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Publicado el 9 Marzo, 2017 por Redacción Digital en Historia
 
 

Melba y Che vivos en la memoria

Melba: "Yo estaba emocionada con mi interlocutor y hablaba en torrente, más rápido que lo habitual, sin percatarme de la Torre de Babel de aquella comunicación. En un momento el Che interrumpió y en francés, que hablaba muy bien, tradujo mis últimas frases..."

Una breve presentación, por Giraldo Mazola*

Hace casi dos décadas el ministro de Relaciones Exteriores solicitó a todos los que eran entonces embajadores de Cuba o lo habían sido una anécdota de su labor que pudiera ser de utilidad a los jóvenes que se formaban como futuros diplomáticos en el Instituto de Relaciones Internacionales Raul Roa, ISRI, con la idea de editarlos.

Me dio la responsabilidad de llevar a cabo esa tarea.

Hay relatos fabulosos de muchos compañeros y Melba había sido embajadora de Cuba en Viet Nam y me decía que no encontraba algo de su inolvidable labor en aquel país que pudiera servir a esos fines. Pensaba que no estaría completo un libro de esas anécdotas sin un relato de esa heroína del Moncada y me dediqué a persuadirla.

Le recordé aquella ocasión en que conversó con Pam van Dong y le insistí en que podía servir. Se resistía porque no ocurrió siendo embajadora que fue mucho después pero la persuadí de que podía ser de utilidad y por fin aceptó.

Al cumplirse hoy un aniversario de su desaparición física creo que es conveniente para nuestros jóvenes conocer este reato suyo que además incluye facetas del Che poco conocidas.

Hay que ser cuidadoso con los traductores

Por Melba Hernández

Melba, con su sonrisa característica.

Melba, con su sonrisa característica.

Este recuerdo que aporto al libro que hará el MINREX con anécdotas de embajadores no es propiamente de mi experiencia como embajadora en Viet Nam pero se relaciona con ese país, que quiero mucho y con una figura también querida y legendaria de la Revolución, el Che.

Pienso que puede servir de alerta a los futuros diplomáticos sobre el cuidado que hay que tener con los traductores.

En noviembre de 1964 se había producido la sustitución de Nikita Krushov, Primer Secretario del PCUS y Presidente de la URSS por Leonid Brezhnev. No pretendo en estas breves líneas enjuiciar ese hecho pero puedo decir ahora, aunque sólo se lo comenté a unos pocos allegados entonces, que fue un cambio que no me gustó mucho porque aquel gordito ucraniano me caía simpático y nos había ayudado mucho, a pesar de su metedura de pata en la crisis de octubre.

Jesús Montané, Chucho, mi esposo y compañero de luchas, era entonces ministro de Comunicaciones y en esa responsabilidad viajó de visita oficial a la URSS. Concluyéndola se enfermó y lo ingresaron, demorándose en determinar los médicos rusos que era lo que tenía.

Me mandaron para Moscú para ocuparme de atenderlo y logré enseguida que lo sacaran de aquel hospital pues realmente no tenía nada grave y los rusos se excedían en las medidas de precaución.

Al día siguiente de salir del hospital el Partido y Gobierno de la URSS ofrecieron una recepción de gala en el enorme y fastuoso salón construido junto con un enorme teatro dentro del propio Kremlin, cuyas modernas líneas y el color de sus mármoles, pugnan con el resto de las seculares edificaciones del lugar.

Nos invitaron y asistimos. Sabíamos que se encontraba el Che en Moscú presidiendo la delegación cubana a esta especie de presentación oficial de la nueva dirección soviética pero por los trajines para “escaparnos”del hospital no habíamos conversado con él ni con casi nadie excepto los compañeros de la embajada.

Che en Moscú, en 1964, junto al primer cosmonauta y presidente de la Sociedad de Amistad Cubano Soviética, Yuri Gagarin.(Foto: pics-about-space.com)

En una especie de área presidencial se encontraban todos los Primeros Secretarios de los partidos comunistas en el poder invitados y los miembros del Buró Político del PCUS. Entre ellos el Che, que presidía la delegación cubana.

Unas mesitas cubiertas de manteles servían de barrera de separación; aglomerados sobre ellas centenares de periodistas de todo el mundo trataban de fotografiarlos, observaban los gestos y expresiones de esos dirigentes en cada brindis de los miembros del Buró Político Soviético y de algunos líderes extranjeros y anotaban presurosos los matices de esas intervenciones.

Era una época en que se profundizaban las diferencias de carácter político e ideológico entre los Partidos Comunistas en el poder, arrastraban tras sí en esa polémica a la mayoría de los restantes partidos, se producían irreparables escisiones en muchos de ellos y como resultado general la lucha revolucionaria y antiimperialista se debilitaba. Esos velados o directos ataques o insinuaciones que allí se manifestaban eran reportados con deleite por quienes deseaban que la brecha fuera mayor y se esforzaban por ahondarla.

Chucho y yo, cerca de los periodistas observábamos a esos dirigentes a los que conocíamos por fotos solamente. Allí se nos unió Giraldo Mazola quien como Presidente del ICAP había venido al acto por la constitución de la Asociación de Amistad Soviética- Cubana que presidiría el cosmonauta Yuri Gagarin. Nos saludamos con efusión y comenzamos a explicarle que Chucho gozaba de plena salud y él a contarnos la lucida ceremonia de anteayer que también atendió el Che.

Primer Ministro de Viet Nam, Pam Van Dong

Primer Ministro de Viet Nam, Pam Van Dong. (Foto: AARP)

Yo seguía mirando a esos dirigentes y le señalé al Che que estaba por un lado y al Primer Ministro de Viet Nam, Pam Van Dong por otro. En eso llegó a nuestro lado Nina Popova, la homóloga de Mazola, nos saludó y sin más nos llevó de la mano a un paso entre las mesas donde los guardias vestidos de civil que custodiaban el acceso se le cuadraron chocando los tacones y nos entró sin decir una palabra. Al poco rato nos dejó para ocuparse de otra cosa y nos quedamos los tres allí.

Mazola le dijo a Montané: “Creo que mejor nos vamos. Esta mujer nos coló y se fue. Todos los demás cubanos están fuera y si el Che nos ve…”

Ni que lo hubiera llamado con el pensamiento. Nos vio y vino con paso rápido hasta donde estábamos. Le dije a Chucho apretándole el hombro: “Chucho, ya nos vio”. Yo esperaba que nos preguntara que hacíamos allí y lo que hizo fue decirnos: “Que bueno que están aquí pues esto es muy aburrido”.

Alguien hizo un brindis y vino la correspondiente traducción al ruso y luego el brindis mientras conversábamos. Un camarero trajo, para nuestra sorpresa café, que parecía bastante fuerte, en una bandeja; seguimos hablando hasta que Pam Van Dong me reconoció y se nos acercó.

Enseguida me abrazó con cariño y afecto, muy contento y saludó a los demás. Tengo que decir sin pena que en cierta forma yo encarnaba la solidaridad de Cuba con Viet Nam y por eso los vietnamitas me apreciaban mucho. Comenzamos a hablar. Pam Van Dong en vietnamita, que su traductor de ruso vertía a un inglés infernal y Chucho -que lo dominaba bien- hacía un gran esfuerzo por hacer comprensible al español lo que nos decía.

Yo estaba emocionada con mi interlocutor y hablaba en torrente, más rápido que lo habitual, sin percatarme de la Torre de Babel de aquella comunicación. En un momento el Che interrumpió y en francés, que hablaba muy bien, tradujo mis últimas frases.

Perfecto. Pam Van Dong se sonrió y quedaron “interruptos” Chucho y el traductor vietnamita.

La conversación era ahora más fluida y yo podía así enfatizar con más precisión nuestro cariño y respeto por la lucha del pueblo vietnamita que más adelante Fidel resumiera magistralmente en la disposición de ofrecerles hasta nuestra propia sangre.

El Comandante Ernesto Che Guevara junto a Melba Hernández, con una delegación vietnamita.

El Comandante Ernesto Che Guevara junto a Melba Hernández, con una delegación vietnamita. (Foto: Granma)

Pero realmente no me di cuenta que el Che devino en traductor, ni los demás tampoco y con esta facilidad de traducción directa que el Che hacía simultáneamente, me parecía que el líder vietnamita entendía mi español y hablaba casi sin pausa.

Todos tomamos el café, depositamos la taza en la bandeja y el camarero se retiró; el Che, con su nuevo oficio de traductor y la lentitud con que habitualmente lo sorbía, terminó después. Miró a ambos lados buscando donde poner su taza pero la mesa más cercana estaba a una docena de metros y él seguía traduciendo. Mazola le dijo: “Comandante, déme la taza”. Pero el Che terminó una frase, dio media vuelta, caminó hasta la mesa más cercana y volvió para seguir traduciendo.

Unas frases más y se despidió el Primer Ministro vietnamita y también el Che con un simple chao, pues el protocolo los llamaba para concentrarse en el otro extremo, dado que la ceremonia concluía.

Los tres “colados” salimos del área presidencial y yo seguía todavía bajo el impacto de aquel encuentro y no escuchaba a mis compañeros que me decían bromeando que no había tenido en cuenta primero que la traducción inicial era en tres idiomas y después que cuando era del español al francés mi traductor fue nada menos que el Che.

Confieso, después de casi cuatro décadas, que no me percaté de eso en aquel momento pero tanto bromearon conmigo que en lo adelante siempre me preocupé por facilitar el trabajo de los traductores usando frases cortas y esperando que la traducción llegara a mi interlocutor.


*Giraldo Mazola, destacado dirigente revolucionario cubano es actualmente el Embajador de Cuba en Namibia


Redacción Digital

 
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