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Publicado el 20 Octubre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1927

Abel, generosidad e intrepidez

Así definió Fidel al segundo jefe del Movimiento en las acciones del 26 de julio de 1953, cuyo nacimiento hace 90 años conmemoramos ahora
Para Fidel, Abel era “el alma del Movimiento”. (Foto: Autor no identificado)

Para Fidel, Abel era “el alma del Movimiento”. (Foto: Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

Reunidos en la Granjita Siboney, en vísperas del asalto al cuartel Moncada, solicitó a sus compañeros que le asignaran la posición de más alto riesgo, la toma de la posta 3. Fidel no estuvo de acuerdo, arguyó que la vida de un compañero como Abel Santamaría, segundo al mando en el Movimiento, debía preservarse por si él, como jefe, caía en combate. Disciplinado, aceptó entonces encabezar la retaguardia en el antiguo Hospital Civil Saturnino Lora.

Ya en la madrugada del 26 de julio de 1953 Fidel arengó a los combatientes: “Podrán vencer dentro de unas horas, o ser vencidos, pero de todas maneras, óiganlo bien compañeros, este Movimiento triunfará […] ¡Jóvenes del centenario del Apóstol, como en el 68 y el 95, aquí en Oriente, damos el primer grito de Libertad o Muerte!”.

A continuación Abel se dirigió por última vez a sus compañeros: “Es necesario que todos vayamos con fe en el triunfo; pero si el destino es adverso estamos obligados a ser valientes en la derrota, porque lo que pasó allí se sabrá algún día y nuestra disposición de morir por la Patria será imitada por todos los jóvenes de Cuba. Nuestro ejemplo merece el sacrificio y mitiga el dolor que podamos causarles a nuestros padres y demás seres queridos. ¡Morir por la Patria es vivir! ¡Libertad o Muerte!”.

Siempre encontraba respuesta en Martí

Quienes le conocieron solían recordarlo como un muchacho más bien rubio, de ojos claros y pelo lacio que llevaba casi siempre despeinado. Usaba espejuelos con armadura de carey. Era alto, robusto, de cuello y hombros anchos, tez blanca con tonalidades rosadas.

La familia Santamaría Cuadrado. De pie, Abel, Haydée, Aldo y Aida. Sentados, los padres Benigno y Joaquina. Entre ellos, recostada en un brazo del sillón, Ada. (Foto: Autor no identificado)

La familia Santamaría Cuadrado. De pie, Abel, Haydée, Aldo y Aida. Sentados, los padres Benigno y Joaquina. Entre ellos, recostada en un brazo del sillón, Ada. (Foto: Autor no identificado)

Abel Benigno Santamaría Cuadrado nació el 20 de octubre de 1927 en el central Constancia, municipio de Encrucijada, en la actual provincia de Villa Clara. Era el cuarto hijo de un matrimonio de inmigrantes españoles. Le precedían sus hermanos Haydée, Aida y Aldo. Ada era la menor de los cinco.

Según su hermana Haydée, “era un muchacho muy estudioso y aunque tenía ideas que pudiéramos llamar –o llamábamos en aquel momento- de izquierda, encontraba siempre respuesta en Martí […] en Martí estudiaba, leía a Martí, y a través de Martí fue buscando otras cosas que ya no trataban solamente de su patria o de América Latina. Quería saber algo más de otros continentes. Entonces leyó a Lenin y a Marx”.

Cuando algunos teóricos trataban de convencerlo de que en el país no había condiciones para una revolución radical, él les replicaba: “Nosotros formaremos las condiciones y las seguiremos haciendo nosotros o las harán otros. Pero lo que sí no podemos seguir tolerando es decir que en Cuba nada merece la pena, que hay que tratar de vivir lo mejor posible, que todos los cubanos son miserables y no merecen nada”.

Siempre subrayaba la necesidad de que todos los cubanos supieran leer y escribir. Cada vez que pasaban por la entonces primera fortaleza de la Isla, el cuartel de Columbia (hoy centro escolar Ciudad Libertad), le decía a Haydée: “Cuando esto esté convertido en escuela y aquí haya miles de niños y no miles de soldados, todo andará bien, no puede andar mal”.

Fidel, quien había designado a Abel segundo jefe de la organización que llevó a cabo los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes y a la que sus miembros denominaban simplemente “el Movimiento”, lo caracterizó como el más valiente, recto y honesto de los integrantes de la Generación del Centenario. “El más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la Historia de Cuba”, añadía sobre él en su alegato La Historia me absolverá, y en varias ocasiones lo calificó como “el alma del Movimiento”.

En La Habana

En 1947 Abel se trasladó a la capital con el fin de matricular por oposición en la Escuela Profesional de Comercio y, por la misma vía, en el Instituto Nº 1 de Segunda Enseñanza (hoy Preuniversitario José Martí). Al finalizar el segundo año tuvo que empezar a trabajar como oficinista en la Textilera Ariguanabo, y posteriormente en la agencia representante en Cuba de los automóviles Pontiac, en la que llevaba la contabilidad y la caja.

El edificio donde vivieron Abel y Haydée, tal como era en 1953. (Foto: Autor no identificado)

El edificio donde vivieron Abel y Haydée, tal como era en 1953. (Foto: Autor no identificado)

El buen sueldo de este último empleo le permitió alquilar el pequeño apartamento 603 del edificio de la calle O #164 en el Vedado, traer a vivir con él a su hermana Haydée y adquirir a crédito un automóvil de uso. No continuó la escuela de Comercio pero asistía al curso nocturno de bachillerato en el Instituto.

El mismo año en que se estableció en La Habana, el senador Eduardo Chibás fundó el Partido del Pueblo Cubano (PPC-Ortodoxo) para combatir la corrupción de los gobiernos auténticos. Los hermanos Santamaría se identificaron con los postulados de esa organización política y militaron en su sección juvenil. No es de extrañar que se opusieran decididamente al golpe de Estado perpetrado por Fulgencio Batista y su camarilla el 10 de marzo de 1952.

Meses antes de la asonada batistiana, Abel había conocido a Jesús Montané –otro futuro moncadista-, quien trabajaba como contador en un taller ubicado en la calle 25 casi esquina a Hospital, a media cuadra del centro laboral del joven villaclareño (hospital entre Humboldt y 25), primeramente, y luego en el edificio Ambar Motors (23 e Infanta). Coincidieron mientras transitaban por esas calles o merendaban y tomaban algún refrigerio en el bar Detroit (Humboldt y Hospital). Montané frecuentaba entonces el apartamento de 25 y O y llevó allí a Raúl Gómez García, el poeta de la Generación del Centenario.

Librero vitrina del apartamento de los hermanos Santamaría, que hoy se conserva en la Casa Museo de 25 y O

Librero vitrina del apartamento de los hermanos Santamaría, que hoy se conserva en la Casa Museo de 25 y O

Con ellos dos, Haydée y un pequeño grupo de compañeros, Abel comenzó a imprimir el periódico clandestino Son los Mismos, en el que fustigaban a la tiranía. El 1º de mayo de 1952, al rendirle homenaje en el Día de los Trabajadores en su tumba del Cementerio Cristóbal Colón a Carlos Rodríguez, un obrero asesinado en el anterior gobierno, precisamente por el Jefe de la Policía que la tiranía batistiana había nombrado al usurpar el poder, Montané propició el encuentro de Abel y Fidel.

Nació de inmediato una profunda amistad, cimentada por la coincidencia de criterio sobre la lucha armada cómo única vía para derrocar al régimen tiránico y realizar una revolución agraria antiimperialista que lograra la justicia social para todos.

Por sugerencias de Fidel, Son los Mismos sustituyó a El Acusador, el 1º de junio de 1952. De sus tres números, el último se distribuyó el 16 de agosto de ese año en la peregrinación al Cementerio Colón con motivo del primer aniversario de la muerte de Chibás. Ese día la Policía incautó la imprenta de la publicación y detuvo a varios de sus realizadores, Abel entre ellos.

Obras Escogidas de Lenin, propiedad de Abel, .que hoy se conserva en la Casa Museo de 25 y O. (Foto: Autor no identificado)

Obras Escogidas de Lenin, propiedad de Abel, .que hoy se conserva en la Casa Museo de 25 y O. (Foto: Autor no identificado)

A partir de entonces, el joven villaclareño colaboró estrechamente con Fidel en la labor de organizar el Movimiento, el cual tenía carácter secreto y selectivo y una estructura celular muy compartimentada. Participó en todas las líneas de actividad y organización de las células, en la movilización de los grupos hacia las manifestaciones en la calle, el adiestramiento militar, la búsqueda de recursos económicos y compra de armas, uniformes, en la transportación de los hombres hacia la entonces provincia de Oriente. Se hizo cargo personalmente del acondicionamiento de lo que sería el cuartel general, la Granjita Villa Blanca, en Siboney, y el hospedaje de los hombres en Santiago de Cuba y en Bayamo.

En los calabozos del Moncada

Al finalizar el combate en el cuartel Moncada, fuerzas de la Policía y el Ejército batistianos penetraron en el Hospital Civil para detener a los moncadistas que todavía se hallaban allí. La soldadesca, encabezada por el teniente Piña, apodado el Carnicero, quería matar en pleno centro de salud a sus prisioneros, pero el comandante de la Policía José Izquierdo lo impidió. Aun así, al médico Mario Muñoz Monroy lo asesinaron los esbirros de Piña cuando era conducido al Moncada.

Un civil que se hallaba casualmente en el hospital también fue detenido. A pesar de que Izquierdo alertó al jefe del cuartel Moncada que el civil no tenía vinculación alguna con los moncadistas, apareció luego como “caído en combate”. Tal destino le esperaba también a José Villa Romero, Toitico como le conocían en Santiago de Cuba, quien había sido comandante de la Policía Nacional en esa ciudad durante el gobierno de Carlos Prío y por ello tenía fama de antibatistiano.

Villa le narraría en 1973 a la periodista Marta Rojas cómo lo detuvieron en su casa y lo condujeron al cuartel, donde lo encerraron en un calabozo. Al principio estaba solo, al poco rato llegaron dos detenidos más sin implicaciones en el asalto. Luego, a eso de las ocho y media aproximadamente, o quizás incluso más tarde, comenzaron a llegar los combatientes aprehendidos. Y el lugar se fue llenando de presos, hasta unos 28 o 30, que iba trayendo el Carnicero en pequeños grupos.

Piña, al ver a Toitico dentro del calabozo, lanzó una insolencia terrible: “Tú aquí, carajo, maricón”. Montó el rifle para ultimarlo, pero Abel se paró delante del sicario y le dijo: “¡Cómo ustedes van a asesinar a un hombre así, si este hombre no vino con nosotros”. Lo dijo con tanta energía que paralizó a el Carnicero.

Cuenta Marta Rojas que en la entrevista de 1973, Villa Romero tuvo que hacer aquí, por la emoción, una pausa en su relato: “Es decir que él, Abel, se confiesa en ese momento culpable del ataque por tal de que no me fusilaran dentro del calabozo. Él evitó de esa forma que me mataran y le dio tiempo al comandante de la guardia para que le dijera a Piña que a mí no me habían cogido peleando, sino en mi casa y que estaba asentado en el registro”.

Según la colega, Toitico hacía un gran esfuerzo para proseguir su narración. Ella le miró a los ojos, los tenía llenos de lágrimas: “Piña le pregunta: ‘¿entonces tú sí viniste?”, y Abel dice: “Sí, yo sí vine”. Por vez primera yo veía a ese muchacho y eso se me quedó grabado. Todavía, y han pasado 20 años, no puedo olvidarlo. Yo llevo un retrato de Abel siempre conmigo”, le mostraría a la periodista su cartera, se puso de pie y señaló un cuadro colgado en la pared: “Y está aquí en mi casa”.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García