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Publicado el 6 Septiembre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Terrorismo en La Habana

Estado en que quedó el lobby del hotel Copacabana después de perpetrado el acto terrorista. (Foto: Juventud Rebelde).

Estado en que quedó el lobby del hotel Copacabana después de perpetrado el acto terrorista. (Foto: Juventud Rebelde).

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA
Fotos: Archivo de BOHEMIA

En los recuerdos del periodista, era una magnífica mañana la del jueves 4 de septiembre de 1997. En ese año, el curso escolar había comenzado el primer día del mes por lo que desde el amanecer, niños y jóvenes marchaban apurados hacia sus escuelas. Hombres y mujeres iniciaban sus jornadas laborales, mientras millares de vacacionistas foráneos disfrutaban de las playas cubanas, desafiando al todavía inclemente sol veraniego.

El joven italiano de 32 años Fabio Di Celmo tenía a las nueve de la mañana de aquel día una reunión de negocios en La Habana Vieja. Al demorarse por problemas en el tráfico, canceló la cita y se dirigió al hotel Copacabana, donde su padre, Giustino, había alquilado una habitación.

Desde allí se comunicó telefónicamente con dos amigos suyos de la infancia, Enrico Gallo y Francesca Argeli, quienes estaban en Cuba de luna de miel, precisamente porque el propio Fabio los había convencido de que era un buen lugar para iniciar la vida de casados.

Fabio Di Celmo con su madre. (Foto: Granma)

Fabio Di Celmo con su madre. (Foto: Granma)

Giustino, quien permanecía en la habitación, oyó a su hijo proponerle a los dos jóvenes verse en el lobby bar del hotel para decidir el lugar donde almorzarían juntos, a manera de despedida, ya que la pareja tenía pasajes de regreso a Italia para las tres de la tarde. Era ya mediodía cuando el Di Celmo más joven partió al encuentro de sus amigos. Fue la última vez que su padre lo vio con vida.

Entretanto, el mercenario de origen salvadoreño, Ernesto Cruz León, contratado por el terrorista Luis Posada Carriles, se agazapaba en un baño del hotel Copacabana para activar una potente bomba. En ese momento no le atormentaban las consecuencias de sus actos, solo pensaba en el dinero que iba a recibir. Además, como había oído decir al “combatiente por la libertad” Orlando Bosch, autor intelectual del sabotaje al avión cubano en Barbados y compinche de Posada, todo aquel que represente al régimen comunista cubano, sea deportista, músico, personal de salud o discapacitado, debe ser castigado.

Fabio, con pasos rápidos, llegó al lobby bar, donde ya los dos jóvenes lo aguardaban. Los huéspedes comenzaron a invadir los salones del hotel, el lobby bar se fue llenando de comensales. En su habitación, Giustino escuchó una explosión. A los pocos minutos le telefonearon desde la carpeta del hotel para decirle que su hijo se hallaba gravemente herido y lo trasladaban a la Clínica Central Cira García, junto con el matrimonio que lo acompañaba, quienes habían salido ilesos. Sin perder tiempo, se dirigió inmediatamente al centro hospitalario. Un galeno le comunicó que Fabio había fallecido.

Ernesto Cruz León prosiguió su macabra misión. Tras abandonar el Copacabana, hizo escala en el Chateau-Miramar, donde repitió la operación. En el Neptuno-Tritón, se sentó en un sofá. Frente a él un adolescente y dos niñas se acomodaron en unos asientos. El terrorista deslizó la bomba en el piso, detrás del espaldar, y al incorporarse, sintió la mirada escrutadora del suspicaz adolescente. De prisa salió del hotel, alquiló un taxi y pidió que lo llevaran al Floridita.

Cruz León oyó en el auto el estallido de las tres bombas. El chofer especuló: “Están dinamitando unas rocas por ahí cerca para construir otro hotel”. El mercenario ensayó una sonrisa ante la ingenuidad del taxista.

En el Neptuno-Tritón, el adolescente suspicaz comunicó sus sospechas a los empleados del hotel. Se dio la alarma y desalojaron el local. Minutos después estalló la carga explosiva. Solo se reportaron pérdidas materiales, pero la descripción minuciosa del adolescente y las niñas permitieron hacer el retrato hablado del terrorista, lo que luego facilita su detención.

Dos décadas antes, Posada Carriles había reconocido públicamente, junto con su compinche Orlando Bosch, la autoría intelectual del sabotaje en pleno vuelo de un avión cubano en Barbados.(Foto: BOHEMIA)

Dos décadas antes, Posada Carriles había reconocido públicamente, junto con su compinche Orlando Bosch, la autoría intelectual del sabotaje en pleno vuelo de un avión cubano en Barbados.(Foto: BOHEMIA)

Al ser capturado por las autoridades cubanas, el mercenario Cruz León delató sus conexiones con Luis Posada Carriles, lo que a nadie extrañó, ya que el connotado terrorista había declarado una vez: “Con cualquier hecho dentro del territorio cubano en contra el régimen de La Habana, me responsabilizo totalmente”. Dos décadas antes, había reconocido públicamente, junto con su compinche Orlando Bosch, la autoría intelectual del sabotaje en pleno vuelo de un avión cubano en Barbados, que ocasionó la muerte de 73 civiles, entre ellos el equipo cubano de esgrima que acababa de imponerse arrolladoramente en un centroamericano de ese deporte en Venezuela. .

Un reportero le preguntó por aquellos días si lamentaba lo de Fabio Di Celmo: “Es triste de que alguien haya muerto, estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado”. Y a The New York Times declaró no tener remordimientos por tantas víctimas sobre su conciencia: “Duermo como un bebé”.

En el cementerio de Arenzano, Génova, en la lápida de una tumba, persiste una perenne denuncia: “El 4 de septiembre de 1997, una bomba asesina de un mercenario salvadoreño apagó la vida del joven Fabio Di Celmo”. Inicialmente, se leía “una bomba americana asesina”, pero las autoridades italianas exigieron que se omitiera el gentilicio.
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Fuentes consultadas
El libro El muchacho de Copacabana, de Acela Caner. El texto periodístico “Fabio Di Celmo, ¿culpable por amar a Cuba?”, de Pedro A. García (periódico Granma, 4 de septiembre de 2015).


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García