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Publicado el 28 Enero, 2018 por Redacción Digital en Historia
 
 

Una estatua del Apóstol

Actualmente mide poco menos de dos metros de altura. El modelo, ejecutado en plastilina, se vaciará en yeso.

Exclusivo para BOHEMIA
Por JOSÉ ANTONIO CABRERA
Fotos: OSVALDO SALAS

En Connecticut, camino hacia Bethel, el viajero halla una estupenda demostración del sistema moderno de comunicaciones. La ruta es directa, sin paradas ni demoras innecesarias, gracias al aporte horizontal de los pasos superiores.

Poco antes de llegar a Stanerigg Farm la técnica desanda.

La amplia carretera moderna se convierte en estrecho camino de asfalto orillado de árboles, que en primavera forman una bóveda vegetal y en otoño un paisaje extraordinario con todas las tonalidades del rojo. En invierno el espectáculo es maravilloso: el frío congela la lluvia en las ramas desnudas de los árboles, y la luz, al pasar por los millares de prismas, se descompone en una orgia de matices.

Stanerigg Farm es una finca de unas 300 hectáreas, con dos lagos en el centro que sirven de espejos gigantescos a los altozanos que les bordean.

Anna Hyatt Huntington nos recibe con amable sonrisa y una dulce expresión en el rostro. El profesor José García Mazas nos presenta:

–Señora Huntington, estos caballeros son los corresponsales de la revista BOHEMIA, de quienes les hablé.

La anciana nos estrecha la mano y sentimos una firmeza en sus dedos poco habitual en una mujer de sus años, pero señalada característica de una escultora acostumbrada a trabajar el yeso, la plastilina y el mármol, y a gobernar resueltamente el cincel.

–Son ustedes –nos dice– los primeros que observarán y tomarán fotografías de la fase inicial de la obra. Espero que cuando esté terminada agradará a todos los cubanos.

Recordamos:

“Parece que viene de alto lo que viene de ellos”.

Antes de conocer a la señora Huntington –lo confesamos– teníamos dudas de que una persona de tan avanzada edad pudiera estar modelando una estatua del nuestro Apóstol. Pero al verla ante nosotros, erguida, alta, y observar sus gruesas muñecas, sus dedos ágiles y sus movimientos resueltos, la incredulidad cede el paso a la sorpresa.

Hemos dejado sobre una pequeña y sencilla mesa, finamente labrada, un ejemplar de BOHEMIA en cuya portada aparece un retrato de Martí. La escultora lo toma con cuidado, fija su vista unos momentos en el rostro del Apóstol, después hojea la revista, y, sin mirarnos, como una niña avergonzada nos dice:

–Sepa que soy enemiga de la publicidad y que solo a instancias del profesor Mazas, quien me ha hecho comprender que los cubanos tienen derecho a ver lo que estoy haciendo con su héroe, he accedido a esta entrevista.

La advertencia está de más, pues hace alrededor de cinco meses que estamos tratando de llegar a Stanerigg Farm, y no precisamente por desconocer el camino.

La anciana de 81 años dedica los últimos momentos de su vida a modelar con ternura, con humildad podríamos decir, la estatua de nuestro Apóstol.

Mientras la señora Huntington hojea BOHEMIA, aprovechamos y vamos descubriendo detalles de la espaciosa sala.

El mobiliario es de una sobriedad casi exagerada. En una de las paredes hay un inmenso cuadro que representa un paisaje castellano; en la opuesta, dos hermosos óleos, retratos del esposo y la suegra de la dueña de la casa. Varias obras de arte –cerámica morisca, bajorrelieves– dan un aspecto de distinción al conjunto. Todo indica la más acentuada mesura y un gusto discreto, y nada revela que la señora Huntington es poseedora de una cuantiosa fortuna.

Anna Hyatt Huntington es la viuda de Archer Milton Huntington, más conocido como multimillonario, hispanista y bibliógrafo, que como poeta de delicada esencia que se dedicó toda su vida –y parte de su inmensa fortuna– a propagar el arte en todas sus manifestaciones. Contrajeron matrimonio en 1923, cuando ya ella era famosa escultora, y se refugiaron en Stanerigg Farm, quieto retiro campestre en el corazón de Connecticut, que él adquirió para alejarse de los compromisos sociales propicios de las ciudades.

El matrimonio unió a dos seres plenamente identificados con el arte y contribuyó a crear lazos de estrecha afinidad espiritual que resultaron en un amor insenescente.

–Hagamos una promesa –dijo él– por cada poema que yo escriba, o por cada obra que tú esculpas, corresponderemos, tú, con una estatua, yo, con un libro de versos.

Ambos cumplieron la promesa.

¿Se puede amar a los 85 años con la intensidad y sencillez de un adolescente?

Ya octogenario, Huntington dedicó a su esposa un libro de poemas, “The torch bearer“, que dio origen a una de las obras de la escultora, con unos versos propios de un joven en la plenitud de su vida romántica.

“Para Anna –dice en ellos– cuya sonrisa puede cruzar la niebla de la angustia, inundar de luz los días y abrazar el valle de nuestro camino como nunca lo hiciera el plateado amanecer de la primavera…”.

El libro de poemas fue correspondido con una estatua que la escultora regaló a Cuba y que actualmente está emplazada en la rotonda de Paseo y Zapata [Luego fue trasladada a la esquina de 20 de Mayo y Ayestarán].

La señora Huntington tenía entonces 79 años. Poco tiempo después, el 11 de diciembre de 1955, falleció su esposo, y quedó en Stanerigg Farm acompañada sólo por su hermana Enriqueta, seis años mayor que ella, y por sus animales, sus caballos, sobre todo, y sus perros, 15 hermosos galgos escoceses, con los cuales sale todas las mañanas, en invierno y en verano, a pasear por la finca. Los caballos han sido una de sus pasiones desde la juventud.

–Cuando tenía 15 años –dice con energía– ¡los domaba!

…se acerca al modelo para perfeccionar un rasgo. Pasa suavemente el instrumento por la superficie, y van cayendo finas láminas de plastilina.

La idea de una estatua de Martí fue sugerida a los Huntington hace algunos años por el profesor Mazas, y la escultora comenzó la obra pocos meses después de la muerte de su esposo, a sabiendas de que para esa escultura ya nadie le correspondería con un poema.

¿Nadie?… No podemos evitar, al verla modelar casi con unción la estatua de un poeta, pensar en unos versos del Apóstol…

Es hora de pensar. Pensar espanta

cuando se tiene el alma en la garganta

………………………………………

Ellos tienen las canas en la frente

La noche del amor en la memoria

Y en la faz una lágrima caliente

Y un caliente cadáver por historia.

–Mi esposo dice la señora Huntington– tenía un profundo respeto por la obra literaria de Martí.

Su memoria, quizá su corazón, se nubla momentáneamente, pero prosigue:

–Yo aprendí a querer a vuestro Apóstol de la misma forma que quise todas las cosas que hicieron feliz a mi esposo. Por su compatriota Gonzalo de Quesada supe pródigamente de la obra apostólica de Martí, de sus luchas por la independencia de su patria, de su carácter. Sin la colaboración del señor Quesada mi obra hubiera sido imposible. Veo en Martí, sobre todas las cosas, un profundo espíritu intelectual y un hombre de una rara y exquisita sensibilidad.

La escultora habla en un tono que denota la disciplina de su carácter y la firmeza de sus convicciones. Da la impresión que vuelca en la conversación, sin reservas de ninguna especie, todos sus sentimientos.

–¿Cuándo podremos ver la estatua?– preguntamos.

–¡Ahora mismo, por supuesto!

Nos conduce por un amplio corredor al final del cual hay una pintura de una bellísima mujer.

Mientras la señora Huntington hojea BOHEMIA, aprovechamos y vamos descubriendo detalles de la espaciosa sala.

–Es mi hermana Enriqueta– nos explica.

Entramos en una pequeña sala en la que se nota un agradable desorden de libros y cosas. En un extremo hay una puerta que da a un estrecho pasillo y por él llegamos hasta el estudio de la escultora.

Allí el desarreglo cobra apariencias bohemias: modelos, escalpelos, esculturas, escofinas, escaleras, andamios… todo está situado anárquicamente. Sobresalen dos obras: el modelo de la estatua de Martí y el monumento a los pescadores, en proceso de terminación. Nuestra atención se centra automáticamente en la primera.

La estatuaria ha tomado una herramienta en sus manos y se acerca al modelo para perfeccionar un rasgo. Pasa suavemente el instrumento por la superficie y van cayendo en la base finas láminas de plastilina.

Nos dice:

–Como verá, no está terminada… Todavía falta bastante tiempo para que me sienta satisfecha.

–¿Cuándo quedará finalizada la obra?– interrogamos.

–No menos de un año– responde.

Después nos explica detalladamente el proceso que todavía tiene que sufrir la estatua.

Actualmente mide poco menos de dos metros de altura. El modelo, ejecutado en plastilina, se vaciará en yeso y una vez realizada esta operación, una máquina especial, copiadora y ampliadora, reproducirá del modelo en yeso una copia en plastilina, tres veces mayor, casi seis metros, que será el tamaño definitivo.

La escultora volverá entonces a trabajar la obra en su proporción final, dándole efecto a las expresiones, pronunciando un músculo, subrayando un relieve, realzando un pliegue del vestido, reduciendo un abombamiento, desbastando. . . puliendo. . .

–La tarea –dice– se prolongará varios meses.

La vemos quieta, al parecer frágil, y apenas podemos creer que aquella anciana de 81 años, por el amor al arte –y la frase contiene todo su significado popular– dedique los últimos momentos de su vida a modelar con ternura, con humildad podríamos decir, la estatua de nuestro Apóstol.

–Una vez termine –sonríe imaginando el instante– la estatua será enviada a la fundición para el vaciado en bronce. La operación es muy lenta y complicada. Se hace por secciones, ocho o diez aproximadamente. Espero que el resultado será del agrado de los cubanos, para quienes, a fin de cuentas, es la obra.

El profesor Mazas interviene.

–La señora Huntington ha estado en continuo contacto con Gonzalo de Quesada y a su dirección se ha sometido en lo que a la historia respecta. También ha estudiado minuciosamente la iconografía del Apóstol.

…proyecta hacer una copia en aluminio de la estatua ecuestra de Martí para regalarla al pueblo cubano.

La anciana ha subido al andamio y pasa sus arrugados y firmes dedos por el rostro de Martí. Parece que lo acaricia. Se nos ocurre que en sus ademanes al tocar al Apóstol hay dulzura e impulso maternal.

La escultora es hija de Alpheus Hyatt, eminente paleontólogo. Estudió en la Academia Nacional de Diseño, y con los profesores Hermon MeNeil y Gutzon Borglum. Francia la hizo Caballero de la Legión dc Honor por su estatua ecuestre de Juana de Arco, cuyo original fue emplazado en la avenida Riverside Drive, de Nueva York, y réplicas en Blois, San Francisco y Quebec. Ha ganado la medalla de oro de Rodin; la medalla Saltus, de la Academia Nacional de Diseño; es miembro de la Academia San Jorge, de Barcelona; ganadora del premio Shaw y de la medalla de oro de la Academia Norteamericana de Ciencias y Letras; fue honrada con la Gran Cruz de Isabel la Católica y con la Gran Cruz de Alfonso XIII.

Entre sus obras más destacadas figuran dos trabajos en relieve de Don Quijote y de Boabdil, en piedra caliza; estatua del Cid Campeador, cuyo original está en Sevilla y copias en Buenos Aires, San Diego y San Francisco; estatua de Juana de Arco, de pie, para la catedral de San Juan el Divino, de Nueva York; y otra de Diana Cazadora, cuyo original fue obsequiado al gobierno cubano para el Palacio de Bellas Artes de La Habana.

Los representantes de BOHEMIA supieron que la señora Huntington proyectaba hacer una copia en aluminio de la estatua ecuestre de Martí, para regalarla al pueblo cubano. La obra podría ser el comienzo de un parque nacional en Dos Ríos, cuya iniciativa muy bien pudieran asumir las instituciones Martianas.

La escultora baja del andamio con agilidad sorprendente y queda contemplando unos instantes la estatua que será emplazada en la Plaza de las Américas, en Nueva York.

La obra representa el momento en que Martí cae mortalmente herido en Dos Ríos. A pesar de ser una estatua ecuestre nada hay en ella que haga presumir se trate de un militar, asunto que algunos críticos consideran antagónico con el espíritu del Apóstol. Aun el revólver que llevaba Martí en el instante de su muerte ha caído de la mano y la escultora lo ha disimulado hábilmente entre las ropas del héroe. Todo se ajusta a los documentos históricos existentes –la ropa, la montura, el caballo– excepto las polainas que usaba el jinete, que fueron sacrificadas –acertadamente, creemos– por deferencia a la estética.

El pedestal de la estatua terminará de transmitir a la obra su aliento civilista, pues en bajorrelieves mostrará la corona de laureles, el libro y la pluma. También tendrá una frase lapidaria en inglés –”para que la entiendan bien”– que redactará Gonzalo de Quesada.

El lugar escogido para colocar la obra no pudo ser más adecuado: la Plaza de las Américas, en el parque central de Nueva York, al final de la Avenida de las Américas, en la calle 59. Estará entre las de Bolívar y San Martín, en el sitio que ocupa actualmente el asta de la bandera norteamericana, y ya desde la calle 38 podrá divisarse, allá a lo lejos.

Este día (18 de mayo de 1965) fue inaugurada la estatua luego de diversas gestiones para lograrlo. (Cortesía Emilio Cueto).

El departamento de arte de la ciudad, que ya aprobó el lugar y la obra, señaló que habiendo dos estatuas ecuestres, la tercera debería ser del mismo estilo. Ofreció otros lugares de la ciudad para un Martí de pie, pero ninguno hubiera complacido al cubano menos escrupuloso.

–Fue un gran poeta… –dice la señora Huntington con un tono de voz triste, y no nos atrevemos a indagar por el origen de su melancolía.

Es tarde. El día ha transcurrido plácidamente… se nos ha escabullido. No queremos abusar de la hospitalidad de nuestra anfitriona e iniciamos la despedida.

Antes preguntamos por un pequeño modelo.

–Es el mausoleo para nuestra última habitación en la tierra–expresa, y por primera vez la vemos encorvarse un poco. Añade: –Para él y para mí.

Son dos jóvenes sentados en una gran lápida que, según ella, leen en el libro de la vida.

–Vuelvan a visitarme otra vez –manifestó sonriendo, y, ya alejándonos, su fuerte mano todavía nos saludaba.

Dejamos Stanerigg Farm con cierto pesar y en el camino de regreso vamos ordenando el pensamiento y repasando los minutos, para al fin desembocar en lo ineludible: Martí.

La obra en sí no podemos juzgarla. Primeramente porque no está terminada, y después porque no somos críticos de arte. En todas las cosas, sin embargo, hay algo más fundamental que la técnica. Algo que no se modela, ni se adquiere ni se juzga. Se siente, y basta.

Descontando las cuestiones de reglamento que indujeron a hacer una estatua ecuestre, creemos firmemente que se ha logrado un símbolo que concuerda con una gigantesca realidad, si bien no podemos afirmar que tal haya sido la intención.

La obra capta el momento de la muerte de Martí, e inmoviliza el segundo trágico.

*Apareció en la revista BOHEMIA, en la edición del 8 de septiembre de 1957 (p.78-79, 96-97)

 

 


Redacción Digital

 
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