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Publicado el 22 Marzo, 2018 por Redacción Digital en Historia
 
 

JULIO ANTONIO MELLA

Pensamiento y acción sin fronteras

A 115 años de su nacimiento, una semblanza de la última etapa en la vida del gran revolucionario cubano, quien hizo una lectura creadora del marxismo desde su propia realidad
Uno de los principales redactores de este periódico, la figura de Mella se erguía ya sobre las fronteras nacionales y se dibujaba en el continente. (Ilustración: BLANQUITO)

Uno de los principales redactores de este periódico, la figura de Mella se erguía ya sobre las fronteras nacionales y se dibujaba en el continente. (Ilustración: BLANQUITO)

Por ROLANDO RODRÍGUEZ *

Luego de la subida de Gerardo Machado al poder, el país no tuvo que esperar largo tiempo para sentir sobre sus libertades la mano crispada de una dictadura. El asesinato del director de El Día, Armando André, fue el heraldo del terror con que el otrora carnicero de Camajuaní quiso demostrar que estaba dispuesto a dar por terminado el “caos” de la república y comenzar su obra “regeneradora”.

Unos petardos que explotaron en septiembre cerca de la taquilla del teatro Payret y en otros puntos de La Habana, a todas luces fruto de una provocación policíaca, resultaron el pretexto para que se dictara un auto de procesamiento y prisión que incluía a dirigentes obreros, como Alfredo López, y a comunistas, como el anciano Carlos Baliño y el joven Julio Antonio Mella. En el caso de este último, la prisión tenía un doble motivo: encerrar por largo tiempo al dirigente comunista y sacar de la circulación al líder estudiantil, en momentos en que ya el émulo cubano del sátrapa venezolano Juan Vicente Gómez comenzaba a entrar en los resultados de la reforma universitaria de 1923, para convertir la universidad en un cuartel de policía. Mella en la calle, era un peligro. Los implicados en la causa fueron excluidos de fianza.

El joven líder se declaró en huelga de hambre.  En la primera fila del comité que luchó por su libertad, junto a Leonardo Fernández Sánchez, Rubén Martínez Villena, Gustavo Aldereguía, Jorge Vivó y Aureliano Sánchez Arango, tomaron lugar los venezolanos Eduardo y Gustavo Machado, Salvador de la Plaza y Carlos Aponte, quienes, entre otros, cuidaron con celo la puerta de la habitación de la clínica La Purísima, del Centro de Dependientes, adonde  llevaron al fundador de la FEU cuando la huelga comenzó a deteriorar galopantemente su organismo.

En sus años de estudiante, fue el gran líder en la lucha por la Reforma Universitaria y en la fundación de la FEU, de la que llegó a ser presidente. (Ilustración: BLANQUITO)

En sus años de estudiante, fue el gran líder en la lucha por la Reforma Universitaria y en la fundación de la FEU, de la que llegó a ser presidente. (Ilustración: BLANQUITO)

Mella venció en su lucha -Machado tuvo que autorizar que se le señalara fianza-, pero una evidente amenaza de muerte comenzó a cernirse sobre su vida y a principios de 1926, auxiliado por Gustavo Aldereguía y su hermano Feliciano, embarcó clandestinamente rumbo a Centroamérica; luego de un periplo por Honduras y Guatemala, logró llegar a tierra azteca.

En México

Mella y los venezolanos De la Plaza, Gustavo y Eduardo Machado, quienes arribaron después, se acoplaron de inmediato a la vida de la izquierda mexicana. Incorporados a la sección correspondiente de la Liga Antimperialista de las Américas, Mella entró a formar parte de su comité ejecutivo central. Como él mismo referiría, lo hicieron miembro de la redacción de su órgano de prensa, El Libertador, y a De la Plaza se le encargó su administración. También ingresaron en la Liga Pro Luchadores Perseguidos y en la Liga Anticlerical, en nombre de la cual editaron El Bonete, que dirigía De la Plaza.

En los primeros días de 1927, Mella ingresó en el Partido Revolucionario Venezolano (PRV), cuando se fundó como una agrupación política de frente único nacional revolucionario, con un programa agrario antimperialista. Pretendían juntar en el PRV todas las fuerzas posibles, para llevar adelante la revolución y derrocar a Vicente Gómez. Postergaban para después los rumbos socialistas. La idea concebida por los venezolanos y Mella se dirigía a organizar la lucha por la vía armada, pero no quedaba ahí. El proyecto se completaría, según promovía el cubano, cuando una vez eliminada la dictadura de Caracas, sus compañeros y cuantos latinoamericanos estuviesen dispuestos, marcharan a Cuba para librarla del oprobioso régimen del carnicero de Camajuaní.

Junto con Rubén Martínez Villena creó la Universidad Popular José Martí. (Ilustración: AURELIO)

Junto con Rubén Martínez Villena creó la Universidad Popular José Martí. (Ilustración: AURELIO)

En 1926, Mella, Gustavo y Eduardo Machado y De la Plaza habían ingresado en el Partido Comunista mexicano, sección de la III Internacional. En el caso de Mella tuvo que autorizarlo Carlos Contreras (Vitorio Vidali), representante de la Internacional Comunista en el seno del Partido Comunista Mexicano (PCM), pues los bisoños comunistas cubanos, bastante lastrados por el anarquismo, a cuenta de su huelga de hambre, cometieron el error de separarlo por dos años de sus filas. En 1927, la Internacional Comunista orientaría al primer Partido Comunista cubano reintegrarlo a ellas.

Mella pasó a formar parte del comité central ejecutivo del partido mexicano y luego también de su buró político. Cuando, en 1928, Rafael Carrillo Azpeitía, secretario general del PCM, y Carlos Contreras tomaron rumbo a Moscú para participar en el VI Congreso de la Internacional Comunista, Mella quedó varios meses al frente de la organización.

Para entonces, la figura del líder cubano, uno de los principales redactores del periódico El Machete, se erguía sobre las fronteras nacionales y se dibujaba en el continente. En 1927, cuando Augusto César Sandino retó a las fuerzas imperialistas estadounidenses que habían invadido Nicaragua, Mella, desde la Liga Antimperialista, de la que era ya secretario continental, y el Socorro Rojo Internacional, participó en la fundación del Comité Manos Fuera de Nicaragua (Mafuenic); desde luego, a su lado estuvieron los venezolanos, los mexicanos, los peruanos y los salvadoreños. A esas alturas, ya había participado en el Congreso Mundial contra la Opresión Colonial y el Imperialismo, celebrado en Bruselas (a continuación, viajó a Moscú), y sin descuidar su tarea como periodista revolucionario, tomaba parte en la lucha de los campesinos mexicanos y los mineros de Jalisco.

Como derrocar al sátrapa venezolano constituía el objetivo cardinal del PRV, y para eso se necesitaban armas, sus dirigentes reanudaron contactos con el general Álvaro Obregón, expresidente de la república mexicana quien, con toda seguridad, sería elegido de nuevo en las próximas elecciones. Este, tiempo antes, junto con Felipe Carrillo Puerto, el gobernador socialista de Yucatán, había estado en disposición de proporcionarles pertrechos bélicos para una expedición contra Gómez. A algunas entrevistas con Obregón asistió Mella.

En 1925 estuvo con Carlos Baliño entre los fundadores del primer Partido Comunista de Cuba. (Ilustración: ROMAY)

En 1925 estuvo con Carlos Baliño entre los fundadores del primer Partido Comunista de Cuba. (Ilustración: ROMAY)

Los venezolanos designaron como jefe de la expedición al general Emilio Arévalo Cedeño, a quien le encargaron adquirir en Santo Domingo una goleta con la que navegaría hasta Tampico, en donde recogería las armas. Con la idea de reunir un poco más de fondos, Arévalo Cedeño tuvo la nefasta idea de embarcar en la nave un cargamento de ron, que introduciría en México de contrabando. Al llegar a Tampico y tratar de desembarcarlo, los aduaneros lo detectaron. Atrapado, Arévalo declaró que pertenecía al general Obregón. El embuste constituyó un llamado a la catástrofe. Indignado por tamañas estupidez y chapucería, el sonorense anunció a los venezolanos que no les entregaría ni un solo fusil.

Cuba

Frustrado ese intento, Mella puso en primer orden el combate por la liberación de Cuba. En los primeros meses de 1928 fundó la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (Anerc), de carácter democrático, en la cual tuvieran cabida todos los que estuviesen por plantarle cara a la dictadura machadista, transformar radicalmente la condición semicolonial de la Isla y llevar adelante reformas sociales.

Mella, en abril de ese año, en su artículo ¿Hacia dónde va Cuba?, publicado en Cuba Libre, órgano de la Anerc, hizo explícita su concepción de que el derrocamiento de dicho gobierno se produciría por la vía armada y en el enfrentamiento -según proyectaba- participarían unidos los integrantes de Unión Nacionalista (organización antimachadista que reunía a politiqueros y a gente honesta) y los obreros. Según sus palabras, había que llevar a Cuba por el camino de una “revolución democrática, liberal y nacionalista, ya latente en los hechos”.

Se le acusó entonces de haber viajado en secreto a Nueva York para entrevistarse con Carlos Mendieta, la figura central de Unión Nacionalista. De ser así, lo habría hecho con vistas a obtener la participación de esa organización en la lucha y establecer un frente unido en una carga compacta contra la dictadura. El líder tenía presente que esta agrupación arrastraba a grandes sectores populares, y su lógica política le decía que debía conquistarlos si quería triunfar.

Junto con otros delegados al congreso antimperialista en Bruselas. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Junto con otros delegados al congreso antimperialista en Bruselas. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El joven luchador, en su calidad de talentoso pensador y teórico, fue indiscutiblemente uno de los primeros en echar a un lado las visiones eurocentristas que invadían la Internacional Comunista y concluir que, en el continente americano, no habría emancipación social sin liberación nacional, aunque también afirmó en ¿Qué es el ARPA?: “liberación nacional absoluta solo la obtendrá el proletariado, y será por medio de la revolución obrera”.

Hay quien ha querido ver en las posiciones de Mella una dicotomía casi irreductible entre el nacionalismo y el comunismo, es decir, liberación nacional y socialismo, sin comprender la verdad: el gran revolucionario, frente a las visiones de cartabón, era capaz de hacer una lectura del marxismo desde su propia realidad, articulando orgánicamente ambas concepciones. Por algo había descubierto muy temprano al Apóstol y escribió sus Glosas al pensamiento de Martí, prolegómenos de un libro que quería redactar.

Cuando el tirano Machado, en julio de 1928, se proclamó candidato único para un nuevo período de gobierno, que contendría la extensión en dos años más (por encima de los cuatro constitucionales) del mandato presidencial, Mella vio llegado el momento de poner en marcha sus planes. A esas alturas, ya había obtenido el armamento que Obregón había pensado entregar al PRV. De ahí que Leonardo Fernández Sánchez, su segundo, afirmara años después que disponían de armas primitivamente destinadas a la lucha contra Juan Vicente Gómez.

Posiblemente, entrado el año, Mella comunicó sus objetivos y las vías de lucha concebidas para derrocar la dictadura a Martínez Villena, ya mentor del primer Partido Comunista de Cuba, quien los aceptó y pidió enviar un mensajero para que los explicara al comité central de la organización. Quizás, por eso, en agosto, en el mayor secreto, Mella viajó al puerto de Veracruz en busca de una forma de entrar ilegalmente en Cuba. También comenzaba a tratar de conseguir los medios con que transportar la expedición a la Isla.

Tina Modotti, su compañera sentimental en los cuatro últimos meses de su existencia. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Tina Modotti, su compañera sentimental en los cuatro últimos meses de su existencia. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por fin, Fernández Sánchez llegó a Cuba el 10 de octubre siguiente, con la misión que Mella le había encomendado: establecer contactos con Martínez Villena y con el nacionalista Carlos Mendieta. No se guiaba por los acuerdos del VI Congreso de la Internacional Comunista, terminado poco antes, en el cual se había delineado la estrategia de clase contra clase; es decir, la hegemonía de los partidos comunistas y el proletariado a la hora de emprender la liberación nacional. Ya se demostraría que Mella tenía toda la razón del mundo.

En la tarea de establecer relaciones con la dirección nacionalista, Villena ayudó a Fernández Sánchez, partiendo de los vínculos que había contraído con personajes de esa filiación durante el Movimiento de Veteranos y Patriotas. Así, el enviado de Mella sostuvo una entrevista con el viejo y noble general Francisco Peraza, en el local del periódico Unión Nacionalista, y le dio a conocer los planes. Lamentablemente, estaba presente Francisco Rey Merodio, administrador del rotativo y soplón de los aparatos represivos machadistas. El jefe de la policía secreta, Santiago Trujillo, conoció del hecho y, de inmediato, lo puso en conocimiento de Machado. La noticia selló, de una vez, la determinación del tirano: el joven líder debía morir.

Hasta entonces, la dictadura había hecho esfuerzos infructuosos para lograr su extradición desde México e incluso, según Eduardo Machado, se había pretendido atentar contra su vida, intento frustrado porque los asesinos no pudieron dar con él en la casa de la calle Bolívar. Bien lo sabía el venezolano, porque lo habían atacado tras confundirlo con el fundador de la FEU; y cierto policía declaró que los responsables habían sido cubanos. Gerardo Machado comprendió que una extradición no prosperaría fácilmente, debido a la oposición de la izquierda mexicana. De manera que le urgía actuar más drásticamente.

El crimen

Leonardo Fernández Sánchez, su segundo, afirmara años después que disponían de armas primitivamente destinadas a la lucha contra Juan Vicente Gómez

Leonardo Fernández Sánchez, su segundo, afirmara años después que disponían de armas primitivamente destinadas a la lucha contra Juan Vicente Gómez

La providencia pareció ayudar. José Magriñat, quien durante la campaña electoral de 1924 había atentado contra el ahora secretario de Gobernación de Machado, Rogerio Zayas Bazán, había llegado a La Habana, tras un exilio de cuatro años en Ciudad México, donde le habían presentado a Mella. Aprovechando su situación, se vendía como enemigo del gobierno. Por tanto, era el hombre adecuado para acercarse a Mella, precisar sus movimientos y de esa forma facilitar la acción de los asesinos.

Lo citaron a palacio. El hampón llegó a la cita atemorizado, pues creyó que iban a matarlo. Todo indica que Machado en persona le explicó la misión. Debía aprovechar su contacto con Mella y dirigir la acción de dos sicarios: Arturo Sanabria y Agustín López Valiñas, quienes serían enviados a la capital azteca a ejecutar la sentencia.

Eduardo Machado le había advertido al cubano, que no anduviera solo de noche con Tina Modotti, una fotógrafa italiana que era entonces su compañera sentimental y de luchas, porque lo estaban buscando para matarlo. Pero según el venezolano, Mella era bastante ingenuo en cuestiones de clandestinaje, y decía que el dictador cubano no tenía ramas policiacas internacionales.

El 10 de enero, Mella había trabajado buena parte del día junto a David Alfaro Siqueiros en la consolidación de la Confederación Sindical Unitaria de México, que ambos habían fundado. Por cierto, los criterios sobre las bases constitutivas de la organización le habían traído serios debates en el seno del PCM. Con un pensamiento propio, ajeno a dogmatismos y sectarismos, Mella había defendido la tesis de que la entidad debía acoger a los sindicatos separados de la oficialista Confederación Obrera de México (CROM), tesis que finalmente había salido triunfadora.

Además de tales diferencias, el ítalo-argentino Vittorio Codovilla, enemigo visceral de los cubanos, lo había acusado ante el PCM de haber escrito un artículo sobre el imperialismo inglés, en el cual coincidía con las tesis de Trotski. Y una resolución del primer Partido Comunista cubano le exigió subordinación al PCM y no crearle compromisos criminales (por sus acciones en la Anerc y la organización de la lucha armada).

Aquella noche de enero Mella concurrió al café Hong Kong, donde había citado a Magriñat –hasta entonces lo había eludido, porque le parecía sospechoso–, quien supuestamente debía informarle de un grave asunto que había conocido durante su viaje a Cuba. Como Judas con el beso, la compañía del simulador tenía el propósito de identificarlo ante los asesinos, sin posible confusión.

Durante el encuentro, Magriñat le confió a Mella que por órdenes de Machado habían viajado a México dos hombres con el fin de asesinarlo. Con esa noticia verídica pretendía establecer una coartada. Él, le había advertido del peligro. La noticia coincidía con la trasmitida desde Nueva York por Fernández Sánchez, quien arrestado en Cuba, había salvado milagrosamente la vida y había sido expatriado a Estados Unidos.

Casa en la que vivió Mella en México.

Casa en la que vivió Mella en México.

Mella salió del lugar y recogió a Tina Modotti en las oficinas del Commercial Cable Co., en San Juan de Letrán e Independencia, desde donde, por instrucciones suyas, la fotógrafa había enviado un mensaje a Sergio Carbó, director de La Semana, uno de los pocos órganos de la prensa cubana todavía no sometidos a Machado. En él se le pedía al periodista que desmintiera la patraña de que durante una fiesta Mella había profanado la bandera cubana, provocación gestada por la tiranía, para lograr la extradición del revolucionario, con el concurso de Raúl Amaral, quien se hacía pasar por liberal disidente.

Cerca de las 11:00 p.m., la pareja dobló por la Avenida Morelos y tomó por la calle Abraham González, donde estaba su domicilio. Mella le relataba a Tina la conversación con Magriñat y le hacía conocer sus suspicacias hacia el individuo, cuando a sus espaldas, desde un vallado que cercaba en la esquina un solar yermo, dos sombras emergieron. Se escucharon dos disparos; al parecer fue solo López Valiñas, quien disparó, porque Sanabria no consiguió reunir el valor suficiente para hacerlo. Las balas alcanzaron al joven. Una le atravesó la espalda y salió por el abdomen, la otra lo hirió en un brazo. Instintivamente, en busca de amparo, atravesó la calle y llegó a la otra acera. Se derrumbó en el contén opuesto en tanto los sicarios huían hacia Morelos y Tina comenzaba a pedir ayuda. En el suelo comenzó sus inculpaciones. Señalan algunos testigos que acusó de la agresión a Machado y la embajada cubana. También que declaró: “Muero por la Revolución”.

Fue transportado a la Cruz Roja, y antes de ser intervenido quirúrgicamente repitió las acusaciones contra el dictador cubano y apuntó que Magriñat tenía que ver con el atentado. Mella no pudo sobrevivir a sus heridas. Después de la medianoche aquel joven que aún no había cumplido 26 años, precoz hasta lo inverosímil, expiró.

En la despedida del duelo, en el Zócalo, Diego Rivera expresó que el imperialismo yanqui no era ajeno al crimen. Desde luego, no lo podía probar. Sin embargo, todo parece indicar que tenía cuanta razón cabe suponer. Ya desde 1927 era posible hallar el nombre de Mella en los informes de inteligencia de la embajada de Estados Unidos en México. En uno, de 12 de agosto de 1927, que el mayor Harold Thompson, agregado militar interino en esa nación, dirigió al Jefe de la Sección Latinoamericana del Militar Information Division, en Washington, se le señala como secretario de la Liga Antimperialista y se le califica de “a radical Cuban student and agitator”.

También, en otros informes sobre actividades que se desarrollaban contra el imperialismo yanqui en México, aparece Mella como representante de la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos. Y Tina Modotti es señalada como integrante de la Liga Antifascista. Asimismo, la embajada enviaba a Washington ejemplares de Cuba Libre, El Machete y Redención y nunca faltaba en estos órganos de la prensa revolucionaria el nombre del joven líder.

Con Mella caía una de las figuras que en la historia de Cuba resaltan con centelleo de brasa, un héroe, patriota y antimperialista, revolucionario latinoamericano y comunista, quien comprendió que cualquiera de nuestras tierras de América era solo una parcela de nuestra generosa y ancha patria común. De ahí, un párrafo que el líder cubano escribió en la cárcel, durante su huelga de hambre, y publicó en Venezuela Libre: “Ha pasado ya del plano literario al diplomático el ideal de la unidad de la América. Los hombres de acción de la época presente, sienten la necesidad de concretar en una fórmula precisa el ideal que, desde Bolívar hasta nuestros días, se ha considerado como el ideal redentor del continente”

Rolando Rodríguez García

 

 

 

*El autor es profesor titular de Historia de Cuba de la Universidad de La Habana y miembro de la Academia de la Historia.

 

 

 

 

 

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Fuentes consultadas

La compilación Mella; documentos y artículos. Documentos localizados por el autor de este trabajo en el National Archives, Washington D.C., Estados Unidos de América.


Redacción Digital

 
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