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Publicado el 23 Octubre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

MARIANA GRAJALES

Regreso a Cuba

Tras casi 30 años de yacer en un rincón extranjero, los restos de la madre de los Maceo reposaron al fin en suelo cubano
Mariana, la madre de la estirpe heroica. (Foto: Autor sin identificar)

Mariana, la madre de la estirpe heroica. (Foto: Autor sin identificar)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Vivía en una casa de la calle de la Iglesia número 34, en Kingston, Jamaica, acompañada por su hijo Marcos y la familia de este. Como relataría José Martí, aún tenía “manos de niña para acariciar a quien le habla de la patria. Ya se le van los ojos por el mundo, como buscando otro, y todavía le centellean, como cuando venía el español, al oír contar un lance bueno de sus hijos’’.

Para el Apóstol, en la patria que ella no vio libre, dar con el relato de su vida era como añadir una página nueva a la epopeya. Refería cómo “estuvo ella de pie, en la guerra entera, rodeada de sus hijos”, mientras “animaba a sus compañeros a pelear, y luego, cubanos o españoles, curaba a los heridos” y “si alguno temblaba, cuando iba a venirle de frente el enemigo, ([la veía]) con su pañuelo a la cabeza y se le acababa el temblor”.

En el indiferente rincón extranjero murió la viejecita gloriosa el 27 de noviembre de 1893, a los 78 años (y no a los 85 como se ha escrito erróneamente). En el periódico que él dirigía escribió Martí: “Los cubanos todos -dice una carta a Patria- acudieron al entierro, porque no hay corazón de Cuba que deje de sentir todo lo que debe a esa viejita querida, a esa viejita que le acariciaba a usted las manos con tanta ternura”.

Transcurrió el tiempo. Cesó la dominación española, se proclamó la república neocolonial y, a casi tres décadas de su fallecimiento, los restos de Mariana continuaban en tierra extraña.

Un grupo de santiagueros, que contra viento y marea trataban de mantener vivas las tradiciones patrias, comenzó a demandar que las cenizas de la mujer paradigmática, como madre, esposa y patriota, retornaran a Cuba. El concejal José C. Palomino recogió la idea de esos buenos cubanos y presentó un proyecto a la Cámara Municipal el 14 de marzo de 1923, para organizar el traslado de los restos de la madre heroica a su tierra natal.

Ni la presidencia de la república ni la Gobernación provincial en un inicio acogieron con entusiasmo la idea, lo que no desanimó al grupo de patriotas. Se creó una comisión, integrada por Palomino, Dominga Maceo, único vástago vivo de Mariana, y otros descendientes de los Maceo, junto con Juan Sánchez Silveira, César Cruz Bustillo, el historiador Longino Alonso y José Guadalupe Castellanos, entre otros.

El clamor popular presionó al gobierno, este puso el guardacosta Baire a disposición de los comisionados. El 18 de abril la nave partió de Cuba y al amanecer siguiente entró en Port Royal, Jamaica.

Tres días después, en el Cementerio Católico Romano de San Andrés, se realizaron los trámites de rigor. Valiosa fue la ayuda del sepulturero Cecil Philips, quien no solo había intervenido en la primera inhumación de Mariana sino también en la de un nieto de ella, fallecido en Jamaica.

Dominga Maceo (sentada), junto con otros descendientes (Foto: Autor sin identificar)

Dominga Maceo (sentada), junto con otros descendientes (Foto: Autor sin identificar)

Trasladados los restos al consulado cubano en Kingston, cientos de personas –según crónicas de la época–, se reunieron ante la sede diplomática y acompañaron al cortejo fúnebre desde ese lugar hasta el Baire. La bandera inglesa fue colocada a media asta y soldados de la corona le rindieron honores, marchando en formación detrás de la urna.

Pero todavía les faltaba a nuestros compatriotas otro momento emocionante, pues al zarpar el barco, los relojes señalaban las 4 p.m. del 22 de abril de 1923; al decir de un testigo, “toda la muchedumbre allí congregada nos despedía pronunciando en voz alta: Viva Maceo”.

De regreso a Cuba, al cruzar el guardacosta Baire la punta denominada “de Moriente”, una fuerte e inesperada tempestad azotó el buque desde las ocho de la mañana, ya 23 de abril, hasta la madrugada del siguiente día. Según testimonios de los comisionados, solo gracias a la pericia y profesionalidad de Enrique Ferrer, comandante de la nave, quien personalmente empuñó el timón de la embarcación, no hubo que lamentar una horrible tragedia. El propio Ferrer declararía después que era la primera vez en su larga carrera de 26 años de servicios en el mar, que se había visto en tan inminente peligro.

A pesar del escabroso recorrido, la nave con su preciosa carga arribó al puerto santiaguero el mismo 23 de abril. La sede del Ayuntamiento se transformó en capilla ardiente y a la tarde siguiente se colocaron las cenizas de la madre heroica en el Cementerio Santa Ifigenia. Presidieron el cortejo fúnebre los generales mambises Vicente Miniet y Salvador Hernández Ríos, junto con el coronel Federico Pérez Carbó, entre otros altos oficiales del Ejército Libertador.

El cañonero Baire trasladó los restos de Mariana desde Jamaica en 1923. (Foto: Autor sin identificar)

El cañonero Baire trasladó los restos de Mariana desde Jamaica en 1923. (Foto: Autor sin identificar)

A nombre de los veteranos de nuestras gestas independentistas usó de la palabra el coronel Miguel Balanzo. El doctor Max Henríquez Ureña, eminente intelectual dominicano exiliado en Cuba, quien ejercía entonces como profesor de la Escuela Normal para Maestros de Oriente y había sido electo concejal del municipio por el pueblo, también pronunció un notable discurso.

Henríquez Ureña afirmó: “Mariana Grajales no solo es grande por haber engendrado en su seno 11 paladines gallardos de la libertad, sino que lo es por la pujanza indómita de su espíritu, ese alto espíritu que ella supo trasmitir, con la resolución espartana del sacrificio, a aquellos que fueron carne de su carne y sangre de su sangre”.

Fuentes consultadas: Obras Completas de José Martí. El libro Mariana Grajales. Historia de una familia mambisa, de Nydia Sarabia. Textos aparecidos en la revista Luz de Oriente, marzo de 1923.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García