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Publicado el 18 Febrero, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

ALZAMIENTO DE LA CHAMBELONA 1917

El Mayoral y el Embajador

El fraude electoral, tan prolijo en aquella seudorrepública, tuvo en Menocal a otro de los seguidores de los designios de Estados Unidos, país que le dio un espaldarazo

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

Mario García Menocal se mantuvo en el poder gracias al fraude y al apoyo yanqui. (Ilustración: CONRADO MASSAGUER)

Mario García Menocal se mantuvo en el poder gracias al fraude y al apoyo yanqui. (Ilustración: CONRADO MASSAGUER)

El triunfo del candidato liberal a la presidencia, Alfredo Zayas, era inminente. Había obtenido sobre el reeleccionista Mario García Menocal, del gobernante Partido Conservador, una mayoría abrumadora en La Habana y Camagüey. Aunque fuera por escaso margen solo necesitaba para asumir la primera magistratura, el resultado de los comicios suplementarios del 14 de febrero de 1917 en Las Villas, donde quedaban por escrutar seis colegios electorales con 2 400 electores, y ya contaba con una ventaja de 1 165 votos, a pesar del fraude escandaloso cometido por el Gobierno en Santa Clara, donde urnas completas fueron secuestradas y las boletas rellenadas a favor del presidente saliente.

En opinión del senador Cosme de la Torriente, sus correligionarios conservadores podrían apoderarse de dos curules senatoriales en Las Villas y obtendrían con seguridad el cargo de gobernador, pero les sería casi imposible, por una simple deducción matemática, obtener la mayoría necesaria para asegurar la reelección del mandatario. En declaraciones al Diario de la Marina, el senador, con su ingenuidad característica, afirmaba que Menocal, “por su bondad y patriotismo no emplearía los fusiles y bayonetas del ejército para coartar el libre ejercicio de los derechos por parte de los ciudadanos”.

Ignoraba que su jefe político estaba dispuesto a todo para seguir en el poder. Cuando Aurelio Hevia, uno de sus ministros, le había dicho a Menocal: “Presidente, hemos perdido las elecciones”, la respuesta del líder conservador fue concluyente: “Las habrás perdido tú: yo, no”.

La violencia en que se vio sumido el país presagiaba la brava electoral. Tres días antes de la fecha señalada para los comicios suplementarios, el líder liberal José Miguel Gómez se alzó en armas. Enemigo tanto de su correligionario Zayas como del rival electoral de este, su propósito no era desencadenar una insurrección, sino provocar la intervención yanqui de acuerdo con lo estipulado en la Enmienda Platt. De esta forma se anularían las elecciones y tras una ocupación militar estadounidense, se convocarían a nuevos comicios dos o tres años después en las que él se presentaría como candidato.

La conspiración era vasta, incluía pronunciamientos militares en los distintos cuarteles y distritos de las seis provincias y según algunas fuentes, el secuestro del aún presidente Menocal. Comenzaba así la revuelta liberal de 1917, también conocida como el alzamiento de La Chambelona.

¿Por qué La Chambelona?

En la politiquería cubana de la república neocolonial, a inicios del siglo XX, los dos partidos rivales, el Liberal y el Conservador, tenían sus sones y congas. Tal vez la más popular haya sido La Chambelona, cuya versión definitiva (1916) es de la autoría de Rigoberto Leyva, quien le aportó el conocido matiz político.

En las elecciones para la alcaldía de La Habana contendían Eugenio Leopoldo Azpiazo y Manuel Varona Suárez. Según malas lenguas liberales, el primero repartió prebendas a trocha y mocha. Pero al final resultó Varona el triunfador en las elecciones. Como mofa comenzó a oírse en muchos bares y cantinas: Ae, Ae, Ae La Chambelona//Aspiazo me dio botella y yo voté por Varona.

La conga liberal también tenía estrofas insultantes para Menocal, quien había sido administrador del central Chaparra en el Oriente cubano, y su esposa era Mariana Seva. Por la segunda década del siglo XX, a la zona de tolerancia, donde estaban ubicados los burdeles de fama y abundaban las busconas (prostitutas callejeras), se le llamaba simplemente “la zona”. Imaginen los lectores la cara de los conservadores cuando los irrespetuosos liberales rompían a cantar: Ae, Ae, Ae La Chambelona//Menocal para Chaparra y Marianita pa’la zona…

Los conservadores tenían también su conga, donde se aludía igualmente al mote que ya se había ganado su jefe político: Tumba la caña,//anda ligero,//que ahí viene el Mayoral//sonando el cuero.

Se enreda la madeja

El pronunciamiento militar fracasó en las provincias occidentales donde Menocal tenía pleno control del ejército. Las fuentes que aseguran la existencia de un plan para la abducción del líder conservador, también aseveran que los supuestos secuestradores fueron delatados por sus propios compañeros y fueron puestos tras las rejas. Por otra parte, en Las Villas no secundaron el levantamiento todos los cuarteles que José Miguel confiaba sublevar, aunque varios militares y muchos civiles se alzaron en armas, por lo que abundaron en la provincia las partidas armadas.

En Camagüey y Oriente sí respondieron al llamado de José Miguel diversas guarniciones y se creó un clima de insurgencia. Santiago de Cuba quedó en manos de los liberales que aprehendieron al gobernador provincial y al jefe militar del cuartel Moncada. En tierras agramontinas, el coronel que Menocal envió para sofocar el estallido terminó uniéndose a los sediciosos. Pero el plan diseñado por José Miguel Gómez comenzó a andar mal.

Eran tiempos de zafra y las acciones militares no solo atentaban contra los cañaverales, instalaciones fabriles y el transporte ferrocarrilero, sino con el desarrollo de la cosecha. Ya era inminente la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial y el azúcar devenía material estratégico. Con el levantamiento, las compañías yanquis pusieron el grito en el cielo y llovieron las reclamaciones en Washington para que el coloso del Norte tomara partido en la contienda.

Y en eso apareció el embajador Gonzales.

La intervención preventiva

El embajador William Gonzales aplicó en cuba la intervención preventiva. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

El embajador William Gonzales aplicó en cuba la intervención preventiva. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

William Elliot Gonzales encabezaba la Legación estadounidense desde 1913. A pocos días del levantamiento liberal, cumpliendo orientaciones de su Gobierno, redactó un memorándum que ponía fin a las ilusiones de los liberales: “El gobierno de los Estados Unidos apoya y sostiene al gobierno constitucional de la República de Cuba […] La actual insurrección armada contra el gobierno constitucional de Cuba se considera por el gobierno de los Estados Unidos como un acto ilegal y anticonstitucional que no tolerará […] A los jefes de la revuelta se les hará responsables de los daños que sufran los extranjeros y asimismo de la destrucción de la propiedad extranjera […] El gobierno de los Estados Unidos estudiará detenidamente la actitud que deban adoptar respecto a aquellas personas relacionadas con los que toman participación en la actual perturbación de la paz en la República de Cuba”.

Tras las amenazas a los revoltosos, Gonzales dirigió memorandos a Menocal, aunque no en tono amenazante, sino a modo de consejos: lanzar una proclama en la que con la exigencia de la deposición de las armas por los liberales, se anunciaba plena amnistía para ellos y la convocatoria a elecciones en Santa Clara y Oriente. Entretanto, unos 500 infantes de marines yanquis ocuparon Santiago de Cuba, aconsejaron a los revoltosos abandonar la ciudad y al final, bajo su protección, las tropas leales a Menocal entraron en la ciudad y restablecieron a las autoridades gubernamentales.

Se ponía en práctica un método más barato y eficaz que la ocupación directa: la intervención preventiva. Como magistralmente la conceptualizara la historiadora cubana Bárbara Rafael, el embajador estadounidense aconsejaba, amenazaba, dirigía y se entrometía en los asuntos internos de Cuba.

El ocaso de la revuelta liberal

Las elecciones suplementarias en Santa Clara se realizaron sin la participación de los liberales y Menocal “obtuvo” la mayoría requerida ante el asombro de Cosme de la Torriente. A la vez, las tropas del Gobierno batían en todos los frentes a los sublevados, en cuyo bando cundieron la deserción y la traición. El 7 de marzo de 1917, cerca de la hacienda Caicaje, José Miguel Gómez y sus 250 hombres se rindieron a las fuerzas menocalistas.

El Mayoral había convencido al Embajador de que los comicios de Santa Clara eran un hecho consumado. Al fin y al cabo, ellos le aseguraban la presidencia. Pero lo complació (al menos, en un principio) en todas sus restantes exigencias. En una proclama, el líder de los conservadores exhortaba a los insurgentes a deponer las armas, les prometía amnistiarlos y que diez días después del restablecimiento del gobierno de sus leales en Santiago de Cuba, se procedería a convocar a elecciones en las que podían participar también los insurgentes. Las detenciones y los procesos judiciales a ellos, no obstante, continuaron. Como en el alzamiento de los Independientes de Color de 1912, el Gobierno tomó represalias. Y hubo asesinatos.

De la tradición popular

Gustavo Caballero era un veterano mambí y senador liberal. Se alzó con sus correligionarios en la revuelta de 1917. Cuentan los viejos camagüeyanos que al ser hecho prisionero, el oficial que lo aprehendió envió un telegrama al presidente Menocal: “Felicidades presidente, capturado cabecilla Gustavo Caballero conducido vivo a Camagüey”. El Mayoral respondió. “Felicidades (y le asignaba el grado inmediatamente superior al militar), lleve cadáver cabecilla Gustavo Caballero a Camagüey”. “Gracias, señor Presidente, pero conduzco cabecilla Gustavo Caballero vivo a Camagüey”. “Felicidades (y volvía a asignarle un grado inmediatamente superior al que ya le había otorgado), repito, lleve cadáver cabecilla Gustavo Caballero a Camagüey”.

Gustavo Caballero llegó cadáver.

Aunque hay historiadores que afirman que los hechos no sucedieron exactamente así como se evocan en la memoria popular, lo que pasó entonces (1917) y lo que vino después (machadato, batistato) hicieron creíbles relatos como este.

Retrospectiva desde 2016

La revuelta liberal fue agonizando y ya en mayo de 1917 se hallaba totalmente sofocada. Fracasó porque nunca tuvo un verdadero apoyo popular, aparte de que en la concepción estratégica de los chambeloneros, con la protesta armada jugaban a la insurrección y confiaban en otra intervención militar yanqui en favor suyo, la que nunca se produjo. Contrariamente a sus cálculos, Washington tomó partido por el fraudulento Menocal pues por aquellos días el azúcar le era mucho más importante que “impartir” justicia.

Un año más tarde (marzo de 1918) Menocal dictó una amplia amnistía y a la vez que legalizaba los fraudes cometidos por su Gobierno, perdonaba a los insurrectos. Como bien definió Julio Antonio Mella, en su segundo mandato presidencial, “en el país se respiraba por esa época un ambiente de tiranía. El administrador de un central azucarero yanqui que había sido general de la independencia, creía tener bastantes títulos para ser el mayoral de la república. Asaltó al poder por una traición y cumplido el primer cuatrienio, decidió con el apoyo del ministro y el Gobierno de Washington, después de ahogar en sangre una rebelión de los políticos despojados de los comicios, tiranizar por cuatro años más el país”.

Fuentes consultadas

Los libros República rigurosamente vigilada. De Menocal a Zayas, de Rolando Rodríguez; La neocolonia, organización y crisis, de un colectivo de autores del Instituto de Historia de Cuba; y Mis malos tiempos, de Raimundo Cabrera.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García