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Publicado el 24 Abril, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

A 50 AÑOS DE LA CAÍDA DEL CHE

El joven Ernesto

Che. Autorretrato. (1952)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA
Fotos: Archivo de BOHEMIA

Su nacimiento se anticipó. Sus padres viajaban hacia la provincia argentina de Misiones, donde don Ernesto Guevara Lynch había adquirido una hacienda para el cultivo de la yerba mate. A la madre, Celia de la Serna, le iniciaron los dolores de parto en la ciudad de Rosario. En esa urbe, un apartamento del edificio ubicado en las intersecciones de las calles Entre Ríos y Urquiza devino primer hogar del niño nacido el 14 de junio de 1928, a quien sus progenitores solían llamar Ernestito y que entraría a la historia con el sobrenombre de Che.

Con el recién nacido, la familia se traslada a Caraguatay (Misiones). Hoy día a esa localidad la une una carretera con el resto de Argentina, pero en 1928 solo era accesible por el río. Guevara Lynch había construido allí una casa de madera sobre pilotes con entrepiso. De la vivienda original solo quedan horcones. En el sitio hoy radica el parque provincial Ernesto Guevara, cuyas oficinas radican en una edificación erigida por posteriores propietarios.

En esa hacienda vivió la familia Guevara de la Serna durante dos años, hasta que por la humedad del lugar se hizo crónica el asma de Ernestito, una dolencia que lo acompañaría durante toda su existencia. Los médicos le recomiendan la sierra de Córdoba, un destino clásico de aquella época para las personas con afecciones respiratorias. Bajo esas indicaciones se instalan en Altagracia, localidad en la que la familia tuvo varios domicilios, pero el principal de ellos fue Villa Nydia, sede actualmente del Museo Ernesto Che Guevara, el cual conserva la habitación de Ernestito, además de fotos y pertenencias de los Guevara de la Serna.

Alternándolo con períodos en la ciudad de Córdoba por motivos de estudio, el futuro Che vivió en Altagracia por 17 años, desde su primera infancia hasta finales de su adolescencia. Allí, ante los continuos ataques de asma de su hijo, Celia determinó enseñarle las primeras letras y el niño no comenzó en el colegio hasta el segundo grado, en 1937. Por aquellos años prendió en él la afición a la lectura estimulado por sus padres y podían hallarse encima del lecho y en su buró ejemplares de sus títulos favoritos. Emilio Salgari y sobre todo Julio Verne eran entonces sus autores predilectos. Su amor por el novelista francés y sus llamados Viajes extraordinarios nunca le abandonarían. Años después, ya en Cuba, pidió que le enviaran los tomos, encuadernados en cuero, de sus obras completas.

El estudiante universitario

Comenzó la segunda enseñanza en 1942 en Córdoba, que entonces empezaba a convertirse en una gran ciudad. En esa época, en Argentina crecía una ola de manifestaciones obreras. Eran los años del surgimiento del movimiento peronista, al cual el joven Ernesto enjuiciaba objetivamente: criticaba su superficial populismo y alababa sus enfrentamientos al imperialismo yanqui, aunque calificándolos de tímidos.

Ya en él se desarrollaba una conciencia antimperialista, aunque todavía no había leído los clásicos del marxismo. Por aquellos días descubrió la magia de la poesía, a través de Pablo Neruda, quien sería siempre uno de sus favoritos, y en su habitación entonces podían observarse también otros poemarios de Baudelaire y los simbolistas franceses.

En 1947 la familia Guevara de la Serna decidió trasladarse a Buenos Aires. Un año más tarde el futuro Che inició la carrera de Medicina en la universidad de esa ciudad. Los estudios, tampoco el asma, le impidieron practicar deportes, como el fútbol y el rugby, ni continuar con su amor a los libros. Tuvo acceso a los clásicos del marxismo, a los que comienza a estudiar profundamente, sin relegar la literatura de la época, como El extranjero, de Albert Camus. También le interesaba conocer lo relacionado con nuestra América y buscaba afanosamente todo lo de Jorge Icaza y Miguel Ángel Asturias, a quienes intercalaba con las historias de líderes del Tercer Mundo como Nehru y Gandhi.

También en estos años tiene su primer gran amor, Chinchina Ferreira. La familia de ella se opuso a sus relaciones con este joven tan singular y con ideas propias que una clásica familia bonaerense calificaba de transgresoras y subversivas. Tras dos años, el romance terminó.

Viaje por Sudamérica

El 4 de enero de 1952 el joven Ernesto interrumpió momentáneamente sus estudios de Medicina para emprender en compañía de su amigo inseparable Alberto Granado Romero (Hernando, Córdoba, Argentina, 8 de agosto de 1922–La Habana, Cuba, 5 de marzo de 2011), su primer recorrido por Sudamérica, reflejado en la película Diarios de motocicleta, donde el personaje de Granado es interpretado por el actor Rodrigo de la Serna.

Partieron de la ciudad de Córdoba en la moto marca Norton, que tenía Granado, llamada la Poderosa II. El viaje duró siete meses y entraron a Chile por el lago de Todos los Santos. En la capital de ese país tuvieron que abandonar la moto, averiada definitivamente. Fueron a Valparaíso y allí por mar viajaron hasta Antofagasta. Visitaron la mina de cobre de Chuquicamata, donde constataron la vida precaria y miserable de los trabajadores y sus familias. Luego se dirigieron a la frontera con Perú.

Como querían visitar el lago Titicaca, se fueron en un camión que transportaba indios aymarás, que no hablaban bien el castellano. Una semana después ya se hallaban en Cusco, la capital de los incas. En sus Notas de viaje Che escribiría luego: “La palabra que cuadra como definición del Cusco es evocación. Un impalpable polvo de otras eras sedimenta entre sus calles […] Hay un Cusco que se ve desde lo alto, desplazando a la derruida fortaleza: el de los techos de tejas coloradas cuya suave uniformidad es rota por la cúpula de una iglesia barroca, y que en descenso nos muestra sólo sus calles estrechas con la vestimenta típica de sus habitantes; es el que invita a ser turista desganado, a pasar superficialmente sobre él y solazarse en la belleza de un invernal cielo plomizo”.

Aprovechando la estancia en esa ciudad, el futuro Che visita la catedral, donde admira los cuadros, el altar de plata maciza y la enorme campana de Maria Angola. Asiduo cliente de la biblioteca municipal, allí consulta toda la bibliografía existente sobre los incas y devora ensayos sobre Machu Picchu, lugar al que los dos argentinos han convertido en una obligatoria parada.

Para llegar al sitio sagrado toman un tren que hace todo el trayecto en zigzag. A medida que se asciende, la vegetación se hace cada vez más exuberante. Anotaría acerca de Machu Picchu: “Nos encontramos aquí frente a una pura expresión de la civilización indígena más poderosa de América, inmaculada por el contacto de la civilización vencedora y plena de inmensos tesoros de evocación entre sus muros muertos de aburrimiento de no ser, y en el paisaje estupendo que lo circunda, y le da el marco necesario para extasiar al soñador que vaga porque sí entre sus ruinas”.

El profesor Pesce

Con Granado en balsa. (Foto: Autor sin identificar)

Los dos jóvenes argentinos llegaron a Lima el primero de mayo de 1952. Al futuro Che no le impresionaron las casas coloniales ni el ecléctico estilo arquitectónico que parece invadir la urbe. Más admira la muestra del Museo Arqueológico sobre antiguas civilizaciones peruanas.

Durante su estancia en Lima conoció al médico peruano Hugo Pesce. Eminente especialista en lepra, militante comunista, era también humanista, político y filósofo. Por sus gestiones los dos argentinos trabajaron y tuvieron alojamiento gratis en el leprosorio que él atendía. Como médico y como revolucionario, ejercería una enorme influencia sobre el Che y cuando este, ya en Cuba, publicó uno de sus libros capitales, le envió un ejemplar con una dedicatoria: “Al Doctor Hugo Pesce, que provocara, sin saberlo quizás, un gran cambio en mi actitud frente a la vida y la sociedad, con el entusiasmo aventurero de siempre pero encaminado a fines más armoniosos con la necesidades de América. Fraternalmente Che Guevara”.

Ernesto y Granado partieron de Lima por carretera. En Pucallpa abordaron un lanchón de dos pisos que los transportó gratis por el río Ucayali. En bote alcanzarían su meta, el leprosorio de San Pablo de Loreto. Allí Ernesto y Granados trabajaron en el laboratorio o ayudando en las consultas a pacientes. Se ganaron el cariño de los enfermos, quienes le celebraron al Che su cumpleaños el 14 de junio de 1952.

Ese día el futuro Guerrillero Heroico tuvo una memorable intervención en la que expresó: “Creemos, y después de este viaje más firmemente que antes, que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas. Por eso, tratando de quitarme toda carga de provincianismos exiguos, brindo por Perú y por América Unida”.

De vuelta a casa

Habitación de Ernestito en Villa Nydia, Altagracia, tal como hoy se conserva. (Foto: Autor sin identificar)

Los pacientes y el personal médico les tributaron a los dos argentinos una cariñosa despedida. Les ayudaron a arreglar una balsa a la que una vez remozada le pusieron por nombre Mambo Tambo. Con ella los dos jóvenes, río abajo, llegaron hasta Leticia, en territorio colombiano. Allí entrenaron e integraron un equipo de fútbol de la localidad que resultó triunfador en una corta competición. De Leticia viajaron a Bogotá y constataron la extrema violencia provocada por la represión gubernamental. Se cometían inauditos atropellos contra cualquier ciudadano sospechoso de ser oposicionista.

Ernesto y Granado fueron detenidos por la policía solo por su aspecto. Únicamente la intervención de la embajada argentina les salvó de una condena a prisión. En autobús se dirigieron a Venezuela. Granado obtuvo empleo en un leprosorio. Ernesto, por su parte, regresó a Argentina para terminar sus estudios de Medicina (septiembre de 1952), una petición reiterada por la madre.

Años después el Che, al reflexionar sobre sus viajes, llegaría a la conclusión de que ellos le habían dado la seguridad de cuál iba a ser su destino verdadero: luchar por la definitiva independencia latinoamericana.

Fuentes consultadas

Los libros Notas de viaje, de Ernesto Che Guevara, Mi hijo el Che, de Ernesto Guevara Lynch, y Con el Che por Sudamérica, de Alberto Granado.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García