0
Publicado el 23 Octubre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

El último viernes del Presidente Viejo

 

Céspedes, según el pintor Esteban Valderrama.

Céspedes, según el pintor Esteban Valderrama.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

En el último viernes de su vida, al clarear el día, Carlos Manuel de Céspedes hizo la última anotación a su diario, correspondiente al 27 de febrero de 1874. Como si presintiera una desgracia cercana, consignó “para lo que pueda importar de aquí en adelante”, algunos datos de sus más crueles enemigos.

Guardó la pluma para disfrutar del frugal almuerzo, que siempre tomaba a las 10 de la mañana. Ese día lo acompañó José Lacret Morlot, entonces capitán y jefe de la prefectura de Guaninao, a la que pertenecía el caserío de San Lorenzo. A ese lugar lo había desterrado la Cámara de Representantes de la República de Cuba en Armas, tras deponerlo de la presidencia en Bijagual, el 27 de octubre de 1873.

En los tres meses siguientes a su destitución, permaneció atado al Gobierno mambí, cuyos funcionarios no solo le despojaron de su escolta y comitiva sino que no perdieron oportunidad de vejarlo y humillarlo. A finales de diciembre la Cámara le autorizó a permanecer en Cambute. Pero ante el avance de los españoles, el 23 de enero de 1874 tuvo que trasladarse a Guaninao.

Aquel fatal viernes de febrero, Lacret andaba con calenturas y Carlos Manuel le aconsejó que se fuera a acostar. A Carlitos Céspedes, su hijo y luego coronel mambí, lo envió en busca de unos zapatos que había mandado arreglar. Vino Pedro Maceo Chamorro y como siempre se enfrascaron en una partida de ajedrez. Al terminar de jugarla, echó a andar por el caserío.

Nunca lo hacía solo, siempre lo acompañaban Lacret, Carlitos y el ayudante Pavón, todos armados, pero ese día los dos primeros no estaban con él y a Pavón, el mismo Céspedes lo había enviado adonde una familia para que la ayudara a construir un rancho.

Lugar donde cayó Céspedes, cercano al caserío de San Lorenzo, tal como se conservaba a inicios del siglo XX. (Foto: Autor sin identificar.)

Lugar donde cayó Céspedes, cercano al caserío de San Lorenzo, tal como se conservaba a inicios del siglo XX. (Foto: Autor sin identificar.)

A su paso, los vecinos lo saludaban con respeto: los ancianos se quitaban el sombrero, los niños se le acercaban, estaban aprendiendo con él a leer y escribir, y les reciprocaba poniéndoles una mano en la cabeza. Todos los serranos lo llamaban el Presidente Viejo. Un poeta imaginaría la escena, años después: “Ya está en un hondón y no sabe quién lo acecha […] Continúa en su paseo señorial, revisando lo conversado, el amor y la Dama del ajedrez”.

Entró en uno de los bohíos, adonde por costumbre iba al mediodía. Una mujer negra, sonriente, llenó de café una tacita, hecha de un fruto ya irreconocible. En esos momentos, guiados por un traidor, una patrulla de seis soldados españoles y un oficial avanzaba por la manigua, desbrozando monte. Entretanto, al bohío entró una muchacha, de tez trigueña y pelo negro, quien silenciosamente se sentó en un taburete. Ella ya llevaba en su vientre un vástago suyo, pero nadie aún lo sospechaba.

Dicen que una niña avistó la llegada del enemigo. Céspedes trató de escapar por el camino del barranco, con los españoles detrás. Corría con dificultad y tenía problemas en la visión. Dos veces se detuvo para disparar contra sus perseguidores, quienes le dieron alcance. El Héroe del 10 de octubre trató de disparar nuevamente; sin embargo, uno de aquellos hizo fuego primero.

Rodó cuatro metros barranco abajo. Ya lo había advertido tiempo atrás: “Nunca vivo me tomarán prisionero”. Su ropa quedó hecha añicos, dejó en la áspera cuesta pedazos de piel, cabellos y casi todo el traje. Para extraerlo del precipicio lo arrastraron por los pies, lo que desgarró más su cuerpo inerte.

Si con la caída en combate de Ignacio Agramonte, en 1873, la Revolución Cubana había perdido al Hombre de la unidad, quien podía unir a todos los patriotas de la época, con la muerte de Céspedes se perdió al último líder con capacidad de salvar la Revolución. La Cámara fue responsabilizada, por su torpe y malsana actitud, de la desaparición del Héroe; cundieron la desconfianza y la animadversión entre las filas mambisas. Luego vinieron los sucesos de Laguna de Varona, las indisciplinas villareñas, el Motín de Santa Rita, el Zanjón.

. Sitio donde se ubicaba la fosa común en la que se efectuó el primer enterramiento de Céspedes, en la necrópolis Santa Ifigenia. (Foto: Autor sin identificar)

. Sitio donde se ubicaba la fosa común en la que se efectuó el primer enterramiento de Céspedes, en la necrópolis Santa Ifigenia. (Foto: Autor sin identificar)

Según Ángel Navarro Villar, un testigo presencial, el cadáver del Padre de la Patria fue trasladado por mar a Santiago de Cuba. Conducido al Hospital Civil, entonces en Hospital y Padre Pico, lo expusieron a la curiosidad pública en una casa contigua, conocida como La Intendencia, sobre una mesa ordinaria de pino. A media tarde lo sepultaron en una fosa común del Cementerio Santa Ifigenia, ubicada en el tramo G, hilera primera frente al panteón de los mártires de la expedición Virginius.

Tres patriotas junto con el celador de la necrópolis, José Caridad Díaz, el negro libre Prudencio Serrano y dos sepultureros se juramentaron para preservar sus restos, señalizando bien el lugar. Cinco años después, se procedió a una exhumación clandestina en medio de la noche. Su nueva tumba sería la fosa 103 del tramo B frente a las oficinas del celador. Hasta el 7 de diciembre de 1910, en que fueron colocados en un mausoleo erigido en el camposanto.

Fuentes consultadas

Los libros En busca de San Lorenzo, de Gerardo Castellanos; Efemérides de la Revolución Cubana, de Enrique Ubieta; Facetas de nuestra historia, de Hortensia Pichardo; y El Diario Perdido de Céspedes, de Eusebio Leal.

Sugerimos ver también:

SANTA IFIGENIA. Donde la Patria tiene su altar


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García