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Publicado el 16 Diciembre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

16 de diciembre de 1892

Atentado a Martí

Cuando el Apóstol está en la casa, Ruperto lo anuncia izando la bandera cubana en el asta del alero. Ambos patriotas se turnan en el pasillo que da al cuarto, arma en ristre, por si algún agente español quiere completar la tarea, al fallar el veneno por la rápida medicación de Barbarrosa.

Jose MartiEl 14 de diciembre José Martí, que está en Tampa, parte a Ocala, en compañía de José Dolores Poyo, Carlos Roloff y Carolina Rodríguez, la Patriota.

En esa localidad habla en el salón de manufactura de Camino y Cuesta, participa en una junta del club revolucionario General Jordan, donde lo nombran miembro de honor, e imparte en el Marion Opera Home una conferencia en inglés a estadounidenses acerca de la revolución independentista que organiza.

De regreso a Tampa (diciembre 16) ocurre un intento de envenenarlo. Según testimonios recogidos por Jorge Mañach para su libro Martí el apóstol, lo han hospedado en una casita en la misma calle del hostal de Rubiera, que ya no disponía de habitaciones.

Uno de los dos cubanos designados para atenderlo, le ofrece un vinillo. Al degustarlo, siente un raro sabor. Cae enfermo y el doctor Barbarrosa, frunciendo el ceño, olfatea el licor: “Déjeme hacerlo analizar”.

Para colmo, los dos ayudantes se han dado a la fuga. Un matrimonio negro, Paulina y Ruperto Pedroso, sin hacer caso de las protestas de Martí, se lo llevan a su humilde morada.

Cuando el Apóstol está en la casa, Ruperto lo anuncia izando la bandera cubana en el asta del alero. Ambos patriotas se turnan en el pasillo que da al cuarto, arma en ristre, por si algún agente español quiere completar la tarea, al fallar el veneno por la rápida medicación de Barbarrosa.

Martí, aunque muy débil, no cesa de escribir.

Las atenciones del matrimonio le permiten recuperarse poco a poco.

Una tarde, uno de los dos auxiliares se acerca al hogar de los Pedroso. Solo la intervención de Martí impide que Ruperto le ajuste cuentas. Le echa un brazo por el hombro al visitante y conversa privadamente con él. Al cabo de un largo rato, el otro se marcha con los ojos enrojecidos. “Usted es demasiado bueno, Maestro”, le reprocha Ruperto a su huésped. “Ese será uno de los que habrán de disparar en Cuba los primeros tiros”, le replica Martí.

“El vaticinio se cumplió”, asegura Mañach. Los dos ejecutores del envenamiento se enrolan, dos años después, en una de las primeras expediciones. El del abrazo en casa de Ruperto y Paulina se gana en la manigua el grado de comandante.(P.A.G.)


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García