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Publicado el 4 Octubre, 2017 por Toni Pradas en Historia
 
 

RESCATE DE LOS RESTOS

Che: Y no porque te escondan…

Científicos cubanos, dirigidos por el doctor Jorge González, localizaron hace 20 años los cadáveres del Guerrillero Heroico y sus compañeros de guerrilla en Bolivia

Monumento al Che en La Higuera, lugar donde fue asesinado.

Por TONI PRADAS

Más que premonición, parecieron un juramento del pueblo los versos que leyera Nicolás Guillén, el Poeta Nacional de Cuba, aquel 18 de octubre de 1967, en la Plaza de la Revolución capitalina. Durante la velada dedicada al Comandante Ernesto Che Guevara, confirmada la reciente muerte del héroe cubano-argentino, declamó:

Y no porque te quemen, /

porque te disimulen

bajo tierra, /

porque te escondan /

en cementerios,

bosques, páramos, /

van a impedir que

te encontremos /

Che Comandante, /

amigo.

El Gobierno Revolucionario había comenzado a buscar información sobre dónde estarían los restos del guerrillero desde el mismo instante en que conoció lo ocurrido en la Quebrada del Churo. Pero nunca como cuando los gobiernos de Cuba y Bolivia restablecieron relaciones. Los historiadores Froilán González y Adys Cupull se establecieron en La Paz como diplomáticos, pero su objetivo supremo era facilitar el proceso de búsqueda del destino final de los restos.

Tan profusa fue su averiguación que escribieron varios libros. Incluso trazaron todo el recorrido de la tropa, combate por combate, lugar por lugar, e hicieron el diario ilustrado de la guerrilla.

No era, sin embargo, la única información que se atesoraba. El Departamento América del Comité Central del Partido tenía la suya, e igualmente otras instituciones que estudiaron el tema de Bolivia entre 1967 y 1995; también había datos históricos conservados por el Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, así como grabaciones de personas de la época, entrevistadas para indagar sobre su conocimiento respecto al paradero de los restos del Che.

A finales de noviembre de 1995, el hoy director de Docencia Médica del Ministerio de Salud Pública, doctor Jorge González Pérez, escuchó en el programa Haciendo radio, de Radio Rebelde, que un general boliviano retirado, Mario Vargas Salinas, había declarado que los restos del mártir estaban enterrados en una pista aérea de Vallegrande, en el departamento de Santa Cruz.

El doctor Jorge González Pérez, entonces director del Instituto de Medicina Legal, llegó a Vallegrande como representante de los familiares del Che y terminó cinco años después al frente de la investigación.

“Yo era el director del Instituto de Medicina Legal y cuando llegué a mi trabajo, todos comentaban la noticia”, rememora el doctor González en una oficina de BOHEMIA. “En horas de esa mañana me llama por teléfono el entonces Ministro de Salud Pública y me dice que debo presentarme en El Castillito, en Playa, pues un líder de la Revolución necesitaba que yo participara en una tarea”.

Sabiendo de la noticia y el lugar de la cita, estaba consciente de que la reunión era con el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, quien fuera el segundo jefe de la Columna 8 del Ejército Rebelde. Por deducción lógica, el tema tendría relación con los restos del líder guerrillero.

Valdés Menéndez lo recibió en su oficina, acompañado del general de brigada Arquímedes (Armando López Orta, hoy retirado), lo saludó y llamó al doctor por su apodo, aunque no se conocían personalmente: “Popy, no sé si estás al tanto de los acontecimientos…”. Claro que estaba al tanto, pero no “tan al tanto” como podría estar él, recuerda Popy. “Bueno, Comandante…”, balbuceó.

El Tributo continúa

Cuando en 1989 la dirección de la Revolución tomó la decisión de retornar a la Isla a todos los cubanos que habían muerto en misiones internacionalistas, el director de Medicina Legal fue llamado para organizar, desde el punto de vista técnico, las acciones para la repatriación de los fallecidos en Etiopía, Angola, Congo, Mozambique y Nicaragua. Este proceso, honroso y desgarrador, fue conocido como Operación Tributo.

Revelaciones de un general boliviano retirado, relacionado con la muerte del Che, fue el detonante para la búsqueda de los restos.

“Estuvimos en esos lugares y trajimos más de 2 000 cubanos”, resume González la Operación, pero quedó pendiente el retorno de los mártires de Bolivia; de Machurucuto, en Venezuela; de la guerrilla de Salta, Argentina; y otros  puntualmente.

“Llamamos a Bolivia y hablamos con la embajadora”, continuó su explicación Ramiro, y detalló a Popy: Por decisión del presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada, un equipo técnico había sido designado para realizar la búsqueda y otro para organizar el proceso. Solo restaba saber cómo participaría la parte cubana.

“Comandante, lo que hace falta es la ficha de identificación”, le espetó el perito. Ante la extrañeza, explicó que se trata de la tetralogía identificativa: edad, sexo, raza y estatura, los cuatro elementos necesarios para hacer un diagnóstico de identidad. También urgía conformar un equipo de trabajo para visitar a los familiares de los desaparecidos y buscar cosas que ayudaran a la identificación: un zapato para precisar el tamaño y forma del pie, ropa para tener idea de la corpulencia, documentos, dentigramas, traumatología forense (fracturas) para poder identificar las osamentas…

El 26 de junio de 1997, a punto de ser echado del lugar por parecer infructuosa la búsqueda, el equipo investigador reveló la osamenta del Guerrillero Heroico.

Luego de 28 años, tales fichas no existían. Así, la primera tarea que dio el Comandante fue la elaboración de estas, en 72 horas. Asimismo, decidió crear un equipo conformado por un grupo de Criminalística, del Ministerio del Interior, y otro de Medicina Legal, dirigidos por el general Arquímedes y el doctor González.

Fue del Che de quien más información se pudo recopilar. Algunos guerrilleros bolivianos ni siquiera se habían hecho una foto en su vida, pero de Guevara, además de miles de imágenes, obtuvieron un mechón de cabellos cortados por su esposa Aleida March, quien con el dolor de su alma lo entregó para ayudar a la misión.

También el doctor Luis Carlos García Gutiérrez (Fisín) guardaba un molde de la dentadura del líder rebelde, tomada por él para hacerle la sobredentadura que lo enmascararía al marchar hacia Bolivia con identidad falsa. Con el molde, en la Facultad de Estomatología se hizo una descripción de antropología dental, que incluyó la odontometría (medición de cada diente) y los detalles de cada pieza. Como se sabe, ninguna es igual a otra.

El actual Mausoleo de Vallegrande contiene siete plaquetas de piedra con los nombres de los combatientes que allí estuvieron enterrados: Ernesto Guevara de la Serna (Ramón), Orlando Pantoja Tamayo (Antonio), Aniceto Reynaga Gordillo (Aniceto), René Martínez Tamayo (Arturo), Alberto Fernández Montes de Oca (Pacho), Juan Pablo Chang Navarro (Chino) y Simeón Cuba Sarabia (Willy).

“En cualquier circunstancia que encontráramos una osamenta que podría plantearse si era o no el Che, con la dentadura podíamos arribar a un diagnóstico inmediato”, asevera a los lectores de esta revista el forense. “Es una comprobación categórica”.

Pero no faltaron los contratiempos. Datos erróneos acopiados en los archivos (por ejemplo, la estatura de algunos guerrilleros) tuvieron que ser corregidos a partir, digamos, de fotos junto a ciertos elementos –un auto, una cerca…–, lo que permitió realizar inferencias estadísticas de la talla.

Trabajando en colectivo, en solo 68 horas los investigadores lograron la casi imposible tarea de completar, en 72, todas las fichas.

Representante de los familiares

El 5 de diciembre de 1995, con un maletín negro a cuestas, el doctor Jorge González montó en un avión para iniciar un raro periplo: La Habana-México-Panamá-Perú-Bolivia. “Me habían dicho que viajara con bajo perfil, que no llamara la atención. Pero el resultado fue lo contrario, pues llevaba el maletín sobre las piernas y cargaba con este cuando iba al baño. Sabía que era mi vida”.

La valija guardaba los expedientes de los combatientes caídos en Bolivia, así como el mechón de pelos y el molde de la dentadura del Che. Además iba el dinero, mucho dinero para enfrentar una situación que no se sabía cuál podría ser. Iba bastante preocupado.

Días después de llegar, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y un grupo del Ejército boliviano reportaron un primer hallazgo, sin relación con los buscados. La pesquisa parecía infructuosa y se hablaba de cerrar. Sin embargo, algunos vallegrandinos afirmaron que unos guerrilleros habían sido enterrados en Cañada de Arroyo, a cinco kilómetros de allí. Ellos mismos, sin técnica alguna, fueron a excavar y encontraron dos fosas, cada una con un entierro, de cuatro que supuestamente debía haber.

“Eso salvó la operación, porque el Ejército había dicho que no se iba a buscar más, que el general Vargas Salinas había engañado al pueblo tras verse arrinconado por la prensa. Y en eso aparecieron los enterramientos en Cañada”, cuenta Popy.

Entonces autorizaron al perito cubano a participar en las labores. González salió el 14 de diciembre para Santa Cruz y fue recibido por un grupo de solidaridad con Cuba, que lo trasladó la madrugada del 15 para Vallegrande. Allí se presentó ante las autoridades como representante de los familiares.

“Bueno, médico, móntese”, ordenaron, y le llevaron al lugar de indagación. Poco a poco se fue involucrando, primero como observador, y en menos de 72 horas, cuando surgió la oportunidad, se integró al proceso técnico de excavación. La misión recibida en La Habana era tan solo recibir de los investigadores los restos hallados para confirmar su identidad, con los datos que llevaba.

Después de unos meses, en marzo de 1996, los argentinos dijeron que ellos no podían seguir porque tenían otros compromisos.

“Nosotros –dice a BOHEMIA– teníamos ‘ese’ compromiso, por tanto nos quedamos y asumimos, en abril, la búsqueda y quedé como jefe del equipo”. La decisión de Cuba había sido mantenerse y no perder esa oportunidad que se había abierto.

Pero solo contaban con fichas de identificación. Por tanto, al asumir la pesquisa, lo más importante era actualizar toda la información histórica posible para precisar las áreas. Popy viajó a La Habana, donde se creó un grupo con especialistas de unas 15 instituciones y se hizo un proyecto científico de la búsqueda con todo el rigor académico, aunque con discreción y compartimentación.

Según lo recabado, existían 13 posibles destinos del Che, algunos imposibles de verificar: que lo habían incinerado y esparcido sus cenizas, que estaban sus restos en una base estadounidense en el Canal de Panamá, que descansaba en una urna en Langley, Virginia, sede de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)…

“Con toda la información hicimos un software de inteligencia artificial”, explica Popy. “Llegamos a entrevistar a más de 1 000 personas, y 300 que pudieron decir cosas que personalmente vieron”. Así, supieron de un buldózer que excavó una zanja en la pista vieja –de tierra, no de asfalto– del aeródromo de Vallegrande.

Luego de investigar durante dos años, se compilaron 88 versiones de posibles destinos. En vez de disminuir la cifra de 13, creció.

Hoy González recapitula el éxito de la operación, gracias a la investigación histórica, exhaustiva y detallada. Y también al establecer prioridad entre los 88 posibles entierros.

La opción primera, consensuada entre los especialistas alistados en Bolivia y quienes se mantuvieron en Cuba, fue que el cadáver estaría en Vallegrande, en la pista vieja, detrás del cementerio. Por tanto, podía aplicarse allí toda la tecnología geofísica con que contaban, tras los estudios de edafólogos, geodestas y cartógrafos. Con tecnologías geofísicas (georradar y geoelectricidad), auxiliadas por técnicas de electromagnetismo, magnetometría, estudios sísmicos, del suelo y otras, hallaron la zanja hecha por el buldózer.

A las 9, del día 9, la fosa número 9

En un área de 4 x 4 metros, el 26 de junio de 1997 comenzaron a cavar por el centro la zanja. Y nada. Ni siquiera sospecharon que habían pasado a 20 centímetros del antebrazo izquierdo del Che.

“Nos habían dado 10 días para excavar y nos tomaba un día entero abrir dos metros de profundidad”, hace memoria el médico legista, y añade que aquel día conocieron sobre una carta del presidente boliviano a Aleida Guevara, hija del Che, diciéndole que quienes estuvieron vinculados con la muerte de su padre, en particular Gustavo Villoldo, oficial de la CIA, se ofrecían a dar información sobre la tumba, pero los cubanos debían retirarse de Bolivia.

“¿Por qué se brindaban después de 30 años? La lectura fue que nos estábamos acercando al lugar”, aún medita el científico.

La noche del 27 fue a verlo el jefe de la Seguridad del Estado del Ministerio de Gobierno y le recordó, por indicación del mandatario, que les restaban dos jornadas. Tomó entonces Popy una decisión que, reconoce, puede ser poco técnica, pero sí operativa: El 28 ahondarían 150 centímetros con una retroexcavadora prestada.

Ese sábado, la máquina alzaba su brazo y lo dejaba en el aire, para ver si la tierra contenía alguna pieza buscada. Cavada la profundidad, Popy conminó al antropólogo forense cubano Héctor Soto Izquierdo, a profundizar otro decímetro. “¿Soto, le metemos 10 más?”, tentó nuevamente. Eran 170 centímetros. Cuando el ingenio pasó, enganchó el cinturón del Che, que estaba boca abajo, y lo partió. “¡Para, para!”, ordenó González al operador. La pala se detuvo en el aire. “¡Soto, baja, baja! ¡Allí, allí!”, insistió el médico.

A las 9 de la mañana del noveno día de excavaciones, en la fosa número 9 se produjo el hallazgo de la primera osamenta.

Exhumados los cadáveres, fueron trasladados hacia el Hospital Japonés de Santa Cruz de la Sierra y en siete días esclarecieron la identidad de cada uno. “Lo que se suponía como lo más difícil, que  es la identificación, resultó lo más fácil”, exterioriza su regocijo.

Luego en la Isla, aunque no existían dudas –bastaban las coincidencias históricas, la traumatología forense, las características antropológicas y la ausencia de las manos (que no fue usada como elemento de identidad)–, se hicieron estudios de ADN al Che.

“En lo adelante no hubo forma de impedir la búsqueda de los demás compañeros, 31 de los 36 guerrilleros, en un diámetro de unos 300 kilómetros”, exclama Popy, sin calibrar que su equipo había cumplido, en nombre de Cuba, el juramento de Guillén.

Cronología de los hallazgos
12, 13, 17 de diciembre de 1995 y 15 de marzo de 1996 Jaime Arana Campero, Octavio de la Concepción y de la Pedraja, Lucio Galván Hidalgo, Francisco Huanca Flores. Caídos en el Combate de Cajones, el 14 de octubre de 1967.
21 de junio de 1996 Carlos Coello Coello (Tuma). Caído en el combate de Alto Seco, el 26 de junio de 1967.
28 de junio de 1997 Ernesto Guevara de la Serna, Rene Martínez Tamayo, Alberto Fernández Montes de Oca, Juan Pablo Chang Navarro, Aniceto Reinaga Gordillo, Simeón Cuba Sanabria, Orlando Pantoja Tamayo. Caídos en el combate de La Higuera, el 8 de octubre de 1967.
 11 de febrero de 1998 Roberto Peredo Leigue (Coco), Mario Gutiérrez Ardaya, Manuel Hernández Osorio. Caídos en Quebrada del Batán, el 26 de septiembre de 1967.
13 de febrero de 1998 Julio Méndez Corne. Caído en el combate de Mataral, el 15 de noviembre de 1967.
19 de septiembre de 1998 Haydeé Tamara Bunker Bide (Tania). Caída en Vado del Yeso, el 31 de agosto de 1967.
7 de junio de 1999 Juan Vitalio Acuña Núñez (Joaquín), Israel Reyes Zayas, Gustavo Machín Hoed de Beche, Walter Arencibia Ayala, Moisés Guevara Rodríguez, Apolinar Aquino Quispe, Fredy Maimura Hurtado. Caídos en el combate de Puerto Mauricio (Vado del Yeso), el 31 de agosto de 1967.
1999 José María Martínez Tamayo. Caído en el combate de Río Rosita, el 30 de julio de 1967.
9 de febrero de 2000 Serapio Aquino Tudela. Caído en Equira, el 9 de julio de 1967.
2 de marzo de 2000 Restituto Cabrera Flores. Caído en Palmarito, el 13 de septiembre de 1967.
 11 de abril de 2000 Antonio Sánchez Díaz (Pinares), Casildo Condori Vargas. Caídos en Bellavista, el 2 de junio de 1967.
16 de abril de 2000 Eliseo Reyes (Rolando). Cayó en El Mesón, el 25 de abril de 1967.
Sin fecha precisa: Antonio Jiménez Tardio
Otros caídos posteriormente: Guido Peredo Leigue (Inti), asesinado en La Paz, el 9 de septiembre de 1969; enterrado en Beni, Bolivia, por su familia. David Adriazola Beizaga, muerto el 31 de diciembre de 1969 en La Paz, Bolivia.
Faltan por encontrar: Jesús Suárez Gayol, caído en Iripiti, el 10 de abril de 1967; Jorge Vázquez Viaña, asesinado en Camiri, después de apresado el 29 de abril de 1967; Lorgio Vaca Marchetti, se ahogó en el Río Grande, el 16 de marzo de 1967; Raúl Quispaya, caído en combate en Río la Rosita, el 30 de julio de 1967; Benjamín Coronado Córdova, ahogado en Río Grande, 26 de febrero de 1967.

Toni Pradas

 
Toni Pradas