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Publicado el 7 Octubre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

 CHE: Grito de guerra nunca silenciado

Su ejemplo todavía hoy nos convoca a seguir luchando, a continuar escribiendo nuevas páginas de historia y de gloria
Quebrada del Yuro, situada entre las quebradas de la Tosca y la de Jagüey. (Autor no identificado).

Quebrada del Yuro, situada entre las quebradas de la Tosca y la de Jagüey. (Autor no identificado).

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

Tras una madrugada fría, el choque con el ejército golpista boliviano en la mañana se presentía inminente. Ante el avance del enemigo, el Che estableció una línea defensiva de contención. Una hora después del mediodía, cuando el sol comenzaba a castigar fuertemente, una andanada de fusiles, ametralladoras ligeras y pesadas, bazucas y morteros, dirigidos contra los guerrilleros, desgarró la paz en la Quebrada del Yuro.

Según testimonio de Pombo (Harry Villegas, cubano), el Héroe de Santa Clara los divide en cuatro grupos: “Benigno (Dariel Alarcón, cubano, luego traidor), Inti (Guido Peredo, boliviano) y Darío (David Adriazola, boliviano) en el flanco izquierdo protegiendo la entrada. En el flanco derecho coloca a tres: a mí, [a] Urbano (Leonardo Tamayo, cubano) y Ñato (Julio Luis Méndez, boliviano) nos envía por la parte superior por el centro. El Che se ubica abajo en la Quebrada, con el resto de la tropa. Es fijado el firme de la izquierda donde hay un bosquecito como punto de reunión”.

El Che y Harry Villegas, Pombo. (Autor no identificado)

El Che y Harry Villegas, Pombo. (Autor no identificado)

La Quebrada del Yuro está situada en un desfiladero abrupto entre dos riachuelos, Yuro y Jagüey, por donde circulaba por aquellos días una pequeña cantidad de agua que desembocaba en el río San Antonio, el cual a su vez desaguaba en el río Grande. Con una longitud aproximada de 400 metros, esta área abundante de farallones y matorrales bajos conformaba una especie de selva subtropical con árboles de copa baja y poco tupida, con muchos claros salpicados de pedregones de todos los tamaños.

Una vez visualizado dentro de este sitio geográfico un grupo guerrillero, no es difícil cercarlo y cerrarle las vías de escape. El propio Gary Prado, uno de los jefes militares de las fuerzas gubernamentales que enfrentaban a los guerrilleros, le confesaría a un periodista: “Con una tropa regular como la nuestra conseguía evitar que ellos escapasen, entonces la posición de quien estaba en el interior del estrecho era desventajosa”.

El combate (8 de octubre de 1967)

Alberto Fernández Montes de Oca, Pacho, en los días de la insurrección contra la tiranía batistiana. (Autor no identificado)

Olo Pantoja, Antonio, y Alberto Fernández Montes de Oca, Pacho, en los días de la insurrección contra la tiranía batistiana. (Autor no identificado)

A pesar de estas ventajas, además de su superioridad en efectivos y armamento, el Ejército boliviano no logró avanzar sobre las posiciones de los 17 guerrilleros. En medio del intenso fuego, el Che recibe tres balazos: uno le inutilizó una pierna; un segundo, le perforó la boina; el tercero destruyó la recámara de su carabina, penetrando en el metal y la madera. Si el arma no detiene la bala, esta le hubiera impactado en el tórax. Entretanto, una granada hizo blanco en la posición que defendían Arturo (René Martínez Tamayo, cubano) y Antonio (Orlando Olo Pantoja, cubano) y les causó la muerte. Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca, cubano) también cayó, aunque malamente herido.

Inutilizada su carabina, sin cargador su pistola, Che trató de escalar, auxiliado por Willi (Simón Cuba, boliviano), un cerro cercano donde solo crecían pequeños arbustos incapaces de ocultar guerrilleros. Fuerzas al mando del suboficial Bernardino Huanca, que no participaban en el combate, los detectaron. Los dos revolucionarios no podían ofrecer resistencia, pues carecían de parque. Cuando la soldadesca se les acercó para golpearlos, la voz potente de Willy los detuvo: “¡Carajo, ese es el comandante Guevara y lo van a respetar!”.

Siete días antes (1º de octubre de 1967)

La pequeña columna llegó a un bosquecito ralo al amanecer donde hicieron campamento. Las pocas casitas que encontraron parecían estar deshabitadas. “Decidí permanecer un día más aquí, pues el lugar está bueno y tiene retirada garantizada, dado que se dominan casi todos los movimientos de la tropa enemiga […] Chapaco [Jaime Arana] cocinó frituras y se dio un poco de charqui [carne salada] con lo que el hambre no se hace sentir”.

René Martínez Tamayo, Arturo, y Octavio de la Concepción de la Pedraja, Moro, en la guerrilla boliviana. (Autor no identificado)

René Martínez Tamayo, Arturo, y Octavio de la Concepción de la Pedraja, Moro, en la guerrilla boliviana. (Autor no identificado)

De esta forma esperaron el cumpleaños 34 de Antonio. Ni la tensión ante el extremo peligro lograba quebrar los lazos de camaradería entre los guerrilleros. El propio Che encabezaba sus anotaciones correspondientes al 2 de octubre con un señalamiento sobre el onomástico.

Al día siguiente Urbano llegó con noticias preocupantes, pues oyó a unos pobladores de la zona comentar sobre la presencia de los guerrilleros. Che consignaría en su Diario: “A todas luces el informe lucía inexacto, pero decidí hacer como si fuera perfectamente real y sin mitigar la sed, subimos a un firme que domina el camino”.

En la radio boliviana escucharon la noticia de la presentación por el Ejército de dos desertores de la guerrilla, que habían suministrado abundantes datos sobre el comandante Guevara y su enfermedad. Dos días después, las mismas emisoras anunciaban que los dos desertores iban a ser trasladados a Camiri.

El 7 de octubre el Che escribió sus últimas líneas en el Diario: “Se cumplieron 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente; hasta las 12.30 hora en que una vieja, pastoreando sus chivas, entró en el cañón en que habíamos acampado y hubo que apresarla. La mujer no ha dado ninguna noticia fidedigna sobre los soldados, contestando a todo que no sabe, que hace tiempo que no va por allí. Solo dio información sobre los caminos; del resultado del informe de la vieja se desprende que estamos aproximadamente a una legua de Higueras y otra de Jagüey y unas 2 de Pucará […] Se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ni una palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpla a pesar de sus promesas”.

Aniceto Reynaga,

Aniceto Reynaga,

Las prevenciones del Che no se hicieron realidad. La vieja nunca informó al Ejército de la presencia de los guerrilleros. El delator, según testimonio del entonces capitán Gary Prado, fue un campesino, quien vio pasar a la pequeña columna mientras regaba su sembradío de papas. Al amanecer del 8 de octubre corrió a cobrar sus 30 monedas con el subteniente Carlos Pérez, acampado en La Higuera.

En la noche del 7, a la luz de la Luna, los 17 revolucionarios emprendieron la marcha. Avanzaron por la Quebrada del Yuro y ascendieron un peligroso farallón. Entre los obstáculos que enfrentaron, tuvieron que vencer un precipicio de más de un metro, el cual saltaron impelidos por el ejemplo del Che.

El agotamiento, lo difícil del camino plagado de zarzas y las pésimas condiciones físicas de algunos compañeros obligaron al Guerrillero Heroico a hacer un alto a eso de las dos de la mañana, sin haber podido alcanzar el firme de la elevación que se habían propuesto cruzar. Según testimonio de Pombo, “seguimos la marcha y a las cinco de la mañana del día 8 de octubre llegamos a la unión de las dos quebradas, el Yuro con San Antonio. Che ordenó tres exploraciones: una al flanco izquierdo, otra al flanco derecho y la tercera al centro. El resto nos ocultamos”.

Juan Pablo Chang.

Juan Pablo Chang

Fue entonces que los guerrilleros detectaron movimientos de soldados en el firme. Al respecto, en su libro Mi campaña junto al Che, Inti Peredo explicaría: “¿Qué perspectiva nos quedaba? […] No podíamos volver atrás, el camino que habíamos hecho, muy descubierto, nos convertía en presa fácil de los soldados. Tampoco podíamos avanzar, porque eso significaba caminar derecho a las posiciones de los soldados. Che tomó la única resolución que cabía en esos momentos. Dio orden de ocultarse en un pequeño cañón lateral y organizó la toma de posiciones”.

La Higuera año 0 (8 de octubre de 1967)

Los soldados comunicaron al sargento Bernardino Huanca la captura del comandante Guevara. Este avisó al entonces capitán Gary Prado, quien le ordenó llevarlo ante su presencia. Años después este militar boliviano le confesaría a un periodista su primera impresión del Che: “Tenía una mirada impresionante, ojos claros, cabellos rubios y barba escasamente crecida, usaba una boina, uniforme de soldado, completamente sucio, una chamarra azul con capuz, y el pecho casi desnudo, pues su blusa no tenía botones”.

Simón Cuba. (Autor no identificado)

Simón Cuba. (Autor no identificado)

Prado notificó por radio a Valle Grande: “Horas: 14.50 hoy, a 7 km. Noroeste de Higueras, en junta quebradas jagüey-Racetillo, a horas 12:00 librose acción, hay tres guerrilleros muertos y dos heridos graves. Información confirmada por tropas asegura caída de Ramón [Che] … Nosotros 2 muertos y 4 heridos”.

Escoltado por soldados, uno de ellos le ayudó a caminar, llegó el Guerrillero Heroico a La Higuera al anochecer. Lo llevaron a la escuelita del caserío, una casa de adobe, barro y paja con dos cubículos separados por un tabique de madera, donde impartían clases Julia Cortez y tres maestras más. Según Gary Prado, “fue dejado en una sala, donde había un banquito, no quiso sentarse allí, se sentó en el suelo atrás de la puerta en su lado izquierdo, quedó solo en ese cuarto. Willi y los dos guerrilleros muertos fueron colocados en el cuarto de al lado”.

Julia Cortez se apareció antes del amanecer del 9 de octubre en la escuelita. Encontró al Che sentado detrás de la puerta, alumbrándose con una vela. Al verlo, ella se quedó sin habla. El guerrillero le habló: “¿Se saluda, no, profesora?”, y tras una pausa, añadió: “¿Sabe usted que la e de ‘sé’ no lleva acento en ‘ya se leer’”–y señaló la pizarra. “Por cierto que en Cuba no hay escuelas como esta, esto sería una prisión, ¿cómo pueden estudiar aquí los hijos de los campesinos?, esto es antipedagógico”. Ella le responde: “Somos un país pobre”. “Pero los funcionarios del gobierno y los generales tienen Mercedes y abundancia de otras cosas, ¿verdad?, eso es lo que nosotros combatimos”.

Julia volvería a ese cuarto a hablar con el cubano-argentino y le gestionaría comida. Semanas más tarde le declararía a un periodista: “Después de la conversación que tuve con él, encontré que era un hombre íntegro y noble”. Por tales afirmaciones públicas y por haber testimoniado que lo vio vivo, sufrió represalias y persecuciones, acusada de colaboradora de la guerrilla.

Entretanto en La Paz, el mandatario René Barrientos se reunía con los altos jefes militares para decidir el destino del Che. Por mayoría, aprobaron su asesinato. El presidente de facto cursó órdenes al respecto, puntualizando que se declarara Zona Militar la región de Vallegrande y que se prohibiera el acceso a ella de periodista alguno “ni gente extraña”.

El entonces coronel Joaquín Zenteno Amaya designó al suboficial Mario Terán para la ejecución sumaria. Este declararía luego a la revista Paris Match (1977): “Ése fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: ‘Usted ha venido a matarme’. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: ‘¿Qué han dicho los otros?’. Le respondí que no habían dicho nada y él contestó: ‘¡Eran unos valientes!’. Yo no me atreví a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma. ‘¡Póngase sereno –me dijo– y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!’. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga”.

Destino de los restantes guerrilleros

El 8 de octubre, en la Quebrada del Yuro, con el alto sentido humano que siempre lo caracterizó, el Che sacó a los enfermos por donde todavía no se había cerrado el cerco. Ese grupo, integrado por Moro (Octavio de la Concepción y de la Pedraja, cubano), y los bolivianos Eustaquio (Lucio Galván), Pablito (Francisco Huanca) y Chapaco (Jaime Arana), emprendieron caminatas extenuantes durante cuatro días, sin ser vistos por el enemigo, hasta que al amanecer del 12 de octubre, en la confluencia del río Grande con el Mizque, toparon con efectivos de un batallón de asalto, bajo el mando del subteniente Guillermo Aguirre. Tres guerrilleros sobrevivieron tras el enfrentamiento, gravemente heridos, y fueron rematados por la soldadesca.

La escondida localidad andina de La Higuera. (Autor no identificado)

La escondida localidad andina de La Higuera. (Autor no identificado)

En el extremo superior de la quebrada, el grupo de Pombo, al cual se le había incorporado el boliviano Aniceto Reynaga, decidió pedir instrucciones al Che y enviaron a este último. Pero no lo encontró, ya se había retirado. De regreso lo hirieron mortalmente. Urbano, Ñato y Pombo lograron eludir el fuego de los soldados y llegaron a donde estaba el puesto de mando del Che y comprobaron que se habían retirado sin apuros, de la mochila de Inti habían sacado un radio y de la de Pombo, una cartera que contenía 20 000 dólares. Entonces, de acuerdo con las instrucciones previas, marcharon hacia el último lugar donde habían levantado campamento. Allí encontraron a Inti, Darío y Benigno, refugiados detrás de un tronco, pues los soldados, en el firme, los mantenían a raya cada vez que trataban de salir.

Cayó la noche. Inti y su grupo aprovecharon la oscuridad y se unieron con sus compañeros. Juntos enrumbaron al primer punto de contacto, siguiendo otras instrucciones previas, y se percataron de que había pasado gente. Retrocedieron otra vez y el día los sorprendió frente a la escuelita de La Higuera. Pombo recordaría años más tarde: “Ya era el 9 de octubre. Vimos todo el movimiento, pero nunca nos imaginamos que allí estaban los cadáveres de nuestros compañeros, incluyendo el del Che”.

Inmortalidad

Che en la camiseta y en el pecho. Dibujo de TomyEn su Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, Che había advertido: “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria”.

Así fue. En vano trataron de disimular su escultura guerrillera bajo tierra, de ocultarla en cementerios, bosques, páramos, bajo terraplenes y pistas de aterrizaje. Su figura se hizo más grande en cuanto más injusticia, desigualdad y miseria imperen. Su imagen y fuerza se multiplicó por toda la Tierra en los pechos de los jóvenes que se lanzaron a las calles convocados por su ejemplo. Y todavía hoy, a 50 años después de su desaparición física, nos convoca a seguir luchando, a continuar escribiendo nuevas páginas de historia y de gloria.

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Fuentes consultadas

Obras escogidas (en dos tomos) del Che Guevara. El Diario del Che en Bolivia. Los libros Pombo. Un hombre de la guerrilla del Che, de Harry Villegas; Mi campaña junto al Che, de Inti Peredo; Seguidores de un sueño, de Elsa Blaquier, Vida, muerte y resurrección del Che, de Reginaldo Ustariz, y Ernesto Guevara. Un hombre conocido como el Che, de Paco Ignacio Taibo. Testimonios de Harry Villegas y Leonardo Tamayo, recogidos por el autor de este trabajo.

 


Pedro Antonio García

 
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