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Publicado el 22 Septiembre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

DE GUATEMALA A LA HABANA

Guerrillero rebelde

Para ser revolucionario hay que tener revolución, escribió una vez, y se fue con Fidel a hacerla a la Sierra Maestra

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA/Fotos: Archivo de BOHEMIA

Si los viajes por América Latina fueron creciendo y agigantando su modo revolucionario de pensar, su estancia en Guatemala consolidó su firme antimperialismo. Che llegó a esa nación cuando el gobierno de Jacobo Árbenz ganaba cada día más popularidad y en Washington crecía la preocupación.

Prefigurando a Girón, una brigada mercenaria, organizada por la CIA, invadió el país, apoyado por aviones yanquis, los cuales, como relatara el joven Ernesto, “pasaron por sobre la ciudad ametrallando gente y objetivos militares”.

El ejército constitucional se doblegó ante la brigada de la CIA y obligó a Árbenz a dimitir. Che amargamente afirmaría: “Era necesario luchar, pero casi nadie luchó. La resistencia debió ser implementada pero casi nadie quiso hacerlo”.

Y a la madre escribió: “Los yanquis han dejado definitivamente la careta que les había puesto Roosevelt y están haciendo tropelías y media por estos lados”. Años después concluiría así este capítulo de su vida: “En Guatemala, la Guatemala de Árbenz, me di cuenta de una cosa fundamental, para ser médico revolucionario o para ser revolucionario, lo primero que hay que tener es revolución”.

México

Cuando Fidel se preparaba para salir de la carcel mexicana le dice: Yo no te dejo.

Cuando Fidel se preparaba para salir de la carcel mexicana le dice: Yo no te dejo.

En el Distrito Federal el joven Che se encontró casualmente con Ñico López, su amigo cubano de los días de Guatemala, quien con otros moncadistas se había alojado en un hotel de la calle Insurgentes adonde el Che acudió varias veces para departir con ellos. El otro punto de reunión era la casa de María Antonia González, una patriota cubana residente en la ciudad.

Tanto Ñico como sus compañeros comentaron con el joven Ernesto sobre la personalidad de Fidel y el programa político que dio a conocer en su alegato de autodefensa conocido como La historia me absolverá. Por ellos supo que ante la imposibilidad de desarrollar una oposición legal contra la tiranía, el Jefe de los moncadistas planteaba la lucha armada como única opción.

En casa de María Antonia, un apartamento de la calle Emparán número 49, Raúl le presenta el Che a Fidel. El joven argentino narraría ese momento en sus Pasajes de la guerra revolucionaria: “Recuerdo que nuestra primera discusión versó sobre política internacional. A las pocas horas de esa misma noche –en la madrugada–, era yo uno de los futuros expedicionarios”.

Che escribiría a su compañera y luego esposa Hilda Gadea: “Tenía razón Ñico cuando nos dijo que si algo bueno se ha producido en Cuba desde Martí es Fidel Castro, él hará la revolución. Concordamos profundamente, solo a una persona como él estaría dispuesto a ayudarla en todo”.

Fidel solicitó al general republicano español Alberto Bayo que asumiera la preparación militar de los futuros expedicionarios. En el entrenamiento se destacó el joven argentino al que luego el peninsular llegaría a calificar como su mejor alumno.

Por intrigas de la tiranía batistiana, las autoridades mexicanas arrestaron a un grupo de jóvenes involucrados en los planes insu-rreccionales de Fidel, a quienes internaron en la prisión Miguel Schultz. En los interrogatorios el Che se declaró marxista leninista y sostuvo el derecho de los pueblos a la insurrección.

Campañas de solidaridad con los detenidos, encabezadas por el general Lázaro Cárdenas, expresidente mexicano, lograron la liberación de casi todos, menos del Che, sobre quien pesaba una posible deportación.

Fidel gestionó con abogados y personalidades políticas de la na-ción hermana para lograr la excarcelación del médico argentino. Una y otra vez el líder de la Revolución Cubana le reiteraba: “Yo no te abandono”. Y al final se logró su libertad.

El 25 de noviembre de 1956 Che partió con Fidel y sus compañeros en el yate Granma hacia Cuba. Y a su madre escribiría por aquellos días: “Esta carta saldrá cuando las papas quemen de verdad y entonces sabrás que tu hijo, en un soleado país americano, se puteará a sí mismo por no haber estudiado algo de cirugía para ayudar a un herido. […] Y la lucha será de espalda a la pared, como en los himnos, hasta vencer o morir’’.

En Cuba

Fidel y Che en la Sierra Maestra.

Fidel y Che en la Sierra Maestra.

Atrás quedó el desembarco, más bien un naufragio, en los mangles del Guacanayabo, la dispersión de Alegría de Pío, el recorrer durante días con Almeida, Ramiro, Camilo y otros compañeros, parajes inhóspitos bajo el acoso de la soldadesca asesina y la aviación; y los ataques de asma, esa compañera inseparable que nunca lo abandonó en su vida, ni antes ni después de la guerrilla.

Supo de la hospitalidad campesina y presenció la creación del Ejército Rebelde con sobrevivientes de la expedición y serranos que se les sumaron. Al Fidel estructurar la guerrilla, lo ubicó en el Estado Mayor junto a Faustino Pérez, quien al ser enviado a La Habana a reorganizar el trabajo clandestino, le dejó su fusil de mirilla.

En Buenos Aires los familiares carecían de noticias suyas. Cierta prensa había publicado que en la expedición del Granma iba un agente comunista argentino, de pésimos antecedentes y expulsado de su país. “El apellido, por supuesto, es Guevara”, consignaba en su diario de campaña.

El 31 de diciembre, la familia recibía una extraña carta, que reflejaba su humor típico: “Queridos viejos: Estoy perfectamente, gasté solo 2 y me quedan cinco. Sigo trabajando en lo mismo, las noticias son esporádicas y lo seguirán siendo, pero confíen en que Dios sea argentino. Un gran abrazo a todos, Teté”.

Fidel tenía pensado, desde el encuentro de Cinco Palmas, en llevar a cabo una acción militar exitosa que diera a conocer nacionalmente que la guerrilla sobrevivía pujante. Tras documentarse con los campesinos de la zona, definió el objetivo de la acción a emprender: el cuartel de La Plata e inició el combate (17 de enero de 1957) con dos ráfagas de ametralladora, seguidas por todos los fusiles disponibles, luego ordenó incendiar un rancho aledaño al cuartelito.

El Guerrillero Heroico ayudó a Luis Crespo en la encomienda del Jefe rebelde. Tras rendirse la guarnición, el combatiente se transformó en médico: curó heridas y aplicó torniquetes a la tropa enemiga. Los revolucionarios no sufrieron ni un rasguño.

“Este fue el primer combate victorioso de los ejércitos rebeldes; en este y el combate siguiente, fue el único momento de la vida de nuestra tropa donde nosotros hayamos tenido más armas que hombres”, concluiría en uno de sus libros.

“Ponle comandante”

Primera foto del Che en la Sierra, en la imagen aparece entre Fidel y Frank.

Primera foto del Che en la Sierra, en la imagen aparece entre Fidel y Frank.

Tras el asalto y toma del cuartel de La Plata continúa el aprendizaje guerrillero del médico argentino que poco a poco se va trasmutando a combatiente. Vendría entonces el combate de Llanos del Infierno contra una tropa enemiga en movimiento, a la cual se le destruyó su vanguardia. Conocería de la traición de quien se decía amigo de los rebeldes y se dejaba sobornar por el asesino Casillas Lumpuy, al que delataría la ubicación de los guerrilleros, lo cual permitió su localización por la aviación batistiana.

Ante la llegada de un refuerzo de 50 combatientes enviados por Frank País, en marzo –y de sucesivas incorporaciones de campesinos, además de un importante alijo de armas, también remitido por el revolucionario santiaguero–, en mayo, Fidel decidió acometer una acción de mayor envergadura. El objetivo, el cuartel del Uvero.

La victoria en este combate (28 de mayo de ese año), que en opinión del Che marcaba la mayoría de edad de la guerrilla y acrecentó enormemente la decisión y las esperanzas de triunfo, permitió al líder de la Revolución la creación de una segunda columna cuya jefatura se le encomendaría al médico argentino, ya devenido en ejemplo de combatiente.

Por aquellos días en Santiago de Cuba había ocurrido la muerte de tres jóvenes en un desigual encuentro con la policía, entre ellos Josué, el hermano menor de Frank País, a quien los rebeldes le enviaron una carta de pésame en la que a la vez se le hacía un gran reconocimiento a su labor revolucionaria.

Che relataría años después: “Al poner los cargos de los firmantes, Fidel ordenó simplemente: Ponle comandante, cuando se iba a poner mi grado. De ese modo informal y casi de soslayo, quedé nombrado comandante de la segunda columna del ejército guerrillero, la que se llamaría número 4 posteriormente […].

“La dosis de vanidad que todos tenemos dentro, hizo que me sintiera el hombre más orgulloso de la tierra ese día. El símbolo de mi nombramiento, una pequeña estrella, me fue dado por Celia, junto con uno de los relojes pulseras que habían encargado a Manzanillo. Con mi columna de reciente formación, tuve como primera tarea la de tender un cerco a Sánchez Mosquera, uno de los más tenaces, agresivos y sanguinarios jefes del ejército enemigo”.

Rápidamente se propuso establecer la disciplina en la tropa bajo su mando, formar cuadros y crear un Estado Mayor para asegurar el éxito en nuevos combates. Años después, uno de los fundadores de aquella columna, Rodolfo Vázquez, recordaría ante un periodista: “Lo primero que hacemos es una práctica de tiro y solo Ciro Redondo aprueba… El Che, con esa ironía tan suya, nos dijo que éramos una tropa lista para el combate”.

Otro fundador, Orestes Guerra, afirmaría: “Sin armas, descalzos, casi desnudos, los compañeros que se habían quedado en la columna de Fidel bromeaban con nosotros, nos llamaban ‘los descamisados del Che’, ‘el desalojo campesino’, imagínate”.

Según testimonios de Vázquez y Guerra, las armas con las que contaba la Columna 4 eran bastante deficientes. Lo mejor que tenían era el Garand de Orestes y el Springfield de Walfrido Pérez. A los fusiles Mendoza se les caía la pieza de abajo cada vez que disparaban. Otro combatiente, Manolo Espinosa, tenía que amarrarse la escopeta a la mano.

Para los días cercanos al 26 de julio, Che esbozó un plan que incluía la toma de las Minas de Bueycito, que ya el ejército no custodiaba, donde dejaría una retaguardia al mando de Juan Vitalio Vilo Acuña. El grueso de la tropa marcharía hacia el poblado, donde Ramiro Valdés rodearía el cuartel y Ciro Redondo atacaría por el frente.

El plan no se cumplió cabalmente, como luego el propio Jefe de la Columna 4 explicaría, porque los rebeldes no conocían bien el terreno. Un guardia dio la alarma al descubrirlos y se generalizó. En medio de la balacera, se oyó la explosión de la voladura del puente sobre el río, ejecutada por Cristino Naranjo. El combate duró 20 minutos y la mitad de la guarnición del cuartel resultó herida por los disparos rasantes del pelotón de Ramiro Valdés, de participación destacada en la acción. Se capturaron 17 fusiles y abundante parque.

Che, con su espíritu autocrítico de siempre, escribió a Fidel: “Mi estreno como comandante fue un éxito desde el punto de vista de la victoria y un fracaso desde el punto de vista organizativo. A pesar de todo, tomamos el cuartel”.

El 29 de agosto un campesino le informaba al Che que una numerosa tropa batistiana se preparaba para subir a la Sierra por el camino que conducía a El Hombrito.

En un lugar llamado Pinar Quemado, a unos kilómetros de su campamento, desplegó la emboscada. Situó al pelotón de Lalo Sardiñas por el trillo que bordeaba la loma. Ciro Redondo los atacaría en una forma oblicua y el propio Che, al frente de un grupo de tiradores, daría la orden de fuego, mientras que el pelotón de Ramiro Valdés chocaría de frente  con el enemigo. Al disparo de Che se generalizó el tiroteo.

Israel Pardo y Joel Iglesias avanzaron sobre el enemigo con sus infantiles armas, describe el Guerrillero Heroico, mientras las es-copetas de los tiradores hacían un ruido infernal aumentando el desconcierto de los guardias. Rodolfo Vázquez también avanzó decidido y se apropió del arma de un soldado herido.

Che calificaría años después en uno de sus libros capitales a este combate de pequeña victoria, pues solo se había capturado un arma con la pérdida de un combatiente, aunque pudieron detener una poderosa compañía enemiga pertrechada para la guerra moderna con ametralladoras, bazucas y morteros, mientras los rebeldes solo contaban con escopetas y otras armas medianamente eficaces.

El Hombrito

Más que su compañero de alegrías y de victorias, Camilo Cienfuegos fue su hermano, como dijera el Che.

Más que su compañero de alegrías y de victorias, Camilo Cienfuegos fue su hermano, como dijera el Che.

En octubre de 1957, ya las condiciones de la lucha guerrillera permitían una vida sedentaria en una zona más o menos amplia no ocupada por el ejército, el cual ni siquiera intentaba incursionar en ella. Che entonces sienta en el valle de El Hombrito las bases del primer rudimento de actividad industrial dentro del Ejército Rebelde, que incluía panadería, talabartería e incluso, una armería que fabricó un lanzagranadas serrano. En esta zona se fundaron también un hospital, una escuela y una barbería.

La llegada desde La Habana de dos estudiantes universitarios permitió que con un mimeógrafo traído del llano se tiraran los primeros números de El Cubano Libre. Así daba continuidad a aquel periódico mambí que en dos momentos de nuestra historia habían fundado Carlos Manuel de Céspedes y Antonio Maceo.

Che escribiría años después: “Mandamos a preparar una inmensa bandera del 26 de Julio que tenía un lema: Feliz año 1958, la que fue puesta en una de las lajas cimeras de El Hombrito para que, incluso, fuera vista en las poblaciones de las Minas de Bueycito, mientras recorríamos la zona para ir sentando una autoridad real sobre ella”.

A pocos meses de iniciada la lucha armada, en 1957, Che solicita al Movimiento 26 de Julio el envío de los equipos necesarios para instalar una emisora radial en la Sierra. Eduardo Fernández, técnico de radio y combatiente clandestino en Bayamo, se entrevista con el Che y el 16 de febrero de 1958 llega a la comandancia en La Mesa con la planta transmisora. El 24 de febrero de 1958 se realizó cerca de la casa de Conrado, un campesino colaborador del Ejército Rebelde, la primera transmisión oficial, con Luis Orlando Rodríguez como director de la emisora, denominada Radio Rebelde, y Orestes Valera, Ricardo Martínez, Violeta Casals y Jorge Enrique Mendoza en la locución.

Por las ondas de Radio Rebelde escuchó el pueblo cubano por vez primera la voz del Che.

La ofensiva batistiana

La tiranía, envalentonada con el fracaso de la Huelga del 9 de abril, creyó llegado su momento y con su pretendido Plan Fin de Fidel organizó una descomunal embestida contra los rebeldes. El ya Comandante en Jefe de todas las fuerzas del Movimiento 26 de Julio le expuso al Guerrillero Heroico su plan de que se hiciese cargo de la escuela de reclutas de Minas del Frío con vistas a prepararlos ante la ofensiva enemiga que se avecinaba. Le encomendó también la atención a los preparativos para la defensa del sector occidental del territorio rebelde.

Alternando emboscadas escalonadas con la guerra de posiciones, los rebeldes resistieron los ataques de unos 10 000 soldados, pertrechados con morteros, tanques y aviación, y los diezmaron. Fidel, que le ordenó al Che la defensa de la Sierra desde Purgatorio hasta Mompié incluyendo Minas del Frío, afirmaría años más tarde que durante la ofensiva, este había fungido, de hecho, como segundo jefe del frente.

Tras dos meses y medio de duro batallar, el ejército de la tiranía sufrió una contundente derrota. Al hacer un balance final sobre estos hechos, Fidel subrayaba que era obligado destacar, en primer lugar, el papel desempeñado por Che y Camilo, quienes cumplieron cabalmente con su papel de ser sus principales lugartenientes en diferentes momentos. No es de extrañar que al concebir su plan de tres campañas militares simultáneas, una en Oriente, bajo su mando directo, y las otras dos en las  regiónes central y occidental, tuviera en mente para estas últimas precisamente a estos dos comandantes: el Guerrillero Heroico y el Señor de la Vanguardia.

La Campaña de Las Villas

El ejército batistiano, al decir del Che, salió con su espina dorsal rota de esta postrera ofensiva sobre la Sierra Maestra, pero aún no estaba vencido. De ahí lo importante de consolidar un frente de guerra en la antigua provincia de Las Villas que actuara bajo un plan y mando únicos con el fin de batir sistemáticamente al  enemigo en esa región.

Los 34 días del paso de la columna del Che por las hoy provincias de Camagüey y Ciego de Ávila, resultaron difíciles y complejos. Solo en dos jornadas pudieron utilizar medios de transporte en cortos tramos. Al llegar a suelo espirituano, se encontraron que campeaba la falta de unidad entre las fuerzas antibatistianas, debido fundamentalmente a la actitud autoritaria del llamado Segundo Frente Escambray (SFE), con dirigentes más proclives a luchar contra las fuerzas revolucionarias que contra la tiranía.

Desde su arribo al macizo Trinidad-Sancti Spíritus, Che comenzó a reunirse con las organizaciones revolucionarias que tenían guerrillas en las montañas. Salvo con el SFE, que mantuvo una estúpida arrogancia, coordinó acciones con las del Directorio Revolucionario, Partido Socialista Popular (PSP) y las del M-26-7 provincial para expulsar al enemigo de los cuarteles de la serranía a fin de asegurar un territorio libre donde asentar la base de operaciones del futuro Frente.

Con ese propósito, tomó el cuartel de Güinía de Miranda (26 de octubre) y acosó al de Banao desde el 12 de noviembre hasta que el enemigo decidiera por fin abandonarlo. A mediados de noviembre, el Frente tenía ya su comandancia en Caballete de Casa con las instalaciones fundamentales para asegurar las acciones combativas, al igual que hiciera un año antes en El Hombrito, cuando asumió la jefatura de la Columna 4.

Ante estos éxitos el ejército batistiano reunió unos 1 000 hombres, armados de ocho tanques, carros artillados, bazucas, morteros y otros materiales bélicos, aparte del apoyo aéreo, para batir a los rebeldes. El comandante Guevara solo podía contar con 150 efectivos con armamento diverso y poco parque, pero las valiosas informaciones del movimiento clandestino en las ciudades le alertaron de la ofensiva rival y pudo estructurar una sólida defensa en el territorio libre.

La ofensiva batistiana contra la zona de El Pedrero se estrelló contra la estrategia del Che, basada en emboscadas escalonadas donde primó una correcta elección de los puntos de resistencia, aunque otros factores, como la heroica actitud de los combatientes y la incondicional ayuda campesina también coadyuvaron al triunfo.

Una vez consolidada la unidad revolucionaria con la firma del Pacto de El Pedrero entre el M-26-7 y el DR –y al cual se adhirió días después el PSP–, se dio comienzo a la Campaña de Las Villas. Ya para el 24 de diciembre de 1958 los rebeldes habían tomado Fomento, Sancti Spíritus, Guayos, Cabaiguán, Manicaragua y Placetas, entre otras localidades, mientras Camilo acosaba continuamente el cuartel de Yaguajay e innumerables poblados estaban sitiados. Che decidió entonces tomar la capital provincial.

La batalla de Santa Clara

Para librar esta acción, el Guerrillero Heroico disponía de unos 300 rebeldes armados. Dispuso que Víctor Bordón se acantonara en el municipio de Santo Domingo y detuviera allí cualquier posible refuerzo que pudiera venir desde La Habana. Una parte de los comandos del Directorio atacó el Escuadrón 31 de la Guardia Rural. Che irrumpiría en la ciudad por la carretera de Camajuaní, mientras Camilo continuaba acosando el cuartel de Yaguajay y Faure Chomón tomaba Trinidad.

La táctica usada por el comandante Guevara consistió en tomar primero los objetivos que se hallaban fuera de los límites del cuartel Leoncio Vidal, principal fortaleza de la urbe. Por otra parte el famoso tren blindado enviado por Batista había quedado atrapado en las lomas del Capiro y cuando intentó retroceder, se descarriló. La captura de su arsenal por los rebeldes (29 de diciembre), prácticamente decidió la batalla.

Entre los días 30 y 31 fueron cayendo en poder de los rebeldes la Estación de policía, el cuartel de Vigilancia de carreteras y el Gobierno Provincial; luego, ya en 1959, el Escuadrón 31, el aeropuerto, el Grand Hotel y por último el cuartel Leoncio Vidal.  Para entonces, Camilo había tomado Yaguajay y Faure, Trinidad.

La victoria en la batalla de Santa Clara sumada a los éxitos de la Campaña de Oriente, dirigida por Fidel, posibilitaron el derrumbe de la tiranía. Ante la posibilidad de un golpe militar que escamoteara al pueblo su triunfo, el líder de la Revolución convocó a la huelga general y ordenó a Che y a Camilo partir inmediatamente hacia La Habana.

La misión del Che fue ocupar la Fortaleza de La Cabaña, lo que realizó sin disparar un tiro. Allí estableció su campamento y recibió a los periodistas que solicitaron entrevistarlo. Uno de ellos le preguntó sobre su futuro. “Yo no tengo planes, solamente los que determine el pueblo de Cuba”.

Tiempo después, en horas de la madrugada del 8 de febrero, recibió una notificación de Luis Buch, secretario del Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario, quien lo citaba con urgencia a su despacho. Al informársele del acuerdo del Consejo de Ministros, que al reformar el artículo 12 de la Ley Fundamental le concedía la ciudadanía cubana por nacimiento, en reconocimiento a sus indiscutibles méritos en la insurrección, el Che lo estimó inmerecido.

“Solo he luchado en Cuba como lo hubiera hecho en cualquier otra parte del mundo, por la libertad de un pueblo”, dijo. Buch le argumentó: “Un honor de tal magnitud no puede rehusarse, pues sería un desaire al pueblo de Cuba y al Gobierno Revolucionario”. El Che, emocionado, lo abrazó. Juntos entraron al salón donde todavía estaba el Consejo de Ministros en pleno y recibió la congratulación de los presentes. Hubo quien le pidió que dijera unas palabras, pero el Guerrillero Heroico prefirió no hablar. Así era de modesto y sencillo.

Fuentes consultadas

  • Los libros Otra vez y Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara, y La guerra de liberación nacional en Cuba 1956-1959, de Mayra Aladros, Luis Rosado y Servando Valdés. El diario de campaña del Che 1956-1958. Testimonios ofrecidos por Luis Buch al autor de este trabajo.

Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García