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Publicado el 21 Diciembre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1957

El segundo diciembre guerrillero

A un año del desembarco del Granma, el régimen batistiano se mostraba incapaz de aniquilar al Ejército Rebelde, que lo derrotaría un año después
Fidel siempre tuvo presente la necesidad de extender ampliamente la zona de operaciones y crear nuevos frentes guerrilleros, comandados por Raúl y Almeida. (Crédito: Autor no identificado)

Fidel siempre tuvo presente la necesidad de extender ampliamente la zona de operaciones y crear nuevos frentes guerrilleros, comandados por Raúl y Almeida. (Crédito: Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

A pesar de las costosas pérdidas en vidas valiosas, el movimiento revolucionario se mantenía pujante a finales de 1957. El Directorio Revolucionario había sufrido sensibles bajas en el ataque al Palacio Presidencial (13 de marzo) y en la masacre de Humboldt 7, pero preparaba condiciones para la creación de un destacamento guerrillero en el Escambray. El Movimiento 26 de Julio en las ciudades había recibido fuertes golpes con la muerte de Frank País y otros jóvenes combatientes en Santiago de Cuba y en el levantamiento de Cienfuegos (5 de septiembre); no obstante, el 8 de noviembre de 1957, en La Habana, con la noche de las 100 bombas, llevó a cabo una operación de extraordinario impacto y demostró cuan frágil era realmente la tiranía batistiana.

Por otra parte, el Ejército Rebelde, que ya había alcanzado la mayoría de edad con su victoria en el cuartel del Uvero, demostraba cada día un mayor grado de preparación, como se evidenció en el enfrentamiento exitoso de la columna 4 del Che en el combate de Pino del Agua Uno (17 de septiembre), al batir una tropa gubernamental motorizada y debidamente pertrechada. Este revés obligó al Estado Mayor batistiano a hacer cambios de estrategia y reforzar ciertos puntos, como Bayamo y el puesto de la Guardia Rural de Chivirico.

Pancho Tabernilla, jefe del ejército de la tiranía, puso a sus sesudos a pensar y concebir una milagrosa fórmula con la que se pudiera aislar y cercar a las fuerzas guerrilleras.

El Plan R

Se aprobó entonces la Ofensiva de Invierno contra el Ejército Rebelde; la primera fase de este cacareado Plan R o Relámpago, ejecutado a partir de mediados de octubre de 1957, transcurrió sin logro alguno, salvo la creación de nuevos puestos navales en Ocujal, Uvero y Chivirico.

Todos los planes del ejército batistiano fracasaron por la incapacidad de sus jefes militares y por subestimar a las fuerzas rebeldes. (Crédito: Autor no identificado)

Todos los planes del ejército batistiano fracasaron por la incapacidad de sus jefes militares y por subestimar a las fuerzas rebeldes. (Crédito: Autor no identificado)

La segunda fase, iniciada en noviembre, tenía como objetivo cercar a los rebeldes entre las inmediaciones de los picos Turquino y Malverde, por un lado, y los alrededores del valle de El Hombrito, Caracas y Palma Mocha. Pero las tropas gubernamentales tenían en su contra el desconocimiento del terreno y su falta de preparación para afrontar la guerra de guerrillas, de ahí la cantidad de bajas en los enfrentamientos contra efectivos de la columna Uno, de Fidel, en San Lorenzo, Mota y Gabiro.

El 20 de noviembre, el tirano Batista decretó la concentración en un mando único de las fuerzas del ejército, la marina y la aviación. Lógicamente, para encabezar la jefatura del Estado Mayor Conjunto seleccionó a su viejo compinche Pancho Tabernilla. Este EMC tuvo un flamante estreno al cubrir el fracaso de sus operaciones militares con una rimbombante nota de prensa en la que se adjudicaba la muerte de 43 rebeldes en “los combates” de Niquero y El Hombrito y otros tres en San Lorenzo.

Por aquellos días, el recién creado EMC recibió un informe del mayor Pedro Castro Rojas donde este tratadista miliar “descubría” que las recientes derrotas del ejército batistiano se debían “a que los rebeldes no utilizaban las leyes clásicas de la guerra” y obligaban a las fuerzas gubernamentales a combatir en terrenos desconocidos e imponiéndoles nuevas reglas. Como otras propuestas para combatir la insurrección, al subestimar al movimiento revolucionario y sobrestimar la capacidad de los jefes militares de la tiranía, la de Castro Rojas fracasó en la práctica.

Altos de Conrado

El combate de Malverde (29 de noviembre) había dejado una gran pesadumbre en el Che. Como él mismo confesara, “se aunaba el sentimiento de no haber podido aprovechar la victoria contra Sánchez Mosquera y la pérdida de nuestro gran compañero Ciro Redondo”. Además, esa acción le había convencido “de que todavía nuestras fuerzas no tenían la capacidad suficiente para organizar luchas continuadas o cercos eficaces, ni para resistir ataques frontales”.

Comandancia del Che en La Mesa (Crédito: Centro de Estudios Ernesto Che Guevara)

Comandancia del Che en La Mesa (Crédito: Centro de Estudios Ernesto Che Guevara)

De ahí que él extremara precauciones en el valle de El Hombrito, sede de la base de su columna. A esta, situada a pocos kilómetros de Malverde, se accedía por varios caminos, ya fuera desde Santa Ana o bordeando la ribera de un arroyuelo serrano al que llaman río Guayabo, o por la loma de la Botella y por el camino real que parte de Minas del Frío.

Como era imposible defender tantos puntos a la vez, el Guerrillero Heroico decidió mudar hacia La Mesa –donde tenía su finca Polo Torres, un eficaz colaborador campesino y práctico de la columna 4– la impedimenta mayor y todo lo que era posible trasladar de El Hombrito. Por supuesto, hacia allá también fueron los heridos, entre ellos Joel Iglesias en una improvisada camilla, pues no podía caminar.

La tropa de Sánchez Mosquera, que acampó inicialmente en Santa Ana, inició su avance el 4 de diciembre. Tras hacerle algunas bajas a la vanguardia enemiga, la avanzada rebelde se retiró hacia Altos de Conrado, un montecillo que debía su nombre a un militante comunista, colaborador de los rebeldes, quien tenía su casa en la cima. Según el Che, “el lugar era magnífico para hacer una emboscada, allí solamente se podía llegar por tres estrechos senderos que serpentean por los firmes de las lomas, muy arbolados y por tanto, muy fáciles de defender, todo el resto está defendido por peñones abruptos y por laderas igualmente abruptas, sumamente difíciles de escalar”.

El sitio, donde hay una pequeña furnia, fue el escogido por el comandante Guevara para repeler el avance enemigo. Camilo, detrás de un almácigo, al accionar su subametralladora, iniciaría el fuego y lo apoyarían los tiradores apostados entre las malezas y arbustos. Por su parte, Ibrahim Sotomayor y un puñado de rebeldes, cerca del Señor de la Vanguardia, debían cubrir a este de modo que nadie podría acercarse al almácigo. Che, a unos veinte metros detrás de un tronco, apuntaba directamente al camino por donde debían venir los guardias.

El Guerrillero Heroico recordaría años después que el paisaje del lugar le resultó un espectáculo extraño: un pequeño manantial corría constantemente en medio de un bosque exuberante y, dañados por la candela, algunos árboles yacían en el suelo y otros apenas se mantenían en pie, lo que daba una impresión tétrica. En medio del silencio y esas cavilaciones, sonó un disparo. Se generalizó el tiroteo.

La soldadesca, sorprendida y atemorizada, comenzó a dilapidar su parque en largas ráfagas o en morterazos que pasaban por encima de los rebeldes y que iban a impactar en tierra de nadie. Al disparar su fusil, Che sintió una quemadura en el pie izquierdo, inequívoca señal de haber sido tocado por una bala. Aún tuvo fuerzas para destrabar el garand de Alejandro Oñate, Cantinflas, quien temerariamente comenzó a disparar sin protegerse y cayó herido. El Guerrillero Heroico pudo moverse e ir en busca de ayuda. A Oñate lo trasladaron en una improvisada camilla hacia La Mesa.

Como supusieron erróneamente que el ejército batistiano había tomado los Altos de Conrado y continuaría su avance, Camilo se apostó al frente de un pequeño destacamento en la orilla de un arroyuelo al que llaman La Pata de la Mesa. El grueso de la tropa fue enviado adonde acampaban Fidel y la columna Uno. Che, aunque estaba herido, se quedó con el grupo de defensa. Cuando supo que Ramón Pardo Guerra había capturado un fusil enemigo, pero había olvidado en el lugar del combate el que había sido suyo, le ordenó ir a buscarlo. Pardo regresó adonde sus compañeros con el arma que había dejado regada y la noticia de que la soldadesca nunca avanzó más allá de donde se había atrincherado cuando se generalizó la balacera.

Este punto de avance del ejército, consignaría Che años después, significó en mucho tiempo su mayor penetración en la Sierra y en esa zona concretamente. Sánchez Mosquera, como era usual en él, se dedicó a incendiar los bohíos cercanos y afanar sacos de café, animales y hasta muebles por muy rústicos que fueran. Descargó su frustración contra el horno de pan que se había quedado en El Hombrito. Entretanto, el doctor José Ramón Machado Ventura operó al Che, le extrajo del pie una bala de carabina M-1 y le dio indicaciones para que rápidamente iniciara el proceso de curación.

Bandera colocada en las lomas orientales por el Che y la Columna 4 en los últimos días de 1957. (Crédito: Autor no identificado)

Bandera colocada en las lomas orientales por el Che y la Columna 4 en los últimos días de 1957. (Crédito: Autor no identificado)

“Si lo dice Fidel”

Fidel siempre tuvo presente la necesidad de extender ampliamente la zona de operaciones, con la creación de nuevos focos guerrilleros en distintas regiones del país. Según testimonio de Raúl Catro, en los últimos días de 1957, en un lugar conocido como Balcón de la Habanita, mientras la columna Uno se encontraba desarrollando acciones combativas entre Pilón y Manzanillo, “el Comandante en Jefe me explicó que, una vez consolidado el frente de la Sierra Maestra, habría que crear nuevas columnas y entre otras, enviar una a la zona de la Sierra Cristal, otra el este de la Sierra Maestra, en las proximidades de Santiago de Cuba, una a la región central del país y otra hasta Pinar del Río”.

El luego comandante rebelde Orestes Guerra, al conocer los planes de Fidel, tuvo sus dudas. Y se fue a ver a Camilo, quien exhibiendo su eterna sonrisa amplia, le echó un brazo por el hombro: “Si lo dijo Fidel, cuenta que lo hace”. Pero Orestes no estaba muy convencido y pensaba para sí: “¿Mandar tropas para otra parte y nosotros con dos grupitos, casi sin armas?”. Ocho meses más tarde, tras la derrota de la ofensiva de la tiranía, su jefe y amigo le recordó esta conversación: “Te traigo una noticia. ¿Te acuerdas lo que dijo El Gigante? Mira, ya tenemos la orden de ir para Pinar del Río con la Columna Dos. Te lo dije, si lo dice Fidel…”

Fuentes consultadas

Los libros Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara, y La Guerra de Liberación Nacional en Cuba 1956-1958, de Mayra Aladro, Servando Valdés y Luis Rosado. La compilación Lucharemos hasta el final, Cronología 1957, de Rolando Dávila. El discurso pronunciado por el general de ejército Raúl Castro (11 de marzo de 1978) en el acto central por el XV aniversario de la creación del Segundo Frente Oriental Frank País.


Pedro Antonio García

 
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