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Publicado el 19 Mayo, 2017 por Irene Izquierdo en Historia
 
 

Dos Ríos y el Olimpo

Su cuerpo cayó en Dos Ríos, pero el Olimpo se alistó para recibir, como debe hacerse con los hombres de bien, a José Martí, el alma del más grande amigo de los niños, del fundador del Partido Revolucionario, del inspirador de la Guerra Necesaria. El Delegado, espada en mano, había caído para erguirse en la inmortalidad
Dos Ríos y el Olimpo.

Foto: juventudrebelde.cu

Por IRENE IZQUIERDO

Cuando las balas españolas tocaron el cuerpo embravecido del combatiente José Martí, su corcel sintió como un relámpago, la brisa que bañaba al mambí se tornó casi helada y el sol se negó a que las nubes llenaran de sombras el rostro del Apóstol. Mucho había iluminado aquel hombre, y ahora la luz le pertenecía. De cara al sol -como era su voluntad- iba a morir.

Entonces, el Olimpo se alistó para recibir, como debe hacerse con los hombres de bien, el alma del más grande amigo de los niños, del fundador del Partido Revolucionario, del inspirador de la Guerra Necesaria. Aquí, en la tierra, muchos lloraron, aunque el Delegado, espada en mano, había caído para erguirse en la inmortalidad.

Y comenzó a andar para crecer hasta el infinito, sorteando los escollos de la desunión, la deslealtad, la traición…, el olvido. Fue guía de aquellos mambises rehusados a deponer las armas cuando ya la guerra había terminado y el imperialismo yanqui daba el zarpazo para engullirse la fruta madura.

Acompañó por siempre, y alentó en los momentos de mayores angustias, al Generalísimo Máximo Gómez, se mantuvo al lado de Juan Gualberto, su hermano negro. Inspiró la lucha de Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau… y cientos de jóvenes que fueron a él a beber la savia de la Revolución, porque siempre dijo de qué lado está el deber y no de qué lado se vivía mejor.

Por eso llegó la Generación del Centenario. Un grupo de jóvenes guiados por el joven abogado Fidel Castro Ruz, que asaltó los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en la antigua provincia de Oriente, para recordar a todos que Martí estaba presente y que ellos tomaban de su mano la antorcha para encender la pira del triunfo.

La acción no alcanzó la victoria, pero mostró al mundo cuánto estaban dispuestos a hacer los cubanos dignos para romper el yugo. Luego de la prisión en la Isla de Pinos, Fidel marchó al exilio, para continuar guiando la lucha desde México.

Y siguió en la mente y en la acción de los revolucionarios: Tuteló a los expedicionarios en la epopeya del Granma; estuvo en lo más alto de la Sierra Maestra, y también en el llano, junto a los combatientes de la lucha clandestina. Vino en la Caravana de la Victoria, tras el triunfo de Enero de 1959, y sus doctrinas guían los pasos de la Revolución.

Desde el 4 de diciembre último, las cenizas de su mejor discípulo, Fidel Castro Ruz, le acompañan en el cementerio Santa Ifigenia, adonde miles de personas concurren a rendirles homenaje cada día, porque la luz que les ilumina permanentemente, llega desde el Olimpo conquistado, desde la inmortalidad.


Irene Izquierdo

 
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