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Publicado el 30 Agosto, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

BOLIVIA 1967

Cuando la traición acecha

Una delación posibilitó que el Ejército, emboscado en un cruce del caudaloso Río Grande, pudiera masacrar a los integrantes del grupo de Joaquín

El caudaloso Río Grande, de Bolivia. Hacia sus riberas se dirigió el grupo de Joaquín, conducido por la traición. (Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

Puerto Mauricio era, en 1967, un paso de piso firme donde el agua se encajonaba y el Río Grande formaba una media luna franqueada por promontorios de tierra y vegetación de metro y medio de altura. Un sitio ideal para una emboscada, como rápidamente lo entendió el capitán Mario Vargas Salinas, de la 8ª División del Ejército de Barrientos (general golpista que entonces desgobernaba Bolivia). Vargas colocó a sus 41 hombres, armados de M-2 y FAL, a ambas orillas del vado.

A eso de las cinco de la tarde del 31 de agosto, los 10 guerrilleros comandados por Joaquín (el cubano Juan Vitalio Vilo Acuña) marcharon hacia la casa de Honorato Rojas. Este les brindó sopa de harina de maíz, que ingirieron en el patio. Ya al atardecer, el campesino traidor los guio hacia el recodo del río.

Vilo Acuña Joaquín, el jefe del destacamento. (Autor no identificado)

Vilo Acuña Joaquín, el jefe del destacamento. (Autor no identificado)

Con su habitual amabilidad Joaquín se despidió de él, agradeciéndole su colaboración. Años después, Paco (José Castillo, boliviano) relataría que Braulio (Israel Reyes, cubano) fue el primero en entrar al agua, a la que golpeaba con el machete mientras avanzaba. Al llegar a la mitad del vado, llamado erróneamente “del Yeso” en un informe del Ejército de Barrientos sobre los hechos, indicó a los demás que le siguieran. Así lo hicieron Walter (Walter Arancibia, boliviano), Moisés (Moisés Guevara, boliviano), el Negro (Restituto José Cabrera, peruano), Polo (Apolinar Aquino, boliviano), Ernesto (Freddy Mayniura, boliviano), Alejandro (Gustavo Machín, cubano), Paco, Tania (Tamara Bunke, germano-argentina) y Joaquín, quien cerraba la columna.

Una visión premonitoria

El 9 de febrero de 1967, cuando la columna guerrillera era una sola pues la retaguardia no se había separado del destacamento principal, Che envió de exploración a Inti (Guido Peredo, boliviano) y a Ricardo (José María Martínez Tamayo, cubano). Tras hallar a unos niños jugando, enrumbaron a la choza cercana, “de un campesino joven, con seis hijos, el que los recibió muy bien y dio una multitud de datos. En una segunda entrevista, Inti le dijo que era el jefe de la guerrilla”, relataría el comandante Guevara en su diario. En la fecha siguiente escribiría: “El campesino se llama Rojas”.

Che fue a hablar un día más tarde con el campesino, a quien se le presentó como ayudante de Inti. La impresión que le causó Honorato Rojas al Che no fue buena, lo valoró como alguien capaz de ayudar a la guerrilla en un momento, “pero incapaz de prever los peligros que acarrea y por ello potencialmente peligroso. Dio una serie de indicaciones sobre los campesinos pero no se pudo precisar por cierta inseguridad. El Médico (Cabrera) curó a los hijos engusanados y otro pateado por una yegua y nos despedimos”.

De aquel día hubo una constancia fotográfica, cuando el Che accedió a retratarse con dos de los hijos pequeños del luego campesino traidor.

El grupo de Joaquín

Haydée Tamara Bunke, Tania, durante su estancia en Cuba. (Autor no identificado)

Haydée Tamara Bunke, Tania, durante su estancia en Cuba. (Autor no identificado)

Ante el estado de salud de algunos compañeros, como Tania y Alejandro, ambos con fiebre alta, y Moisés, con problemas intestinales, Che decide que Joaquín se separe de la columna principal con un grupo, en el que incluye a cuatro rezagados y probables candidatos a la deserción.

La orden impartida a Vilo era permanecer solos por tres días hasta esperar el regreso del Che, pero el rencuentro nunca se  produjo ante el cerco del Ejército, cuyo alto mando movilizó a miles de efectivos hacia la zona, pertrechados con las armas más modernas, enviadas por los Estados Unidos, que también los proveyó de asesores expertos en contrainsurgencia.

El rencuentro con la retaguardia devino obsesión para el Che. “Todavía no hemos podido hacer contacto con Joaquín”, escribiría en el resumen de abril. Y en mayo: “El punto negativo es la imposibilidad de hacer contacto con Joaquín, pese a nuestro peregrinar por las serranías. Hay indicios de que este se ha movido hacia el norte”.

Gustavo Machín, Alejandro, asumió importantes responsabilidades en las FAR. (Autor no identificado).

Gustavo Machín, Alejandro, asumió importantes responsabilidades en las FAR. (Autor no identificado).

A partir de mayo, la situación se tornaba cada día más difícil para Joaquín y sus compañeros, que burlaban cerco tras cerco sin abandonar la zona acordada con el Che. La deserción de uno de los de la resaca y las informaciones que suministró al ejército provocaron que el grupo de la retaguardia tuviera que arriegarse en nuevas ubicaciones, siempre en la propia zona para facilitar el rencuentro con sus compañeros.

El heroísmo de Serapio

A partir del 2 de junio, después de la emboscada de Peñón Colorado, en la cual perdieron la vida dos valiosos puntales del grupo de Joaquín, Antonio Sánchez Díaz (Marcos-Pinares) y Casildo Condori (Víctor), su situación se hizo insostenible. Más de cinco mil efectivos del ejército boliviano fueron lanzados en su contra.

Vilo tomó la determinación de actuar como destacamento independiente y no insistir en la búsqueda de la columna principal hasta eludir el cerco. Machete en mano, a la vanguardia, Braulio, segundo jefe del grupo, desbrozaba malezas, abría sendas en la selva y junto con sus compañeros, escalaba montañas con cargas de hasta 45 kilogramos a su espalda, pues a algunos, como Serapio Aquino Tudela, se les liberó de llevarlas por su precario estado de salud.

El 8 de julio, en su diario, Braulio consignaba que una avanzada del enemigo sorprendió a las postas. “Abandonamos el campamento pero el Ejército nos siguió”, añadía. En la retirada, Serapio se adelantó en la marcha, cojeando, pues tenía una lesión en un pie. Según testimonio del luego desertor Eusebio Tapia, “al pasar una curva del camino, parece que sintió un movimiento extraño y empezó a gritar: ‘¡El Ejército!, no avancen que hay soldados’ […] Él nos salvó la vida aquel día”.

Israel Reyes Zayas, Aziri en el Congo, Braulio en Bo-livia. (Autor no identificado)

Israel Reyes Zayas, Aziri en el Congo, Braulio en Bo-livia. (Autor no identificado)

Los soldados conminaron a Serapio para que callara, pero como siguió gritando, lo balearon. Continúa relatando Tapia: “Nosotros maniobramos, entramos al monte, dejamos la mayor parte de la carga y retrocedimos unos kilómetros hasta que el río se encajona y no pudimos seguir. Parece que el ejército, por miedo, no avanzó más. Era una compañía de tropas especiales”.

Al amanecer los revolucionarios continuaron loma arriba. Tapia recordaría años después: “Tania caminaba bastante, como todos nosotros”. A peticiones de los compañeros de aligerar su carga, ella se negaba. “Soy una más”, replicaba.

Tapera

Días después, el grupo de Joaquín llegó a las inmediaciones del pequeño poblado de Tapaderilla. La necesidad de buscar alimentos los hizo acercarse a los campesinos. Compraron comida y medicamentos. Como el cerco había quedado atrás, cocinaron y descansaron cerca de un arroyo. Estaban extenuados y demoraron en el lugar más de lo debido, lo que facilitó que fueran detectados por el ejército.

Braulio consignó en su diario: “desde este momento abandonamos la zona y comenzamos a operar por nuestra cuenta. Nos dirigimos hacia la carretera y el 20 [de julio] en el lugar de Tapera, una patrulla del ejército nos sorprendió el campamento, los aguantamos por unas horas y nos retiramos. En ese tiroteo se fugaron Eusebio [Tapia] y Chingolo [Hugo Choque]”.

Cuenta Paco que fue un combate muy duro. A cada grito de la soldadesca exigiendo la rendición, los guerrilleros disparaban y Moisés Guevara les respondía en quechua: “¡Cállense, hijos de puta, si nos quieren, vengan a buscarnos”. A pesar de la situación ventajosa del Ejército, que ocupaba lo alto de la montaña, los revolucionarios detuvieron el avance enemigo, gracias a la bravura y arrojo de Joaquín, Braulio y, sobre todo, de Alejandro.

Hacia Río Grande

Después del combate de Trapera, Joaquín determinó seguir el curso del Ñacahuasú y que sus compañeros aligeraran la carga, conservando solo la comida y el armamento. Hubo momentos en que caminaron seis jornadas sin apenas descansar, rompiendo monte a filo de machete. En la hoja correspondiente al 9 de agosto, Braulio anotó en su diario: “El ejército nos rodea y durante nuestra retirada mataron a Pedro y tomaron la ametralladora calibre 30 que llevaba”.

Moisés Guevara, líder sindical de los mineros boli-vianos. (Autor no identificado)

Moisés Guevara, líder sindical de los mineros boli-vianos. (Autor no identificado)

Según testimonio de Paco, el combate al cual se refiere Braulio acaeció cerca de Monteagudo, al este de Taperillas. Tropas combinadas de la compañía Oxa del regimiento de Campos, la compañía B de la Tercera División y el comando del subteniente Néstor Ruiz detectaron a los revolucionarios cuando ya casi cruzaban la cima de una loma. Uno a uno fueron cruzando un claro, pero Antonio Jiménez Tardío (Pedro, Pan Divino) no podía agacharse porque cargaba la ametralladora 30 e iba casi erguido. El fuego se concentró en su persona y quedó atrás junto con su arma. Walter trató de llegar hasta él pero le fue imposible.

El general boliviano Gary Prado calificó la muerte de Jiménez Tardío como un duro golpe para el grupo de Joaquín. En su libro Cómo capturé al Che, explica: “En su repliegue la ametralladora calibre 30 manejada por Pedro cumplía una importante tarea en retardar el avance de las tropas y permitir así el desprendimiento del resto del grupo que consigue eludir la presión”.

A la muerte de Pan Divino se le agregaron otros males al destacamento de retaguardia: la salud de Alejandro empeoraba cada día; Tania padecía de ulceraciones por las picadas de niguas, a lo que se añadía las llagas producidas por usar botas que no eran de su número; Moisés tenía una muñeca fracturada; Joaquín apenas podía caminar y los únicos zapatos que le servían no soportaban más remiendos. No obstante, el Jefe del destacamento orientó descender al Ñacahuasú y luego, al escuchar noticias del grupo del Che, que marchaba hacia el sur, determinó dirigirse hacia el Río Grande.

Apolinar Aquino, un peón aymará que se graduó de combatiente. (Autor no identificado)

Apolinar Aquino, un peón aymará que se graduó de combatiente. (Autor no identificado)

Braulio, como siempre, marchaba a la vanguardia, seguido por Freddy Maymura, Apolinar Aquino, Walter y Paco. Cerraban la columna Joaquín, Tania, Alejandro, Moisés y el Negro.

La traición

En la tarde del 30 de agosto de 1967, el grupo guerrillero acampó en las cercanías de la pequeña finca de Honorato Rojas. Apremiados por la necesidad de abastecerse de comida y encontrar un lugar seguro, a Alejandro, Moisés Guevara y Walter Arancibia, sus compañeros les encomendaron visitar al campesino para recabar su ayuda.

Ese día Honorato hospedaba en su casa a Faustino García, sanitario de un comando bajo las órdenes del capitán Mario Vargas Salinas, perteneciente a la Octava División del Ejército boliviano. El militar, quien vestía de civil, andaba de exploración por la zona, junto con un cabo y un soldado, con la misión de detectar la presencia de los guerrilleros. Al advertir que tres forasteros se acercaban, escondió su fusil y ante ellos simuló ser un peón enfermo. El hijo mayor del campesino corrió a alertar a los otros dos uniformados para que no se acercaran a la choza. Uno de estos partió enseguida a informar a su superior.

. Restituto José Cabrera (Negro, EL Médico), interna-cionalista peruano.

. Restituto José Cabrera (Negro, EL Médico), interna-cionalista peruano.

Los tres revolucionarios, sin sospechar nada, convinieron la compra de víveres y prometieron enviar de noche al Negro (el doctor José Restituto Cabrera) para que auscultara al supuesto peón. Años después Paco (José Castillo), el único sobreviviente del grupo de Joaquín, les relataría a dos historiadores cubanos que aquella era una noche fría y la luna estaba en cuarto menguante. Joaquín y el médico peruano (Cabrera) fueron a casa de Honorato, según lo convenido. Entretanto Vargas Salinas movilizaba su tropa rumbo a las márgenes del Río Grande, adonde el campesino traidor ya había planeado llevar a los insurgentes.

El crimen

Cuando Braulio alcanzó la otra orilla, comenzó la balacera. Walter, Moisés y Alejandro fueron literalmente acribillados. Braulio, herido, logró accionar su ametralladora. Una ráfaga enemiga lo silenció para siempre. Tania tomó en sus manos el M-1 pero recibió un impacto en el pulmón y la corriente arrastró su cuerpo. El Negro trató de salvarla y nadó desesperadamente hasta darle alcance. Cuando comprobó que estaba muerta, la acercó a la orilla y se dejó llevar río abajo hasta la confluencia con el Palmarito. Días después sería aprehendido y asesinado.

Joaquín, al conseguir salir del río, cayó ante el fuego cruzado procedente de ambas márgenes. Según un testigo, “caminaba con dificultad cuando lo vi caer. Los soldados no dejaban de dispararle por la espalda y el frente”. Apilaron su cuerpo con los de Braulio, Moisés, Alejandro y Walter. Todavía algunos agonizaban y fueron rematados. Al día siguiente encontraron el cadáver de Apolinar. Una semana más tarde, el de Tania, a orillas del Río Grande.

Ernesto y Paco fueron tomados prisioneros. La soldadesca comenzó a injuriarlos y maltratarlos. El primero no pronunció ni una palabra cuando le exigieron que identificara a sus compañeros muertos. Como le creían cubano, le dijeron que gritara “¡Viva Bolivia!”, lo que hizo, pero cuando le conminaron a que diera vivas al Ejército, contestó con una mala palabra. Tras una brutal golpiza, le dispararon a los brazos. Luego, a matar. Solo sobrevivió Paco.

Foto del Che con los dos pequeños hijos de Honorato Rojas. (Autor no identificado)

El régimen tiránico que desgobernaba Bolivia pagó a Honorato Rojas su traición con una pequeña finca en Guabirá, aparte de incluirlo en el escalafón de servicios de las Fuerzas Armadas. A los soldados que perpetraron la matanza, la primera dama de la república les entregó, a manera de felicitación, un paquete con una lata de leche condensada, cuatro panes, una cajetilla de cigarros, fósforos, una hoja de coca, sobre, papel y un bolígrafo.

Un día después de la matanza, la columna principal del Che llegó a la zona. Él consignaría en su diario: “Caímos en cuenta de que estábamos en el arroyo de casa de Honorato […], se tomó la casa que estaba vacía, pero se había aumentado en varios barracones para el ejército, a la sazón abandonadas. Encontramos harina, manteca, sal y chivos”.

Lugar donde cayera heroicamente el combatiente boliviano Serapio Aquino. (Autor no identificado).

Lugar donde cayera heroicamente el combatiente boliviano Serapio Aquino. (Autor no identificado).

Cuando se retiraron por la madrugada hacia los chacos, como habían encontrado fuego encendido cuando llegaron, Che decidió dejar una emboscada en la casita, a cargo de Miguel (Manuel Hernández Osorio, cubano) y Coco (Roberto Peredo, boliviano), a la vez que dejaba una posta a la entrada del camino.

Dio resultado. Primero se tomaron prisioneros a cuatro arrieros y luego a otros dos, presumiblemente colaboradores del Ejército. A un soldado, que cabalgaba confiado junto a ellos, se le mató el caballo pero el uniformado pudo escapar. Che decidió abandonar el lugar. Se les dejó ir Masicuri arriba a los prisioneros.

Los guerrilleros cruzaron el vado y acamparon en una senda de vacas para esperar el día. Consignaría Che en su diario el 2 de septiembre: “la radio trajo una noticia fea sobre el aniquilamiento de un grupo de diez hombres dirigidos por un cubano llamado Joaquín”.

Río Grande, Bolivia.

Río Grande.

Fuentes consultadas

Los libros Seguidores de un sueño, de Elsa Blaquier; Tania, la guerrillera inolvidable, de Ulises Estrada; De Nacahuasú a La Higuera, de Adis Cupull y Froilán González. El Diario del Che en Bolivia. Ilustrado. El suplemento periodístico Tras las huellas del Che en Bolivia (La Razón, 8 de octubre de 1996). Testimonios ofrecidos por José Castillo Paco, a Presencia (2 de agosto de 1996) y a la periodista Vania Solares Maymura (Econoticiasbolivia.com, 2006)


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García