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Publicado el 10 Marzo, 2017 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Carlos Prío Socarras y el golpe del 10 de marzo

Cayeron sin gloria

Golpe de Estado en Cuba en marzo de 1952

Facsímil de uno de los trabajos publicados en BOHEMIA, acerca del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.

AVERGONZADA hondamente, como publicación que es de insobornable estirpe cubana, por la claudicación del gobierno entero de Carlos Prío Socarrás, BOHEMIA se hace eco del sentir popular, que al par mira con inquietud el golpe de Estado triunfante, condena la cobardía de los mandatarios civiles que lo hicieron posible.

En ese breve duelo que se dirimió el lunes anterior, la opinión recibió la más penosa de las sorpresas. No podía negarse que los gobernantes constitucionales provenían de una larga y honrosa tradición revolucionaria; que su ascenso en la jerarquía pública debíase a la entereza con que, en diversas y difíciles épocas, habían resistido a poderosas tiranías.

Y si a ello se unía la facilidad que mostraron, en el ejercicio del poder, para volcar amenazas contra la oposición, escenificando controversias negativas con destacadas figuras políticas adversarias, , cabía esperar de ellos una actitud más digna y honrosa en defensa de las instituciones civiles.

Esa postura, ese gesto de inclaudicable proyección histórica y de limpio y estricto deber público, fue lo que no tuvieron los integrantes del gobierno de Carlos Prío Socarrás, empezando por él mismo. Ningún cubano sensato podía pedirles una tesitura quijotesca, desproporcionada a la realidad de sus medios de defensa y al impacto sorpresivo del cuartelazo; pero sí había derecho a exigirles que cayeran con honor, con gallardía, sin arrastrar por el suelo la bandera de la civilidad.

Por eso, los acontecimientos del lunes –BOHEMIA deja marcado aquí su brochazo indeleble- han abierto un vacío cívico en el alma popular. No han sido las instituciones las que han fallado, sino los hombres encargados de respaldarlas y los que debieron rendirles el respeto debido. Fallaron a su responsabilidad los agresores del poder constitutivo, algunos de los cuales ostentaban una imperativa obligación parlamentaria, que les prescribía el acatamiento al poder público; fallaron igualmente los agredidos, dejando caer de sus manos, sin gloria, ni ejemplo, el mandato inexcusable que la ciudadanía les confiara. Y quedó a todos los amantes de su país, cuya esencia es inseparable de la democracia, una impresión de absurdo retroceso público, de salto en el vacío. La esperanza en el porvenir, imprescindible a la subsistencia de los pueblos como a la de los hombres, parece hoy extinguida. Y solo una fe profunda en las reservas morales del pueblo cubano –fe que nunca ha faltado, ni faltará en BOHEMIA- puede sostenerlos erguidos en defensa de las instituciones.


Redacción Digital

 
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