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Publicado el 28 Junio, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

JOSUÉ, FLORO Y SALVADOR

Tres jóvenes combatientes de 1957

Ante la disyuntiva de relegar sus pasiones de adolescentes, escogieron la patria

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

El estallido de una bomba sería la señal para el inicio de la acción armada con que el Movimiento 26 de Julio pensaba sabotear el acto electorero batistiano, el domingo 30 de junio de 1957. En la vivienda donde se hallaban, Josué País y Floro Bistel escuchaban en la radio el desarrollo del mitin. Pero ya habían transcurrido casi 15 minutos después las cuatro de la tarde y la explosión no se había producido.

Josué llamó a su jefe inmediato superior, Tin Navarrete, quien años más tarde afirmaría en un testimonio: “Le digo que no salga aún”. Siguieron pasando los minutos y no se oía estallido alguno. El joven volvió a llamar a Navarrete pero la línea telefónica estaba ocupada. Entonces Floro y él decidieron actuar.

Otro comando, al cual pertenecían el hoy general Joaquín Quintas Solá y Fernando Tarradel, tomó igual decisión y partieron en busca de un vehículo. En la esquina de Tercera y General Camacho se toparon con un yip en el que viajaban tres esbirros batistianos. Los revolucionarios accionaron sus armas y los tres sicarios cayeron.

Entretanto en el cruce de San Jerónimo y Corona, Floro y Salvador Pascual, el tercer integrante del comando de Josué, incautaron un auto y se trasladaron en él a la casa de Gloria de los Ángeles Montes de Oca, Angelita, de donde sacaron en una sobrecama floreada, una escopeta recortada para Floro y la pistola P-38 de Josué.

Con Salvador al volante, Josué delante y Floro con las tres hijas de Angelita en el asiento trasero, el auto enrumbó por Carnicería hacia el Paseo de Martí. Al llegar a San Antonio, dijo: “Bueno, muchachas, hasta aquí llegó la misión de ustedes, nosotros continuaremos a cumplir la nuestra, pero ustedes tienen que bajarse aquí”. Ellas protestaron, querían seguir con ellos hasta el final, pero Josué, enérgico, las conminó: “Tienen que bajarse aquí, nosotros no tenemos parque suficiente”.

El vehículo, ya sin las muchachas, mientras rodaba por Martí, fue detectado por un carro patrullero. Rápidamente se generalizó la balacera. Un proyectil impactó uno de los neumáticos y el auto de los revolucionarios comenzó a zigzaguear hasta estrellarse contra un almacén de madera. Cuando el comando de Josué pugnaba por salir del carro estrellado, a Salvador lo detuvo para siempre una ráfaga. Floro se parapetó detrás del carro y replicó al fuego enemigo, hasta que un balazo mortal lo alcanzó en la garganta.

Según testimonios del farmacéutico Elio Castro y su padre, Josué fue capturado gravemente herido. “Como queriendo dar una última despedida o aviso, levantó la cabeza…, con los ojos muy abiertos, como para que se supiera que él había quedado vivo”.

Angelita Montes de Oca, quien identificó en el hospital el cadáver de Josué, afirmaría años después: “Tenía heridas en ambos hombros. Su brazo derecho presentaba muchos impactos de bala. Pero lo que más me impresionó fue un tiro que le habían dado en la sien. Sin duda, lo habían rematado”.

Semblanzas

Salvador Pascual.

Salvador .

 

Salvador Pascual era muy popular entre las muchachas. Alegre, jaranero, siempre tenía a mano una frase elegante, a modo de piropo, para halagar a una compañera. Y era tremendo bailador, había ganado concursos de baile en Santiago de Cuba. En el roof garden del hotel Casagranda, la gente hacía coro cuando bailaba.

 

Floro Bistel.

Floro.

Floro Bistel (y no Vistel como algunos escriben incorrectamente) tenía dos grandes pasiones: el béisbol y el boxeo. Cuentan que estaba dotado de una derecha increíble, aunque solo pesaba 140 libras, y que como tercera base era muy buen fildeador. No podía ver abusos y más de una vez se metió en una bronca porque no soportaba ver que uno más grande maltratara a uno más pequeño.

Josué País

Josué.

 

Josué País, dicen, era todo emoción, apuro, pasión. Muy impulsivo al actuar, aunque sagaz y profundo en su pensamiento. A los viejos mambises él le recordaba a José Maceo, el hermano de Antonio. Y Josué a veces se lamentaba de no haber nacido en la época de las cargas al machete. Como su hermano Frank, comprendió que corrían tiempos de guerra necesaria. Y como Salvador y Floro, dejó de asistir a fiestas y bailes porque tenía una cita más importante con la historia. Y ante la disyuntiva de relegar sus pasiones de adolescentes, escogieron la patria.

 

Los niños héroes

Fidel encabezó la firma de la carta que los miembros del Ejército Rebelde le enviaron a Frank con motivo de la muerte de los tres jóvenes combatientes.

Fidel encabezó la firma de la carta que los miembros del Ejército Rebelde le enviaron a Frank con motivo de la muerte de los tres jóvenes combatientes.

Léster Rodríguez, dirigente del M-26-7 en Santiago, fue quien le dio la noticia de la muerte de Josué a Frank, quien en la casa donde se refugiaba estaba oyendo en un gramófono la zarzuela Luisa Fernanda. “Salieron los carros y hay algunos compañeros muertos”, dijo. “Acaba de decírmelo…, Josué”. “Sí”. Frank apagó el tocadiscos y llamó a su otro hermano: ”Te prohíbo que tomes acciones inconsultas, Josué era uno más en el Movimiento, no permitiré que arriesgues la vida de otros compañeros”. Después de colgar no quiso hablar con nadie más y se encerró en su cuarto.

Fidel, Che y los miembros del Ejército Rebelde le enviaron a Frank por aquellos días una carta con motivo de la muerte de los tres jóvenes combatientes. En ella se expresaba: “Si el destino nos lo permite, juntos iremos un día a su tumba, para desearle a él [Josué] y a toda esa legión de Niños Héroes que hemos cumplido con la primera parte de esta lucha y que con la misma entereza y espíritu de sacrificio, nos disponemos a culminar la obra de nuestra generación y teniéndoles a ellos como fiscales supremos de nuestros actos futuros”.

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Fuentes consultadas

Los libros Josué, de Francis Velázquez, y 30 de noviembre y La  clandestinidad tuvo un nombre: David, los dos últimos de la autoría de Yolanda Portuondo.

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Pedro Antonio García

 
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