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Publicado el 10 Octubre, 2017 por ACN en Historia
 
 

Demajagua, el corazón de la Patria

El sonido de la campana retumbó de forma diferente, con más fuerza, y todos acudieron. Aproximadamente, a las 10 horas de aquel sábado, el Padre dio la libertad a sus esclavos y los convocó a la lucha

Por Yasel Toledo Garnache

Cuentan que había mucha neblina aquella mañana y Carlos Manuel se levantó antes de la salida del sol. Salió de la primera habitación de la casa, caminó con firmeza hacia el exterior, sus pasos se escuchaban de forma leve hasta que se detuvo y con fuerza expresó: “De pie. El soldado del deber no puede permitir que la aurora le sorprenda en el lecho”, y volvió a entrar.

Dicen que la voz se escuchó en todo el ingenio La Demajagua. Aquel no sería un día normal, y eso se sentía en el ambiente, en el movimiento de las ramas de los árboles o en la llovizna que cayó aquella jornada.

El sonido de la campana retumbó de forma diferente, con más fuerza, y todos acudieron. Aproximadamente, a las 10 horas de aquel sábado, el Padre dio la libertad a sus esclavos y los convocó a la lucha.

Según el historiador César Martín García, quien durante más de 30 años fue director del actual Monumento Nacional, el negro Jesús fue el primero en decir “yo voy con usted a pelear”, y otros 10 de los liberados se sumaron.

“Ahora los veo, están ahí”, se escucha la lectura del Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, declaración de principios”, señala Martín García, ciego desde hace algún tiempo, después hace un breve silencio y habla sobre la dimensión infinita del momento, con una bandera confeccionada con la tela que apareció, incluidos pedazos de un vestido y de una copa de mosquitero, lo cual también hace más grande la decisión.

Desde la tarde anterior más de 300 patriotas estaban en ese lugar, ubicado cerca del mar, dispuestos a luchar, y antes de las 10 de la mañana del 10 de octubre ya sumaban unos 500.

Refiere que esperaron la noche para salir del sitio, propiedad de Céspedes, y lo hicieron con apenas 37 fusiles, pero con muchas púas y machetes, armas poderosas en manos de corajudos que soñaban con un mejor país.

En La Demajagua, a unos 13 kilómetros de la ciudad de Manzanillo, permanece la campana de aquel día, una rueda y otras ruinas del ingenio, el cual fue destruido apenas siete jornadas después del alzamiento, cuando el barco Neptuno lo bombardeó desde el mar.

Una sala-museo, que incluye una maqueta del lugar en 1868 y abundantes imágenes y objetos empleados en la guerra o encontrados allí, suele ser motivo de la primera parada de los visitantes en la institución, quienes luego se adentran en el Monumento mediante un espacioso pasillo que conduce a un muro enchapado en lajas y construido sobre piedras, el cual muestra la arquitectura simbólica de la Revolución Cubana, con sus diferentes etapas de lucha.

Recuerdo mi primera vez en La Demajagua, junto a varios compañeros de aula, el entusiasmo, la sensación indescriptible por estar en un lugar que conocimos primero por libros y palabras de la maestra. Luego, participamos en la ya tradicional acampada para esperar la fecha y en el acto de homenaje, efectuado aquel 10 de octubre, como cada año.

Este martes, fecha del aniversario 149 del hecho histórico, cientos de granmenses, incluidos muchos jóvenes, acudirán al emblemático sitio, para reafirmar su fidelidad a las ideas de Céspedes, también Primer Presidente de la República en Armas.
Música, canciones, poemas y palabras de compromiso revolucionario se levantarán en ese altar sagrado, donde laterá siempre el ejemplo de los iniciadores, el corazón de la Patria. (ACN)


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