariamente culto.

En la capital

En la verja de la terminal de ferrocarriles habanera, los familiares aguardaban con impaciencia y regocijo el regreso de del ejército invencible. “Ahí vienen”, gritó alguien y por la línea férrea se divisó la locomotora. La estación se fue poblando de brigadistas y mil quinientos de ellos, apresados en abrazos filiales, transitaban de la risa al llanto. Como venían de distintas provincias, se produjeron encuentros entre quienes no se veían desde su partida del Campamento de Varadero, donde meses antes habían recibido la preparación metodológica para afrontar la tarea que iban a acometer. Afloraron las anécdotas, como aquella sobre el vagón cañero que los trasladó desde un tiro de caña hasta la estación ferroviaria próxima para alcanzar el tren que los conduciría a La Habana.

Brigadistas Patria o Muerte de regreso a La Habana (Autor sin identificar)

Brigadistas Patria o Muerte de regreso a La Habana (Autor sin identificar)

Junto con los brigadistas Conrado Benítez desembarcaban también los Patria o Muerte, del movimiento obrero, inferiores en número, pero no en entusiasmo y consagración. Iba entre estos últimos una trabajadora del Comercio. En el andén, tropezó con una Conrado Benítez. Era su vecinita de los altos, estudiante de secundaria, quien venía en el mismo tren pero en vagones distintos. Entre sonrisas y exclamaciones se abrazaron.

A la trabajadora le pareció que, aunque la había perdido de vista muy poco tiempo, su vecinita había crecido enormemente. Y no precisamente en estatura. Alguien esgrimió una camarita de cajón, de aquellas Kodak de aficionado tan común entonces. Y captó para la posteridad una foto. Años después sus nietos la contemplarían, transformada en sepia por el implacable tiempo, y se preguntaban cómo aquellas jóvenes tan lindas podían ser sus envejecidas abuelas que hoy les cocinaban sus dulces favoritos.

El desfile

Ellas eran estudiantes de bachillerato (preuniversitario). Una quería estudiar para médica; la otra, Filosofía y Letras. Como eran vecinas, eran inseparables en el Campamento de Varadero y tal vez por ello, decidieron ubicarlas juntas en una localidad no muy apartada de un municipio serrano. Con ayuda de los lugareños, construyeron un centro cultural que servía para las clases y los fines de semana, para guateques y festejos.

Al terminar exitosamente la Campaña en esos parajes, llegó en diciembre de 1961 la hora de la despedida. “Todos terminamos llorando, los campesinos, nosotras”. No vinieron en tren, sino en guagua. Al llegar a La Habana, se percataron de que dos compañeras de ellas, de Holguín y Pinar del Río, no tenían familia en la capital. “No, qué va, de albergue nada, tú te vas para mi casa”. “Y tú te vas para la mía”. “Todo arreglado, monten, que se nos hace tarde”, dijo el padre de la futura médica que había venido a recogerlas en su Plymouth de 1949.

Portando lápices, los alfabetizadores se congregan en la Plaza para festejar junto a Fidel la victoria. (Foto: Liborio Noval)

Portando lápices, los alfabetizadores se congregan en la Plaza para festejar junto a Fidel la victoria. (Foto: Liborio Noval)

El día del desfile (22 de diciembre de 1961), Boyeros abajo rumbo al punto de concentración, se encontraron con una estudiante de magisterio que conocían y otras dos compañeras a las que nunca habían visto. Pero iban vestidas igualmente de brigadistas y bastaba para que abundaran los besos y saludos. Un tramo después un yipi de la jefatura de la Campaña las detuvo. “Ustedes dos, compañeras, monten, las necesitamos en la tribuna”. “¿Y nosotras?”. “Nada más puedo llevar a dos”. “Suerte que tiene el cubano”. A la estudiante de magisterio y su acompañante las llevaron a la base del Monumento a Martí. “Siéntense allí, al lado del mástil”.

Las otras cinco muchachas llegaron al punto de concentración. Las armaron de unos lápices inmensos de cartón para el desfile. Otros portaban faroles chinos. La alegría era tremenda y desde que marcharon rumbo a la Plaza iban coreando consignas y cantando: “Somos las Brigadas Conrado Benítez, somos la vanguardia de la Revolución…”. Al divisar al Comandante en Jefe, junto al Che, Celia Sánchez, Armando Hart y el presidente Osvaldo Dorticós, gritaron a una sola voz: “Fidel, Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer”.

En la tribuna la estudiante de magisterio entonó con los demás el Himno Nacional y vio cómo izaban la enseña nacional. El locutor escogió su voz más engolada para anunciar que la bandera de la alfabetización iba a ser izada. “Usted, compañera”, dijo uno de los rebeldes mientras le señalaba el mástil. La bandera era muy grande, había mucho viento y ella no podía controlarla, por lo que al principio los dos rebeldes la ayudaron. Sacó fuerzas no sabe de dónde y al final pudo subirla sola de la mitad hacia arriba.

La bandera de la campaña precede al desfile. (Autor sin identificar)

La bandera de la campaña precede al desfile. (Autor sin identificar)

En una intervención, el entonces ministro de Educación, Armando Hart, informó que se habían alfabetizado más de 707 000 cubanos. Entre los que no se alfabetizaron se encontraban extranjeros que no dominaban el español, impedidos físicos y mentales, enfermos, y ancianos de muy avanzada edad. Sobre la fuerza alfabetizadora afirmó que estuvo integrada por 121 000 Alfabetizadores Populares; 100 000 Brigadistas Conrado Benítez; 15 000 Brigadistas Patria o Muerte; 35 000 maestros, lo que hacía un total de 271 000 alfabetizadores; y 29 000 cuadros dirigentes, políticos y trabajadores administrativos de la Campaña, para un total de 300 000 efectivos.

Fidel hizo las conclusiones del acto: “Ningún momento más solemne y emocionante, ningún instante de legítimo orgullo y de gloria, como este en que cuatro siglos y medio de ignorancia han sido derrumbados. Hemos ganado una gran batalla, y hay que llamarlo así: batalla, porque la victoria contra el analfabetismo en nuestro país se ha logrado mediante una gran batalla, con todas las reglas de una gran batalla”.

Aquel día terminaba la Campaña de Alfabetización pero continuaba la Revolución Educacional en que estaba inmerso el país. Con el llamado Plan de Seguimiento, se organizaron las campañas el sexto y noveno grados, se crearon las secundarias y facultades obrero campesinas para la enseñanza de adultos y se llevó a cabo un plan de becas para que los niños y niñas de remotos parajes, lejos de centro docente alguno, pudieran continuar sus estudios. Tras la explosión demográfica de los ’60, hubo necesidad en la siguiente década de fundar el Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech para que cada aula tuviera su maestro. Pero, bueno, esa es otra historia.

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Fuentes consultadas                                                                                                                                             

Testimonios recogidos por el autor del trabajo a alfabetizadores. Textos publicados por BOHEMIA y Revolución en diciembre de 1961.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García