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Publicado el 16 Diciembre, 2016 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Ensañamiento batistiano

Veintiún expedicionarios del Granma resultaron muertos, en su mayoría asesinados por la tiranía, en los 14 días siguientes al desembarco en Las Coloradas

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

En la tarde del 5 de diciembre de 1956, los expedicionarios del Granma acampaban en un lugar conocido como Alegría de Pío. De pronto, un disparo. Era la señal para que la tropa batistiana abriera fuego cerrado. Para suerte de los revolucionarios, la maleza y las irregularidades del terreno no permitían una buena visibilidad a los atacantes.

Se produjo la dispersión de la bisoña tropa rebelde. Algunos intentaron responder al fuego enemigo, pero aviones del régimen se unieron al ataque y comenzaron a arder la manigua y varios cañaverales. Fidel intentó reagrupar a sus compañeros pero solo le siguió Universo Sánchez. Luego se toparían con Faustino Pérez.

En torno a Raúl se congregaron Efigenio Ameijeiras, René Rodríguez, Ciro Redondo y otros compañeros. Lograron salir del cañaveral y refugiarse en la manigua. Ante los llamados a la rendición, Almeida gritó: “Aquí no se rinde nadie, c…”. Un grupo encabezado por él, en el que se hallaban Che y Ramiro Valdés, cruzó la guardarraya para alcanzar un monte salvador. Más tarde, se les incorporaron tres compañeros, Camilo entre ellos. En Alegría de Pío murieron los revolucionarios Humberto Lamothe, Israel Cabrera y Oscar Rodríguez. Las fuerzas de la tiranía sufrieron tres bajas, una mortal.

Catorce combatientes, con José Smith Comas al frente, el grupo más numeroso que logró reunirse tras la dispersión, avanzaron durante la noche hacia el sur, y al amanecer llegaron hasta los farallones costeros. Aquí se dividieron. Unos continuaron por el litoral, mientras que los demás, encabezados por Armando Mestre, lo hicieron a través del monte, por la parte más alta del acantilado.

Los que acompañaban a Mestre llegaron en la mañana del 8 de diciembre a casa del campesino Eutimio López, quien les preparó un almuerzo y les suministró víveres para el viaje. Al remprender la marcha, los detectó la aviación. El grupo se fragmentó: Mestre, José Ramón Martínez y Luis Arcos cayeron en manos de una patrulla. Conducidos hacia el batey de Alegría de Pío, cuartel provisional de la tropa batistiana, se encontraron allí con Jimmy Hirzel, Andrés Lujan (Chibás) y Félix Elmuza. Ultimados esa misma noche, sus cadáveres fueron arrojados ante las puertas del cementerio de Niquero.

Entretanto, los que siguieron a Smith continuaron caminando por la costa y en la desembocadura del río Toro, llegaron uedarse. Como infirió Chuchú, quien continuó camino, junto con el lugareño regresó Julio Laurent, un connotado criminal del Servicio de Inteligencia Naval, al frente de su gavilla de esbirros.

A los seis revolucionarios los llevaron a un recodo del camino. Los primeros en caer fueron Smith y Cabañas. Royo rodó por el farallón. Ñico estaba muy débil y lo capturaron inmediatamente. Hidalgo y Cándido lograron internarse en la manigua. Laurent personalmente remató a Smith y Cabañas. Con tres tiros a quemarropa, segó la vida de Ñico. Royo no llegó lejos y lo trajeron ante el jefe de los sicarios, a quien ya no le quedaban balas en el arma. Con parsimonia cambió el peine de su pistola y disparó. Luego hizo lo mismo con Cándido.

Esa misma noche, mientras Laurent y su cuadrilla festejaban la masacre, otros tres expedicionarios (Raúl Suárez, René O’Reiné y Noelio Capote), fueron detenidos en la desembocadura del río Toro. Después de interrogarlos, los ametrallaron por la espalda.

René Bedia, Eduardo Reyes y Ernesto Fernández ayudaron a su compañero Emilio Albentosa, herido gravemente en el cuello, a escapar de Alegría de Pío. Un buen campesino, Urbano Hernández, les brindó protección. El hermano de este, Corino, se las arregló para llevar a Albentosa a un médico de confianza en Niquero. Los otros tres continuaron viaje hacia la Sierra Maestra.
En la noche del 8 de diciembre, llegaron a Pozo Empalado. Veinte soldados emboscados en un platanal dispararon contra ellos. Bedia y Reyes cayeron heridos. Fernández rodó cañada abajo y arrastrándose se perdió en la oscuridad. Los campesinos de la zona lo ocultaron en una cueva. A Bedia y Reyes los reportaron como “caídos en combate”.

A Juan Manuel Márquez, lugarteniente del Granma, lo ultimaron el 15 de diciembre, tras resistir salvajes torturas.

A Juan Manuel Márquez, lugarteniente del Granma, lo ultimaron el 15 de diciembre, tras resistir salvajes torturas.

Miguel Saavedra se retiró de Alegría de Pío junto con Pedro Sotto Alba. El 6 de diciembre llegaron a Gorito, donde vivía una parienta de Pedro. A pesar de los consejos que le dieron, Saavedra marchó rumbo a Manzanillo. Su cara y manos cortadas por las hojas de caña, su visible cojera, levantaron sospechas. Sabemos que lo detuvieron el 7 de diciembre. Reportado como “muerto en combate”, su cadáver apareció en Alegría de Pío. Algunos historiadores infieren que fue asesinado en la noche del 8 de diciembre.

La macabra lista de expedicionarios asesinados por la tiranía batistiana no finalizó aún. El 15 de diciembre, Juan Manuel Márquez, el lugarteniente de la tropa rebelde, tras sufrir salvajes torturas, fue arrojado agonizante a una guardarraya de la finca La Norma, cerca de Campechuela. Cuando los esbirros regresaron a enterrarlo, al ver que aún vivía, lo remataron de tres disparos. Sería el último de los expedicionarios ultimados pero la matanza no cesó. El 23 de diciembre la tiranía asesinó en Nicaro a Rafael Orejón. Daba así inicio a la conocida hoy como Pascuas sangrientas, otro capítulo más de la historia criminal de la tiranía batistiana.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García