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Publicado el 10 Marzo, 2017 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Últimos instantes de Carlos Prío en el Palacio Presidencial

Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952

“… Tengo noticias de que el Estado Mayor del Ejército ha sido tomado por antiguos oficiales del general Batista”.

Por Enrique Serpa (Testigo presencial)

El timbre del teléfono horadó el profundo silencio de la madrugada. Y, no bien despierto aún, maldije silenciosamente al desconocida que yo juzgaba víctima de una equivocación. Tomé con desgano y torpeza el auricular. Pero apenas oí la noticia comunicada por la voz entrañable de Carlos Manuel Álvarez Tabio, sentí que las brumas del sueño se disipaban en mi mente.

–Batista ha dado un Golpe de Estado— me dijo.

Estupefacto, exclamé involuntariamente:

— ¿Qué?…

Con voz atropellada, Álvarez Tabio confirmó:

—Que Batista ha dado un Golpe de Estado—. Dejó transcurrir un instante, para dar tiempo tal vez a que yo constatara cabalmente la importancia de su información. Después añadió: —Está en Columbia.  Dicen que tiene preso a Carlos Prío e Aureliano Sánchez Amago. Ya debe ser oficial la notica. Te he llamado, porque eres un hombre que debe estar bien informado.

Ta lo agradezco, Carlos. ¡Claro que te lo agradezco mucho. — dije.

Y, apenas colgado el receptor, corrí hacia la radio. Hice girar el dial, y no encontré sino silencio. Le di otra vuelta, y otra, y otra vuelta más. Nada. Todos los canales estaban vacíos, muertos.

Llamé por teléfono al Salón de Prensa del Palacio Presidencial. El aparato repiqueteó durante largo rato, pero nadie respondía al llamado. Volví de nuevo a la radio, y una vez más pude constatar que todas las estaciones trasmisores permanecían mudas.

Trémulo de impaciencia retorné al teléfono. Sonó el timbre. Sonó largamente. Insistí en llamar. Y, al cabo, alguien respondió

— ¡Oigo!

—Es Serpa, ¿quién habla?

—Es Rodrigo, ¡Dime!

— ¿Qué pasa por ahí?

Adiviné un encogimiento de hombros en Rodrigo Álvarez del Real, reporter de “Alerta”:

—No sé. A mí me llamaron del periódico y me dijeron que viniera para acá.

Dicen que Batista dió un Golpe de Estado, pero el Presidente no está aquí.

Aqui nadie sabe nada.

—¿Qué hora es?

—Las cuatro y cuarto. Aqui están Cabús, Torres Momplet, Febles… Pero la verdad es que nadie sabe nada.

—De todas maneras, voy para allá.

Y de inmediato tuve que volver al teléfono:

—Oye, te habla Riverito, (Adolfo Rivero, reporter de “Excelsior”). ¿Ya sabes la noticia?

—Si, dicen que Batista tiene preso a Prío. ¿Tú sabes algo cierto?

—No. ¿Ya tú estás vestido?

—No. Voy a vestirme enseguida para ir a Palacio.

—Yo también. Allí nos veremos.

Y otra vez sonó el timbre: era Luis Gómez Wangüemert. Me dijo:

—Oye, tú, ¿qué milagro es ese? ¿Despierto a esta hora?

Injustificadamente irritado, exclamé:

—No me vengas con preguntas capciosas… ni con tonterías… Larga lo que sea

–Viejo, es que no sé lo que pasa. Del periódico me llamaron para decirme que estaban ocurriendo graves acontecimientos. Pero la realidad es que yo no sé lo que pasa.

—Pues casi nada: que Batista ha dado en golpe de Estado. Y dicen que tiene preso a Prío.

— ¡Córcholis! ¿Tú piensas ir a Palacio?

—Naturalmente– Y presumiendo lo que había en el fondo de la pregunta agregué: — ¿Ya tú estás listo?

—Si.

— ¿Qué tiempo puedes demorar en llegar a Mi casa?

—Cinco minutos.

—Bueno, voy a esperarte. SI es verdad la noticia, no te será fácil entrar en Palacio.

Me vestí rápidamente y salí a la calle. Pasó un automóvil calmo-aumente manejado por un oficial del Ejército. “¡La sorpresa que va a recibir! —pensé. Porque ese no sabe nada. Y a lo mejor, todo eso del Golpe de Estado es un cuento.

Al fin Gómez Wangüemert apareció en un destartalado -jeep”, conducido por un hijo suyo. Bajo el cielo todavía opaco de reminiscencias, nocturnas, La Habana comenzaba su tranquilo despertar. Se veían ómnibus atestados de madrugadores, autos de alquiler, máquinas de chapa particular y peatones que avanzaban sin prisa ni inquietud. Ni siquiera en el cuartel de San Ambrosio se advertían movimientos anormales.

—Viejo, creo que todo es una, falsedad —me dijo Gómez Wangüemert –. Mira, todo está tranquilo. Debe ser un Golpe de Estado nacido y muerto en los periódicos.

Yo hice un gesto de aquiescencia. Y no fué sino hasta llegar a una cuadra del palacio presidencial, viniendo de Malecón por la avenida de Bélgica, cuando notarnos el primer signo de algo fuera de lo corriente. Un policial, destacado en la Casa Militar del Jefe del Estado, hizo una señal, con la mano, para que desviáramos el rumbo. Pero al detenerse el, “jeep” hubo de reconocerme:

—iHola, periodista! Está bien. Sigan.

II

Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952

Llegó a Palacio como a las cinco de la mañana. “Vestía un ´jacket´ de lana de color verde oscuro y calzaba zapatos negros”.

El doctor Garlas Prío Socarrás, Presidente de la República, arribó a Palacio como a las cinco de la mañana, procedente de “La Chata”, una de sus fincas de recreo, de donde lo había arrancado abruptamente un infausto telefonema. Le acompañaban su esposa, señora Mary Torrero; uno de sus ayudantes: el teniente coronel Rafael Izquierdo, y el subsecretario de Educación, doctor Luis Gustavo Fernández.

Y un rato después llegó al Salón de Prensa el director de las Oficinas de Prensa y Publicidad del Palacio Presidencial, señor Evelio Rodríguez Ortega, que escuetamente invitó a los periodistas.

—Dice el Presidente que suban. Precedidos por el señor Rodríguez Ortega, se dirigieron al ascensor interior los compañeros José D. Cabías, de “Pueblo”; Héctor Torres Momplet, de “RHC-Cadena-Azul; José Proveyer, de la “CMQ” y Tomás Febles, del “Vocero Occidental”. Y posteriormente se agregaron al grupo Adolfo Marino, de “Unión Radio” y José Ignacio Solís, del “Diario de la Marina”. Y llegó, por último, Raoul Alfonso Gonsé, de “El Mundo”.

El ascensor se detuvo en el tercer piso, donde se encuentran las habitaciones privadas de la familia presidencial. Y los periodistas, trasponiendo un angosto pasillo, entraron en un amplio salón-recibidor, en el cual, rodeado por algunos ministros y contados amigos íntimos, se hallaba el doctor Prío. El señor Rodríguez Ortega, abriendo una brocha en el grupo, anunció:

-Presidente, aquí están los periodistas. El doctor Prío, que vestía un jacket de lana, de color verde-olivo oscuro, pantalón también oscuro y calzaba zapatos negros, se volvió rápidamente.

Y tras un breve saludo, sin lograr ocultar su nerviosismo, pero con voz todavía firme, dictó la proclama siguiente:

Invitados por el doctor Prío Socarrás, subieron a la tercera planta, donde se halla:, las habitaciones privadas de la familia presidencial. Hubo un breve cambio de saludos. Y seguidamente el doctor Pelo Socarrás, dictó la siguiente proclama dirigida al pueblo de Cuba:

“Tengo noticias de que el Estado Mayor del Ejército ha sido tomado por antiguos oficiales del general Batista. Los mandas del Ejército destacados en las distintas provincias me han reafirmado su lealtad si régimen constituido. Al pueblo no le puede pasar inadvertido le que significaría para la República que se rompiera el régimen constitucional, cuando todos los partidos se disponían a concurrir a una consulta electoral.

“Yo confío en la moral y en el valor del pueblo de Cuba par, oponerme a ese intento que la ambición de un hombre ha provocado

“Conmino a los militares todos de Cuba para que mantengan su lealtad al juramento de fidelidad prestado a la República: y a los obreros, a les estudiantes, a los campesinos, a los industriales y, en una palabra, a todos los cubanos para resistir este alevoso ataque En los cubanos confío”.

III

A las siete de la mañana, minutos más o menos, se detuvo en la Avenida de Bélgica, frente a la puerta del garaje, del palacio presidencial, un auto de la “Sección Radio-Represiva de la Policía Nacional”, del cual descendió el teniente Julián Negret, en tanto que el comandante José Camacho, ayudante presidencial, que previamente había sido llamado telefónicamente, iba en su busca. Ambos se adelantaron algunos metros, y, colocándose junto a la defensa de la “perseguidora”, comenzaron a hablar. No fué larga la conversación; apenas duró un cuarto de hora. Y a las siete y cuarto, cuando ya parecía próxima a terminar, salieron del garaje de Palacio dos miembros de la guardia personal del Presidente de la República: el sargento Rosendo Hernández, joven delgado, trigueño, de rostro serio, y Sócrates Álvarez, un mozo de apenas treinta años, de mediana estatura pero constitución vigorosa, de ojos azules, cabellos de un tono cobrizo y con el rostro, muy rubicundo, adornado por un breve bigote. Al salir del garaje. Sócrates, que estaba desarmado, le pidió la ametralladora de mano a un soldado. Y, siguiendo su ejemplo, el sargento Hernández tomó el fusil de otro soldado.

Avanzando unos pasos más, Sócrates se detuvo al borde de la acera, y se quedó mirando fijamente a uno de los tripulantes de la perseguidora: el vigilante Guillermo Escanaverino Sánchez, que, jubiloso, convencido seguramente de que la noticia habría de ser recibida con la misma alegría con que él la expresaba, se exaltó:

—iYa Batista es Presidente y Salas Cañizares jefe de la Policía! Sócrates dirigió la boca de Ia ametralladora contra el auto, y conminó:

— ¡Date preso! ¡Entrega las armas!

De un salto, Escanaverino salió de la “perseguidora”, con la ametralladora en la mano, para enfrentarse con el militar. Y le dijo:

—La mía también dispara, y no te la voy a entregar.

Sócrates oprimió el gatillo de su arma, al tiempo que Escanaverino hacía lo mismo. Todo sucedió tan vertiginosamente, que el sargento Hernández se mantenía aún con el fusil en posición horizontal a su pecho, cuando las ametralladoras comenzaron a disparar. Rápidamente, con automatismo militar, tomó el fusil correctamente y se disponía a disparar, cuando una ráfaga de ametralladora le destrozó la cabeza mientras el teniente Negret, que ni siquiera había tenido tiempo de extraer su pistola, caía también, con el cuerpo casi tronchado por las balas.

Un pelotón militar que, para reforzar la guardia de Palacio había sido enviado desde el Campamento de Managua, acababa de situarse en la esquina formada por las calles Chacón y Avenida de Bélgica. Y los soldados, excitados por lo que creían un ataque contra ellos, comenzaron a disparar sus armas. En parecido error cayeron los soldados de la guarnición de Palacio que cuidaban de la puerta de Colón, y para repeler la supuesta agresión, requirieron sus armas.

Algo terrible estaba a punto de ocurrir. Pero, por fortuna, un teniente de la guardia palatina adivinó la verdad y con voz tronante gritó:

—No tiren, no tiren, que es el refuerzo! ¡Es la gente que viene de Managua!

Las ráfagas de ametralladora cesaron por fin. Luego fue, paulatinamente apagándose el estampido de los fusiles. Se escucharon aún unos cuantos disparos aislados. Después se hizo el silencio, bajo un cielo diáfano, limpio, constelado de brillos solares.

Tendidos sobre el pavimento que habían encharcado de sangre, ya muertos, estaban el teniente Negret, el sargento Hernández y el vigilante Escanaverino. También yacente sobre la acera, con la apariencia de un cadáver, estaba Sócrates Álvarez, que recibió, entre otras, una gravísima herida en el cuello. También resultó herido de ten balazo en el muslo, el soldado Silandersio Delgado. Y con heridas o contusiones menos graves, los soldados Angel Reyes, Olegario Fernández, Alejandro Felipe Córdova, Daniel Chávez, Epifanio Pérez y Remberto Canto.

IV

Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952

Los miembros de la FEU se entrevistaron con el Presidente. Ellos, que tanto le habían combatido, iban a esta hora de desgracia a ofrecerle ayuda. (Fotos de Torres).

Entretanto, la desesperante angustia de la espera y el inquietante estrépito del tiroteo hablan tornado casi insoportable la atmósfera del salón en que se hallaba el doctor Frío. El doctor Félix Lancís, tendido a medias en un canapé, con su rostro carnoso y un tanto flácido, de rasgos mongoloides, daba la impresión de un Buda desolado. Tony Varona, al otro extremo del canapé, permanecía mudo y ensimismado. Segundo Curtí, perdida ya su antigua Ludacia juvenil entre un escándalo de fiestas droláticas, tampoco hablaba. Eduardo Suárez Rivas parecía conservar intactos su espíritu y su vehemencia, que a veces se mostraba en palabras y ademanes enérgicos. El ingeniero Carlos Jarro se mantenía con su hermano también en silencio. Dueños de sí mismos, aunque un poco nervioso el segundo. Diego Vicente Tejera y Sergio Megías se apartaban de cuando en cuando, para enfrascarse en una conferencia. Orlando Puente, olvidado de sus funciones de Secreta rio de la Presidencia y de conejero áulico, que antes le permitían asumir actitudes altivas, lucía desinflado. El jefe de la Casa Militar de Palacio, teniente coronel Carlos Callejas y los ayudantes presidenciales Gustavo López Mata, Antonio Lage, Eudaldo Quintana. José Camacho y Emeterio Zorrilla habían adoptado una actitud correcta y digna, sin mezclarse a los grupos ni emitir opiniones. Luis Casero, para quien la posibilidad de ser Vicepresidente de la República se había desvanecido como el sueño de una noche de verano, deambulaba fantasmalmente, arrastrando detrás de sí, como una sombra, a un hombre que yo no sabría decir—porque siempre, sin saber por qué los he confundido—, si era un hermano suyo o Matías Vega, el pintoresco locutor de “¡Ahí viene la bola!” También habían concurrido a la cita de la amistad Luis Gustavo Fernández, José Suárez Rivas, Noel del Pino y otras pocas figuras de menor cuantía.

Renunciando por fin a su habitual facilidad para el chiste, Antonio Frío se ofrecía parco en pa-labras, pero con suficiente control para disimular su estado de ánimo. Con menos dominio de sí mismo. Paco Prío no podía evitar la crispatura de su voz. Pero el que parecía más nervioso entre los tres hermanos era el Presidente, que sin cesar iba de un lado para otro, demandando preguntas que nadie osaba formular:

—¿Cómo anda la cosa?

—¿Cómo está la calle?

—¿Qué hará el pueblo? —¿Qué se puede hacer si contarnos con los mandos de provincias?

Una de las veces se dirigió al contralmirante, Pedro Pascual Borges, cuya presencia no podía dejar de sorprender. Porque lo natural era que, dadas las circunstancias, se encontrara en el Castillo de la Punta, sede de la Jefatura de la Marina. Abroquelado en incomprensible mutismo, no respondió a una pregunta formulada por el Dr. Prío:

—¿Cómo anda la Marina? ¿Con qué podernos contar?

Hubo un instante de embarazoso silencio, que, al cabo, fué salvado por el comodoro Casanova, quien, secundado por la firme serenidad del coronel Mareos Pérez Medina, respondió:

—Presidente, hay muchos barcos por la costa sur, pero no tenemos noticias de ellos.

René Fiallo, de nariz afilada, labios exangües y marchita la tez por el largo insomnio, parecía más delgado qué nunca. Y no obstante, quemaba los últimos restos de su energía en el empeño de despertar imposibles audacias en el doctor Frío:

—Presidente, ¿Usted cree que puede contar con las provincias?

El doctor Prío asintió:

—Sí, creo que sí. Martín Helena está conmigo.

—Entonces tiene que irse y esperar la reacción del pueblo, de los obreros, de los estudiantes.

El doctor Prío insistió:

–Si, creo que Martín Helena me es fiel; puedo contar con él.

Diego Vicente Tejera intervino en la conversación:

—Lo que hay que hacer es tomar una decisión. El Palacio es una ratonera. Lo que hay que hacer es irse de aquí.

René Fiallo machacó en su idea de que el Presidente buscara refugio en un regimiento del interior de la provincia. Y el doctor Frío tornó a decir:

—Martin Helena sigue conmigo. Alguien sugirió:

—Entonces podría ir para Matanzas.

Diego Vicente Tejera saltó:

—Si Frío toma la carretera, no llega vivo a Matanzas.

Y Eduardo Suárez Rivas, intuyendo tal vez lo que para la República significaría una guerra civil, ansioso de evitar un derramamiento de sangre cubana, apoyó a Diego Vicente Tejera, diciendo que era necesario bucear otra fórmula de salvación para el Presidente.

—Lo mejor —sugirió el doctor Frío— es ir al Capitolio. Allí tendrán que ir todos los congresistas, hasta los ortodoxos.

Minutos después abandonó el salón. Y alguien dijo que había salido en dirección al Capitolio, aun-que no fue dable confirmar tal noticia, ni saber con exactitud la conducta que habría de adoptar en el Palacio de las Leyes.

Sea lo que fuere, la ausencia del doctor Prio no duró mucho rato. Y apenas habrían transcurrido diez quince minutos, cuando ya estaba de nuevo en el recibidor del tercer piso.

V

Aquel recibidor, equipado con anchos, muelles butacones y confortables, mullidos canapés, había servido anteriormente de marco, como ahora, a la conducta de otros presidentes en trance de enfrentarse con su propio destino. En ese mismo salón, dieciséis años antes, el doctor Pelayo Cuervo Navarro, secretario entonces de Comunicaciones, después de una carrera vertiginosa, casi suicida, había encontrado al coronel Carlos Mendieta, Presidente de la República por aquellos días, quien respondiendo a sus preguntas, le dijo:

—¿No sabe que Batista esta alzado? Está en un yate con Smith, Uriarte, Anaya Murillo y cuatro secretarios del Despacho. Piensan dar un golpe militar. Yo me voy de Palacio.

—Pero usted no puede irse así, como si fuera un mozo de limpieza —le dijo el doctor Cuervo Navarro—. Usted es el Presidente de la República.

—¿Usted cree?…

—Naturalmente, usted es el Presidente de la República y tiene que esperar a que venga Batista y lo saque por la fuerza.

El coronel Mendieta decidió quedarse. Y al día siguiente, a las seis de la mañana, fue en busca de noticias el jefe de la Casa Militar, comandante Ulsiceno Franco Granero, que, al regresar una hora después, informó:

—El yate está en el puerto. Dice el coronel Batista que él estaba pescando con unos amigos.

Años después, el propio general Fulgencio Batista, Presidente de la República, hubo de confrontar una situación difícil, cuando el general Eleuterio Pedraza, jefe del Ejército y de la Policía Nacional, amenazó con dar un golpe de Estado. En ese mismo salón debió celebrar el general Batista un conciliábulo determinativo con sus hombres más adictos, antes de salir, sin más compañeros que Amadeo López Castro, el general Manuel Benítez, el coronel Mariné y cuatro miembros de su escolta personal, hacia Columbia, donde acertó a frustrar el movimiento antes de su iniciación.

VI

A las siete y media de la maña-na reinaba en los alrededores de Palacio absoluta tranquilidad. Los muertos y heridos habían sido retirados, y apenas si unos cuantos charcos de sangre y los impactos de bala en la fachada de un edificio próximo daban testimonio de la tragedia. Pero en el interior de Palacio la tensión nerviosa, la expectación y la inquietud habían alcanzado su grado máximo. En la azotea y otros lugares estratégicos habían sido colocados centinelas y emplazadas ametralladoras. El pelotón enviado por el cuartel de Managua reforzaba ya la guarnición palatina. Y en torno al doctor Prío cada cual continuaba opinando y dándole consejos sobre lo que debía hacer.

De repente se dejó oír el timbre de un teléfono, colocado en un pasillo aledaño al salón. El doctor Prío, con un sombrero de jipi en la mano, tomó el auricular. Calla-ron las conversaciones, todo el mundo quedó en silencio. Se oyó al doctor Prío decir:

—Gracias, coronel, gracias.

Y tras un instante de absorta atención a lo que decían desde el otro extremo de la línea, aconsejó:

—Lo que deben hacer ustedes en mandar telegramas a Columbia, diciendo que están con el Gobierno constituido.

No podía evitarse recordar la célebre frase  del general Machado: “A mí no se me tumba con papelitos”.

Cuando hubo colgado el auricular, el doctor Prío explicó:

—Era el coronel Margolles. Dice que continúa siéndome fiel. Y que lo único que tengo que nacer es no dejarme coger.

Nuevamente se escuchó la voz de René Fiallo, que aconsejaba al doctor Prío buscar refugio en alguno de los regimientos de provincia que aún se mantenían fieles al Gobierno.

Pero bruscamente, con voz crispada, casi violento, haciéndose perdonar  tal vez con ese gesto algunos de sus pecados, Paco Prío conminó a su hermano: .

–¡Vámonos, vámonos de aquí! Y antes de que el Presidente acertara a darle una contestación, continuó:

—Tú no puedes hacer que maten a toda esta gente —abarcó con un movimiento de la diestra a todos los presentes. — Sería una carnicería. Si fuera por ti, yo sé que te quedarías. Pero no puedes dejar que maten a toda esta gente.

VII

El doctor Prío descendió del tercer piso a las ocho y cuarto de la mañana. Durante algunos minutos permaneció en el garaje, acompañado por el grupo de personas que le habían ofrecido irrecusable prueba de amistad. Los fotógrafos prepararon las cámaras. El doctor Prío, respondiendo tal vez mecánicamente a una costumbre, dejó asomar a sus labios una amplia sonrisa, mientras abría la puerta de un auto, el destinado al Presidente de la República, que ostenta la chapa oficial número Uno.

En el asiento posterior, junto al doctor Prío, se acomodaron su hermano Antonio, Diego Vicente Tejera y Sergio Megías, mientras el ayudante presidencial teniente coronel Rafael Izquierdo ocupaba el asiento delantero. Detrás de esa máquina salió otra, ocupada por la escolta personal del doctor Prío. Nadie sabía hacia donde iba el doctor Prío. Se había marchado con rumbo desconocido.

VIII

El comodoro Casanova se aproximó al contralmirante Pascual Borges, y le preguntó:

— ¿Ha dejado instrucciones el Presidente?

El interrogado lanzó en torno suyo una mirada furtiva y recelosa antes de contestar:

—Dijo que no repelan ninguna agresión. Y un policía que, no obstante el tono casi susurrante empleado por el contralmirante, pareció desahogar su angustia en un suspiro:

— ¡Menos mal! Por lo menos, no habrá más muertos. ..


Redacción Digital

 
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