0
Publicado el 10 Marzo, 2017 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Politicosas

La doble cara del golpe

La reacción popular. — Como la diosa Juno.— El país desconfiaba del régimen de Prío, siempre entregado a la mentira.— La quiebra de las instituciones.— El modo de que Batista se litiga perdonar.— Necesidad de elecciones a breve plazo.

Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952Por RAFAEL ESTENGER

CUANDO despertamos el lunes, sorprendidos por la última rebeldía que acaudillara el general Batista, fuimos rápidamente a curiosear por las calles de La Habana. Los habaneros, contra sus hábitos inalterables, paliqueaban a media voz. La gente hacia preguntas y trasmitía noticias con un sigilo de confesionario. Durante la noche, se restringió extraordinariamente el tránsito de vehículos particulares. Había una interrogación en todos los labios: “¿Cuál será la reacción del pueblo?” Y, en realidad, se desbordaba un doble sentimiento: de pesar y de alegría, de satisfacción y de pesadumbre, como si aún no existiera una opinión bien formada sobre los acontecimientos que estaban desarrollándose.

Nos referimos, ¡claro está!, a la situación espiritual del cubano medio; del cubano sin militancia definida, que prácticamente, aunque otra cosa pretendan los registros de electores, constituye el sector mayoritario. Los demás ya tenían el firme reproche a la transgresión de las normas constitucionales, si pertenecían a la Ortodoxia o a los partidos dcl Gobierno, y respondían con jubiloso optimismo, si eran fieles al PAU. De todas maneras, había de llamarnos la atención la variedad de pareceres. Ahora trataremos de explicarla. No fue una reacción sencilla, sino compleja y vaguerosa.

El golpe del 10 de marzo tiene dos caras, a semejanza de las imágenes de Juno. Tiene dos caras, por lo menos, a no ser que una mayor reflexión nos descubriera otras distintas. De un lado,  la transgresión de los principios legales, el rompimiento de la pauta constitucional establecida; del otro, la realidad de los hechos —los hechos en sí mismos—, que indisputablemente representa el anhelo casi unánime del pueblo, hastiado hasta la náusea de la podredumbre del régimen de los Prío.

Muchas veces oímos la paradoja de que el golpe de estado no se había dirigido hacia el Gobierno, sino hacia la Ortodoxia. Abundaban los observadores que pretendían descubrir un habilidoso acuerdo entre el general Batista y el Presidente Carlos Prío. La tesis nos parece absurda; pero no inexplicable. El público pretendía que el trámite electoral llevaba forzosamente a la aniquilación del priato. La candidatura del ingeniero Carlos Hevia —dos veces “flor de un día”, porque la nominación de candidato le duró casi igual tiempo que su efímera presidencia— estaba inexorablemente condenada a la derrota. Era fácil de imaginar el concierto de los Prío, los hombres débiles de Palacio, con el general Batista, el hombre fuerte de Columbia.

Por nuestra parte, jamás le dimos crédito a la hipótesis. Si Carlos Prío hubiera deseado traspasar el Gobierno al general Batista, las tramoyas electorales resultaban seguramente el artilugio más propicio. Con gestionar un rompimiento de la Alianza, para que liberales y demócratas se sumasen al PAU, la victoria de, Batista apenas requería unos breves “apretones” en determinados municipios estratégicos. Había, pues, que rechazar la inventada connivencia.

Quedaba desnuda, para servir de motivo a la inconformidad y el reproche, el aspecto evidente de la violentación del status jurídico. El “golpe”, desde luego, rompía el sistema institucional de la República: abolía el Congreso, derrumbaba el Poder Ejecutivo, echaba a un lado la Constitución y las leyes que se opusiesen al ejercicio de la autoridad emanada de la fuerza. El espectáculo no era en verdad edificante. Hubiéramos querido derrotar al priato en las urnas, vencerlo con los votos, despojarlo con la pacífica expresión de la voluntad del pueblo, que estaba decidida a hacerse valer como instrumento de su propio destino.

Pero eso, ¡todo eso! constituía la doctrina, el sano principio democrático de la autodeterminación popular. Faltaba conocer, sin embargo, hasta el punto en que las normas jurídicas hubieran funcionado efectivamente. Muchos indicios permitían suponer un deliberado propósito de ganar las elecciones a toda costa, mediante el oro, el fraude y la violencia. El pueblo —y con sobradas razones— desconfiaba de sus mandatarios. Les había oído mentir con excesiva contumacia. El engaño se había transformado en costumbre; los embustes, en método. Sin embargo, nuestro pueblo aguardaba con esperanzada energía, confiado en barrer las inmundicias el día de las elecciones. Aunque sin duda anhelaba la insubordinación como reivindicación y castigo, prefería rechazarla como fórmula preventiva.

Vista esa cara del acontecimiento, el golpe militar quedaba sin justificación ni defensa en el plano de la doctrina política. Era un viraje hacia atrás; un brusco retroceso, una bárbara caída. Los cubanos lamentaban in consolablemente la quiebra de las instituciones y la dura imposición del régimen “de facto”. Pero el acontecimiento —conviene no olvidarlo, si nos disponemos a enjuiciar la actualidad con justicia— tiene otra cara: la que contempla la realidad enjuta de los hechos, despojada de la urdimbre legalista. Veámosla un momento.

El régimen de los Prío había alcanzado límites insoportables de corrupción y chabacanería. Si no pecaba de venal, pecaba de incapaz. Si no incurría en malas intenciones, caía en pésimas realizaciones. Sino robaba descaradamente, a través de cuantos sistemas conoce el latrocinio, malbarataba sumas fabulosas en la creación de organismos ineficaces o en la construcción de obras innecesarias. De ahí que el Gobierno de los Prío oscilara como un péndulo entre la corrupción y la chapucería, entre el peculado y la ineficiencia. Siempre, con estas o parecidas palabras, hemos enjuiciado de igual modo el régimen caído. Nadie ha de tenernos a mal que repitamos la opinión después del súbito derrumbe.

Por grande que sea nuestro amor a la democracia y nuestra vocación tozudamente civilista, siempre habrá de consolarnos que la alteración institucional se encamine a la supresión de un régimen putrefacto, sin valores morales de ninguna especie. Podrá no ser una satisfacción; pero es un alivio. El general Batista tiene aún en las manos la posibilidad de que se le perdonen los quebrantos y desgarraduras en las manos constitucionales. El juicio histórico dependerá, seguramente de la forma con que se conduzca en el ápice del remolino que ha creado.

Acometida la empresa, el pueblo de Cuba sólo habrá de justificarla, y a la postre aplaudirla, si el general Batista efectúa cuanto antes unos comicios generales que permitan al pueblo la selección de sus futuros mandatarios. Ya este problema electoral lleva en la entraña una serie de medidas indispensables, como la erradicación del pistolerismo y el mantenimiento de las garantías de una normal convivencia democrática. Sería inadmisible —y al decir “inadmisible” nos referimos a que produciría gravísimos trastornos— cualquier intento de retener el poder más allá del tiempo ceñidamente necesario para convocar y celebrar elecciones.

En cierta ocasión habló Goethe de los “barrenderos de la historia”. Son los caudillos que aparecen, con mayor o menor jerarquía, cuando un país se asfixia por exceso de basura. El régimen de los Prío había colmado la medida. Quizá las escobitas de los ortodoxos hubieran sido insuficientes, aunque constituían el artefacto ideal para barrer los establos de Augias sin lastimar las instituciones, ni perturbar otra cosa que la villa plácida de los malversadores y los pistoleros. Solo nos resta todavía una duda. ¿Los Prío hubiesen respetado la votación adversa de quienes carecían de rifles y ametralladoras? Los Prío, en una palabra, ¿hubieran sido capaces de autorizar unas elecciones honradas? A. nuestro juicio, esa era la gran incógnita del momento. Una de las caras del golpe militar —la que mira los estropicios legalistas— requiere que se esclarezca ese punto, De lo contrario, habrá que considerar el golpe de estado como un manotazo contra el pueblo y no como un justo preventivo contra las trapisondas del equipo gobernante.


Redacción Digital

 
Redacción Digital