0
Publicado el 13 Marzo, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Golpe audaz a la tiranía (+ video)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

En el callejón que conforma la calle 21, unos metros después de su intersección con 24, Amado Silveriño estacionó el camión Fast Delivery. Los cerca de 50 combatientes, de dos en dos, abandonaron un edificio aledaño, cada uno con sus armas (subametralladoras Thompson, M-2, M-3 y carabinas M-1), perfectamente engrasadas y con una bala en el directo, listos para hacer fuego. Menelao Mora, un veterano combatiente de la Revolución del 30, fue el último en subir al vehículo.

El auto de Carlos Gutiérrez Menoyo abrió la caravana, seguido por el Fast Delivery y un segundo auto, el de la retaguardia. Silveriño, como chofer avezado, sintió que la goma trasera del camión había perdido aire y se lo dijo a Menelao. “¿Qué tú crees?”, indagó el veterano. “Yo llego, si los muchachos se me arriman para el otro lado, yo lo llevo”.

La caravana enrumbó por la calle 21, en sentido contrario al tránsito, 26, 17, O, Vapor, Espada, San Miguel, Campanario, Dragones, Monserrate. Ya ante la puerta metálica del Palacio Presidencial (hoy Museo de la Revolución), en la calle Colón, Carlos Gutiérrez descendió del primer auto. Vestía un saco para disimular su ametralladora M-3, cuatro peines y seis granadas. Caminó hasta la puerta como si fuera un funcionario más del régimen. Y cuando estaba bajo la arcada, empezó a disparar y fulminó a la guardia. A su paso, arrasaba con toda resistencia.

Fue tal la sorpresa que la posta ni atinó a cerrar el portón. Faure Chomón y Pepe Wangüemert, a quien llamaban Peligro por su temeridad, avanzaron también y pusieron fuera de combate a dos guardias que pretendían dispararle por la espalda a Carlos Gutiérrez. A Faure lo impactaron tres balazos y cayó inconsciente al piso. Con Carlos entraron a la madriguera del sátrapa, Luisito Almeida, Pepe Castellanos (al que sus compañeros llamaban Ventrecha), Luis Goicoechea…

Un símbolo que había que destruir

(Testimonio de Faure Chomón)

Portón de la calle Colón por donde entraron los asaltantes.

Portón de la calle Colón por donde entraron los asaltantes.

“No fuimos originales en la idea de atacar el Palacio Presidencial. Esa idea formaba parte del arsenal táctico de la Revolución y era una herencia magnífica, una idea que había obsesionado a más de una generación. En la segunda tiranía de Batista, los viejos revolucionarios que empezaron a conspirar contra el dictador tuvieron ese proyecto, pero no lo ejecutaron pese a que disponían de muchos armamentos y recursos. Pero aquello terminó en un gran fracaso; era una farsa de Prío, una aventura sin coraje, sin proyección alguna de sacrificio.

“Nosotros lo hicimos de verdad, con José Antonio de jefe y eso fue lo original. Estábamos convencidos de que el Palacio era el símbolo del poder antipueblo; era el cubil donde se refugiaban los representantes políticos de aquella sociedad injusta, un símbolo que había que destruir en bien de la Revolución. Y atacar el Palacio era un compromiso de la juventud cubana con su nación, como lo fue la acción de Fidel y la vanguardia de nuestra Generación del Centenario.

“Los que fuimos al asalto éramos, en pocas palabras, jóvenes a quienes tan solo calificaría de ‘jóvenes jóvenes’. Actuaban, amaban, jugaban, trabajaban, reían. Eran como José Antonio: optimistas, llenos de esperanzas, audaces, convencidos de que había que abrir un camino nuevo a nuestro país; de que estaba pendiente la victoria de nuestro ejército libertador; de que estaba pendiente la frustración de la generación del 30; convencidos de que algún día tendríamos la oportunidad de llevar a feliz término aquella era de los mambises y de las generaciones anteriores. Estábamos aprovechando la oportunidad que Batista nos había dado, de enfrentarlo, por su golpe del 10 de marzo de 1952”.

Dentro de Palacio

Detrás de Carlos Gutiérrez, Luis Goicoechea subió por la escalera a su izquierda y tomó por un largo pasillo al que daban varias puertas que estaban cerradas. Una linda rubia asomó en una de esas puertas: “No disparen”, e inmediatamente desapareció. Al final del pasillo una puerta les cerraba el paso. “Esto no está en el mapa”, dijo alguien refiriéndose al plano del interior del Palacio que un colaborador les había facilitado a los asaltantes. Carlos disparó contra la puerta y después destruyó la cerradura a culatazos.

Edificio de la calle 21 entre 22 y 24, de donde salieron los asaltantes al Palacio presidencial (Autor no identificado)

Edificio de la calle 21 entre 22 y 24, de donde salieron los asaltantes al Palacio presidencial (Autor no identificado)

Fueron a dar a la cocina; más allá quedaba el espacioso comedor. Tres sirvientes temblaban en una esquina del local, “No les tiren”, ordenó Carlos. Goicoechea se subió a una mesa. Por una ventana vio que en la calle había un corre-corre tremendo. Junto con Carlos y Ventrecha se adentró en el Salón de los Espejos. Luisito se le había perdido de vista pero de pronto Peligro apareció a su lado. “Bravo como un león”, calificaría a Pepe Wangüemert años después ante un periodista.

Llegaron a la puerta de la antesala del despacho del tirano. Oyeron voces dentro. “Salgan con las manos arriba”, les gritó Carlos. Respondieron con un fogonazo que hizo añicos el cristal de la puerta. Carlos tiró una granada por el hueco que había dejado el disparo. No estalló. Probó con una segunda y una tercera. Nada. La cuarta provocó una explosión. Franquearon la puerta. En el suelo de la antesala yacían dos cadáveres. El despacho estaba vacío. Dentro de él trataron de hallar un supuesto pasadizo secreto que nunca hallaron.

Goicoechea salió del despacho con sus compañeros y se encaminó hacia una escalera que conducía al tercer piso. Desde el piso de arriba y de la azotea les disparaban sin cesar. El lanzamiento de una granada por un asaltante en dirección al piso superior se quedó corto, la granada rodó escalera abajo y por poco no hirió al combatiente. Goicoechea comprobó que ya estaba corto de municiones. Sus compañeros, también. Y el grupo de refuerzo no llegaba.

Cuando fallan los débiles

(Testimonio de Faure Chomón)

“Contábamos con un plan militarmente bueno, y suficiente armamento. Teníamos la razón y la fuerza moral. Pero no triunfamos porque nos falló el refuerzo que debía tomar los edificios aledaños al Palacio, para neutralizar la guarnición de la última planta y de la azotea, y darnos la cobertura necesaria para reforzar y reabastecer en hombres y parque al comando. Ese apoyo nunca llegó por ineficiencia y cobardía de sus jefes, en particular de Ignacio González, que no reaccionó, no dio las órdenes que debía dar.

“Carlos confió en que Ignacio no fallaría, pues eran amigos de la guerra en España. La operación, sin embargo, fue perfecta. Se ocuparon la planta baja y el segundo piso, donde estaba el despacho de Batista, que huyó antes de llegar el comando, dejando sobre su mesa de tirano unas tazas con café, todavía humeantes. Ya con muchos heridos, agotado el parque y sin llegar los refuerzos, se desploma la operación”.

Operación Radio Reloj

Echeverría Echeverría, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook se dirigieron a la cabina de la emisora. José Assef El Moro y Pedro Martínez Brito enrumbaron hacia el control maestro. En el pasillo, cerca de la oficina del director, permaneció Fructuoso, armado de una pistola máuser. José Antonio y Joe entraron a la cabina.

El Presidente de la FEU se apoderó de los micrófonos: “Pueblo de Cuba, en estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial, el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas. Y somos nosotros, el Directorio Revolucionario, los que en nombre de la Revolución Cubana hemos dado el tiro de gracia a este régimen de oprobio. Cubanos que me escuchan. Acaba de ser eliminado…”

Estado en que quedó la cabina de Radio Reloj después de la operación realizada por el Directorio Revolucionario (Autor no identificado)

Estado en que quedó la cabina de Radio Reloj después de la operación realizada por el Directorio Revolucionario (Autor no identificado)

De la habitación contigua entró Fructuoso: “Gordo, no sigas, te cortaron”. “Entonces vámonos”, replicó José Antonio. Apresurados se encaminaron hacia el elevador. Echeverría se percató de que el control maestro estaba intacto. Sacó su pistola y la descargó sobre el máster con el propósito de inutilizar los equipos acorde con el plan previsto. Assef se les unió entonces. “Moro, ya yo puedo morir tranquilo, vámonos”

A la salida de Radio Reloj, el auto en que iba José Antonio no tomó la ruta prevista. En vez de seguir por M hasta San Lázaro, dobló en Jovellar. En la calle L lo detuvo un tranque de guaguas. Cuando al fin atravesaron la entonces doble vía, se toparon con una microonda. Según testimonio de El Moro, testigo presencial de los hechos, “al chocar, ellos dan marcha atrás y abren las puertas. José Antonio, con ese ímpetu, ese valor extraordinario, parte solo para arriba del perseguidor. Y se abalanza sobre la puerta y le da un tiro al chofer. Inmediatamente cae al piso, se incorpora para seguir tirando, pero una ráfaga lo fulmina”.

La retirada

En Palacio sonó el teléfono. Peligro dejó de disparar y atendió la llamada. Sus compañeros le oyeron decir: “Sí, le habla un miembro de la milicia armada del Directorio. Acabamos de tomar Palacio y hemos matado a Batista”. En la planta baja, Juan Pedro Carbó Serviá, herido de una ráfaga, se vio sin espejuelos y sin arma. Pero al escuchar a Carlos: “Adelante, compañeros, que esto es nuestro”, se hizo de otra ametralladora y se adentró en Palacio. Cayó Briñas de un balazo en el pecho. “Muchachos, ya estamos en el tercer piso”, gritaba Carlos y junto con Pepe Castellanos enrumbó por un pasillo para traer más compañeros que se hallaban en la planta baja. No advirtieron que eran blanco fácil del fuego enemigo. Ambos cayeron atravesados por varias ráfagas.

Escaseaba aún más el parque. Goicoechea se preguntaba a sí mismo donde rayos estaba el grupo de refuerzo, del que no había ni rastro, a pesar del tiempo transcurrido. Los sobrevivientes, heridos, comprendieron que la operación se había perdido. El estudiante de Ciencias Sociales José Machado (Machadito) asumió el mando: “Yo cubriré la retirada, cuando comience a disparar, retírense todos rápidamente, yo seré el último”. Su ametralladora tableteó en una ráfaga interminable mientras sus compañeros lograban llegar a la planta baja. Unidos a los combatientes que allí estaban, abandonaron el Palacio en distintas direcciones. Cuando supo que Carbó Serviá se había quedado dentro, fue a buscarlo y lo rescató. A la salida, Carbó se marchó con Peligro hacia el Palacio de Bellas Artes. Cerca de la fuente del parque, donde hoy reposa el yate Granma, unos disparos los alcanzaron, hiriendo mortalmente a Pepe Wangüemert. Entretanto, Machadito, Evelio Prieto y Berto Valdés se retiraron rumbo a la calle Monserrate, sin dejar de disparar.

El abrazo de dos generaciones

(Testimonio de Faure Chomón)

José Antonio y Fructuoso en Costa Rica (1955)

José Antonio y Fructuoso en Costa Rica (1955)

“No hay que olvidar que es una ley de la Revolución la acumulación de fuerza. Toda vida que se entrega, todo combate que se da aunque se pierda, se acumula en favor de la causa de la Revolución. Lo que no se acumula es aquello que no se hace. El ataque a Palacio fue el heroísmo de dos generaciones abrazadas en una misma acción, de nuestra generación y la del 30, igual que los hombres del 68 y el 95 se unieron en el combate por la independencia de Cuba. Con el asalto a Palacio cumplíamos, según entendimos nosotros, con el compromiso de José Antonio con Fidel.

“No hay dudas de que fue una experiencia para los revolucionarios. Y también para los poderosos. El ataque a Palacio es un eslabón de la cadena de lucha que comienza con el Moncada y la guerra necesaria que se inicia con el desembarco del Granma y el establecimiento de la guerrilla en la Sierra Maestra […]

“Yo nunca pensé en la posibilidad de la muerte de José Antonio. Era el que más queríamos, nuestro jefe. Sentí mucho dolor. José Antonio comenzó por el asalto a Radio Reloj, porque el indicado para hablarle al pueblo de lo que estaba sucediendo era él. Antes de irse a su misión, me dijo: ‘Yo no te voy a dejar solo, Faure. Cuando termine en Radio Reloj y deje a la gente en la Universidad, me iré con parte del grupo a hacerme cargo directamente de la operación de Palacio’ […] Aquel 13 de marzo habría sido otro si José Antonio hubiera llegado al Palacio Presidencial.

“Pero la lucha no cesó. Lejos de debilitarse se fortaleció. Miles de voluntades se sumaron como se afirmó en el manifiesto del Directorio sobre el 13 de Marzo, por cada héroe caído surgían cientos de combatientes.”

 

Fuentes consultadas

Testimonios de Luis Goicoechea (Revolución, 13 de marzo de 1963) y de Faure Chomón y Julio García Oliveras (BOHEMIA, marzo de 1959); las entrevistas concedidas por Faure Chomón a Alina Perera (Granma Internacional, 9 de abril de 1997) y a Pedro Antonio García (BOHEMIA, 17 de febrero de 2005); los libros Asalto al Palacio Presidencial (1969); y Asalto, de Miriam Zito.

 


 


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García