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Publicado el 29 Septiembre, 2017 por Luis Toledo Sande en Historia
 
 

La dicha de la virtud

Donde convergen luchadores que perduran y guían

El Che en plena lucha guerrillera (1958), junto al retrato de Martí creado por Jorge Arche. Aunque no es una buena foto, la reproducimos por su valor histórico.

Por LUIS TOLEDO SANDE

El 28 de enero de 1960, aniversario 107 de José Martí, pronunció Ernesto Guevara el conocido discurso en que le rindió homenaje. Estaban en plenitud la euforia por el triunfo revolucionario alcanzado en 1959, y el reconocimiento merecido por su protagonista, el Ejército Rebelde, en el cual el orador había ganado el grado de comandante, el más alto entonces en la Cuba revolucionaria.

Sin haber estado antes en esta tierra, se había unido en México a la vanguardia que sería núcleo fundador de la guerrilla revolucionaria –los futuros expedicionarios del yate Granma–, emergió de la contienda como el legendario Che y se le otorgó la ciudadanía cubana. Era natural que el auditorio lo saludara dándole vivas. Pero, lejos de aceptar el merecido recibimiento, lo rechazó: “Hoy se cumple un nuevo aniversario del natalicio de José Martí, y antes de entrar en el tema quiero prevenirles una cosa: he escuchado hace unos momentos: ¡Viva el Che Guevara!, pero a ninguno de ustedes se le ocurrió hoy gritar: ¡Viva Martí!… y esto no está bien…”.

A la concurrencia, en la que abundaban niños y adolescentes, le explicó: “Y no está bien por muchas razones. Porque antes que nacieran el Che Guevara y todos los hombres que hoy lucharon, que dirigieron como él dirigió; antes que naciera todo este impulso libertador del pueblo cubano, Martí había nacido, había sufrido y había muerto en aras del ideal que hoy estamos realizando”.

Puesto que “Martí fue el mentor directo de nuestra Revolución”, no proponía un homenaje pasatista, y se refirió a la lucha armada en cuyos inicios su máximo guía, Fidel Castro Ruz, proclamó a Martí como el autor intelectual. En el discurso –citado aquí por su edición en Siete enfoques marxistas sobre José Martí (La Habana, 1978 y 1985)–, el Che recordó que el Maestro pertenecía a todos los pueblos de nuestra América, y llamó a seguirlo por la luz que continuaría aportando.

Sin limitarse a fechas

Reclamó el Che que se rindiese diariamente a Martí un homenaje digno de la norma de conducta que trazó el propio Apóstol: “Hacer, es la mejor manera de decir”. Consciente de que no fue un ser común a quien sería fácil imitar, puntualizó: “Y no todos, ni muchos –y quizás ninguno– pueda ser Martí, pero todos podemos tomar el ejemplo de Martí y tratar de seguir su camino en la medida de nuestros esfuerzos”. Fue lo que la nueva vanguardia revolu-cionaria se planteó hacer en Cuba: “‘Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar’, decía Martí, y así mismo, interpretando sus palabras, lo hicimos nosotros”.

Apreció el Che que las lecciones martianas estaban vivas para todo cuanto habría –y hay– que seguir haciendo: “Martí nos enseñó esto a nosotros también. Nos enseñó que un revolucionario y un gobernante no pueden tener ni goces ni vida privada, que debe destinarlo todo a su pueblo, al pueblo que lo eligió, y lo manda a una posición de responsabilidad y de combate”. La pauta no quedaba en las alturas de lo inalcanzable: “también cuando nos dedicamos todas las horas posibles del día y de la noche a trabajar por nuestro pueblo, pensamos en Martí y sentimos que estamos haciendo vivo el recuerdo del Apóstol”.

Ganas dan de seguir escrutando el llamamiento del comandante a guiarse por el “Martí que habla y que piensa hoy, con el lenguaje de hoy, porque eso tienen de grande los grandes pensadores y revolucionarios: su lenguaje no envejece. Las palabras de Martí de hoy no son de museo, están incorporadas a nuestra lucha y son nuestro emblema, son nuestra bandera de combate”.

Pero resulta más fértil leer directamente el discurso. Texto y hechos iluminan la afinidad entre el dirigente de la liberación nacional para quien la justicia estaba del lado de los humildes, y el luchador que, en esa senda, para el siglo siguiente podía y debía abrazar el socialismo como aspiración cardinal. Hoy ambos aparecen hermanados no precisamente por similitudes doctrinarias, aunque también las tengan. Los hermana, sobre todo, su abrazo de la ética como norma de vida. Esa es la mayor raíz de su capacidad de irradiación, de lo que continúan enseñando para los afanes justicieros.

Siguieron una convicción que el primero expresó en esta máxima: “Nada es un hombre en sí, y lo que es lo pone en él su pueblo”. Dieron prueba de humildad, de sincera modestia; pero solo personas de su altura integral tienen derecho a sostener un juicio semejante, pues –hombre o mujer–  seres humanos como ellos son los que tienen hombros y corazón para cargar con las esperanzas y las misiones que todo un pueblo les confíe.

Sentimientos de amor

Virtudes como la capacidad de sacrificio y la austeridad no fueron para ellos condena que sufrir, y menos aún poses para anotarse méritos: fueron actos de servicio a la humanidad. El Martí que en uno de sus cuadernos de apuntes escribió: “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver”, estampó en su carta del 25 de marzo de 1895 una proyección de sí mismo válida también para definir al Che: “Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”.

El Che avaló, en términos precisos, la importancia del amor en los revolucionarios. Su convicción niega de raíz tergiversaciones dolosas vertidas sobre su sentido de la intransigencia en la lucha contra los enemigos de los pueblos. Describiendo una realidad más que expresando un deseo contrario a su complexión humana, en su Mensaje a la Tricontinental (reunión celebrada en enero de 1966) mencionó “el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

De algún modo hace recordar lo escrito por Martí en su artículo Federico Proaño, periodista: “Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos en el goce de la tierra trabajada,–y de su idea libre, que ahorra sangre al mundo,–si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño a un lado, o se le abre en dos, y se pasa: y así se entra, por sobre el hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino. El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre”.

Tampoco Martí defendía la violencia por la violencia, sino la indispensable. Sentía orgullo de no hallar en su vida ningún acto ni palabra de odio, y reprobaba a “los odiadores”, porque comprendía que “el odio no construye”. Lo sostuvo en crónica del 23 de mayo de 1882 para La Opinión Nacional, de Caracas.

El parentesco, también en ese sentido, que tuvo con Martí el Che lo intuyó Fina García Marruz en el conmovido y conmovedor Responso que le dedicó a este con motivo de su asesinato en Bolivia: “La ‘fría máquina de matar’ anotaba con letra menuda los cumpleaños de sus amigos en su diario de guerra./ La ‘fría máquina de matar’ que no disparó a los dos soldados enemigos porque estaban dormidos, y un hombre dormido es como un niño”.

En el Che que en El socialismo y el hombre en Cuba (1965) declaró que “el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, la poeta halla la ternura que lo acerca al Martí que vivió el amor como energía revolucionaria, título de uno de los libros que ella escribió acerca del Apóstol.

Con pulso popular

A lo largo de su vida fraguó ideas y protagonizó actos que nutren el internacionalismo revolucionario. Su trayectoria y sus ideas ratifican la noción de humanidad con que asumió sus deberes patrióticos en relación con el mundo. En diciembre de 1876, en México, escribió: “en tanto dure mi peregrinación por la ancha tierra,–para la lisonja, siempre extranjero; para el peligro, siempre ciudadano”, y en la sección En casa del periódico Patria del 26 de enero de 1895, afirmó: “Patria es humanidad”, y plasmó el nexo cardinal por el que una y otra son inseparables.

En Martí, quien representó a Argentina y otros pueblos no solo en las funciones consulares que desempeñó, alientan valores que el Che cultivará en la lucha internacionalista. No es casual que al honrarlo en 1960 cite su discurso del 26 de noviembre de 1891 en Tampa: “De todas las frases de Martí, hay una que creo que define como ninguna el espíritu del Apóstol. Es aquella que dice: ‘En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre’”.

Al salir de Cuba para combatir por la liberación de otros pueblos, el guerrillero internacionalista –así lo plasmó en su carta de despedida a Fidel Castro–  disfrutaba “la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté, esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura”. El día antes de morir en combate, Martí confesó que contra ese sistema opresor había dirigido todo cuanto había hecho y haría.

Junto a esa raigalidad revolucionaria se aprecia entre Martí y el Che una apreciable afinidad temperamental, asociada a la causa común con los pobres de la tierra. En lugar de hábitos de casta –se glosa aquí el discurso de Martí en honor de Bolívar el 28 de octubre de 1893– abrazaron “la fuerza moderadora del alma popular”.

Servidores del pueblo

La lealtad a la ética que puede llevar a la muerte, nunca al abandono de las ideas justas, la mostraron ambos al discrepar de compañeros de filas y –sobre todo– en la lucha contra el enemigo. En ello tuvieron su mayor satisfacción, cultivada hasta con la voluntad confesional por la que Martí daba cuenta de sus actos. En Versos sencillos proclamó: “Yo soy bueno, y como bueno/ Moriré de cara al sol”. El Che hizo otro tanto en su pasión por la rectitud.

Martí, de vida forzosamente itinerante, halló su gran maestro americano en Simón Bolívar. Esa continuidad también está presente en el Che andador que buscó pueblos para servirles, y encontró inspiración decisiva en el Fidel Castro, de fibra asimismo bolivariana, que tuvo en Martí a su gran mentor.

En la historia de nuestra América, de Cuba en particular, Martí y el Che se ubican en la estirpe que, a juicio del primero, encarnaron Carlos Manuel de Céspedes con el ímpetu y el arrebato, e Ignacio Agramonte con la virtud y la purificación. Esas cualidades emancipadoras retratan al propio Martí y al Che que reconoció en él a un revolucionario imperecedero.

En sentirse servidores del pueblo, no seres con derecho especial a ser servidos, radicó una de las grandes lecciones de Martí y el Che para los revolucionarios de su tiempo, de hoy y del porvenir. Martí escogió vivir pobremente cuando pudo haberse enriquecido; vestía indumentaria raída y calzaba zapatos rotos mientras acopiaba los fondos para organizar la guerra necesaria.

Tenía fuerza moral para sostener que servir a la patria no autoriza a aprovecharse de ella, ni siquiera en el cultivo de la gloria personal, porque en la patria no se ha de buscar pedestal para sí, sino el modo de sacrificarse por ella, y esta –escribió a Máximo Gómez el 20 de octubre de 1884– “no es de nadie: y si es de alguien será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”. En Nuestra América (1891) postuló necesario luchar no solo contra “los intereses” de los opresores, sino también contra sus “hábitos de mando”.

El Che, otro ejemplo de honradez, exigía que los responsables de administrar bienes públicos los asumieran como propios, no para beneficiarse con ellos, sino para asegurar que se les diera el destino social debido. Sostenía –con palabras y, ante todo, con su propio ejemplo– que un funcionario no tenía derecho a apropiarse de nada, aunque se tratase de algo que pudiera parecer insignificante. La corrupción suele no llegar a la cabeza sin antes infectar los pies, ¡y las manos!

Satisfacción mayor

En la lucha contra la opresión dieron Martí y el Che lecciones medulares. Tan necesarias como esas son hoy las que aportaron para combatir el individualismo y la corrupción, y para cultivar la equidad social. Esta no se debe confundir con el igualitarismo al que cabe echar mano para legitimar desigualdades injustas.

Contra el pragmatismo, que a menudo se las arregla –o se las arreglan sus gurúes– para pasar por sentido práctico necesario, y puede abonar aberraciones, sigue viva la luz de Martí y del Che. El primero, al hablar el 10 de octubre de 1890 en la conmemoración del levantamiento de 1868, sostuvo que “el verdadero hombre, el único hombre práctico”, no era el que cedía a las conveniencias y se rendía a los obstáculos que le salieran al paso, sino aquel “cuyo sueño de hoy será la ley de mañana, porque el que haya puesto los ojos en las entrañas universales, y visto hervir los pueblos, sabe que el porvenir, sin una sola excepción, está del lado del deber”.

Lo sembrado por Martí en el artículo Maestros ambulantes (mayo de 1884) sirve para valorarlo a él mismo y al Che. Tras decir: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso” y “Ser culto es el único modo de ser libre”, sostuvo: “Pero en lo común de la naturaleza humana se necesita ser próspero para ser bueno”.

Ni él ni el Che –ni otros grandes revolucionarios– personificaron “lo común de la naturaleza humana”, sino lo extraordinario. Como dirigentes, sabían ineludible contar con lo común y mayoritario, pues no todo el mundo tiene igual capacidad de sacrificio. Pero legaron el ejemplo de quienes saben que la mejor y más perdurable prosperidad no es la material, sino esa que, desde la satisfacción de necesidades básicas y el cultivo de la riqueza espiritual, proporciona el bienestar del alma.

Tal fue la actitud protagonizada por Martí al sentir la dicha grande que experimentó al desembarcar en suelo cubano para participar en la guerra, capítulo de su vida en que confesó haberse sentido plenamente hombre. Fue asimismo la del Che que, luego de contribuir al triunfo revolucionario en Cuba, partió a luchar en otras tierras del mundo, y afrontó la muerte con la entereza con que lo hizo también Martí. Ambos viven.

 


Luis Toledo Sande

 
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