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Publicado el 14 Abril, 2017 por Redacción Digital en Historia
 
 

Otra atrevida campaña

Bicentenario de la expedición independentista del español Javier Mina y el cubano Joaquín Infante a México.
El independentista español Francisco Javier Mina –junto al cubano Joaquín Infante–, encabezó una expedición para impulsar el movimiento emancipador iniciado por los patriotas mexicanos

El independentista español Francisco Javier Mina –junto al cubano Joaquín Infante–, encabezó una expedición para impulsar el movimiento emancipador iniciado por los patriotas mexicanos

Por SERGIO GUERRA VILABOY*

El 15 de abril de 1817, hace ahora doscientos años, se produjo el desembarco en el entonces Virreinato de Nueva España de la expedición independentista dirigida por el español Francisco Javier Mina –en la que se enroló el cubano Joaquín Infante–, que pretendía dar un nuevo impulso al movimiento emancipador luego de los duros reveses sufridos por los patriotas mexicanos en los años anteriores.

En aquellos momentos el panorama de la lucha independentista era desolador. El 16 de septiembre de 1810 la gesta libertadora de México había comenzado en el pequeño poblado de Dolores cuando un cura revolucionario, Miguel Hidalgo, levantó en armas a los trabajadores de las minas y haciendas, a los campesinos, peones mestizos e indígenas, convertidos en la fuerza motriz de la primera revolución mexicana. Para evitar las imprevisibles consecuencias de esa espontánea y masiva rebelión, el grueso de la elite criolla novohispana terminó aliándose con la burocracia peninsular, el alto clero y los acaudalados propietarios españoles. Desde ese instante, el régimen colonial en México fue sostenido por las propias clases privilegiadas, que suministraron sus mejores cuadros a la oficialidad realista, pues los primeros refuerzos militares hispanos no llegaron hasta 1812.

A pesar del amplio apoyo popular, los insurgentes fueron batidos, a principios de 1811, por el disciplinado ejército realista que supo aprovechar no sólo la desorganización enemiga, sino también las ventajas del armamento, ya que las huestes de Hidalgo solo tenían a su alcance los instrumentos de trabajo, hondas y unos pocos fusiles. Algo parecido sucedió después de la ejecución de Hidalgo, cuando la guerra continuó con mayores éxitos bajo la dirección de su antiguo alumno, y también cura, José María Morelos, quien mantuvo en alto la bandera de la insurrección hasta que fue capturado y fusilado el 22 de diciembre de 1815. A Morelos correspondió proclamar en el congreso de Chilpancingo la independencia de la “América mexicana” el 6 de noviembre de 1813 y, en Apatzingan, su primera constitución (22 de octubre de 1814).

La derrota de Hidalgo y Morelos dejó al Virreinato de Nueva España en una severa crisis ocasionada por la destrucción de los centros productivos, las reformas fiscales de las Cortes y el enorme costo del mantenimiento de un engrosado ejército colonial, el más voluminoso de toda Hispanoamérica. Aunque la guerra había sido ganada a los insurgentes, los cuarenta mil soldados movilizados por los realistas debían soportar la lucha irregular de las guerrillas que combatían en el sur guiadas por el sucesor de Morelos: Vicente Guerrero.

La expedición de Mina

Siempre que los patriotas han querido dejar atrás el status colonial se convierten en enemigos mortales del régimen que los saquea y oprime, como sucedió con el absolutista español Fernando VII.

Siempre que los patriotas han querido dejar atrás el status colonial se convierten en enemigos mortales del régimen que los saquea y oprime, como sucedió con el absolutista español Fernando VII.

Esa era la desalentadora situación de México cuando el 15 de abril de 1817 se presentó en la desembocadura del río Santander (Tamaulipas) el grupo de combatientes comandado por Francisco Javier Mina, un liberal español de 29 años apodado El Mozo, que se había destacado en la guerra contra los franceses y devenido después enemigo mortal del régimen absolutista de Fernando VII.

Exiliado en Francia e Inglaterra, y con cuatro años de prisión en su haber (1810-1814), Mina fue ganado para la independencia americana por otro sacerdote rebelde de la estirpe de Hidalgo y Morelos, fray Servando Teresa de Mier, desterrado a su vez desde 1794 por una encendida arenga iconoclasta.

Como parte de los preparativos, Mina salió de Inglaterra con sus seguidores, el 15 de mayo de 1816, en la fragata Caledonia rumbo a Baltimore, en Estados Unidos, desde donde prosiguió a la República de Haití (27 de septiembre). En Port-au-Prince, gracias al desinteresado respaldo del presidente haitiano Alejandro Petión, pudo reparar el Caledonia y partir el 24 de octubre a la isla de Galveston y Nueva Orleans. Donde reorganizó la expedición con centenares de hombres de diversos orígenes: españoles, franceses, italianos, ingleses, norteamericanos e hispanoamericanos. Entre los nuevos acompañantes estaba el ya veterano revolucionario cubano Joaquín Infante, quien a esa altura, luego de su participación en la abortada conspiración habanera de Román de la Luz en 1810, había sido auditor de Guerra y Marina en Puerto Cabello, a las órdenes de Simón Bolívar durante la primera República de Venezuela (1811-1812), y elaborado e impreso en Caracas una primera constitución para la Isla de Cuba.

En Galveston, Mina consiguió el respaldo de la flotilla del corsario independentista francés Luis Aury, al servicio de los insurgentes mexicanos, y dio a conocer un Manifiesto poco antes de marchar a México. En este histórico documento señalaba en sus partes principales:

“La causa de los americanos es justa, es la causa de los hombres libres, es la de los españoles no degenerados… ¡Mexicanos! Permitidme participar de vuestras gloriosas tareas, aceptad los servicios que os ofrezco a favor de vuestra sublime empresa y contadme entre vuestros compatriotas.

“Si sacrifico mi propia existencia, decid a vuestros hijos en recompensa: esta tierra feliz fue por dos veces inundada en sangre por españoles serviles, esclavos abyectos de un rey, pero hubo también españoles amigos de la libertad, que sacrificaron su reposo y su vida por vuestro bien”.

El Virrey español Apodaca respondió en su proclama del 12 de julio que el “sacrílego malvado enemigo de la religión, traidor a su patria y a su rey” sólo llegaba a México, con la ayuda de extranjeros herejes, a intranquilizar una colonia casi pacificada.

Benemérito de la Patria Mexicana

Tras el desembarco, Mina dejó una reducida guarnición en Soto la Marina –donde permanecieron Mier e Infante– y avanzó con sus fuerzas hacia el interior, poniendo fuera de combate a los efectivos realistas en Valle del Maíz, Peotillos y los Arrastres. Aliado a las guerrillas del insurgente Pedro Moreno, que elevaron sus fuerzas a más de mil hombres, los independentistas se apoderaron del fuerte del Sombrero, hasta que fueron desalojados de allí el 19 de agosto.

Más tarde, al fracasar en un audaz asalto a la villa de Guanajuato, el luchador español tuvo que replegarse al Rancho del Venadito, donde fue sorprendido y hecho prisionero en la madrugada del 27 de octubre. Considerado traidor a España, fue fusilado por la espalda el 11 de noviembre de 1817. Infante y Mier, tuvieron mejor suerte, pues tras ser capturados el 17 de junio de ese mismo año en el fuerte de Soto La Marina –donde el cubano había editado el Boletín de la División Auxiliar de la República y compuesto Canción Patriótica– fueron conducidos prisioneros a la fortaleza de San Juan de Ulúa.

En diciembre de 1817, Infante fue trasladado a La Habana con sus compañeros José Sarda, Francisco Millares y Rafael Castillo, en tránsito a las prisiones de Cádiz y Ceuta, donde serían liberados en 1820 como consecuencia de la revolución liberal de Riego en España. Por su parte, Mier fue remitido por la Inquisición a la fortaleza de La Cabaña en Cuba en mayo de 1820, desde donde escapó a Estados Unidos.

Sin embargo, ni la muerte de Mina, como tampoco la de Hidalgo y Morelos, pudo impedir el inevitable curso de la historia. En 1821, compulsada por las atrevidas campañas militares de San Martín y Bolívar y el inesperado giro liberal de la propia metrópoli, la aristocracia novohispana, que hasta entonces se había mantenido fiel a la metrópoli, se vio obligada a romper los lazos coloniales, pactar con los insurgentes y aceptar la independencia. En 1823, como reconocimiento a su extraordinaria acción, el Congreso Constituyente de los Estados Unidos Mexicanos declaró a Mina “Benemérito de la Patria en Grado Heroico.”

SERGIO GUERRA VILABOY


Redacción Digital

 
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