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Publicado el 8 Febrero, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1878

Cuando dejamos caer la espada

Antonio Maceo estaba convencido de que Martínez Campos había propuesto el Pacto del Zanjón porque sabía que nunca podría derrotar a los mambises por las armas
En los momentos en que los miembros del gobierno cubano andaba en tratos con los españoles, Maceo libraba exitosamente batallas. (Crédito: Autor no identificado)

En los momentos en que los miembros del gobierno cubano andaba en tratos con los españoles, Maceo libraba exitosamente batallas. (Crédito: Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Preocupantes rumores llegaban al campamento de Antonio Maceo. Se hablaba de constantes reuniones y entrevistas entre los españoles y miembros de la Cámara y el Gobierno mambises. Para el general santiaguero, quien acababa de obtener rotundas victorias contra el ejército colonial en La Florida (Palma Soriano), Llanada de Juan Mulato y Arroyo Naranjo (Mayarí Arriba), le parecía inconcebible que alguien dentro del campo cubano buscara tratos con el enemigo cuando se apreciaba una recuperación, al menos en el sur de Oriente, de las armas independentistas.

Por aquellos días, dos paramilitares españoles, acompañados de una joven negra, se presentaron ante el entonces teniente coronel José Maceo portando mensajes dirigidos al Titán. José los interrogó cuidadosamente, les extrajo información y tras dejarlos bajo la custodia de su vanguardia, marchó adonde su hermano mayor. El general Antonio rasgó el sobre lacrado y reconoció enseguida la inconfundible letra de Máximo Gómez.

A Martínez Campos le llamaban el Pacificador porque había sometido en España a carlistas y republicanos. (Crédito: Autor no identificado)

A Martínez Campos le llamaban el Pacificador porque había sometido en España a carlistas y republicanos. (Crédito: Autor no identificado)

Lo que su maestro guerrillero le notificaba, venía a confirmar los rumores. El 10 de febrero de 1878 el llamado Comité del Centro, por la parte mambisa, y el capitán general Arsenio Martínez Campo, en representación de la corona, habían firmado un convenio que ponía fin a la guerra. Al terminar la lectura de la carta, el Maceo mayor profirió una palabrota desacostumbrada en su hablar. Pronto recuperó el dominio de sí mismo y le dijo a Félix Figueredo, quien se hallaba a su lado: “Y toda esa gente trataba con los españoles, cuando aquí peleábamos con mayor entusiasmo, cuando nos sacrificábamos para vencerlos… ¿Qué dirán ahora mis subalternos? Mis hermanos, unos inutilizados, otros heridos, ¿qué dirán? Y los demás heridos… Lafertté, mi buen compañero, muerto el día primero… El comandante Elías Pérez que cayó el día 7. Y yo, que tengo todo el pecho sembrado de balas españolas”.

Sin tomar asiento, dando pequeños pasos frente a Figueredo, el general Antonio prosiguió: “¿No comprende usted que cuando el general Martínez Campos propone o acepta una transacción, un arreglo, ha sido porque con su experiencia en esta guerra, estaba convencido que nunca nos vencería por medio de las armas?”.

El Titán resolvió entonces responderle a Gómez y citarlo para una entrevista, el 18 de febrero, en un sitio llamado Asiento de Piloto Arriba, cerca de Pinar Redondo, a unos 24 kilómetros al norte-nordeste de la localidad de San Luis. Hacia ese lugar marchó con una pequeña escolta, en la que se hallaban su hermano José y el doctor Félix Figueredo.

Antecedentes

Desde sus inicios, la revolución de 1868 gozó de una unidad precaria. Los recelos mutuos de camagüeyanos y orientales estuvieron a punto de hacer crisis antes y durante la asamblea de Guáimaro, convocada para dotar de una constitución democrática a la República de Cuba en Armas. La autoridad de Céspedes, como iniciador de la gesta, y el vehemente patriotismo de Agramonte, apoyado en su indiscutible carisma, salvaron entonces la causa independentista.

La unidad formal lograda en Guáimaro no fue duradera. La Cámara, dominada por camagüeyanos y villareños, no cesó de intrigar contra la presidencia de Céspedes. Solo Agramonte pudo parar las continuas conspiraciones que pretendían deponer al bayamés, pero una bala fortuita lo dejó mortalmente herido en el potrero de Jimaguayú.

Maceo, tras recibir la carta de Gómez, lo citó para un encuentro en Piloto Arriba con el fin de retenerlo a su lado. (Crédito: Autor no identificado)

Maceo, tras recibir la carta de Gómez, lo citó para un encuentro en Piloto Arriba con el fin de retenerlo a su lado. (Crédito: Autor no identificado)

Las discrepancias dentro de la mambisada, sobre todo entre el alto mando del Ejército Libertador y el civilismo exacerbado de la Cámara, trajeron graves consecuencias. Deponer a Céspedes y dejarlo indefenso sin escolta en San Lorenzo a merced de las tropas enemigas, agravaron aún más esas contradicciones, pues algunos jefes militares comenzaron a desconfiar de los legisladores y a ver en sus decretos aviesas intenciones.

Solo así podemos explicar la actitud de las tropas tuneras, bajo el mando de Vicente García, en Lagunas de Varona, cuando se negaron rotundamente a marchar al centro del país para reforzar a Máximo Gómez en su campaña invasora. Luego, los villareños se negaron a recibir órdenes de quien no fuera oriundo de esa región y obligaron a Gómez a dimitir como jefe y a abandonar su territorio. Para colmo, en la emigración la falta de unidad era mayúscula y un grupo de hacendados, ladinamente, boicoteaba la organización de expediciones para proveer a los insurrectos.

Tiene la aristocracia terrateniente cubana el mérito de haber arrastrado al pueblo cubano a la gesta independentista en el 68. Pero, aparte de posiciones aisladas, esta clase fue perdiendo sus arrestos revolucionarios mientras la guerra se fue prolongando y ya en 1878, una gran mayoría dentro de ella no tenía fe en el triunfo. Y vino la capitulación.

Es necesario, no obstante, diferenciar los matices entre los que aceptaron el ominoso Pacto. Muchos rindieron la espada por falta de firmeza revolucionaria, perdidos ya los empujes del 68, y nunca más volverían a empuñarla. Esos son los zanjoneros. Pero también hubo equivocados, desalentados ante la indisciplinas, el regionalismo y la falta de unidad. Y pensaron (quizás erróneamente) en una tregua que permitiera proseguir la lucha en mejores condiciones. Muchos de ellos, años después, acudirían sin vacilar al llamado de Martí y participarían en su proyecto de Guerra Necesaria.

San Agustín del Zanjón

Según la Enciclopedia Popular Cubana de Luis J. Bustamante, este sitio histórico se halla al este del municipio de Camagüey, en la orilla izquierda del arroyo Maraguán, un modesto afluente del río Saraguamacán. En un bohío ubicado allí se reunieron, del lado español, los generales Arsenio Martínez Campos y Luis de Prendergast, acompañados de dos coroneles del Estado Mayor; por la parte cubana, el coronel Emilio Lorenzo-Luaces y el teniente coronel Ramón Roa.

Enrique Collazo hizo una pormenorizada narración de todo lo acaecido hasta la firma de la capitulación. (Crédito: Autor no identificado)

Enrique Collazo hizo una pormenorizada narración de todo lo acaecido hasta la firma de la capitulación. (Crédito: Autor no identificado)

De acuerdo con el convenio suscrito, España se comprometía a concederle a Cuba “las mismas condiciones políticas, orgánicas y administrativas de que disfruta la isla de Puerto Rico”. Además, se amnistiaban los delitos políticos cometidos entre 1868 y 1878, se liberaban a los encausados por insurrectos, se decretaba la libertad de los esclavos afrodescendientes y colonos asiáticos que se hallaban en las filas mambisas y el Estado español le proporcionaría los medios necesarios a todo aquel independentista que deseara marcharse al extranjero.

De lo mal que fue preparada la representación cubana a esta reunión, da fe el primer artículo del Pacto reseñado en el párrafo anterior. Si bien es cierto que a Puerto Rico se le habían otorgado en 1870 derechos similares a los de una provincia española, tales prerrogativas habían sido derogadas en 1874 y en ese momento imperaba allí un régimen similar al de un estado de sitio. Con su astucia característica, Martínez Campos aceptó esa sugerencia de los cubanos. Pero le quedó la duda y telegrafió a Joaquín Jovellar, el Gobernador General de la colonia de Cuba, quien al igual que él, nada sabía al respecto.

De esta forma se pretendió poner fin a una lucha de diez años sin que se consiguieran los dos propósitos fundamentales por los que Céspedes había convocado a la guerra en su grito del ingenio Demajagua: la independencia absoluta y la abolición de la esclavitud. En total coincidencia con lo expresado por Maceo a Félix Figueredo, al conocer de la capitulación, Martí afirmaría años después en un trascendental discurso: “Porque nuestra espada no nos la quitó nadie de las manos, sino que la dejamos caer nosotros mismos”.

Rechazo

Tal como había convenido con el general Antonio, Máximo Gómez llegó a Asiento de Piloto Arriba a media mañana del 18 de febrero de 1878, acompañado del general Rafael Rodríguez y el entonces comandante Enrique Collazo. Maceo los recibió con cierta cordialidad y tras brindarles asientos, indagó: “¿Con qué carácter vienen ustedes?”. “Con ninguno, venimos como compañeros a cumplir el último deber, a que sepan por nosotros lo sucedido y puedan resolver con conocimiento de causa”.

Máximo Gómez, al comprender la estrategia del Titán, le aconsejó que solicitara un largo cese el fuego. (Crédito: Autor no identificado)

Máximo Gómez, al comprender la estrategia del Titán, le aconsejó que solicitara un largo cese el fuego. (Crédito: Autor no identificado)

Collazo tomó la palabra y le hizo al Titán una pormenorizada narración de todo lo acaecido hasta la firma de la capitulación. Gómez relataría luego que Maceo lo escuchó “con la calma propia de su carácter”. De su rostro sereno, casi impasible, era imposible descifrar qué en realidad estaba pensando en aquel momento. Ni un gesto ni una frase imprudente delataron entonces lo que sentía. Al terminar de hablar su interlocutor, expresó en voz baja y pausada que no estaba de acuerdo con lo pactado, pero que reuniría a sus subordinados y la mayoría resolvería qué hacer.

En un aparte con Gómez, concluida la reunión, Maceo trató infructuosamente de retener consigo a su maestro. Al ver que este rehuía responderle, no insistió más en ello. Ya casi antes de la despedida, el santiaguero le confesó que concertaría una entrevista con Martínez Campos. El dominicano comprendió su intención y le aconsejó que pidiera un largo plazo de suspensión de hostilidades, para que “usted tenga tiempo para todo, porque con tiempo y lugar, cuántas cosas se pueden hacer”.

Fuentes consultadas

Los libros La Revolución de Yara, de Fernando Figueredo, La Protesta de Baraguá, de Losé Luciano Franco, y Cuba, la forja de una nación, de Rolando Rodríguez. Los Documentos para la historia de Cuba, de Hortensia Pochardo. El Diccionario Enciclopédico Militar de Historia de Cuba


Pedro Antonio García

 
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