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Publicado el 10 Mayo, 2017 por ACN en Historia
 
 

Guáimaro, unidad y sacrificio por la Patria

Guáimaro también fue escenario de un hecho de extraordinaria relevancia: el día 14 el patriota camagüeyano Ignacio Agramonte presentó a la Cámara, por encargo de Ana Betancourt de Mora, la solicitud de que se concediera a la mujer en la futura república los derechos que le correspondían

Asamblea constituyente en Guáimaro.Por Lucilo Tejera Díaz

Cuando Carlos Manuel de Céspedes y otros patriotas decidieron el 10 de octubre de 1868 emprender la heroica guerra por la independencia de Cuba contra el poder colonial español, el pequeño poblado de Guáimaro no tenía ninguna relevancia de alcance en la Isla.

En aquel momento era, al decir de los historiadores Desiderio Borroto Fernández y Ricardo Muñoz Gutiérrez, una villa y cabecera del partido pedáneo de su mismo nombre, con una población que pasaba los mil habitantes y una iglesia católica de sólida construcción de tres naves y un reloj público rematando su torre.

El fuerte de la vida económica de sus pobladores se fundamentaba en la ganadería y la agricultura que se practicaba en las numerosas haciendas y estancias de los alrededores, y contaba, además, con más de una docena de tabaquerías. Se decía entonces, afirman los investigadores, que allí se torcía el mejor tabaco de Vuelta Arriba.

Sin embargo, su posición geográfica, a unos 70 kilómetros de la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey) y límite con la región oriental de Cuba, le daba la singularidad de ser punto de unión entre los dos principales territorios alzados en armas.
Esta ubicación y el hecho de que estuviera en poder de fuerzas mambisas desde comienzos de noviembre de aquel año, fue la razón por la cual los líderes de la insurrección escogieron a Guáimaro para reunirse con el fin de acordar y proclamar la Constitución de la República en Armas, la primera en la historia de la nación, y la formación del Gobierno.

El 10 de abril de 1869 dio inicio la asamblea constituyente que sería un momento crucial para unificar criterios sobre cómo llevar adelante la lucha independentista. Ese día se redactó y aprobó la Carta Magna, y en otra sesión se estructuró el gobierno presidido por Céspedes y la Cámara de Representantes.

Guáimaro también fue escenario de un hecho de extraordinaria relevancia: el día 14 el patriota camagüeyano Ignacio Agramonte presentó a la Cámara, por encargo de Ana Betancourt de Mora, la solicitud de que se concediera a la mujer en la futura república los derechos que le correspondían.

En horas de la noche, en una de las tantas reuniones y festejos que se sucedieron a la proclamación de la Constitución, la insigne principeña exclamó:

“Ciudadanos: La mujer, en el rincón oscuro y tranquilo del hogar, esperaba paciente y resignada esta hora hermosa en que una revolución nueva rompe su yugo y le desata las alas… Aquí todo era esclavo: la cuna, el color y el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna peleando hasta morir. Habéis destruido la esclavitud del color emancipando al siervo. ¡Llegó el momento de libertar a la mujer!.”

Parque Constitución, en guáimaro.

Parque Constitución, en Guáimaro.

El mando colonial no soportaba todas aquellas “afrentas” a unos pocos kilómetros de donde estaban sus fuerzas, y alentado por los seguidores más acérrimos de su poder, estaba dispuesto a retomar Guáimaro y echar de allí al Gobierno revolucionario.

En aquel momento no contaba con suficiente tropa para acometer con éxito tal empresa. Sin embargo, hizo creer a la dirección insurrecta que preparaba una fuerte columna de infantería, caballería y artillería para lanzarlas contra el poblado insurrecto.

El general Manuel de Quesada, jefe militar de los independentistas, tampoco tenía hombres y medios suficientes para hacerle frente al supuesto ataque que se preparaba, y decidió, con el total apoyo del Gobierno y de la ciudadanía, incendiar el poblado, como ocurrió el 12 de enero de 1869 en Bayamo, antes que fuera tomado nuevamente por los enemigos.

Un mes después de proclamada de la Constitución, el 10 de mayo, Guáimaro se convirtió en una gran hoguera por la mano de sus propios habitantes y soldados mambises dedicados a prender y extender el siniestro.

Sobrecogidos pero orgullosos del sacrificio patriótico, los pobladores abandonaron la villa en llamas y se fueron a vivir a los campos. El Gobierno se asentó en una hacienda y allí continuó funcionando en campaña.

Complejo monumental Ana Betacourt, en guáimaro.

Complejo monumental Ana Betacourt, en Guáimaro.

Tiempo después, Ana Betancourt rememoraría aquella inolvidable noche cuando, con su esposo y patriota enfermo, se fue a vivir a los bosques: “… todo mi ser se conmueve al recuerdo de aquella noche, noche terrible en que se oían por todas partes el rumor de las llamas y el ruido que producen lo techos y puertas al caer para ser devoradas por las llamas.”

Y José Martí, con si fino tacto por lo sublime, escribiría años más tarde: “… ni las madres, ni los hombres vacilaron, ni el flojo corazón se puso a ver como caían cedros y caobas. Con sus manos prendieron la corona de hoguera a la santa ciudad, y cuando cerró la noche se reflejaba en el cielo el sacrificio…ardía negra, silbaba el fuego grande y puro, y en la Casa de la Constitución ardía más alto y bello.” (, ACN)


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