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Publicado el 5 Febrero, 2018 por Redacción Digital en Historia
 
 

JOSÉ MARTÍ

El neoyorquino*

Desterrado de su nación aprovechó la larga estancia en Estados Unidos para fraguar la unidad de la emigración patriótica cubana y preparar la guerra necesaria

 

En Nueva York, Martí fue cónsul de Uruguay, Paraguay y Argentina, labor que desplegó junto a una intensa obra literaria. (Autor no identificado)

En Nueva York, Martí fue cónsul de Uruguay, Paraguay y Argentina, labor que desplegó junto a una intensa obra literaria. (Autor no identificado)

Por PEDRO PABLO RODRÍGUEZ

Catorce años y dos meses residió José Martí en la ciudad de Nueva York, una tercera parte de sus 42 años de existencia. Fueron tres los momentos en que vivió allí: del 14 al 26 de enero de 1875 en tránsito hacia México para reunirse con su familia, todo el año 1880 luego de haber escapado de su segunda deportación a España, y, tras su salida de Caracas, desde agosto de 1881 hasta su partida hacia la guerra de Cuba, en febrero de 1895.

De la primera y breve estancia es tan poco lo que sabemos que casi siempre es olvidada por sus biógrafos. Por un escrito posterior puede colegirse que visitó Union Square, dada la alusión que hace a la estatua de Lincoln en esa plaza. No podía dejar de apreciar aquella imagen del hombre por cuya muerte había llevado luto en La Habana y el único estadista norteamericano a quien se referirá con franca cercanía en sus famosas Escenas norteamericanas. Y seguramente, con su proverbial curiosidad, muchos otros lugares de la ciudad recorrió con su paso rápido y su mirada escrutadora antes de abordar el vapor City of Merida, con destino a Veracruz.

A la segunda estancia lo condujeron los acontecimientos patrióticos. Enviado a España por su labor en la conspiración contra el dominio colonial, que provocó la Guerra Chiquita, Martí burló las restricciones impuestas por las autoridades y salió hacia Francia para abordar, el 20 de diciembre de 1879, el vapor correo, del mismo nombre del país europeo, en el puerto de Le Havre.

El 3 de enero de 1880 desembarcaba en Nueva York, bajo un intenso frío, cuando el aire del mar cortaba las rectas calles de Manhattan, sin dejar oportunidad para guarecerse. Se alojó por unos días en casa de un cubano patriota, pues evidentemente lo esperaban sus compatriotas, organizados en el Comité Revolucionario de Nueva York, bajo la dirección del general Calixto García, jefe del nuevo intento separatista cubano que pasaría a la historia como la Guerra Chiquita, en virtud de sus 11 meses de duración.

El 9 de enero fue designado vocal de ese Comité, el 16 sostuvo su primera reunión con el general García y el 24 ofreció su famoso discurso conocido como Lectura en Steck Hall, un brillante análisis del movimiento patriótico insular. Hasta que no cesó el fragor de las armas en Cuba esa actividad fue el centro de su atención, que compartió con el bregar por el sustento para sí y para su esposa e hijo, quienes lo acompañaron durante buena parte del año.

La pluma fue su medio de subsistencia. Se valía del francés, porque no se sentía capaz de redactar en inglés, como haría posteriormente. Escribió sobre arte para el semanario The Hour y él mismo dejó un apunte en que muestra sorpresa por su osadía al ejercer la crítica de arte. También publicó varias crónicas de temas españoles y literarios para el diario The Sun, cuyo director había apoyado la lucha de los cubanos por su libertad. Y dio algunas clases particulares de español junto con su esposa. Uno de sus alumnos, por cierto, era un detective de la famosa agencia Pinkerton, contratada por la diplomacia española para vigilarlo.

En The Hour dio a conocer una serie de tres artículos titulados Impresiones sobre Estados Unidos que dan su imagen del país. Aunque al parecer solo conocía Nueva York y algunos lugares cercanos, vinculados con la expedición que condujo al general García a Cuba, en estos artículos brinda su idea acerca del país, a pesar de que, obviamente, su fuente era el acontecer de aquella ciudad.

Varias crónicas de temas españoles y literarios suyos aparecieron en el diario The Sun, cuyo director había apoyado la lucha de los cubanos por su libertad. (Autor no identificado)

Varias crónicas de temas españoles y literarios suyos aparecieron en el diario The Sun, cuyo director había apoyado la lucha de los cubanos por su libertad. (Autor no identificado)

Contrasta la vida en la república norteamericana con la de la monárquica España, y aprecia también costumbres diferentes y un ritmo más agitado; pero no deja de insistir en una idea que tenía formada desde su juventud: la sociedad norteamericana se movía por el impulso de la metalificación, lo cual le hace expresar un evidente enjuiciamiento negativo.

El fracaso de la Guerra Chiquita y quizás el no hallar acomodo pleno en Nueva York hicieron que partiera hacia Caracas, donde esperaba volver a reunirse con su esposa y su hijo. Salió en enero de 1881 y en agosto ya estaba de regreso en la urbe del Norte, cuando nadie lo esperaba: se negó a satisfacer la exigencia de publicar elogios al gobernante venezolano y prácticamente fue expulsado del país de un día para otro.

Volvió a establecerse en la casa de huéspedes de Manuel Mantilla y Carmen Miyares, a cuya última hija, María, había bautizado. Vivía entonces en la calle 51 Este, en una zona de movimiento, cercana a los barrios de los numerosos inmigrantes europeos que constituían buena parte de la clase obrera de la ciudad. Luego residió también en Brooklyn, entonces una alcaldía separada, y lugar también de inmigrantes, que acogía además a los tabaqueros y a otros cubanos que vivían de sus manos.

Fue en su larga residencia neoyorquina cuando se convirtió en figura destacada de las letras hispanoamericanas, por sus numerosos escritos para distintos periódicos y, señaladamente, por sus más de 300 crónicas acerca de Estados Unidos, muchas de ellas presentando la realidad neoyorquina en todos sus matices y la de sus habitantes.

Trabajó en varias casas de comercio en la agitada zona de grandes edificios de oficinas; fue cónsul de Uruguay, Paraguay y Argentina; dio clases de español en una escuela nocturna para trabajadores; era el animador de la Sociedad Literaria Hispanoamericana; no olvidaba a los cubanos negros de la Liga de Instrucción a quienes impartía lecciones magistrales; no abandonó la activa y constante presencia sobre la emigración patriótica a la que convocó y unió en el Partido Revolucionario Cubano. No paraba en su labor: su personalidad hiperkinética se hallaba a gusto en aquella vorágine de vida urbana, por más que suspirara a menudo, como se aprecia en sus escritos periodísticos, por la más tranquila existencia de las ciudades de habla española. Se integró a la velocidad del telégrafo, de los vapores, de la electricidad, de las mudanzas de temas de conversación impuestas por los diarios. Fue un hombre moderno en una de las mecas de la modernidad de la época.

Pero nunca perdió el rumbo de su perspectiva ideológica. Mediante sus crónicas, conscientemente quería atrapar la vida estadounidense en su conjunto y en todos sus matices; pretendía que sus lectores advirtieran por qué no podían tomar como modelo aquella sociedad pujante que emergía como potencia con intereses expansionistas hacia Hispanoamérica, advertidos por él con sistematicidad. Por eso denunció la corrupción política y administrativa, una de cuyas plazas fuertes era Nueva York. Y le pareció tonta e inauténtica la imitación del habla y las costumbres de la aristocracia británica por parte de los nuevos ricos y de la gente de prosapia colonial de Estados Unidos.

Describió con ojo escrutadoramente crítico a la Nueva York del comercio, de la banca, de la industria, de los nacientes monopolios, de la lujosa Quinta Avenida con sus bailes a todo dar y sus residencias avasalladoras, y se solidarizó con la otra cara de la moneda neoyorquina: con los inmigrantes de faena ruda; con las obreras que salían hacia el trabajo en la fábrica en la fría madrugada; con el niño vendedor de diarios, uno de sus personajes literarios más frecuentes, que inmortalizó en una crónica para El Partido Liberal, de México.

Restaurante Delmonico, en Nueva York, cuya excelencia marcó un hito en su época. (Autor no identificado)

Restaurante Delmonico, en Nueva York, cuya excelencia marcó un hito en su época. (Autor no identificado)

Le agradaba pasear por la Battery, junto al mar, y divisar la Estatua de la Libertad, cuya inauguración narró. Dejó una deliciosa crónica sobre un día de verano en el Parque Central, donde solía descansar del bullicio. No se perdía las manifestaciones obreras ni las de los irlandeses el día de San Patricio; en más de una fue espectador con su hijo Pepito sobre los hombros. Desde su oficina atrapaba el movimiento de barcos y gentes por el río del Este, y la ola humana y de vehículos por el puente de Brooklyn, maravilla ingeniera que describió en sus textos. Le gustaba refrescar con una cerveza en el bar de moda, el de Hoffmann, junto a algunos de sus amigos venezolanos. Supo aquilatar la excelencia del restaurante Delmonico, de un italiano que enseñó el arte del buen gourmet a la ciudad.

Un neoyorquino de los de a pie fue, sin dudas, el siempre cubano José Martí.

El frío lo molestaba y le aumentaba el deseo de estar en Cuba, la primavera lo hacía renacer, el verano lo agotaba y le hacía describir con mano maestra de sociólogo crítico los horrores de la vida cotidiana en el East Side, repleto de extranjeros.

Peculiar neoyorquino aquel que hablaba el inglés con cierto acento hispano, que disfrutaba de la urbe cosmopolita y de sus gentes de la calle, que se identificó con los pobres y los trabajadores, que vestía traje negro y usaba sombrero hongo, que aprendió la historia de la ciudad y de sus barrios desde que la fundaron los holandeses.

Un neoyorquino de los de a pie fue, sin dudas, el siempre cubano José Martí.

*Este texto forma parte del libro De todas partes. Perfiles de José Martí, que verá la luz en esta Feria del Libro.


Redacción Digital

 
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