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Publicado el 28 Septiembre, 2017 por Raul Medina Orama en Historia
 
 

Palabras íntimas del héroe

Con sus padres a su llegada a La Habana en 1959.

Por RAÚL MEDINA ORAMA

Luego vendrían los días inciertos en que cayeron, como de un collar de trágicas cuentas, la tormenta, el salitre, el fuego y el plomo. La hostilidad de la sierra y la ayuda de los serranos. Y el hambre también, tenaz compañera. Más adelante la leyenda del rebelde implacable, que sería el héroe en la boca de los niños de todo un país, cada mañana.

A contrapelo del homenaje sincero, existiría la figura de mercadeo estampada en camisetas y en el discurso de los falsos revolucionarios. Se convertiría en un mito moderno y duradero, incombustible, ese muchacho que escribe una carta a don Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna, para que no se preocuparan sus “queridos viejos”, en México, el 6 de julio de 1956, en la prisión migratoria de la calle Miguel Schultz.

Con Aleida March y sus hijos, en abril de 1965 antes de su partida para el Congo.

Quien garabatea unas hojas ha sido prendido junto a Fidel Castro y otros jóvenes que preparan un movimiento armado. En la misiva, pensada para esclarecer a la familia sobre su paradero reciente, y sobre la resolución que lo llevará a una empresa de incierto destino, dice: “…mi futuro está ligado a la liberación cubana. O triunfo con ella o muero allá”.

Es asombrosa la biografía del médico argentino desde entonces, aunque antes de salir para la Isla su vida tampoco había sido, ni de cerca, una existencia ordinaria. Ernesto Guevara había recorrido primero su país y luego América Latina entre 1950 y 1953, periplos en los que conoció la diversidad de la región, sus riquezas y miserias, y arraigó su conciencia política en posiciones de izquierda.

Tal vez por eso, poco antes de subirse al pequeño yate Granma, no consideraba la probable muerte como una frustración: “Por la vida he pasado buscando mi verdad a los tropezones y ya en el camino y con una hija que me perpetúa [se refiere a su primogénita Hildita, con la peruana Hilda Gadea] he cerrado el ciclo”. Termina el mensaje a sus padres con unos versos de su admirado poeta turco Nazim Hikmet, que ya anuncian proféticamente su insatisfecha hambre de alcanzar la justicia para todos, en todas partes: “solo llevaré a la tumba/la pesadumbre de un canto inconcluso”.

Che no volvería a ver a sus padres hasta enero de 1959, cuando se había convertido en un fuerte, aunque enjuto, comandante. Su estampa –cuya descripción pudiera parecerle al lector contradictoria– era el resultado de “una voluntad pulida con delectación de artista”, como él afirmaría. El suyo era un cuerpo maltrecho –“piernas flácidas y unos pulmones cansados”– cocido con nervios de acero.

Hacía más de seis años que el rebelde faltaba al hogar natal. El vínculo familiar se alimentaba con esquelas enviadas desde disímiles lugares. La añoranza por los suyos era tanta que al inquirir un periodista cuál había sido el momento más emocionante de su vida de guerrillero, respondió: “Cuando oí la voz de mi padre en el teléfono, que hablaba desde Buenos Aires”.

Hacia un hogar cubano

El día del reencuentro en el aeropuerto, al Che lo acompañaba una muchacha rolliza, de agraciado perfil: su ayudante Aleida March. Así don Ernesto y doña Celia conocieron a quien compartiría con su hijo el último hogar del que se despediría, para internarse en las selvas a luchar por los pobres de la tierra.

La joven maestra había subido a las montañas del Escambray en diciembre de 1958, con un cinturón de 50 000 pesos que recaudó el Movimiento 26 de Julio en las ciudades. El ya legendario comandante de la Columna 8 primero la recibió con frialdad, porque creía que aquella no era una situación para que estuviera una mujer. A ella le pareció que era un hombre mayor, a pesar de sus 30 años, con un modo particular de mirar.

La cercanía y el afecto entre Guevara y Aleida March respiraron entre el humo de los bombardeos y las balaceras, durante los combates del frente de Las Villas y la ofensiva final en los que cayeron como fichas de dominó las ciudades y poblados de la provincia.

Los gestos simples en medio de la guerra alimentaron el vínculo. Che le susurra un poema al oído cuando tomaban la localidad de Fomento; en Santa Clara, ella le da un pañuelo negro de seda para que lo use de cabestrillo en la mano herida; una tanqueta del ejército de Batista peina con plomo las calles de la capital provincial, y ambos temen por la suerte del otro; cuando maneja, el guerrillero le pide con sorna que le arregle el cuello de la camisa o que lo peine. Mientras se dirigen a La Habana a la definitiva toma del poder, le confiesa que la quiere.

El triunfo revolucionario, por fin, les permite el enlace final. Che esperó a escribirle a su primera esposa Hilda Gadea oficializando la separación, para hacerle notar a Aleida que contraerían matrimonio. La boda se celebró el 2 de junio de 1959 y aunque el argentino-cubano prefería abstenerse de una fiesta, Raúl Castro y Vilma Espín –entre otros confabulados– la organizaron en secreto. Fidel llegó bromeando con que no lo invitaron y firmó como testigo. Aquellos días fueron la felicidad.

Sin embargo, el trabajo y las tensiones no cesan, menos ahora. Che y la parte más radical del proceso maniobran constantemente para no ceder terreno a las tendencias moderadas, se reúnen en secreto para elaborar proyectos fundamentales como la Reforma Agraria.

El tierno vínculo entre el padre y su primogénita Hildita es evidente en esta imagen de 1960.

Aleida es testigo, compañera, y además funciona como un severo rompeolas para el aluvión de admiradores, personalidades y periodistas que pretenden reunirse con su marido, quien sería –luego de jefe en la fortaleza de la Cabaña y del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de la Reforma Agraria– presidente del Banco Nacional, Ministro de Industrias, y siempre tribuno de la Revolución en el escenario diplomático internacional.

Luego de la guerra, cuando el país se construye, la bisoña pareja que intenta levantar familia propia, anda ambulante antes de su emplazamiento definitivo en una casa de Nuevo Vedado. Hoy radica allí un centro de estudios dedicado a preservar celosamente el legado guevariano.

“[Che] había acumulado una apetencia de hogar terrible”, recuerda Aleida sobre aquellos días. En los breves años fuera del combate militar, el Guerrillero Heroico tiene una pareja de perros con la que gusta jugar: Muralla y la hembra Socorro. Se levantaba alrededor de las nueve o diez de la mañana, desayunaba un café amargo y una porción de flan de leche, de los dulces más apetecidos por él. Por último, tomaba agua gaseada en una copa verde.

Solía trabajar en su despacho, ubicado en la planta alta del inmueble. Allí disfrutaba organizar sus libros más preciados, entre estos El ciervo, que le enviara autografiado el poeta español León Felipe. También leyó, además de a Carlos Marx y Vladimir Lenin, a Goytisolo, Pío Baroja y a Papini. Entre sus anotaciones para después quedó Lezama Lima.

Muchos de sus volúmenes conservan marcas personales, acotaciones y comentarios, pues siempre tuvo fuerte vocación intelectual, verificable desde aquellos apuntes que a los 17 años realizara para escribir un diccionario filosófico, empeño que nunca abandonó. Él era el primero en asimilar la verdad que a modo de broma le escribiera a Armando Hart en 1965, al proponerle un antidogmático plan de estudios sobre el pensamiento filosófico: “[…] ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar”.

Resulta pasmosa la capacidad de trabajo de Ernesto Guevara. Su intenso desempeño y falta de ambición por acrecentar el patrimonio propio, no encajan en la idea tradicional de la familia burguesa. Sin embargo, a la par de todas sus obligaciones con el nuevo Gobierno, y el compromiso por extender la lucha guerrillera y la revolución, preservó un amor profundo para su estirpe, tanto para la parte que lo había despedido en Argentina, como la fundada en Cuba.

Se puede comprobar en su profusa correspondencia. Desde los diferentes países que visitaba para lograr alianzas y compartir la experiencia de la Isla, solía enviar postales y cartas.

Una anécdota: en 1960, mientras se encontraba en China, recibió la noticia del embarazo de Aleida. Deseaban un varón y acordaron nombrar Camilo a su primogénito cubano, pero al conocer que sería hembra telegrafió desde Shanghái un chiste de los suyos: “tírala del balcón”. Cuando regresó, la esposa no quería dejarlo entrar a su habitación. Él preguntaba por su hija y ella lo mortificaba diciéndole que había seguido sus órdenes. Uno de los pocos recuerdos del Che que conserva quien fuera aquella niña –nombrada como su madre– es que todas las noches iba a darle un beso apretado en cada mejilla.

Camilo llegaría, al fin, en mayo de 1962. Luego Celia (junio de 1963) y por último Ernesto (febrero de 1965), cuando el padre andaba por Argelia. A ellos y a su primera hija, Hildita, les remitía misivas y postales que en ocasiones incluían dibujos de animales e historias inventadas por él.

Despedidas

En el año 1965 –en su carta de despedida a Fidel–, se conoce su renuncia formal a los cargos en el Gobierno revolucionario para reiniciar la lucha armada en América del Sur. Como no estaban reunidas las condiciones, de acuerdo con Fidel decide ir a África, al Congo, donde la Agencia Central de Inteligencia (CIA) había asesinado a Patricio Lumumba.

La noticia de su partida tomó por sorpresa a Aleida March, un domingo en la mañana, cuando el revolucionario no asistió al trabajo voluntario y decidió tomarse algunas fotografías con los niños. Otro legado dejó: varias cartas para sus seres queridos y cintas magnetofónicas donde grabó poemas amados que recitó a su Aleida. “Solo para ti”, escribió en el paquete.

Desde entonces, la historia íntima de ambos se tejió a través de cíclicas despedidas, porque cada mensaje o encuentro clandestino –como aquellos en Tanzania o Praga– podría ser el último contacto. El 2 diciembre de 1966, en el campamento guerrillero de Ñancahuazú, en Bolivia, Ernesto Guevara –alias Che, Tatu, Ramón…– escribió la postrera carta que recibiera su esposa.

Con sus padres a su llegada a La Habana en 1959.

“Te podría decir que te extraño hasta el punto de perder el sueño […]. Pero hay días en que la morriña avanza incontenible y se posesiona de mí. […] no sabes cómo extraño tus lágrimas rituales, bajo un cielo de estrellas nuevas que me recordaba lo poco que le he sacado a la vida en el orden personal…”, le escribió.

Cuatro meses después comenzaron los combates con el ejército boliviano. El 8 de octubre de 1967 el Guerrillero Heroico fue capturado en la Quebrada del Yuro. Al día siguiente lo asesinaron por orden de la CIA.

Se cumplía así el destino esbozado en aquella misiva que enviara a sus padres desde México. Resignados a la estatura de su hijo, don Ernesto Guevara y doña Celia de la Serna esta vez no se asombraron con su decisión de partir del hogar cubano, cuando leyeron en 1965: “Queridos viejos: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo”.

Fuentes consultadas

Mi hijo el Che (Ernesto Guevara Lynch), Evocación (Aleida March) y Mis sueños no tendrán fronteras (compilado por María del Carmen Ariet). Entrevista a Aleida Guevara March Nunca vi a mis padres besándose, publicada el 22 de noviembre de 2011 en la web Ocean Sur.

 


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama